Capítulo 40. El Lector
EL LECTOR
Marcos tardó cuatro días en terminar el manuscrito. Clara fingió que no contaba las páginas que le faltaban. Era mentira. El cuarto día, él apareció en la cocina sin el montón de hojas.
—Has terminado.
—Sí.
—Vale.
Marcos se apoyó en la encimera.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres?
—Llevas cuatro días entrando en el despacho con excusas.
—Necesitabas agua.
—Tenía una botella.
Clara dejó el cuchillo.
—¿Qué te ha parecido?
Marcos pensó demasiado.
—Me gusta.
—Eso se dice cuando alguien enseña una foto de su perro.
—Hay partes muy buenas.
—¿Y las malas?
—El final.
Clara cruzó los brazos.
—¿Qué tiene?
—Es demasiado limpio.
—Javier condenado, E-00 desmontado, papá enterrado. Eso pasó.
—Sí. Pero nuestra vida no terminó ahí.
Clara se quedó quieta.
—El libro parece decir que la verdad resuelve a la gente —continuó Marcos—. Y no.
—No he dicho eso.
—Lo sé. Pero se siente.
Clara se sentó.
—¿Qué falta?
—Después.
—¿Después de qué?
—De sobrevivir.
Marcos le recordó noches de pesadillas, conversaciones con Lucía, visitas a Elena, momentos en los que él dudaba de un recuerdo sin que hubiera un misterio que resolver.
—Eso es menos emocionante.
—Quizá.
—Gran consejo comercial.
Marcos sonrió.
—No soy editor.
Clara cogió el manuscrito. Leyó el último párrafo. La puerta abierta. La sensación de empezar una vida. Lo había escrito como si empezar fuera un instante. Quizá era un proceso.
—Tienes razón —dijo.
Marcos abrió los ojos.
—¿Puedes repetirlo?
—No abuses.
Durante las semanas siguientes, Clara añadió capítulos.
No sobre nuevos secretos. Sobre una lista de la compra.
Una visita a prisión. Una discusión absurda.
La fotografía de Portugal. El cumpleaños.
Al releerlos entendió lo que Marcos quería decir.
El misterio había sido extraordinario. La recuperación era cotidiana.
Y, en cierto modo, mucho más difícil. Cuando terminó la nueva versión, dejó el manuscrito en el despacho. Marcos lo vio.
—¿Ahora sí?
—Ahora no sé.
—Mejor.
Clara sonrió. Había empezado a aceptar que una novela no tenía que cerrar la vida.
Solo tenía que elegir un lugar honesto para dejar de contarla.
La reescritura del final coincidió con una etapa tranquila de la investigación.
Clara se descubrió inventando conflicto donde no lo había.
Una llamada que en realidad fue normal. Una discusión que había durado cinco minutos y en la página ocupaba tres. Lo vio. Borró.
—¿Qué haces? —preguntó Marcos.
—Aprendiendo a no necesitar una explosión cada capítulo.
—Eso parece saludable.
—Narrativamente, no sé.
Marcos sonrió.
—La vida cotidiana es bastante peligrosa. Solo que no tiene música.
Clara terminó escribiendo una escena en la que ambos discutían por detergente.
La editora futura la recortaría. Aun así, esa escena le enseñó algo: no todo momento necesitaba demostrar una tesis.
A veces un matrimonio era dos personas enfadadas por comprar la marca equivocada.
Y eso también merecía existir después de E-00.
Marcos escribió una página para el manuscrito.
Clara se la encontró dentro. «Si estás leyendo esto, la autora ha decidido no borrar mis comentarios.
» Debajo había una escena breve sobre la noche en que él durmió en el despacho. Clara la leyó.
—Esto es horrible.
—Gracias.
—No sabes puntuar diálogos.
—Detalles.
No incluyó la página. Pero guardó el papel.
Años después, seguía dentro de la primera edición impresa.
Cuando Marcos terminó la segunda lectura, dejó un comentario al final: «Ahora sí parece que seguimos vivos.
» Clara no lo borró. En la versión impresa privada, esa frase quedó escondida en una página en blanco.
La escena del detergente sobrevivió hasta la penúltima versión y fue eliminada por ritmo.
Clara protestó. Marcos celebró. Después la guardaron como «escena borrada».
A Clara le gustó pensar que incluso las cosas que no entraban en un libro podían seguir formando parte de la vida.
Clara imprimió la versión revisada y la dejó una noche en el suelo, junto a la cama.
Al despertar no pensó en ella durante veinte minutos.
Esa distancia le confirmó que el libro empezaba a ser un objeto y no una extensión del trauma.
El manuscrito revisado era más corto que el primero.
Clara esperaba sentir que había perdido algo.
Sintió lo contrario. Las partes importantes respiraban mejor.
A veces quitar también era una forma de devolver libertad.