Capítulo 10. Javier
JAVIER
Javier Salcedo aceptó reunirse con Clara demasiado rápido. Alicia se opuso.
—No vas sola.
—No he dicho que vaya sola.
—No vas.
—Eso sí lo has dicho.
La inspectora dejó la carpeta sobre la mesa.
—Clara, no sabes qué quiere.
—Precisamente por eso voy.
Marcos intervino.
—Yo voy con ella.
Alicia negó.
—Si Javier está relacionado con tu desaparición, eres la última persona que debe acercarse sin cobertura.
Al final llegaron a un acuerdo: Clara entraría al restaurante. Alicia estaría en una mesa al fondo con dos agentes. Marcos esperaría en un coche a media calle. Javier llegó puntual. Tendría unos sesenta años, traje oscuro sin corbata y una manera de sonreír que no alcanzaba los ojos.
—Clara Vega.
Ella no le dio la mano.
—Javier Salcedo.
—Te pareces a Antonio.
Clara sintió que el nombre de su padre en su boca era una provocación.
—¿Lo mataste?
Javier se sentó.
—Eso es empezar fuerte.
—No tenemos nada que hablar si no respondes.
—Entonces sí tenemos mucho.
Pidió un café sin consultar la carta. Clara no pidió nada.
—La casa era tuya —dijo.
—De una sociedad.
—Controlada por ti.
—Durante un tiempo.
—¿Preparaste la venta?
—No.
Clara lo observó.
—Mientes.
Javier sonrió.
—¿Por qué?
—Porque contestas demasiado rápido.
—Eso lo has heredado de tu madre.
Clara apretó los dedos bajo la mesa.
—¿Quién instaló la puerta?
—Antonio.
—Mi padre murió en 2017.
Por primera vez, Javier perdió una fracción de seguridad.
—Elena ha hablado.
—Sí.
—Eso complica las cosas.
—Para ti.
Javier se inclinó.
—Clara, la habitación no está diseñada para guardar un secreto. Está diseñada para obligar a quien la hereda a esperar.
—¿Por qué?
—Porque Antonio aprendió que la gente actúa peor cuando cree que se está quedando sin tiempo.
—¿Qué hay dentro?
—Algo que no podía circular hasta que ciertas personas desaparecieran de la red.
—¿Tú?
Javier sonrió.
—Entre otros.
—¿Por qué 365 días?
—Un año de propiedad limpia. Un año sin que la casa cambie de manos. Era la forma de confirmar que tú habías llegado hasta ella por el camino previsto.
Clara sintió un escalofrío.
—¿Mi padre organizó que yo comprara esa casa?
—No exactamente. Dejó instrucciones, intermediarios y condiciones. El sistema hizo el resto.
—¿Sistema?
Javier bebió café.
—E-00 no es solo gente. Es una estructura diseñada para seguir funcionando cuando la gente falla.
Clara recordó la explicación de Elena.
—¿Tú eres E-00?
Javier rio.
—No. Nadie es E-00 durante mucho tiempo.
—¿Mataste a Antonio?
Esta vez Javier la miró directamente.
—Le disparé.
Clara sintió que el restaurante desaparecía alrededor.
—¿Por qué?
—Porque iba a entregar una versión incompleta de la verdad.
—Eso no es una razón para matar.
—No. Es la razón por la que discutimos.
—¿Y la razón por la que disparaste?
Javier apartó la mirada un segundo.
—Porque él también tenía un arma.
—Mamá dice que lo dejaste vivo.
—Elena dice muchas cosas para poder dormir.
Clara se levantó. Javier no intentó detenerla.
—Todavía no sabes lo peor.
Ella se volvió.
—¿Qué?
—Que abrir la habitación no va a arreglar nada.
—No espero que lo haga.
—Entonces quizá sí seas hija de Antonio.
Clara salió. Alicia la alcanzó en la calle.
—¿Qué ha dicho?
—Ha admitido que disparó a papá.
Alicia se quedó inmóvil.
—Necesito que lo repita formalmente.
—No lo hará.
—Entonces necesitaremos otra cosa.
Marcos salió del coche al verlas. Clara caminó hacia él.
—¿Qué hay dentro? —preguntó.
—No lo ha dicho.
—¿Y por qué esperar?
Clara miró la fachada del restaurante.
—Porque el año es parte de la prueba de que yo soy la persona correcta.
Marcos frunció el ceño.
—Eso suena como si tu padre hubiera construido una prueba alrededor de tu vida.
—Sí.
—¿Te molesta?
Clara soltó una risa.
—Me enfurece.
Después miró hacia la calle. En la acera contraria, un hombre levantó el móvil como si estuviera fotografiando el edificio. Alicia lo vio al mismo tiempo.
—Al coche.
El hombre empezó a caminar. Uno de los agentes salió detrás. No lo alcanzó. Aquella noche, Clara comprendió que la espera no era pasiva. Alguien seguía moviéndose mientras el contador bajaba. La noche después de reunirse con Javier, Clara recibió una llamada de Elena.
—No vuelvas a verlo.
—No vuelvas a decirme qué hacer.
—Clara, Javier es peligroso.
—Eso lo sé.
—No sabes hasta dónde.
Clara miró a Marcos.
—Entonces cuéntamelo.
Elena guardó silencio.
—Exactamente —dijo Clara.
—Le disparó a Antonio.
—También lo sé.
—No fue la primera vez que mató a alguien.
Clara se quedó quieta.
—¿Quién?
—No puedo demostrarlo.
—Nombre.
Elena respiró.
—Mateo Ruiz.
Clara recordó el nombre solo mucho después, cuando encontraron los primeros restos.
—¿Qué pasó?
—En 2001, Antonio preparó su desaparición con ayuda de varias personas. Mateo debía sustituir algunos registros y abandonar el país. Hubo un accidente.
—¿Accidente?
—Eso creímos.
—¿Y ahora?
—Creo que Javier lo eliminó para cerrar el engaño.
Clara sintió frío.
—¿Papá sabía?
—No lo sé.
—Otra vez.
—Es la verdad.
Por primera vez, Clara creyó esa frase. No porque confiara en Elena.
Porque su madre sonaba genuinamente aterrorizada por no saber.
Al colgar, Clara escribió Mateo Ruiz en la lista de hechos, pero añadió un signo de interrogación.
Aprendía. No todo nombre era una certeza.
No toda sospecha merecía convertirse en recuerdo.
Y no todo enemigo necesitaba ser más monstruoso para ser culpable.
Javier mandó una carta desde la comisaría semanas después del encuentro.
Aún no estaba detenido formalmente; era una comunicación a través de su abogado. Solo decía:
PREGUNTA A ELENA QUIÉN ELIGIÓ LA CASA.
Clara enseñó la nota a su madre. Elena tardó.
—Antonio.
—Eso ya lo sé.
—No. La casa concreta.
Clara esperó.
—La elegí yo.
La respuesta sorprendió.
—¿Por qué?
—Vivimos cerca cuando tú eras pequeña. Antonio conocía la zona. Yo sabía que, si algún día buscabas casa, podía gustarte.
Clara sintió rechazo.
—¿Manipulasteis mi compra?
—Creamos la oportunidad. El precio, la salida al mercado. No obligamos a que eligieras.
—Eso no os hace mejores.
—No.
Clara rompió la nota de Javier. No necesitaba seguir permitiéndole dirigir las preguntas.
Alicia consiguió que el restaurante conservara las cámaras de la reunión con Javier.
En una de las imágenes, antes de entrar, él mira directamente hacia una cámara exterior.
No parecía sorprendido. Parecía saludar.
Clara sintió que incluso sus encuentros «espontáneos» podían haber sido parte de un escenario previsto.
• • •
Después del encuentro con Javier, Clara lavó las manos durante demasiado tiempo.
No había tocado al hombre. Aun así, sentía la conversación pegada a la piel.
Marcos cerró el grifo. «No te ha dejado nada.
» Clara respondió: «Ya tenía suficiente antes de verlo.
» Javier pidió pagar el café de la reunión.
Clara se negó. Años después recordaría ese detalle con más claridad que algunas amenazas.
No quería deberle ni dos euros. La camarera dividió la cuenta y Javier sonrió, como si entendiera exactamente por qué.
Javier sonrió en una fotografía policial de hacía veinte años.
Clara la imprimió y escribió debajo: NO CONFUNDIR CALMA CON VERDAD.
La frase terminó pegada dentro de la carpeta hasta el final de la investigación.