Capítulo 3. La Llamada De Lucía
LA LLAMADA DE LUCÍA
El teléfono sonó a las once y cuarenta y tres de la noche.
Clara estaba en el sofá con la fotografía de su infancia sobre la mesa.
Había llamado a Elena seis veces desde la conversación de la mañana.
Su madre no había vuelto a responder. El número que apareció en pantalla era oculto. Marcos, sentado a su lado, la miró.
—No contestes.
Clara descolgó.
—¿Sí?
Durante un segundo solo escuchó respiración. Después una voz femenina dijo:
—No abras la habitación.
Clara dejó de sentir el cuerpo. No fue necesario que la mujer dijera su nombre. Nueve años podían cambiar una cara, una manera de caminar, incluso la forma de mirar. Una voz era diferente. La voz de una hermana estaba almacenada en un lugar más profundo.
—Lucía.
Marcos se incorporó. Al otro lado hubo un sollozo que intentó convertirse en risa.
—Hola, Clara.
Clara se levantó.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírtelo.
—¿Estás viva?
Lucía tardó un segundo.
—Sí.
Clara sintió que la rabia llegaba antes que el alivio.
—Te hemos enterrado sin cuerpo durante nueve años.
—Lo sé.
—Mamá dejó de buscarte.
—No.
—¿Qué?
—Mamá nunca dejó de saber.
Clara cerró los ojos. Marcos le tocó el brazo. Ella activó el altavoz.
—Lucía, estoy con Marcos.
El silencio al otro lado cambió.
—Ya.
Marcos frunció el ceño.
—¿Nos conocemos?
Lucía no respondió a la pregunta.
—Clara, necesito que me escuches. La puerta no debe abrirse antes de que termine el contador.
—¿Qué hay dentro?
—Pruebas.
—¿De qué?
—De muchas cosas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte ahora.
Clara caminó hasta la ventana.
—¿Quién preparó la casa para mí?
—Papá.
La palabra golpeó la habitación. Clara se volvió hacia Marcos.
—Papá murió.
Lucía respiró.
—No cuando tú crees.
Clara se apoyó en el marco de la ventana.
—No hagas esto.
—Clara...
—No aparezcas después de nueve años para decirme que papá no murió cuando yo tenía diez y esperar que te escuche tranquila.
—No espero eso.
—Entonces dime dónde estás.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si me encuentran, os encuentran a vosotros.
Marcos intervino.
—¿Quiénes?
Lucía guardó silencio.
—E-00 —dijo finalmente.
Clara recordó la tarjeta de Elena.
—Mamá me dio un código. S-17.
Esta vez el silencio fue mucho más largo.
—¿Quién te ha dicho ese nombre?
—Ella.
—Entonces ya está asustada.
—Explícame qué es.
—No por teléfono.
Clara golpeó con la palma el borde de la mesa.
—Todo es «no por teléfono», «no ahora», «espera». Estoy cansada de que todo el mundo decida cuándo puedo saber algo.
Lucía respondió con una calma que dolió.
—Lo sé.
—No vuelvas a decirme eso.
—Tienes razón.
Clara respiró.
—¿Por qué desapareciste?
—Porque cometí el error de pensar que encontrar la verdad y sobrevivir a ella eran la misma cosa.
—¿Qué descubriste?
—Que papá había dejado algo preparado. Que mamá estaba implicada. Que E-00 seguía activo. Y que alguien a quien quería estaba en peligro.
Clara miró a Marcos. Él notó la mirada.
—¿Quién?
Lucía no respondió. Marcos volvió a intervenir.
—Lucía, ¿nos conocemos?
La respiración de ella se volvió irregular.
—Sí.
Clara sintió que un hilo invisible se tensaba entre los tres.
—¿De qué?
—No puedo hacer esto así.
—Hazlo —dijo Marcos.
—No.
—Llevas nueve años desaparecida. Creo que puedes soportar una pregunta.
Lucía soltó aire.
—No confíes en los recuerdos que vuelvan.
Marcos se quedó inmóvil. Clara lo miró.
—¿Qué significa eso?
—Significa que S-17 no borra exactamente. Bloquea, fragmenta, mezcla acceso y emoción. Si algo empieza a aparecer, no lo toméis como una grabación. Contrastadlo.
Clara se acercó al teléfono.
—Lucía, ¿qué le hicieron a Marcos?
La respuesta fue casi un susurro.
—Eso tendrás que preguntárselo a Elena.
—¿Por qué?
—Porque fue ella quien decidió que siguiera vivo.
Marcos palideció. Clara sintió miedo por primera vez de una forma distinta. No por la habitación. Por el hombre que tenía delante.
—¿Qué quieres decir con «siguiera vivo»?
Lucía guardó silencio. Después dijo:
—Clara, no confíes en mamá.
La llamada se cortó. Marcos se quedó mirando el teléfono.
—¿Quién soy? —preguntó.
Clara no supo responder. Por primera vez desde que lo conocía, tampoco estuvo segura de que él pudiera hacerlo.
• • •
Después de la llamada, Clara no pudo quedarse quieta. Abrió cajones, ordenó platos, dobló ropa que ya estaba doblada. Marcos la observó desde la mesa sin intentar detenerla.
—Di algo —pidió ella.
—No sé qué.
—Lo que sea.
Él pensó.
—Tu hermana tiene la misma forma que tú de cortar una conversación.
Clara se volvió.
—No tiene gracia.
—No era una broma.
La frase la desarmó. Se sentó.
—¿Cómo ha podido hacer esto?
—No lo sé.
—Nueve años.
—Sí.
—Mamá sabía.
—Parece.
Clara golpeó la mesa con la palma.
—Todo el mundo sabe cosas menos yo.
Marcos se inclinó.
—Yo tampoco sé nada.
Ella lo miró. Era verdad. Hasta aquella noche, Clara había pensado que el centro de la historia era ella: su casa, su hermana, su padre, su madre. Ahora Marcos estaba sentado frente a ella descubriendo que quizá ni siquiera su nombre le pertenecía.
—Perdón —dijo.
—¿Por qué?
—Porque llevo una hora pensando solo en Lucía.
—Es tu hermana.
—Y tú...
—No sé qué soy.
Clara cogió su mano.
—Eres mi marido.
Marcos la miró.
—Eso sí lo sé.
La seguridad de la frase la hizo llorar. No mucho. Solo lo suficiente para que Marcos se levantara y la abrazara.
—Mañana —dijo él— hacemos una lista.
Clara se separó.
—¿Una lista?
—De hechos.
Ella sonrió.
—Eso iba a decir yo.
—Llevamos seis años casados. Algo se pega.
Cogieron un cuaderno. Escribieron: 1. Lucía está viva. 2. Elena lo sabía. 3. La puerta estaba preparada para Clara. 4. S-17 está relacionado con Marcos. 5. Lucía conoce a Marcos de antes. Debajo, Clara dejó una línea. 6. Vacía.
—¿Qué ponemos? —preguntó Marcos.
Clara miró la puerta de la planta superior.
—Todavía nada.
Aquella lista sería la primera regla de la investigación: separar lo que sabían de lo que temían. Clara no contó a Elena que Lucía había llamado hasta la mañana siguiente. Quería verla reaccionar en persona. Su madre abrió la puerta, vio la cara de Clara y dijo:
—Ha llamado.
No era una pregunta.
—Sí.
Elena se apoyó en el marco.
—¿Está bien?
Clara sintió que la preocupación parecía auténtica. Eso la enfureció aún más.
—No sé. No me ha dejado comprobarlo durante nueve años.
Elena cerró los ojos.
—¿Qué te ha dicho?
—Que no confíe en ti.
La frase hizo daño.
—Eso es justo.
Clara no esperaba la respuesta.
—¿Justo?
—Sí.
—Entonces dame una razón para confiar.
Elena tardó.
—No puedo darte una hoy.
Clara rio.
—Perfecto.
Se marchó. En el coche, Marcos preguntó:
—¿Por qué has ido si sabías que no iba a hablar?
Clara arrancó.
—Quería comprobar si Lucía seguía siendo capaz de hacerle daño.
—¿Y?
—Sí.
La respuesta no demostraba nada. Pero recordaba a Clara que, detrás de los secretos, todavía había relaciones humanas.
Eso iba a complicarlo todo. Antes de colgar, Lucía había respirado como cuando era adolescente y estaba a punto de llorar.
Clara recordaba ese sonido. Le dio más certeza que cualquier palabra.
La hermana que había perdido seguía ahí, debajo de nueve años de miedo y decisiones.
Eso hizo que la rabia fuera todavía más intensa.
Esa madrugada, Clara buscó antiguos mensajes de Lucía.
El último antes de desaparecer decía: «Luego te llamo.
» Dos palabras corrientes. Ninguna despedida.
Clara lo había leído cientos de veces durante nueve años.
Ahora, por primera vez, sabía que «luego» había llegado. Solo había tardado demasiado.
Marcos guardó el número oculto de Lucía bajo un contacto llamado L.
Clara lo vio y sintió una punzada absurda.
Él se dio cuenta. «Puedo poner Lucía.» Clara negó.
«Pon lo que quieras.» El gesto era pequeño, pero ambos entendieron que estaban aprendiendo a no pedir permiso para existir dentro de la misma historia.
Lucía mandó un mensaje después de cortar: PERDÓN.
Clara lo leyó y no respondió. Dos horas después escribió: SIGUES DEBIÉNDOME NUEVE AÑOS.
Lucía contestó: LO SÉ. Clara estuvo a punto de enfadarse por la frase prohibida.
En cambio, sonrió. Algunas costumbres familiares sobrevivían incluso al desastre.
Clara pasó el día siguiente esperando otra llamada de Lucía. No llegó. La ausencia le devolvió de golpe los nueve años anteriores. Miraba la pantalla, comprobaba cobertura, cargaba el teléfono aunque tuviera ochenta por ciento. Marcos terminó quitándoselo de las manos.
—Dámelo.
—No.
—Clara.
—Puede llamar.
—Y puede llamar en treinta segundos.
—Exacto.
Marcos dejó el teléfono sobre la mesa, al alcance.
—Entonces no necesitas sujetarlo.
Clara sintió que iba a discutir. No lo hizo.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo?
—No estoy tranquilo.
—Lo pareces.
—Tengo práctica fingiendo que sé quién soy.
La frase la dejó sin respuesta. Por la tarde salieron a caminar. Clara llevó el móvil. No sonó. Cuando regresaron, había un mensaje.
LU: SIGO BIEN. NECESITO TIEMPO.
Clara escribió inmediatamente:
YO TAMBIÉN NECESITABA TIEMPO HACE NUEVE AÑOS.
Borró. Escribió:
NO VUELVAS A DESAPARECER SIN DECIR NADA.
Lucía respondió:
NO.
Una promesa mínima. Clara decidió creerla por un día. No por nueve años. Por un día. Aquella fue la primera forma en que reconstruyeron confianza: periodos pequeños, verificables, sin exigir al futuro más de lo que podía garantizar.