La habitación que nadie abre Capítulo 28. El Proceso
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Capítulo 28. El Proceso

EL PROCESO

El proceso judicial duró más que la investigación.

Clara descubrió pronto que la justicia no tenía ritmo de thriller.

Tenía escritos. Recursos. Peritajes. Declaraciones aplazadas.

Abogados que pedían copias de copias. Meses en los que no ocurría nada visible y, de repente, tres noticias el mismo día.

Elena colaboró desde el principio. Mercedes también.

Samuel, después de varias semanas, empezó a entregar información.

Javier no. Lucía comenzó terapia. La primera vez que lo contó durante una cena, Clara intentó no reaccionar como si fuera una noticia extraordinaria.

—¿Te ayuda?

Lucía se encogió de hombros.

—A veces salgo peor.

—Eso suena caro.

—Muchísimo.

Tomás sonrió.

—Pero vuelve.

Clara miró de uno a otro.

—¿Seguís sin ser pareja?

Lucía y Tomás respondieron a la vez.

—Sí.

—No.

Silencio. Irene empezó a reír.

—Maravilloso.

Alicia fue apartada formalmente de las diligencias que afectaban directamente a Antonio y a la familia. Le molestó, pero lo aceptó.

—Por primera vez tengo que enterarme de cosas por vosotras —dijo.

Clara sonrió.

—Bienvenida.

Marcos seguía recuperando recuerdos pequeños. No buscaba grandes revelaciones. Una canción. El olor de una cocina. La sensación de una mano en el hombro. Empezó terapia también. Una tarde regresó con una fotografía de Carmen, la mujer que lo había criado.

—La encontré en un archivo de Mercedes.

Clara la miró. Carmen sonreía junto a un niño de seis años. Daniel.

—¿La recuerdas?

—No la cara completa. Pero recuerdo sus manos.

—¿Cómo eran?

Marcos sonrió.

—Siempre frías.

Clara apoyó la cabeza en su hombro. Aquella noche no hablaron de E-00. La casa también cambió. La habitación permanecía cerrada algunos días y abierta otros. Clara la convirtió poco a poco en despacho. Sacaron archivadores, entregaron pruebas y pintaron las paredes. Lucía ayudó.

—No la pintes oscura.

—No pensaba.

—Después de todo esto, quiero amarillo.

Clara la miró.

—Ni de broma.

Acabaron eligiendo un blanco cálido. Cuando terminaron, la puerta seguía siendo la original. Marcos preguntó si quería cambiarla. Clara negó.

—Todavía no.

No era miedo. Era una forma de reconocer que allí había ocurrido algo.

La normalidad llegó de manera poco espectacular.

Una compra semanal. Un problema con el coche.

Una discusión con el banco. Un domingo en que Marcos cocinó demasiado y Lucía apareció sin avisar.

Clara descubrió que la vida cotidiana no era el premio después del misterio.

Era el trabajo. Había que construirla. Y nadie podía hacerlo por ellos.

La normalidad también trajo peleas nuevas. Marcos quería vender la casa. Clara no.

—Todo empezó aquí —dijo ella.

—Precisamente.

—No quiero que E-00 nos eche.

—No existe.

—Entonces por qué quieres irte.

Marcos pensó.

—Porque quiero elegir una casa que nadie haya preparado para nosotros.

La frase quedó. Clara no aceptó en ese momento. Meses después, sería ella quien propusiera vender. Aquel desacuerdo les enseñó algo: incluso una decisión correcta podía ser incorrecta si llegaba antes de que la otra persona estuviera preparada. Por primera vez, Marcos no intentó convencerla.

—Cuando quieras.

Clara agradeció que esperara. Una espera sin contador.

La primera Navidad después de E-00 fue incómoda.

Elena no estaba. Samuel no. Mercedes recibió una invitación y estuvo a punto de rechazarla.

Alicia llegó pronto. Lucía tarde. Tomás llevó postre.

En un momento de silencio, todos parecieron recordar a los ausentes. Irene levantó una copa.

—Propongo hablar de cualquier cosa menos de traumas familiares durante diez minutos.

Duraron seis. Fue suficiente. La familia no se reparó en una gran conversación.

Se reparaba a intervalos. Lucía encontró un trabajo nuevo.

No relacionado con E-00, seguridad ni investigación.

La primera semana llamó a Clara para quejarse de una reunión inútil.

Clara estuvo a punto de llorar de alegría.

Lucía le dijo que era una exagerada. La primera vez que Lucía dijo «me voy a casa», Clara tardó en darse cuenta de que hablaba de su propio piso.

La frase le produjo una tristeza breve y una alegría mayor.

Tener casa propia era exactamente lo contrario de desaparecer.

El primer día de trabajo de Lucía terminó con una llamada de veinte minutos en la que se quejó de una impresora.

Clara escuchó fascinada. «He sobrevivido nueve años escondida para morir por una impresora», dijo Lucía.

Clara consideró que aquello era progreso.

Clara empezó a tener domingos en los que nadie mencionaba E-00.

Al principio los contaba. Después dejó de hacerlo.

Ese fue el verdadero indicador de que el proceso empezaba a quedar detrás.