Capítulo 41. El Viaje
EL VIAJE
La idea del viaje fue de Alicia.
—Portugal —dijo durante una cena.
Lucía dejó el tenedor.
—No.
Clara la miró.
—¿Por qué?
Lucía tardó. Alicia entendió.
—Podemos ir a otro sitio.
—No —repitió Lucía—. Quiero decir que sí.
Clara sonrió.
—Muy clara.
—Me entendéis.
Portugal pertenecía a otra vida. A la fotografía con Daniel. A Javier fingiendo ser aliado. A noches en hoteles donde Lucía dormía vestida por si tenía que salir corriendo.
—Estoy cansada de tener países prohibidos —dijo.
Al final fueron las tres hermanas. Sin Marcos. Sin Tomás. Sin Irene, pese a sus protestas. El primer día descubrieron que no sabían viajar juntas. Alicia quería itinerario. Lucía llegaba tarde. Clara intentaba mediar y terminaba discutiendo con las dos.
—Somos una familia muy funcional —dijo Alicia.
—Comparado con antes, muchísimo —respondió Clara.
El cuarto día llegaron a la costa. Lucía reconoció el paseo antes que las demás. Se detuvo.
—Es aquí.
Clara miró el mar.
—La foto.
—Sí.
Alicia permaneció un poco atrás. Lucía caminó hasta la barandilla. Clara se colocó a su lado.
—Podemos irnos.
—No.
—No tienes que demostrar nada.
—No intento demostrarlo.
Lucía miró el agua.
—Quería saber qué sentía.
—¿Y?
Su hermana pensó.
—Tristeza. Pero no deseo volver.
Clara respiró.
—Bien.
—Daniel fue importante.
—Lo sé.
—A veces creo que una parte de mí pasó años esperando encontrarlo exactamente igual.
—Y encontraste a Marcos.
Lucía sonrió.
—Sí.
—¿Mejor o peor?
—Diferente.
Clara la miró.
—Respuesta diplomática.
Lucía rio. Alicia apareció con el móvil.
—Foto.
—No —dijo Lucía.
—Sí.
—Odio las fotos.
—Precisamente.
Pusieron el temporizador. La primera salió movida.
La segunda con Clara cerrando los ojos. La tercera con Alicia a punto de caerse.
La cuarta captó algo mejor: Lucía riendo, Alicia sujetándola y Clara mirando a las dos.
No era perfecta. Por eso lo era. Esa noche cenaron frente al mar. Alicia preguntó:
—¿Qué habría pasado si nos hubiéramos conocido de pequeñas?
Lucía bebió.
—Habríamos discutido muchísimo.
—Eso ya.
Clara miró a sus hermanas.
—Quizá nada habría sido mejor.
Ambas la miraron.
—Papá tomó decisiones horribles creyendo que podía diseñar resultados —continuó—. No quiero hacer lo mismo con una infancia imaginaria.
Alicia sonrió.
—Eso ha sonado a tu libro.
Clara se encogió de hombros.
—Todo acaba en el libro.
Lucía levantó la copa.
—Por no volver a desaparecer.
Alicia chocó la suya. Clara también. En el hotel, Clara guardó la fotografía como favorita.
No necesitaba explicar quiénes eran. Por primera vez, las tres estaban en la imagen por decisión propia.
El viaje a Portugal dejó una segunda fotografía.
No la del paseo marítimo. Una tomada por una camarera durante una cena.
Las tres hermanas alrededor de una mesa pequeña, hablando a la vez.
Clara la encontró semanas después en el carrete del teléfono. Se la envió al grupo. Lucía respondió:
BORRA ESO. SALGO FATAL.
Alicia:
YO SALGO PERFECTA.
Clara:
SE QUEDA.
Lucía:
DICTADURA.
Clara miró la imagen otra vez. Le gustaba más que la foto frente al mar.
No tenía valor simbólico evidente. No había pasado ni sombra de Daniel detrás.
Solo tres mujeres comiendo demasiado tarde.
La guardó junto a la otra. Durante años, las fotografías de la familia Vega habían sido pruebas, pistas o manipulaciones.
Aquella no demostraba nada. Por eso la quiso tanto.
Al volver de Portugal, Clara imprimió la foto de las tres hermanas.
Puso una copia en casa de Alicia. Otra en la de Lucía.
—No quiero —dijo Lucía.
—Te aguantas.
—Salgo riéndome.
—Ese es el punto.
Meses después, Lucía admitió que era la primera foto familiar que tenía a la vista desde su regreso.
No una imagen de infancia. No una prueba.
Una fotografía de ahora. Clara pensó que a veces reconstruir una familia consistía en darle paredes nuevas a las imágenes.
En Portugal, Alicia compró tres pulseras baratas.
Lucía protestó por lo cursi. Meses después, Clara descubrió que las tres seguían llevándolas.
Nadie lo mencionó. Lucía regresó de Portugal con una postal para Toni, que todavía no había nacido.
No sabía por qué la compró. Años después se la entregaría y le contaría una versión sencilla del viaje: tres hermanas fueron al mar.
Por una vez, la historia podía ser sencilla.
La postal que Lucía compró para Toni tenía un faro.
Escribió detrás: «Para cuando entiendas que volver también es una forma de viajar.
» Años después, Clara la leería y acusaría a su hermana de volverse cursi.
Lucía lo negaría. Alicia imprimió la foto de Portugal en tamaño grande y la puso en su salón.
Lucía protestó cada vez que iba. Nunca pidió que la quitara.