La habitación que nadie abre Capítulo 26. La Caída De E-00
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Capítulo 26. La Caída De E-00

—Javier está imputado por homicidio y otros seis delitos.

—¿Samuel?

—Detenido.

Marcos dejó la taza.

—¿Dónde?

—Madrid.

—Quiero hablar con él.

—No todavía.

—Alicia.

—Hay interrogatorio, abogado y una investigación. Eres víctima y posible testigo. No voy a improvisar un encuentro familiar.

Marcos cerró los ojos.

—Vale.

Clara se sorprendió.

—¿Vale?

—Estoy aprendiendo a esperar por motivos normales.

Mercedes se presentó voluntariamente. Elena fue formalmente investigada por encubrimiento, participación en S-17 y varios delitos relacionados con documentación falsa. Clara recibió la noticia de su imputación en el despacho. Lucía estaba con ella.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

Clara levantó una ceja.

—No digas esa frase.

Lucía rio.

—Costumbre.

—No quiero que vaya a prisión.

—Yo tampoco.

—Pero tampoco quiero que no pase nada.

Lucía asintió.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Clara miró la puerta abierta de la habitación.

Durante el año había pensado que la verdad produciría una línea limpia: antes y después.

No ocurrió. La verdad era más sucia. Antonio había hecho daño y también había intentado repararlo.

Elena había amado a sus hijas y las había manipulado.

Mercedes había ayudado a crear S-17 y después había salvado a Daniel de E-00.

Samuel había borrado a su propio hijo y afirmaba haberlo hecho para mantenerlo vivo.

Javier había disparado a Antonio y, al mismo tiempo, había protegido durante años identidades de personas perseguidas por la misma red.

Nada de aquello reducía la responsabilidad. Solo impedía el consuelo de odiar de forma sencilla. Un mes después, Tomás confirmó que los nodos principales de E-00 estaban desconectados.

—¿Muerto? —preguntó Irene.

—No usaría esa palabra.

—¿Destruido?

—Tampoco.

—Eres insoportable.

Tomás sonrió.

—La estructura operativa está desmantelada. Pueden quedar copias, gente que conserve información, dinero escondido. Pero ya no existe coordinación.

Lucía se apoyó en la mesa.

—Entonces se acabó.

Tomás la miró.

—Esa parte sí.

Clara subió sola a la habitación. La mesa seguía llena de documentos precintados. El teléfono ya no funcionaba. La placa mostraba una pantalla sencilla.

ACCESO COMPLETADO.

Clara se acercó. Puso la mano en la puerta. Después la cerró. Marcos, que había subido detrás, se quedó quieto.

—¿Por qué?

Clara giró la llave. No activó ninguna alarma. No apareció ningún mensaje.

—Porque hoy quiero cerrarla.

—¿Y mañana?

—Ya veremos.

Marcos sonrió. Clara guardó la llave en un cajón del dormitorio.

No en una caja fuerte. No en un lugar secreto.

Un cajón cualquiera. Aquella noche durmieron con las ventanas abiertas.

No hubo vigilancia en la calle. Ningún teléfono sonó a las 02:17.

A las tres de la madrugada, Clara se despertó por costumbre.

Miró la hora. 03:04. Sonrió. Volvió a dormir.

La red había caído. La vida, sin embargo, apenas empezaba a aprender qué hacer con las ruinas.

Cuando la habitación dejó de ser prueba activa, Clara pidió quedarse sola dentro.

Alicia aceptó. Cerró la puerta detrás de ella sin bloquearla.

El escritorio estaba vacío. Las cartas habían sido retiradas. La fotografía de Antonio seguía allí. Clara la cogió.

—No sé si ganaste —dijo.

Silencio.

—Tampoco sé si perdimos.

Se sentó en la silla. Durante un año había imaginado que el día de abrir sería el día en que entendería a su padre. No ocurrió. Sabía más. Lo entendía menos.

—Supongo que eso es ser adulto —murmuró.

Pensó en llevarse la fotografía. La dejó. Salió. Marcos estaba en el pasillo.

—¿Todo bien?

Clara levantó una ceja. Él corrigió:

—¿Quieres café?

—Sí.

Bajaron. La puerta quedó abierta detrás. Ninguno miró. El primer domingo sin vigilancia policial, Clara salió al jardín en pijama. Se sentó con café. Nadie la observaba desde un coche. O, al menos, nadie que ella supiera. Marcos apareció.

—¿Qué miras?

—La calle.

—¿Algo raro?

Clara pensó.

—No.

—Bien.

Permanecieron sentados. Un vecino sacó al perro.

Un repartidor se equivocó de portal. Una bicicleta pasó.

Clara sonrió. La ausencia de acontecimientos empezaba a parecer un lujo.

La primera vez que Clara dejó la puerta abierta toda una noche, se despertó a las 02:17.

No había sonido. Bajó a beber agua y regresó sin comprobar el pasillo.

A la mañana siguiente se dio cuenta. La costumbre de vigilar empezaba a desaparecer antes que el recuerdo.

La prensa publicó la primera gran pieza sobre E-00 una semana después.

Clara leyó solo el titular. No quería descubrir su propia historia convertida en una simplificación.

Cerró la página y volvió al café. Había pasado demasiado tiempo viviendo dentro de titulares ajenos.

Alicia entregó a Clara una caja con copias legales de todo lo que podían conservar.

Clara la guardó en el armario y pasó meses sin abrirla.

Le gustaba saber que la información existía sin tener que vivir mirándola.

Tener acceso dejó de ser lo mismo que estar obligada a usarlo.

Cuando retiraron los precintos, Clara limpió la habitación sola.

Encontró polvo en una esquina y lo aspiró.

La tarea fue tan ordinaria que tuvo que parar a reír.

Un año antes habría pagado por saber qué había allí. Ahora estaba limpiando el rodapié.