Capítulo 11. Irene
IRENE
Irene había sabido siempre cuándo Clara mentía.
No porque Clara fuera especialmente mala haciéndolo, sino porque llevaba demasiados años observándola.
Cuando estaban en la universidad, podía saber si había suspendido un examen solo por la forma en que dejaba el bolso.
Durante la desaparición de Lucía aprendió a detectar cuándo Clara decía «estoy bien» porque quería terminar una conversación.
Por eso, cuando encontró a una inspectora saliendo de la casa un martes por la noche, no aceptó la primera explicación.
—No me digas que es por la alarma.
Clara cerró la puerta.
—No iba a decir eso.
—Bien. Porque no tenéis alarma.
Marcos estaba en la cocina. Miró a Clara y, sin intervenir, le dejó la decisión.
Clara terminó contándolo. No todo al principio.
La puerta, el contador, la llamada de Lucía, Daniel.
Irene escuchó sin interrumpir, salvo para pedir una aclaración cuando la historia empezaba a sonar como dos historias distintas pegadas a la fuerza.
—A ver —dijo finalmente—. Tu hermana está viva, tu marido se llamaba Daniel, tu padre estuvo vivo dieciséis años más de lo que pensabas y hay un hombre llamado Javier que admite haberle disparado.
—Sí.
—Y tu madre sabía casi todo.
—Sí.
Irene tomó un sorbo de agua.
—Necesito algo más fuerte.
Clara rio por primera vez en días. Aquella reacción fue suficiente para que Irene entrara de verdad en la investigación.
Su trabajo estaba relacionado con documentación digital y edición de imagen.
No tenía acceso policial ni contactos secretos.
Tenía algo más útil: paciencia para mirar cientos de fotografías familiares y detectar cosas que Clara ya no veía.
Encontró la primera anomalía en una foto de un cumpleaños.
—Aquí.
Clara se inclinó.
—¿Qué?
—La textura del fondo.
Irene amplió la imagen. Detrás de Elena había una zona ligeramente desenfocada.
—Esto se ha reconstruido.
—¿Photoshop?
—Algo parecido. La foto es antigua, pero el archivo digital se editó años después.
Clara buscó el original en papel. La diferencia era evidente. En el original aparecía una mujer al fondo. Cabello oscuro. Un abrigo claro. Miraba hacia la cámara sin sonreír. Marcos se quedó quieto.
—La conozco.
Clara lo miró.
—¿De dónde?
Él cerró los ojos.
—No sé.
Irene fotografió el original y se lo envió a Alicia. La respuesta llegó en menos de una hora. Mercedes Robles. Alicia había localizado el nombre en registros de una fundación neurológica vinculada a E-00.
—¿Mi madre? —preguntó Marcos.
—Probablemente —respondió Alicia—. Necesito confirmarlo.
Clara miró la fotografía.
—¿Por qué estaba en mi cumpleaños?
Marcos no respondió. Alicia siguió investigando. Mercedes Robles había sido neuróloga. Había trabajado en una unidad privada de tratamiento del trauma y publicado artículos sobre consolidación de memoria antes de desaparecer del ámbito académico.
—S-17 —dijo Clara.
Alicia asintió.
—Eso parece.
Irene siguió con las fotografías. Encontró otras tres. Mercedes aparecía en lugares distintos: cerca del colegio de Clara, en una fiesta familiar y, años después, en la calle frente a la universidad.
—Nos vigilaba —dijo Clara.
Marcos negó.
—O me vigilaba a mí.
—Tú no estabas en ninguna de estas.
—Pero si sabía que acabaría cerca de ti...
Clara se volvió.
—Eso ocurrió mucho después.
Irene amplió la tercera imagen.
—Esperad.
En el reflejo de un coche aparecía otra persona. Un hombre. Clara no lo reconoció. Marcos sí reaccionó físicamente.
—Samuel.
Alicia tardó menos en identificarlo. Doctor Samuel Ortega.
Especialista en neuropsiquiatría. Padre biológico de Daniel, según Lucía.
La fotografía había sido tomada seis años antes de que Clara conociera a Marcos.
Eso significaba que dos personas vinculadas a su pasado ya estaban observando a la familia Vega mucho antes de que él entrara en su vida.
Clara sintió que las paredes de la casa se acercaban.
—¿Por qué nosotros?
Irene miró las imágenes extendidas sobre la mesa.
—Quizá la pregunta no sea por qué vosotros.
—¿Entonces?
—Por qué tu padre os puso en medio de algo que ya existía.
Clara no respondió. La placa de la habitación se encendió. Todos se quedaron quietos. No mostraba un mensaje. Solo el contador.
297 DÍAS.
Clara miró los números. El tiempo seguía bajando.
Y, por primera vez, empezó a sospechar que quizá quien vigilaba la casa también estaba mirando el mismo reloj.
Irene insistió en que necesitaban un sistema de seguridad sencillo para compartir información sin convertir el grupo en otra versión de E-00.
—Nada de contraseñas basadas en nombres de familiares —dijo.
Tomás levantó una ceja.
—Técnicamente son fáciles de recordar.
—Precisamente.
Crearon copias cifradas, claves repartidas y una norma: ninguna persona tendría acceso exclusivo a todo. Si algo le ocurría a uno, los demás sabrían qué faltaba. Clara observó la ironía.
—Estamos construyendo una red para destruir una red.
Alicia negó.
—La diferencia es que todos sabemos que existe.
Irene añadió:
—Y que nadie tiene derecho a desaparecer a otro por «su bien».
Marcos miró a Clara.
—Regla importante.
El trabajo con las fotografías siguió. Irene logró fechar varias ediciones digitales y descubrió que algunas habían sido modificadas poco después de que Marcos apareciera en la vida de Clara.
—No solo borraron gente —dijo—. También añadieron contexto.
En una imagen de una cena universitaria aparecía Marcos al fondo, aunque él aseguraba no haber conocido a Clara todavía. El original en papel demostró que no estaba.
—Intentaron construir un pasado previo —dijo Alicia.
Marcos sintió náuseas. Clara cogió la fotografía manipulada y la rompió. Todos la miraron.
—Esta no es una prueba —dijo—. Es una mentira.
Alicia no protestó. Irene sonrió. Fue una de las pocas veces en que destruir un documento les pareció el acto más sano. Irene descubrió una segunda edición en las fotografías: no solo habían eliminado personas, también fechas. En varias imágenes el metadato había sido desplazado exactamente un año.
—¿Para qué? —preguntó Clara.
—Para construir una cronología distinta.
Marcos miró las fotos.
—Si alguien quisiera convencerme de que vivía aquí antes de conoceros, necesitaría imágenes compatibles.
Alicia asintió.
—Una identidad falsa no funciona solo con documentos. Necesita recuerdos sociales.
Clara sintió un escalofrío.
—Entonces también manipularon a la gente que lo conoció como Marcos.
—Probablemente con información, no con S-17 —dijo Alicia—. Jefes, vecinos, conocidos. Si todos reciben la misma versión, nadie pregunta.
Marcos se quedó mirando una imagen alterada.
—Eso es lo peor.
—¿Qué?
—Que funcionó porque nadie necesitó mentir conscientemente. Solo repetir lo que le dijeron.
Clara guardó esa frase. Mucho después, aparecería casi intacta en el manuscrito.
Irene creó copias en papel de las fotografías originales y las guardó fuera de la casa.
«Lo digital se cambia demasiado fácil», dijo.
Clara pensó que era extraño acabar confiando en papel en una historia sobre tecnología.
Antonio había hecho lo mismo con cartas.
Algunas soluciones sobrevivían porque eran simples.
La mujer de las fotografías, Mercedes, empezó a aparecer también en los sueños de Marcos sin hacer nada.
Solo observaba. Él lo anotó. Clara tuvo la sensación de que la peor forma de vigilancia quizá no era que alguien te siguiera, sino descubrir después que siempre había estado allí.
Entre las fotos manipuladas, Irene encontró una que habían dejado intacta: Clara y Lucía peleándose de niñas por una bicicleta.
«Quizá nadie vio utilidad en cambiar esta.
» Clara la imprimió. Le gustaba que la imagen más verdadera fuera también la menos bonita.
Irene empezó a llamar «el comité» a las reuniones de Alicia, Tomás, Marcos y Clara.
Lucía añadió «de gente que no sabe nada».
El nombre se quedó. Incluso durante los días más tensos, un grupo de mensajería con un nombre ridículo conseguía recordarles que seguían siendo personas.