La habitación que nadie abre Capítulo 4. Elena
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Capítulo 4. Elena

ELENA

Elena abrió la puerta de su piso a las ocho y veinte de la mañana. No pareció sorprendida al ver a Clara y Marcos en el rellano. Pareció cansada.

—Entrad.

Clara no se movió.

—¿Sabías que Lucía estaba viva?

Elena cerró los ojos.

—Entrad.

—Respóndeme.

—Sí.

Marcos miró a Clara. Ella sintió que la palabra atravesaba nueve años de funerales sin cadáver, cumpleaños sin llamadas y noches en las que su madre había llorado frente a una fotografía de Lucía.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre.

Clara dio un paso hacia su madre.

—Nos dejaste creer que estaba muerta.

—Necesitaba que pareciera muerta.

—No te he preguntado qué necesitabas.

Elena bajó la mirada.

—Lo sé.

Clara casi se rio.

—Esa frase también queda prohibida.

Entraron. El piso de Elena parecía idéntico a como Clara lo recordaba, y aquello hizo que todo resultara más absurdo. Las mismas plantas, el mismo sofá, las fotografías familiares en la estantería. Lucía aparecía en muchas de ellas. Elena se sentó. Marcos permaneció de pie.

—Quiero saber qué es E-00 —dijo él.

Elena lo miró durante varios segundos.

—No sé por dónde empezar.

—Por el principio —respondió Clara.

Su madre respiró.

—Hace más de treinta años, un grupo privado empezó a financiar investigación neurológica. Memoria, trauma, recuperación después de accidentes. Al principio era legítimo.

—¿Tú trabajabas allí? —preguntó Clara.

—Sí.

—¿Y papá?

—Después.

Elena explicó que la estructura había crecido alrededor de varias empresas y fundaciones. E-00 no era el nombre de una organización exactamente; era el código del nivel de administración desde el que se coordinaban proyectos, seguridad y financiación.

—¿Una persona? —preguntó Marcos.

—Al principio, sí. Después se convirtió en un protocolo de continuidad. Si una persona caía, otra ocupaba la función. Las empresas cambiaban, el código permanecía.

—¿Y qué tiene que ver eso con recuerdos? —preguntó Clara.

Elena se quedó mirando sus manos.

—S-17.

Sacó una tarjeta antigua de un cajón.

—Era un proyecto para reducir recuerdos traumáticos intrusivos. Nunca debió pasar de ahí.

—Pero pasó.

—Sí.

—¿Qué hiciste tú?

Elena tardó.

—Trabajé en el diseño de los primeros protocolos.

Marcos respiró hondo.

—¿Me lo aplicasteis?

Elena levantó la vista. No respondió inmediatamente. Aquello bastó. Clara sintió que el suelo bajo su matrimonio se inclinaba.

—Mamá.

—No fui yo sola.

—Eso no mejora nada.

Marcos se acercó.

—¿Quién era antes?

Elena apretó los labios.

—No puedo darte esa respuesta sin pruebas.

—¿Sabes mi nombre?

Elena cerró los ojos.

—Sí.

Clara observó a su marido. Él parecía más tranquilo cuanto peor se volvía la conversación.

—Dilo —pidió.

Elena abrió los ojos.

—Daniel.

Marcos no reaccionó. Clara sí.

—Lucía lo sabe.

—Sí.

—¿Estaban juntos?

Elena miró a Clara.

—Eso tiene que contártelo ella.

—No vuelvas a decidir quién me cuenta qué.

Elena aceptó el golpe.

—Tienes razón.

Clara se sorprendió de que esta vez no añadiera nada. Marcos volvió a preguntar.

—¿Por qué me convertisteis en Marcos?

—Porque Daniel Robles tenía que desaparecer.

—¿De quién?

—De E-00.

—¿Y me escondisteis al lado de Clara?

Elena no contestó. Marcos soltó una risa seca.

—Claro.

Clara sintió que necesitaba salir de allí, pero todavía había una pregunta.

—Papá. Lucía dijo que preparó la casa.

Elena palideció.

—¿Te dijo eso?

—Sí.

—Entonces está más cerca de volver de lo que pensaba.

—¿Papá murió en 2001?

Elena negó lentamente. Clara sintió que el aire se volvía demasiado pesado.

—¿Cuándo?

—Más adelante.

—¿Cuándo?

—2017.

El mismo año que Daniel desapareció. El mismo año que Lucía dejó de existir para su familia. Clara se puso de pie.

—No quiero volver a verte hasta que decidas contarme todo.

Elena también se levantó.

—Clara, la puerta...

—La puerta es lo único que no me ha mentido. Me ha dicho exactamente lo que quiere: que espere.

Su madre la miró con una mezcla de miedo y tristeza.

—No sabes quién la programó al final.

Clara se detuvo.

—¿Papá no fue?

—Empezó él.

—¿Quién terminó?

Elena respondió:

—Lucía.

Antes de marcharse del piso de Elena, Clara pidió entrar en el antiguo despacho de su madre. Elena dudó.

—No.

Clara se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas del trabajo.

—¿E-00?

Elena no respondió. Marcos observó la puerta. Clara soltó aire.

—Es increíble.

—Clara...

—Otra habitación cerrada.

La frase golpeó a Elena. Su madre apartó la mirada.

Finalmente abrió. El despacho estaba lleno de cajas, libros médicos y archivadores.

Nada parecía secreto hasta que Clara encontró una carpeta con el nombre de Antonio.

La abrió. Fotografías. Antonio en 2004. 2007. 2011. Vivo. Clara dejó caer la carpeta.

—Lo fotografiabas.

Elena se acercó.

—Eran encuentros de seguridad.

—Parece una playa.

—A veces tenía que aparentar una vida normal.

—Mientras yo pensaba que estaba muerto.

Elena no contestó. Marcos encontró otra carpeta.

D.R.O.

Daniel Robles Ortega. No la abrió. Se la mostró a Elena.

—¿Puedo?

Ella cerró los ojos.

—Sí.

Dentro había informes médicos. Una fotografía de Marcos inconsciente en una cama. Clara se llevó una mano a la boca. Marcos leyó la fecha. Agosto de 2017.

—Ese soy yo.

Elena se acercó.

—Sí.

—¿Qué me hicisteis?

—Te estabilizamos.

—Eso no es lo que pregunto.

—Daniel...

—No me llames así.

Elena calló. Marcos cerró la carpeta.

—Me la llevo.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Contiene información protegida.

Clara soltó una risa.

—Mamá, de verdad necesitas actualizar tu concepto de «protegida».

Alicia no existía todavía en la investigación, así que hicieron fotografías de cada página y dejaron la carpeta.

Al salir, Clara comprendió que el problema no era solo que Elena hubiera mentido.

Era que había construido un archivo entero para decidir qué versión de la verdad permanecía disponible.

Aquella noche, Clara creó una carpeta propia.

La llamó HECHOS. No había nada protegido dentro.

La tarjeta S-17 tenía una banda magnética inutilizada y un número en relieve.

Tomás no estaba todavía en sus vidas, así que Marcos hizo una búsqueda básica.

El número correspondía al formato de antiguos identificadores de acceso hospitalario.

Clara encontró una clínica cerrada hacía años. Centro Orbe. El nombre aparecía también en un currículum antiguo de Samuel Ortega.

—Ya tenemos lugar —dijo.

—No vamos.

—¿Por qué?

—Porque llevamos veinticuatro horas desde que descubrí que mi identidad es falsa. Dame al menos una noche antes de entrar en una clínica abandonada.

Clara lo miró.

—Razonable.

—Gracias.

—Mañana.

Marcos rio. Aquella noche cenaron en silencio.

No hablaron de Daniel. Clara entendió que investigar también implicaba saber cuándo no avanzar.

Elena pidió que no se llevaran la tarjeta S-17.

Clara la guardó igualmente. Su madre no intentó recuperarla.

Al salir, Marcos dijo que ese gesto era lo primero que Elena había permitido que eligieran.

Clara respondió que no pensaba agradecerle una concesión mínima.

Aun así, lo registró. Al llegar a casa, Marcos pidió guardar la tarjeta S-17 en un sobre distinto de los documentos de Clara.

«Esto es mío», dijo. Clara entendió que no era territorialidad.

Era una forma de recuperar propiedad sobre algo que le había ocurrido sin permiso.

Elena intentó llamar aquella noche. Clara dejó sonar.

Al tercer intento, Marcos preguntó si quería que apagase el teléfono.

Ella negó. «Quiero escuchar que llama y decidir no cogerlo.

» La diferencia importaba. El silencio ya no era algo que otros imponían.

También podía ser un límite elegido. Elena conservaba una vieja fotografía de Antonio en la cartera.

Clara la descubrió al levantarse. No dijo nada.

El amor entre sus padres no desaparecía porque ambos hubieran hecho cosas terribles.

Esa contradicción empezó a ser el tono de toda la historia.