Capítulo 31. La Primera Declaración
LA PRIMERA DECLARACIÓN
—¿Estaba usted presente cuando Javier Salcedo disparó contra Antonio Vega?
Elena tragó saliva.
—Sí.
Clara sintió que Lucía le cogía la mano.
—¿Antonio Vega murió como consecuencia inmediata del disparo?
—No.
La sala quedó inmóvil.
—Explíquelo.
Elena miró al fiscal.
—Quedó herido. Sangraba. Seguía consciente.
—¿Le pidió ayuda?
—Sí.
—¿Qué hizo usted?
Elena tardó.
—Intenté contener la hemorragia.
—¿Llamó a emergencias?
—No.
—¿Por qué?
El abogado de Javier se movió, pero no objetó. Elena respiró.
—Porque tuve miedo.
—¿Miedo del acusado?
—Sí. Y de la red. Y de que la policía que llegara estuviera vinculada a E-00. Y de que encontraran a mi hija Lucía. Y de que descubrieran todo lo que yo había hecho.
El fiscal esperó.
—¿Algo más?
Elena cerró los ojos.
—Tuve miedo de ir a prisión.
Clara sintió que aquella frase era la más importante. No «por mis hijas». No «para proteger». Miedo por ella misma.
—¿Cuánto tiempo permaneció Antonio Vega con vida?
—No lo sé. Entre quince y veinte minutos.
—¿Javier Salcedo impidió físicamente que usted llamara?
Elena miró hacia el acusado.
—No.
—Entonces fue decisión suya.
—Sí.
Javier no apartó la vista. Clara sintió rabia, pero no solo hacia él. El interrogatorio siguió. La defensa intentó presentar a Elena como la verdadera responsable. No fue difícil hacerla parecer culpable porque lo era de muchas cosas.
—Usted ha mentido durante años —dijo el abogado.
—Sí.
—Falsificó documentos.
—Sí.
—Participó en un programa ilegal.
—Sí.
—Ocultó un cadáver.
—Sí.
—¿Y ahora espera que el tribunal crea que mi cliente disparó?
Elena levantó la mirada.
—No espero que me crean porque sea yo. Espero que crean la grabación, la balística y los documentos.
El abogado se detuvo. Clara vio a Alicia sonreír apenas desde otra fila. Después de la sesión, no fueron a hablar con Elena. No podían. Clara y Lucía se quedaron en las escaleras del juzgado.
—Ha dicho la verdad —dijo Lucía.
—Sí.
—¿Eso te ayuda?
Clara pensó.
—No sé.
—Vale.
Clara la miró.
—Gracias por no decir que sí.
Lucía sonrió. Marcos salió con su abogado. Declararía al día siguiente. Clara se acercó.
—¿Preparado?
—No.
—Bien.
Él sonrió. Aquella tarde regresaron a casa.
Clara abrió el manuscrito. Buscó el capítulo sobre Elena.
Cambió una frase. Había escrito: «Elena dejó morir a Antonio para proteger a sus hijas».
La borró. Escribió: «Elena dejó morir a Antonio porque tuvo miedo, y durante años llamó protección a una parte de ese miedo».
Leyó la frase. Dolía más. También era más justa. Guardó el documento.
• • •
Después de declarar, Elena pidió ver a Clara. El encuentro fue breve.
—No tienes que decirme nada —dijo Clara.
—Quiero hacerlo.
—Entonces que sea verdad.
Elena asintió.
—Cuando Antonio me pidió la ambulancia, pensé primero en ti.
Clara sintió que se tensaba.
—Mamá.
—Espera. Después pensé en mí.
Clara la miró.
—Y esa fue la parte que oculté todos estos años. Me convencí de que no llamé por vosotras porque era más fácil vivir con eso que admitir que también tuve miedo de perder mi libertad.
Clara respiró.
—Gracias.
Elena empezó a llorar.
—¿Por qué?
—Porque por fin no estás intentando convertir la culpa en amor.
Elena cerró los ojos. No hubo abrazo. Pero Clara salió de la sala menos enfadada que al entrar.
No porque su madre hubiera hecho menos. Porque por primera vez lo nombraba sin maquillaje.
Elena empezó a escribir también. No una novela.
Cartas. A Clara. A Lucía. A Alicia. Clara recibió la primera meses después.
No la abrió durante una semana. Cuando lo hizo, encontró una página corta.
«No quiero explicarme. Solo quiero dejar de ocultarme.
» Clara guardó la carta. No respondió inmediatamente.
Habían pasado de mensajes programados por muertos a cartas escritas por vivos. La diferencia importaba.
Durante un receso, Clara vio a Elena sola detrás de un cristal.
Por un instante quiso abrazarla. No lo hizo.
Se permitió sentir el impulso sin convertirlo en obligación.
Ese matiz habría sido imposible un año antes.
Elena preguntó después si Clara había llorado durante su declaración.
«No», mintió Clara. Su madre sonrió. «Mientes fatal.
» Por un segundo volvieron a ser simplemente madre e hija.
Luego la visita terminó. Elena pidió agua durante la declaración y le tembló la mano.
Clara nunca la había visto temblar. Aquella imagen se quedó con ella más que algunas respuestas.
No porque le diera pena, sino porque desmontaba la versión de Elena como una mujer que siempre había controlado todo.
La voz de Elena tembló solo una vez durante la declaración: al pronunciar el nombre de Lucía. Clara lo notó. No lo escribió en el capítulo hasta mucho después. Algunas observaciones necesitaban distancia para no convertirse en justificación.