La habitación que nadie abre Capítulo 9. La Fotografía
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Capítulo 9. La Fotografía

LA FOTOGRAFÍA

La fotografía llegó impresa. No por correo. Irene la encontró metida bajo el limpiaparabrisas de su coche después de salir del trabajo.

—Voy a empezar a aparcar en un garaje —dijo al entrar en casa de Clara.

Irene había sido amiga de Clara desde la universidad y sabía lo suficiente para notar cuando algo no encajaba.

Durante años había aprendido a no insistir cuando Clara evitaba hablar de Lucía.

Aquella semana, después de encontrar a Alicia saliendo de la casa y a Clara llorando en la cocina, dejó de aceptar evasivas.

Clara terminó contándole casi todo. Irene escuchó con una taza de café entre las manos.

—Entonces, resumen: tu hermana está viva, tu marido tenía otro nombre, tu padre murió dos veces y vuestra casa tiene una habitación con cuenta atrás.

—Sí.

—Vale.

—¿Vale?

—No sé qué respuesta quieres.

—Ninguna.

—Perfecto.

La fotografía mostraba a Lucía y Daniel en Portugal. Clara ya había visto una copia, pero esta tenía algo distinto: una marca en el borde inferior, como si hubiera sido recortada de otra imagen. Irene la escaneó.

—Aquí falta alguien.

—¿Cómo lo sabes?

—Por la sombra.

A la derecha de Lucía había una sombra que no correspondía a ninguno de los dos. Alicia pidió el archivo. Horas después, encontró otra fotografía de aquella misma tarde en un registro de hotel. Tres personas. Lucía. Daniel. Y Javier Salcedo. Marcos miró la imagen.

—Estaba con nosotros.

—Eso parece —dijo Alicia.

—Lucía dijo que nos perseguía.

—Quizá entonces todavía no.

Marcos cerró los ojos.

—No.

Clara se acercó.

—¿Qué?

—Una conversación.

Alicia levantó una mano.

—Antes de que sigas, escribe lo que recuerdas.

Marcos obedeció. Escribió tres frases. Javier me ofrece salir. Lucía no confía. Yo digo que Antonio está vivo. Clara leyó la última.

—¿Tú sabías que papá estaba vivo?

Marcos abrió los ojos.

—Al parecer.

Llamaron a Lucía. Ella confirmó que en 2016 Javier aún fingía ayudarles. Les había facilitado documentos y rutas para investigar E-00.

—¿Cuándo descubristeis que era enemigo? —preguntó Clara.

—Cuando intentó quedarse con el archivo de Antonio.

—¿Qué archivo?

—Una copia parcial de S-17 y un listado de operaciones. Daniel la ocultó.

Marcos miró su libreta.

—¿Dónde?

—Nunca me lo dijiste.

—¿Por qué?

—Porque ya no confiabas en nadie.

La frase le hizo daño a Clara de una manera inesperada.

—¿Ni en ti?

—Especialmente en mí. Era la forma de protegerme si me cogían.

Marcos soltó una risa seca.

—Parece que todos teníamos la misma enfermedad: decidir por el otro.

Lucía no respondió. Alicia preguntó:

—¿Javier sabía dónde estaba Antonio?

—Sí.

—¿Y Elena?

—Sí.

—¿Samuel Ortega?

Silencio.

—Lucía.

—Sí.

Marcos abrió los ojos.

—Mi padre estaba con ellos.

—No exactamente. Samuel trabajaba para una clínica que colaboraba con E-00. Intentaba evitar que Daniel entregara el archivo.

—¿Por qué?

—Porque contenía identidades protegidas junto con pruebas. Si se entregaba sin filtrar, podía condenar a víctimas.

Alicia anotó.

—Eso por fin suena a un motivo que no es caricaturesco.

Lucía respondió:

—Nadie era un villano todo el tiempo. Ese fue el problema.

Después de colgar, Marcos volvió a mirar la fotografía.

—Recuerdo el paseo.

Clara se tensó.

—¿Qué recuerdas?

—Lucía estaba enfadada. Yo quería confiar en Javier.

—¿Algo más?

Marcos sonrió con tristeza.

—Que estaba enamorado de ella.

Clara sintió un golpe breve, limpio. Marcos la miró.

—Lo siento.

—No tienes que sentirlo.

—Pero te duele.

Clara respiró.

—Sí.

Aquello era más difícil de decir que «no pasa nada». Marcos dejó la fotografía sobre la mesa.

—No sé qué hacer con eso.

—Nada hoy.

—¿Y mañana?

—Tampoco hace falta.

Irene, que había permanecido en silencio, señaló la foto.

—Por cierto, si alguien os está dejando estas cosas, significa que sabe dónde estáis.

Alicia levantó la cabeza. La observación cambió el ambiente. Clara miró hacia la ventana. Por primera vez, el pasado no parecía limitarse a regresar. Parecía estar vigilándolos. Alicia puso vigilancia alrededor de la casa después de la fotografía de Portugal. Clara protestó.

—No quiero un coche de policía frente a casa.

—No lo tendrás.

—¿Entonces?

—No necesitas saberlo.

Clara levantó una ceja. Alicia suspiró.

—Mala elección de frase.

—Muchísimo.

Terminaron acordando un sistema más discreto. Tomás apareció por primera vez para instalar cámaras y detectar dispositivos de seguimiento. Todavía no era parte del grupo. Solo un técnico recomendado por Alicia. Lucía, al enterarse, reaccionó de una forma extraña.

—¿Tomás Rivas?

—Sí.

—Confía en él.

Clara se sorprendió.

—¿Tú lo conoces?

Silencio.

—Lucía.

—Sí.

—¿De qué?

—Me ayudó a desaparecer.

Clara miró a Tomás, que estaba agachado junto a una toma de corriente.

—¿Y no pensabas decirme eso?

Él levantó la cabeza.

—Pensaba que no debía hablar de tu hermana si ella no quería.

Clara soltó aire.

—Todos habéis ido a la misma escuela.

Tomás sonrió.

—Probablemente.

Aquel día encontró un localizador bajo el coche de Marcos. Alicia lo recogió como prueba.

—¿Cuánto llevaba ahí?

Tomás negó.

—No puedo saberlo.

Marcos miró el pequeño dispositivo dentro de la bolsa.

—Entonces alguien sabe cada sitio al que hemos ido.

Clara recordó a Javier en Portugal. La sensación de ser observada dejó de ser paranoia.

Se convirtió en un hecho. La vigilancia dio un resultado inesperado.

No siguieron a Clara. Siguieron a Irene.

Alicia recibió una fotografía de una cámara de tráfico: el mismo coche que había rondado la casa estacionado cerca de su trabajo.

—Te saco del caso —dijo Clara.

Irene negó.

—No.

—No voy a meterte en esto.

—No decides por mí.

Clara se quedó quieta. La frase era exactamente la que llevaba semanas diciendo a todos. Irene sonrió.

—Duele cuando te la devuelven.

Clara cerró los ojos.

—Muchísimo.

Alicia reforzó medidas. Irene siguió. No porque Clara la protegiera.

Porque eligió quedarse. Aquello transformó su amistad.

El localizador del coche tenía una batería para varios meses y no enviaba datos continuamente.

Alguien lo recogía a distancia cuando el vehículo pasaba por zonas concretas.

Tomás explicó que eso hacía el seguimiento más difícil de detectar.

Clara respondió que también hacía la intención más clara.

Tomás recomendó cambiar de teléfonos. Irene se negó a perder sus fotos y pasó horas haciendo una copia.

Clara la observó y pensó que, en una historia sobre información peligrosa, todos seguían teniendo miles de imágenes de desayunos y vacaciones que consideraban imprescindibles.

Irene empezó a enviar un mensaje al llegar a casa cada noche.

Clara no se lo pidió. Cuando una vez olvidó hacerlo, Clara la llamó asustada.

Irene respondió medio dormida. «No conviertas cuidarme en vigilarme.

» Clara se disculpó. La lección llegó rápido.

Tomás cambió la matrícula del coche de Marcos por recomendación policial.

Clara echó de menos la antigua, algo completamente irracional.

El detalle le enseñó cuánto de una vida está compuesto por objetos que solo notamos cuando cambian.