La habitación que nadie abre Capítulo 30. La Víspera Del Juicio
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Capítulo 30. La Víspera Del Juicio

LA VÍSPERA DEL JUICIO

La víspera del juicio de Javier, Clara volvió al primer capítulo. La mujer que aparecía allí no sabía nada. Tenía una casa nueva, diecisiete llaves y un marido llamado Marcos Santos. Clara sintió ternura por ella. También envidia.

—No vas a dormir —dijo Marcos desde la puerta.

—Tú tampoco.

—Yo he aceptado la derrota.

Entró con dos tazas. Clara señaló la pantalla.

—Estoy corrigiendo.

—A las dos de la mañana.

—Es una tradición familiar.

Marcos se sentó.

—¿Nerviosa?

—Sí.

—Yo también.

Al día siguiente, Marcos tenía que declarar. Clara no. Todavía. Javier se enfrentaba a acusaciones relacionadas con Antonio, E-00 y varias operaciones de coacción y encubrimiento.

—¿Y si sale mal? —preguntó Clara.

—¿El juicio?

—Sí.

—Seguiremos sabiendo lo que pasó.

—No es lo mismo.

—No.

Marcos bebió.

—Pero una sentencia no puede devolvernos lo que perdimos.

—Ya lo sé.

—Y tampoco puede decidir si tu libro existe.

Clara lo miró.

—¿Qué tiene que ver?

—Has dejado de escribir desde que fijaron la fecha.

—No me sale.

—Porque esperas un final.

Clara volvió a mirar la pantalla.

—Quizá.

—No lo necesitas.

Ella sonrió.

—Ahora eres editor.

—Cobro barato.

—Mentira.

Marcos se levantó. Antes de salir, se detuvo.

—¿Lo vas a terminar?

Clara pensó.

—Sí.

—¿Aunque mañana Javier quede libre?

La pregunta dolió.

—Sí.

—Entonces ya tienes algo que no depende de él.

Clara guardó el documento. A las siete de la mañana se duchó. Lucía envió un mensaje al grupo de hermanas.

NO LLEGUÉIS TARDE.

Alicia respondió:

YO YA ESTOY AQUÍ.

Clara escribió:

SON LAS SIETE.

Lucía:

PRECISAMENTE.

Marcos rio al leerlo.

—¿Preparada?

Clara negó.

—No.

—Perfecto.

—Eso lo digo yo.

—Te lo he robado.

Salieron. Frente al juzgado había periodistas.

Alicia los esperaba en una entrada lateral.

Lucía y Tomás llegaron juntos. Irene apareció con café.

Clara los observó. Un año y medio antes, ninguno de aquellos grupos existía.

Ahora estaban allí. No para abrir una puerta.

Para escuchar cómo otras personas intentaban contar la misma historia.

Y Clara sabía que, pasara lo que pasara, ya no permitiría que nadie fuera el único autor.

Antes de dormir la víspera del juicio, Clara abrió la caja con las cartas de Antonio.

Eligió la de 2017. No la leyó completa. Solo la primera línea.

«Esta vez voy a volver a casa.» Cerró el sobre. Marcos la observó.

—¿No sigues?

—No.

—¿Por qué?

Clara guardó la carta.

—Porque mañana no quiero entrar al juzgado pensando en el padre que quería volver. Quiero pensar en el hombre real.

—¿Cuál?

—El que hizo cosas buenas y malas.

Marcos asintió.

—Eso es más difícil.

—Sí.

Apagaron la luz. Clara pensó que quizá esa fuera la función final de todas aquellas cartas. No absolver. Complicar. Recordarle que ninguna persona cabía en una sola versión. La mañana del juicio, Clara dejó el manuscrito sobre la mesa antes de salir. Irene lo vio.

—¿Por qué aquí?

—No sé.

—Parece dramático.

—Cállate.

Al volver, después de la primera sesión, Clara lo encontró exactamente en el mismo sitio.

Aquella quietud le pareció reconfortante.

Los tribunales podían discutir los hechos.

El libro podía esperar. No tenía que adaptarse a cada titular.

La noche anterior al juicio, Marcos planchó una camisa y la quemó ligeramente.

Clara lo observó tapar la marca con la chaqueta.

«Gran testigo», dijo. Él respondió: «Si la defensa pregunta, negaré todo.

» La risa les permitió dormir. Antes de salir hacia el juzgado, Marcos volvió a entrar en casa porque había olvidado la cartera.

Clara esperó en el coche y empezó a reír.

Después de todo lo ocurrido, la mañana del gran juicio incluía volver por una cartera olvidada. La realidad se negaba a ser solemne.

El traje de Javier en el juicio era impecable.

Clara se sorprendió odiando ese detalle.

Después se obligó a mirar otra cosa. No quería que incluso la forma en que él vestía se convirtiera en parte central del recuerdo.

Empezaba a elegir dónde colocar la atención.

Al llegar al juzgado, Clara vio el reflejo de Marcos en una puerta de cristal y pensó por un segundo en Daniel.

Después lo vio ajustarse mal la corbata y volvió a ser simplemente su marido.