La habitación que nadie abre Capítulo 39. La Puerta Nueva
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Capítulo 39. La Puerta Nueva

LA PUERTA NUEVA

Marcos compró una puerta nueva. Clara lo encontró descargándola del coche.

—No.

Él levantó la vista.

—Ni siquiera sabes para qué.

—Es una puerta.

—Sí.

—No entra otra puerta misteriosa en esta casa.

Marcos rio.

—Es para el despacho.

Clara miró la madera clara.

—La que hay funciona.

—Dijiste que querías más aislamiento para escribir.

—Ah.

—¿Puedo?

Clara examinó el pomo. Normal. Sin placa. Sin cerradura electrónica.

—¿Tiene temporizador?

—No.

—¿Código?

—No.

—¿Cadáver?

—He revisado el embalaje.

Clara sonrió. Pasaron la tarde instalándola. Marcos insistió durante cuarenta minutos en que estaba nivelada. No lo estaba. Clara apareció con un nivel.

—No vuelvas a hablar de esto —dijo él.

—Pienso mencionarlo en la novela.

—Eso es difamación.

—Tengo pruebas.

Cuando terminaron, Clara colocó el manuscrito sobre la mesa.

—Tengo algo.

Marcos miró el montón de páginas.

—¿Terminado?

—Primer borrador.

—¿Puedo?

Clara dudó. Había escrito sobre Daniel. Sobre Lucía. Sobre la noche en que creyó que su matrimonio podía desaparecer junto con los recuerdos.

—Sí.

Marcos cogió el manuscrito. Leyó el título.

—Has puesto tu nombre.

—Sí.

—Pensé que usarías pseudónimo.

Clara miró hacia la puerta.

—Ya tuvimos suficientes nombres falsos.

Marcos sonrió. Abrió la primera página. Antes de que Clara saliera, él levantó la cabeza.

—Déjala abierta.

Ella se detuvo.

—¿La puerta?

—Sí.

Clara sonrió.

—Claro.

La puerta quedó abierta mientras Marcos empezaba a leer. No porque temieran lo que pudiera haber detrás. Porque aquella habitación ya no necesitaba esconder nada. Marcos empezó a leer el manuscrito con un lápiz. Clara lo descubrió al ver marcas en los márgenes.

—¿Qué haces?

—Notas.

—No te he dado permiso para editar.

—Soy personaje.

—Eso no da derechos editoriales.

Marcos señaló una línea.

—Aquí dices que me quedé inmóvil.

—Te quedaste.

—No tanto.

—¿Cuánto?

—Como tres segundos.

Clara le quitó el lápiz.

—Fuera.

Él rio. Después se puso serio.

—Hay algo que me gusta.

—Sorpréndeme.

—No intentas explicar qué parte de mí es Daniel y cuál Marcos.

Clara se encogió de hombros.

—Porque no lo sé.

—Exacto.

Marcos cerró el manuscrito.

—Gracias.

—No era un favor.

—Mejor.

Clara dejó que siguiera leyendo. Con lápiz. Pero le prohibió tocar los adjetivos. La antigua puerta de madera quedó guardada en el garaje después de instalar la nueva. Clara no quiso tirarla. Marcos tampoco entendía por qué. Meses después, la donaron a un taller de restauración.

—¿Seguro? —preguntó el hombre que vino a recogerla.

Clara miró la madera.

—Sí.

—Es buena.

—Lo sé.

Vio cómo se la llevaban. No necesitó conservar el objeto para conservar lo que había significado.

Aquella fue otra forma de mudanza antes de mudarse.

La puerta nueva chirrió la primera semana.

Marcos dijo que era normal. Clara lo obligó a desmontar una bisagra.

«No pienso convivir con otra puerta que haga ruidos de noche.

» Él aceptó sin discutir. Algunas manías tenían derecho a quedarse.

La nueva puerta del despacho tenía una llave, aunque nunca la usaban.

Clara la dejó puesta en la cerradura interior durante semanas.

Un día la quitó y la guardó con las demás.

El gesto no significó nada para nadie salvo para ella.

La puerta nueva se cerraba con un clic suave.

Durante semanas, Clara esperaba inconscientemente que la placa inexistente se iluminara.

Un día dejó de esperar. No supo exactamente cuándo.

Las recuperaciones importantes a veces no tienen fecha.

La primera vez que Clara cerró la nueva puerta para escribir, Marcos llamó antes de entrar.

Ella abrió y sonrió. Una puerta cerrada podía significar simplemente «estoy trabajando».

Habían recorrido mucho para llegar a una idea tan sencilla.