Capítulo 5. S-17
Lucía no contestó durante tres días. Clara dejó mensajes cada pocas horas. Algunos eran preguntas. Otros, insultos. El último fue una frase mucho más simple. Necesito saber qué le hicieron a Marcos. La respuesta llegó de madrugada.
NO PUEDO HABLAR MUCHO. PON ALTAVOZ. ESTAD LOS DOS.
Marcos estaba despierto. Dormía mal desde la visita a Elena.
Había empezado a revisar sus documentos antiguos y encontró contradicciones pequeñas pero suficientes: una fecha de empadronamiento anterior a la expedición de su primer DNI, un informe médico firmado por un facultativo que no figuraba en el hospital y fotografías de una infancia de las que conservaba recuerdos demasiado vagos.
Clara llamó. Lucía respondió al primer tono.
Lucía respiró.
—Un protocolo de intervención sobre memoria autobiográfica.
—En castellano.
—Puede bloquear el acceso consciente a recuerdos concretos, disminuir la respuesta emocional asociada y, en determinados casos, facilitar que una persona acepte una narrativa alternativa.
Clara sintió náuseas.
—¿Implanta recuerdos?
—No como en las películas. No te meten una vida entera en la cabeza. Pero si eliminas suficiente contexto y rodeas a una persona de documentos, rutinas y gente que valida una historia, el cerebro completa huecos.
Marcos se quedó mirando la pared.
—¿Eso hicieron conmigo?
—Sí.
—¿Quién?
Lucía dudó.
—Elena participó. Samuel Ortega también.
—¿Quién es Samuel?
—Un médico.
—¿Algo más?
Silencio.
—Lucía.
—Tu padre.
Marcos dejó de respirar. Clara se acercó a él.
—¿Mi padre está vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Y mi madre?
—Mercedes Robles.
Marcos cerró los ojos.
—Elena dijo Robles.
—Tu nombre era Daniel Robles Ortega.
Clara observó la reacción. No hubo reconocimiento visible, pero las manos de Marcos empezaron a temblar. Lucía continuó:
—Tú investigabas a E-00. No trabajabas para ellos al principio. Entraste por mí.
Clara sintió que la frase cambiaba de nuevo la geometría de la conversación.
—¿Por ti?
—Yo llevaba años siguiendo lo que había pasado con papá. Daniel me ayudó.
Marcos preguntó:
—¿Éramos pareja?
Lucía tardó demasiado.
—Sí.
Clara miró al suelo. No tenía derecho a sentirse traicionada por una relación que había sucedido antes de conocerlo. Lo sabía. Aun así, el cuerpo no obedecía a la lógica. Marcos la miró.
—Clara...
—Sigue preguntando.
Lucía habló con cuidado.
—No quiero hacerte daño.
Clara soltó una risa sin humor.
—Llegas nueve años tarde para esa preocupación.
—Tienes razón.
—¿Lo querías?
Lucía respondió:
—Sí.
—¿Y él a ti?
—Creo que sí.
Marcos cerró los ojos.
—No recuerdo nada.
—Lo sé.
—No digas eso.
Lucía guardó silencio. Él respiró.
—¿Por qué me borraron?
—Porque encontraste un registro que identificaba varios nodos de E-00. Querías entregarlo a una inspectora de policía. Antes de hacerlo, alguien avisó a la red.
—¿Elena?
—No lo sé.
—¿Qué pasó?
—Nos separamos para sacar la información por rutas distintas. Yo desaparecí. Tú no llegaste.
—¿Dónde me encontraron?
—En una estación.
Marcos se llevó una mano a la sien. Clara lo vio tensarse.
—¿Qué pasa?
—Una imagen.
—No la fuerces —dijo Lucía.
—Cállate.
Marcos cerró los ojos.
—Un reloj grande. Una maleta. Tú estabas llorando.
Lucía dejó escapar aire.
—Sí.
—¿Eso pasó?
—Sí.
—¿Qué me dijiste?
—Que no subieras al tren.
Marcos abrió los ojos.
—¿Por qué?
Lucía tardó.
—Porque había un hombre esperando dentro.
—¿Quién?
—Javier.
La palabra cayó como una piedra. Clara recordó el nombre de la sociedad vendedora. Javier Salcedo. La casa. La puerta. La memoria de Daniel. Todo parecía regresar a la misma persona.
—¿Javier preparó la venta? —preguntó Clara.
—No lo sé. Pero si su nombre aparece ahí, no es casualidad.
La llamada empezó a cortarse. Lucía habló rápido.
—Hay algo más. Si Marcos empieza a recordar, anotadlo antes de comprobar nada. No mezcléis lo que recuerda con lo que le contáis. S-17 deja restos. Y los restos se contaminan.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó Clara.
Silencio.
—Pronto.
—Eso no significa nada.
—Esta vez sí.
La llamada terminó. Marcos siguió sentado. Clara se colocó frente a él.
—Mírame.
Él lo hizo.
—No sé quién soy.
—Sí sabes quién eres ahora.
—¿Y si vuelve Daniel?
Clara tragó saliva.
—Entonces tendremos que conocerlo.
No era la respuesta que quería dar. Era la única honesta.
Marcos empezó a tener sueños después de pronunciar su antiguo nombre en voz alta.
No eran sueños completos. Fragmentos. Un andén.
Un olor a desinfectante. Una mujer con un abrigo rojo.
Una voz masculina diciendo: «Si subes, no vuelves».
Se despertaba antes de ver la cara. Clara aprendió a no preguntar inmediatamente.
Una noche esperó hasta que él se sentó en la cama.
—¿Quieres escribirlo?
Marcos asintió. Cogió el cuaderno de hechos.
—No ahí —dijo Clara.
Él la miró.
—¿Por qué?
—Ese es para cosas comprobadas.
Marcos sonrió.
—Bien.
Abrieron otro.
RECUERDOS.
En la primera página, Clara escribió una regla:
NO CORREGIR ANTES DE TERMINAR.
Marcos narró el sueño. Clara no le dijo que Lucía había mencionado una estación hasta que terminó. Cuando lo hizo, él dejó de escribir.
—Entonces es real.
—No necesariamente.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque podrías haber escuchado «estación» en la llamada y haber construido el sueño.
Marcos la miró con una mezcla de frustración y admiración.
—Te odio.
—Eso es bueno.
—¿Por qué?
—Porque significa que sigo siendo yo.
Marcos rio. La libreta de recuerdos se convirtió en una herramienta. Cada imagen era registrada antes de comprobarla. Algunas coincidían. Otras no. La existencia de recuerdos falsos no hizo que Marcos confiara menos en sí mismo. Hizo que empezara a entender la memoria de una forma nueva.
—Todo el mundo recuerda mal —dijo una noche.
—Sí.
—Solo que yo tengo un nombre sofisticado para culpar.
Clara lo miró.
—No minimices.
—No. Pero tampoco quiero vivir como si mi cabeza fuera una prueba contaminada.
Guardó la libreta.
—Soy más que un expediente.
Clara sonrió.
—Definitivamente.
Fue la primera vez que Marcos formuló el problema de esa manera.
No recuperar a Daniel. No demostrar que Marcos era verdadero.
Construir una identidad que pudiera contener ambas cosas sin pedir permiso a nadie.
El día después de la llamada sobre S-17, Marcos fue solo a caminar.
Clara lo dejó. Regresó dos horas después con una bolsa de farmacia.
—¿Qué es?
—Un test de drogas.
Clara frunció el ceño.
—S-17 fue hace nueve años.
—Ya lo sé.
—Entonces no va a salir.
—Ya lo sé.
—¿Por qué lo has comprado?
Marcos se sentó.
—Porque necesito hacer algo que pueda controlar.
Clara dejó de preguntar. Hicieron el test. Negativo.
Era inútil. Pero Marcos respiró mejor al ver una raya.
Clara comprendió que, en una historia llena de cosas enormes, a veces una persona necesitaba un gesto pequeño aunque no resolviera nada.
Guardaron el test en la basura. No en la carpeta de pruebas.
Marcos empezó a firmar notas privadas con dos iniciales: M.D.
No sabía por qué. Cuando Clara lo vio, no preguntó.
Días después él explicó que necesitaba una forma de aceptar los dos nombres sin convertir ninguno en enemigo.
La solución era pequeña, pero le pertenecía.
La palabra Daniel empezó a aparecer en búsquedas automáticas del teléfono de Marcos.
Cada notificación le provocaba una reacción.
Finalmente desactivó las alertas. No quería que un algoritmo decidiera cuántas veces al día debía recordar que había tenido otro nombre.
Marcos empezó a buscar el nombre Daniel en internet y encontró personas que no eran él.
Un músico, un arquitecto, un entrenador.
La normalidad del nombre lo sorprendió. Durante días había parecido una clave secreta.
De pronto volvía a ser solo un nombre que compartían miles de personas.
Aquello le quitó poder. Marcos cambió la firma de su correo personal de «Marcos Santos» a simplemente «Marcos».
No estaba preparado para Daniel. Tampoco quería seguir usando un apellido falso.
Nadie fuera del grupo notó la modificación. Para él fue enorme.