La habitación que nadie abre Capítulo 33. La Espera
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Capítulo 33. La Espera

LA ESPERA

La sentencia tardó ocho meses. El tiempo volvió a ser una espera, pero distinta.

Ya no había contador. No había una placa marcando días.

Solo correos de abogados, llamadas de Alicia y una fecha que se aplazó dos veces.

Clara terminó el primer borrador del libro durante ese periodo.

Cincuenta y dos capítulos. Demasiados. Marcos leyó una copia impresa.

Lucía pidió otra. Alicia insistió en revisar cualquier pasaje que pudiera comprometer procedimientos abiertos.

Irene solo preguntó si ella salía guapa.

—Es un libro —dijo Clara.

—Eso no responde.

Tomás no quiso leerlo.

—¿Por qué? —preguntó Lucía.

—Ya viví suficiente.

Ella lo miró.

—Eso ha sonado profundo.

—No lo era.

La relación entre ambos seguía sin nombre oficial, aunque Tomás tenía un cepillo de dientes en casa de Lucía y tres camisas en su armario.

—No vive aquí —repetía ella.

Clara había dejado de discutir. Cuando fijaron finalmente la fecha de la sentencia, Alicia escribió en el grupo.

MIÉRCOLES, 10:00.

Lucía respondió:

VAMOS TODOS.

Clara miró el mensaje. Después escribió:

YO NO.

El teléfono sonó al instante.

—¿Qué significa que no? —preguntó Lucía.

—Que no voy.

—¿Por qué?

—Porque no quiero estar allí.

—Clara.

—No necesito ver la cara de Javier cuando lean una pena para saber qué hizo.

Lucía guardó silencio.

—¿Estás segura?

—Sí.

Marcos decidió quedarse con ella. Alicia fue por obligación profesional. Lucía y Tomás acudieron. Irene dijo que respetaba la decisión de Clara y apareció en su casa a las nueve y media con desayuno.

—No hacía falta.

—Lo sé.

A las diez, apagaron la televisión. Clara no quería seguir una retransmisión. A las once y veintisiete, Alicia llamó. Clara contestó.

—Dime.

La inspectora respiró.

—Culpable en los principales cargos.

Clara cerró los ojos.

—¿Antonio?

—Homicidio. El tribunal ha considerado probado que disparó y que su conducta posterior contribuyó al resultado.

—¿Cuántos años?

Alicia se lo dijo. Era una cifra grande. No suficiente para devolver nada. Clara abrió los ojos. Marcos estaba frente a ella.

—¿Qué sientes? —preguntó Irene.

Clara esperó. Buscó victoria. Rabia. Alivio.

—Normal.

Marcos sonrió.

—Eso parece bueno.

Esa noche sí se reunieron todos. No brindaron por la condena. Alicia propuso otra cosa.

—Por no tener que esperar ningún contador.

Lucía levantó la copa.

—Eso sí.

Clara miró alrededor. Marcos. Lucía. Alicia.

Irene. Tomás. Una familia que no existía en ninguna de las fotografías de su infancia.

Chocaron las copas. Después hablaron de cualquier otra cosa.

Fue la mejor parte. Durante la espera de la sentencia, Clara dejó de revisar las noticias del caso.

Al principio duró un día. Después una semana.

Alicia se ofreció a avisarle solo de cambios reales.

—No quiero que cada rumor me vuelva a meter dentro.

—Buena decisión.

Clara levantó una ceja.

—No me felicites demasiado.

Alicia sonrió. La abstinencia de información fue extraña.

Clara había pasado meses creyendo que saber primero era estar segura.

Descubrió lo contrario. A veces conocer cada movimiento solo multiplicaba lugares en los que no podía intervenir.

Llenó ese tiempo escribiendo. Y cocinando mal.

Y viendo películas con Marcos. Y discutiendo con Lucía por llegar tarde.

Cuando finalmente llegó la sentencia, Clara no era la misma persona que había esperado la apertura de la habitación contando horas.

Ya sabía que una espera podía contener vida.

Durante los ocho meses de espera, Clara y Marcos empezaron a buscar otra casa por curiosidad.

No querían mudarse todavía. Solo mirar. Cada anuncio con sótano era descartado por Clara. Cada anuncio con demasiadas reformas, por Marcos.

—Somos imposibles.

—Siempre lo fuimos.

No compraron nada. Pero la búsqueda introdujo una idea nueva: algún día podrían irse.

No porque la casa hubiera ganado. Porque ya no necesitaban demostrar que podían vivir allí.

Cuando Clara terminó el borrador, no escribió FIN.

Guardó el archivo como «versión 17». Marcos se rio.

«Hasta tus finales tienen contador.» Ella añadió FIN solo después de la sentencia.

La llamada de Alicia con la sentencia duró menos de dos minutos.

Clara había esperado años por una respuesta y, cuando llegó, cabía en una conversación breve.

Aquello le enseñó que la importancia de un hecho y el tiempo que tarda en ocurrir no guardan ninguna proporción.

Clara recibió la noticia de la condena con el manuscrito cerrado a su lado.

No lo abrió hasta el día siguiente. Quería que la sentencia existiera primero como parte de su vida y solo después como material narrativo.

Cuando acabó el primer borrador, Clara lo envió por correo a sí misma.

Después imprimió una copia. Había aprendido demasiado sobre sistemas que desaparecen como para confiar en un solo lugar.