Capítulo 2. El Antiguo Propietario
EL ANTIGUO PROPIETARIO
A las ocho y diez de la mañana, Clara ya había llamado tres veces a la inmobiliaria.
La primera llamada terminó en un buzón de voz.
La segunda, en una recepcionista que aseguró que la agente que había gestionado la venta llegaría a las nueve.
La tercera fue la que consiguió despertar a Marcos, que apareció en la cocina con el pelo revuelto y una expresión poco compatible con cualquier conversación seria.
—Has dormido algo? —preguntó él.
Clara sostuvo el teléfono entre el hombro y la oreja mientras revisaba en el portátil la escritura de compraventa.
—Dos horas.
—Eso no es dormir.
—Tampoco lo es tener un teléfono sonando detrás de una puerta que sabe mi nombre.
Marcos abrió la cafetera.
—No sabemos si es un teléfono.
Clara levantó la vista.
—Sonaba como un teléfono.
—Podría ser una alarma.
—Una alarma que recibe mensajes.
—Podría ser una alarma muy moderna.
Clara le dedicó una mirada que terminó la discusión. A las nueve y cuatro, la agente devolvió la llamada.
—Clara, buenos días. Me han dicho que tienes un problema con una puerta.
—No sé si llamarlo problema. Durante las visitas había un armario tapándola. Ahora el armario no está. La habitación está cerrada, ninguna de las llaves funciona y anoche una pantalla mostró mi nombre.
Hubo un silencio al otro lado. No fue largo, pero sí lo bastante perceptible para que Clara enderezara la espalda.
—¿Una pantalla?
—Sí.
—¿Puedes mandarme una foto?
Clara la había tomado a las dos y veinte, aunque la placa ya estaba apagada. Envió varias imágenes de la puerta, el marco y la inscripción 02:17. La agente tardó cinco minutos en responder.
—Yo esa puerta no la vi nunca.
—Había un armario delante.
—Sí, recuerdo el armario. Pero pensé que era un armario empotrado.
—No lo era.
—Voy a revisar el expediente.
Clara escuchó papeles, teclas y una respiración cada vez más incómoda.
—Aquí constan tres dormitorios, despacho, cocina, salón, dos baños y garaje. No figura otra estancia.
Marcos, que estaba frente a Clara, dejó la taza sobre la mesa.
—Pregúntale por la sociedad —dijo en voz baja.
Clara ya tenía abierta la escritura.
—La vendedora era Mirador Patrimonial Dos, S.L. ¿Quién estaba detrás?
La agente volvió a guardar silencio.
—La operación nos llegó a través de un administrador. La sociedad estaba en liquidación.
—Nombre.
—Clara...
—Nombre.
La agente se rindió.
—Javier Salcedo.
Clara escribió el nombre.
—Quiero su contacto.
—No puedo darte un teléfono privado.
—Entonces dile que me llame.
—Lo intentaré.
—Hoy.
Cuando colgó, Marcos miró el nombre escrito.
—¿Te suena?
Clara negó. No le sonaba. Y eso, de alguna manera, resultó peor.
A media mañana llamó a un cerrajero. No le contó la parte del nombre en la pantalla; solo dijo que habían comprado una casa y tenían una habitación sin llave.
El hombre llegó una hora después. Tendría unos cincuenta años, llevaba una maleta metálica y no mostró ningún interés especial hasta que vio la placa.
—Esto no es doméstico —dijo.
—¿Qué es?
—Control de acceso. Antiguo, pero bueno.
Se agachó para observar la cerradura.
—La parte mecánica podría abrirla, pero si está enlazada al sistema electrónico no sé qué hará.
—¿Puede romper algo?
—Puede bloquearse. O activar una alarma.
Marcos miró a Clara.
—¿Seguimos queriendo saber qué hay dentro?
—Sí.
El cerrajero introdujo una herramienta fina. La placa se encendió inmediatamente.
MANIPULACIÓN DETECTADA.
364 DÍAS.
El hombre retiró las manos.
—Yo no tocaría esto.
—¿Por qué? —preguntó Clara.
—Porque alguien ha instalado un contador vinculado a un sensor de apertura. Y porque no tengo ni idea de qué pasa si lo saltamos.
—¿Puede abrirla?
—Claro. También puedo cortar los cables de un ascensor. Otra cosa es que sea buena idea.
Guardó las herramientas.
—Buscad a quien instaló el sistema.
—No sabemos quién fue.
El cerrajero miró la puerta, luego a ellos.
—Entonces empezaría por ahí.
Se negó a cobrarles la visita completa. Aquella tarde, cuando Clara salió al jardín para tirar cartones, encontró un sobre blanco dentro del buzón. No llevaba sello. Tampoco remitente. Solo su nombre escrito a mano.
CLARA.
Marcos estaba dentro. Ella dudó unos segundos antes de abrirlo sola.
Dentro había una fotografía. Clara necesitó un instante para reconocerse.
Tendría ocho o nueve años. Estaba delante de la casa de sus padres, con una mochila roja colgada de un hombro y una expresión de fastidio dirigida a la cámara.
Giró la fotografía. En el reverso, una frase.
TU MADRE SABE POR QUÉ.
Clara sintió un golpe frío en el estómago. Entró en casa.
—Marcos.
Él apareció desde el salón.
—¿Qué?
Clara le mostró la foto. Su expresión cambió.
—¿De dónde ha salido?
—Buzón.
—¿Acaba de llegar?
—No sé. No lo había mirado antes.
Marcos sostuvo la fotografía por los bordes.
—¿Quién la hizo?
—No me acuerdo.
—¿Tu madre?
—No lo sé.
Clara ya estaba buscando el número de Elena. Su madre tardó demasiado en responder.
—Clara.
—Mamá, necesito preguntarte una cosa.
—¿Qué pasa?
—Hemos comprado una casa.
—Ya lo sé. Me lo dijiste.
—Hay una habitación cerrada.
Al otro lado se hizo silencio. Clara se levantó lentamente.
—Mamá.
—¿Qué habitación?
La pregunta llegó demasiado tarde.
—Una puerta de madera oscura. Una placa. Un contador de trescientos sesenta y cinco días.
Elena respiró.
—No la abras.
Clara apretó el teléfono.
—¿Cómo sabes de qué puerta hablo?
—Clara, escúchame.
—¿Cómo lo sabes?
—No la abras.
—Mamá.
La llamada terminó. Clara se quedó mirando la pantalla. Marcos estaba frente a ella.
—¿Qué ha dicho?
Clara levantó la fotografía.
—Que no la abramos.
Marcos miró la puerta del pasillo superior, invisible desde allí.
—Entonces esto no empezó con la casa.
Clara negó. No. Había empezado mucho antes. Por la tarde, Clara buscó Mirador Patrimonial Dos en el Registro Mercantil. La sociedad tenía una historia corta y anodina: compra de activos, alquiler, venta. Sin empleados. Sin página web. Sin actividad reciente. Marcos leyó por encima de su hombro.
—Podría ser cualquier sociedad creada para una inversión.
—Sí.
—Eso sería lo normal.
—También sería normal que una habitación apareciera en los planos.
Clara descargó una nota simple de la vivienda. La descripción coincidía con la escritura. Ninguna mención al espacio cerrado.
—¿Y si es una reforma ilegal? —preguntó Marcos.
—Entonces alguien hizo una reforma ilegal con un sistema de acceso que sabe mi nombre.
—Bien. Retiro la teoría.
Clara buscó a Javier Salcedo. Encontró poco. Un administrador mercantil, varias sociedades extinguidas, una fotografía antigua en una noticia económica y una participación en una fundación de investigación médica.
AMPLIA.
El nombre de la fundación le resultó familiar.
Lo escribió en un buscador junto a Elena Vega.
Apareció un artículo de hacía veintisiete años.
«Programa de intervención neurocognitiva en trauma persistente».
Entre los autores: Elena Vega Martín. Clara sintió que la habitación se conectaba de pronto con su madre de una manera más concreta.
—Marcos.
Él se acercó. Leyó el nombre.
—¿Tu madre trabajó con la sociedad de Javier?
—Con una fundación relacionada.
—¿Se lo preguntas?
Clara miró el teléfono. Después recordó el «no la abras» y la llamada cortada.
—No todavía.
Hizo una captura. La guardó. Aquella decisión fue pequeña, pero importante: por primera vez desde que empezó el misterio, Clara decidió no entregar inmediatamente toda la información a la persona que parecía saber más.
No porque quisiera jugar a investigar. Porque ya había aprendido que saber algo y compartirlo eran dos actos diferentes.
Y, por primera vez, quería elegir el orden.
La agente inmobiliaria envió horas después un correo con el expediente de la vivienda.
Había una anomalía. Un anexo de reforma fechado en 2000 describía una «sala de archivo interior» de once metros cuadrados.
El documento llevaba el sello municipal, pero no aparecía incorporado al catastro actual.
—La habitación existía antes de que papá muriera oficialmente —dijo Clara.
Marcos señaló una firma. A. Vega. Clara acercó la pantalla.
Antonio Vega. No podía probar que fuera su padre.
El apellido era común. Pero el número de documento asociado coincidía parcialmente con un registro antiguo.
Clara llamó a Elena. No respondió. Envió una fotografía del documento.
Cinco minutos después recibió un único mensaje:
NO SIGAS POR CORREO.
Clara enseñó la pantalla a Marcos.
—Eso es casi una confesión.
—Casi no cuenta.
Clara guardó el documento.
—Hechos.
—Exacto.
Empezaban a hablar el idioma de Alicia antes de conocerla.
El cerrajero llamó al día siguiente. Había buscado el modelo de la placa.
Se fabricó para instalaciones médicas y archivos sensibles a finales de los noventa.
No quiso cobrar la consulta. Solo dijo: «Si alguien se tomó tantas molestias para que no la abrieran, yo averiguaría primero quién pagó la instalación.
» Clara añadió una nueva línea a la lista.
El nombre de Javier quedó escrito en una hoja junto al de Elena.
Clara rodeó ambos con círculos separados.
No quería conectarlos sin pruebas. Después miró los dos círculos y pensó que probablemente alguien llevaba años haciendo exactamente lo contrario: dibujando líneas entre personas sin que ellas supieran que pertenecían al mismo mapa.
Clara llamó al ayuntamiento. El técnico de urbanismo no pudo explicar por qué la sala de archivo había desaparecido de los planos posteriores.
«Puede ser un error de digitalización», dijo.
Clara anotó la frase. Había empezado a comprender que las conspiraciones se escondían mejor cuando podían parecer errores administrativos perfectamente aburridos.
La carpeta HECHOS empezó con cuatro folios.
Clara compró separadores de colores. Marcos se rio de ella hasta que terminó pidiéndole una sección propia para Daniel.
El orden no resolvía nada, pero les daba un lugar donde poner las preguntas sin llevarlas todo el tiempo dentro de la cabeza.