Capítulo 32. Marcos Declara
MARCOS DECLARA
Marcos subió al estrado con su nombre completo.
—Marcos Daniel Robles Ortega.
Clara sintió algo al escucharlo. No orgullo exactamente. Reconocimiento. La defensa había anunciado durante semanas que atacaría sus recuerdos. No sorprendió a nadie cuando empezó.
—Señor Robles, ¿es cierto que durante años creyó llamarse Marcos Santos?
—Sí.
—¿Es cierto que no conserva una memoria completa de los hechos de 2017?
—Sí.
—¿Es cierto que ha recibido tratamiento psicológico por episodios de memoria fragmentaria?
—Sí.
El abogado caminó despacio.
—Entonces, ¿cómo puede este tribunal confiar en su relato?
Marcos miró al juez.
—No tiene que confiar en mis recuerdos sin más.
El abogado pareció satisfecho.
—Gracias.
—No he terminado.
El juez le permitió continuar.
—Durante mi declaración he separado lo que recuerdo de lo que está documentado. Cuando digo «recuerdo», lo digo. Cuando algo está probado por una grabación, un registro o un testimonio independiente, también lo digo.
El abogado volvió.
—Pero sus recuerdos podrían haber sido contaminados por todo lo que ha aprendido después.
—Sí.
—Entonces no son fiables.
—Algunos no.
—¿Cuáles?
Marcos sonrió ligeramente.
—Precisamente por eso existe una investigación y no una autobiografía.
Hubo un murmullo. Clara bajó la mirada para ocultar una sonrisa. La defensa cambió de línea.
—¿Siente resentimiento hacia Javier Salcedo?
—Sí.
—¿Mucho?
—Sí.
—Entonces tiene motivos personales para perjudicarlo.
Marcos pensó.
—También siento resentimiento hacia mi madre, mi padre biológico, Elena Vega y Antonio Vega.
La sala quedó en silencio.
—¿Hacia Antonio, la víctima?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque utilizó mi memoria como parte de un plan sin mi consentimiento.
El abogado dudó.
—¿Y eso no afecta a su capacidad para ser objetivo?
—No soy objetivo. Soy una persona. Los documentos sí pueden serlo.
El fiscal no tuvo que reparar demasiado. Marcos relató la estación, el almacén, el despertar en la clínica y lo que podía distinguir como memoria propia. Cuando terminó, Javier lo miró. Marcos sostuvo la mirada. No hubo reconocimiento. Ni odio visible. Solo distancia. Al salir, Clara lo abrazó.
—Has estado bien.
—No lo sé.
—Yo sí.
—Eso suena peligrosamente sentimental.
—Aprovecha.
Lucía apareció.
—Yo también creo que has estado bien.
Marcos la miró.
—Gracias.
Tomás levantó una bolsa con bocadillos.
—Yo he traído comida.
Irene añadió:
—El verdadero héroe.
Marcos rio. Clara lo observó. El hombre que había entrado al juzgado no era Daniel recuperado.
Tampoco Marcos Santos intacto. Era alguien que llevaba las dos historias y empezaba a no necesitar elegir una contra la otra.
Esa noche, él pidió leer el capítulo del manuscrito sobre su declaración. Clara se negó.
—¿Por qué?
—Todavía no está escrito.
—Entonces escríbelo bien.
—Qué presión.
Marcos sonrió.
—He tenido buena profesora.
Clara abrió el portátil. Por primera vez, escribir sobre él no le pareció un intento de fijarlo. Le pareció una forma de dejar espacio.
• • •
Tras la declaración de Marcos, un periodista intentó acercarse.
—Señor Robles, ¿se considera víctima de manipulación mental?
Marcos se detuvo. Clara esperaba que siguiera caminando. Él se volvió.
—Me considero una persona a la que hicieron cosas sin su consentimiento.
—¿Recuperará su nombre Daniel?
—Ya es parte de mi nombre.
—¿Y su antigua vida?
Marcos miró a Clara.
—No se recupera una vida. Se vive la que sigue.
Alicia apareció y apartó al periodista. En el coche, Clara lo miró.
—Eso ha sonado muy preparado.
—No lo estaba.
—Podría ir en el libro.
—Cobro derechos.
—Ni sueñes.
Marcos rio. La frase acabó apareciendo de otra forma. No porque fuera perfecta. Porque resumía algo que a Clara le había costado meses entender: la recuperación no era un viaje hacia atrás.
• • •
Después del juicio, Marcos recibió varios mensajes de desconocidos que decían haberlo conocido como Daniel.
No respondió a todos. Alicia verificó algunos.
Uno era un antiguo compañero de estudios.
Marcos aceptó tomar café. El hombre contó anécdotas.
Marcos no recordó ninguna. Al despedirse, el compañero parecía decepcionado.
—Pensé que al verme volvería algo.
Marcos sonrió.
—Yo también.
Se estrecharon la mano. Aquella tarde Marcos le dijo a Clara:
—No todas las puertas dan a una habitación interesante.
—Gracias a Dios.
Aprendía a dejar algunos pasados sin reconstruir.
Al terminar su declaración, Marcos escribió en la libreta de recuerdos una sola frase: «Hoy no tuve que recordar para saber quién soy.
» Cerró el cuaderno. No volvió a usarlo durante meses.
La chaqueta con la quemadura de plancha quedó guardada.
Marcos la usó años después en una presentación del libro.
Clara vio la marca bajo una luz y recordó el juicio.
No se lo dijo. Algunos recuerdos podían permanecer privados sin ser secretos.
Marcos celebró terminar su declaración comiendo un bocadillo sentado en un bordillo detrás del juzgado.
Clara se sentó a su lado con el vestido demasiado formal para aquello.
Ambos rieron. La escena terminó en el manuscrito casi sin cambios.
Marcos guardó la citación judicial junto al nuevo DNI. Dos papeles que representaban versiones muy distintas de su identidad. No vio contradicción. Ambos eran verdad.