La habitación que nadie abre Capítulo 27. La Segunda Boda
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Capítulo 27. La Segunda Boda

LA SEGUNDA BODA

Marcos tardó cuatro meses en arreglar legalmente su nombre.

No era tan sencillo como presentar una prueba genética y elegir qué parte de cada identidad conservar.

Había documentos emitidos sobre una base falsa, contratos, cuentas, historial laboral y un matrimonio celebrado por una persona cuyo nombre administrativo había sido construido.

Al final, el juzgado reconoció su identidad de origen y permitió que mantuviera el nombre con el que llevaba años viviendo.

MARCOS DANIEL ROBLES ORTEGA.

Clara leyó la resolución en la cocina.

—Es largo.

—Puedo quitar uno.

—No.

Marcos sonrió.

—¿No?

—Daniel existió. Marcos también.

—¿Y Robles Ortega?

—Son tus apellidos.

—Uno de ellos pertenece a una mujer que ayudó a borrarme.

—También a ti.

Él dejó el documento.

—Eso empieza a gustarme.

El matrimonio necesitó regularización. La abogada les explicó que su boda no era inexistente, pero había que corregir la identidad del cónyuge. Marcos la miró.

—Entonces técnicamente seguimos casados.

—Sí.

—Clara.

Ella levantó una mano.

—No quiero otra boda grande.

—No he dicho eso.

—Te conozco.

—Quería proponerte ir al juzgado y firmar otra vez.

Clara lo miró.

—Eso suena menos terrible.

—Dos testigos.

Lucía apareció desde el salón.

—Yo.

Clara cerró los ojos.

—¿Cuánto llevas escuchando?

—Lo suficiente.

Alicia acabó siendo la segunda testigo. Irene apareció igualmente porque nadie consiguió impedírselo. La ceremonia duró menos de quince minutos. Antes de entrar, Marcos pidió hablar con Lucía. Clara no preguntó de qué. Lucía se apoyó contra una pared del pasillo.

—¿Qué pasa?

—Quería decirte algo.

—Eso suele ser una mala introducción.

Marcos sonrió.

—Sé que te quise.

Lucía sostuvo su mirada.

—Sí.

—No recuerdo todo.

—Lo sé.

Él levantó una ceja. Lucía corrigió:

—Perdón.

—Gracias.

Permanecieron unos segundos en silencio.

—No quiero fingir que esa vida no existió —dijo Marcos—. Pero tampoco quiero perseguirla.

Lucía asintió.

—Yo tampoco.

—¿Estás bien con Clara y conmigo?

Lucía sonrió.

—No necesito estar «bien» con vuestra relación. No soy parte de ella.

Marcos rio.

—Eso ha sonado muy tú.

—Hay cosas que S-17 no borra.

Se abrazaron. No como una pareja. Tampoco como desconocidos. Cuando Marcos entró en la sala del juzgado, Clara lo vio distinto. No porque hubiera recuperado a Daniel. Porque había dejado de huir de él. Firmaron. A la salida, Irene lanzó arroz que había escondido en el bolso. Clara la miró.

—Te dije que no.

—No soy buena obedeciendo.

—Eso ya lo sabemos.

Comieron los cinco en un restaurante cercano. Sin discursos. Sin secretos. Sin ninguna persona fingiendo estar muerta. Marcos levantó una copa.

—Esta vez sé quién firma.

Clara chocó la suya.

—Yo también.

No necesitaban que la segunda boda corrigiera la primera.

La primera había sido real porque lo que sentían lo era.

La segunda era otra cosa. Una decisión repetida con información nueva.

Y, después de años de decisiones tomadas por terceros, eso fue lo más parecido a una celebración que podían imaginar.

• • •

Después de la segunda boda, Marcos y Clara guardaron el documento nuevo junto al antiguo.

—¿No deberíamos destruir el primero? —preguntó Marcos.

—No.

—Tiene un nombre falso.

—Tiene una vida real.

Él miró ambos certificados.

—Eso suena bien.

—Puedes usarlo si algún día escribes memorias.

—Ni muerto.

Clara lo miró.

—En nuestra familia esa expresión es peligrosa.

Marcos rio. Colocaron los dos documentos en la misma carpeta.

Años después, cuando un periodista preguntara a Clara si consideraba que su primer matrimonio había sido una mentira, ella recordaría aquel momento.

No. Los papeles habían mentido. Ellos no.

La segunda boda terminó con una fotografía que Clara odiaba.

En ella estaba riéndose con los ojos cerrados. Marcos quiso enmarcarla.

—Salgo fatal.

—Sales feliz.

—Eso no mejora mi cara.

—A mí me gusta.

La colocó en el pasillo. Clara protestó durante una semana.

Después dejó de verla. Años más tarde, al vender la casa, fue una de las primeras fotografías que embaló.

Había aprendido que las imágenes más importantes rara vez eran las más perfectas.

El funcionario del juzgado pronunció mal «Robles Ortega» durante la segunda boda.

Marcos corrigió y luego se rio. Clara pensó que, después de todo, su nuevo comienzo incluía algo tan normal como corregir a alguien en una ventanilla.

El nuevo documento de Marcos llegó por correo.

Clara lo encontró en el buzón y durante un segundo sintió el antiguo sobresalto de los sobres sin remitente.

Después vio el sello oficial. Se rio de sí misma.

Algunas alarmas tardaban más en desaparecer que la amenaza.

• • •

Después de firmar de nuevo, Clara pidió un certificado literal.

Marcos se rio. «Después de todo, sigues siendo la persona que cuenta las llaves.

» Ella respondió que alguien debía leer los papeles.

La broma devolvió a la burocracia un lugar normal en sus vidas.

La firma del segundo matrimonio ocupó menos espacio en el papel que la primera.

Marcos la miró y dijo: «Tanta historia para esto.

» Clara respondió: «La mayoría de las cosas importantes caben en una línea. »