La habitación que nadie abre Capítulo 1. La Habitación
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La habitación que nadie abre

La habitación que nadie abre

Por J. T. Nera

© inepub.com

Capítulo 1. La Habitación

LA HABITACIÓN

La primera vez que Clara vio aquella puerta pensó que detrás habría un trastero.

No existía ninguna razón lógica para imaginar otra cosa.

La casa llevaba meses vacía, los anteriores propietarios habían dejado algunos muebles viejos y, desde que aquella mañana les entregaron las llaves, ella había encontrado dos armarios empotrados que no aparecían en los planos, una despensa más profunda de lo esperado y un pequeño hueco bajo la escalera donde Marcos ya había decidido guardar herramientas que todavía no tenían.

Una habitación cerrada al final de un pasillo podía ser simplemente otra de esas peculiaridades de una vivienda construida hacía más de treinta años.

Eso fue lo que Clara se dijo. Llevaban menos de dos horas allí.

Las cajas de la mudanza ocupaban buena parte del recibidor, las bolsas con ropa seguían abiertas sobre el suelo del dormitorio y en el salón había un sofá protegido por una sábana porque Marcos estaba convencido de que pintarían las paredes antes de colocar definitivamente los muebles.

—No pienso pintar hoy —había advertido Clara nada más entrar.

Marcos, cargando una caja de libros, había sonreído.

—Hoy no. Mañana.

—Mañana tampoco.

—Entonces pasado.

—Nos conocemos desde hace seis años. Sabes perfectamente que al final lo pintarás tú solo.

—También sé que cuando termine dirás que ha quedado mejor.

Clara había preferido no responder. Después de casi un año mirando viviendas, bancos, tasaciones, contratos, visitas y números, tener por fin las llaves debería haberle producido una sensación de calma.

Durante semanas había imaginado aquel momento: entrar sin un agente inmobiliario detrás, cerrar la puerta y sentir que por fin aquella casa era suya.

De ellos. Sin embargo, por ahora solo parecía que habían trasladado todo el caos de su antiguo piso a un lugar más grande.

Marcos se encontraba en la planta baja intentando descubrir por qué uno de los enchufes del salón no funcionaba.

Clara había decidido aprovechar para recorrer la planta superior con tranquilidad.

No necesitaba hacerlo; conocía la distribución casi de memoria.

Habían visitado la vivienda tres veces antes de comprarla.

Aun así, estar allí solos hacía que pareciera diferente.

El dormitorio principal quedaba al fondo del corredor.

A su izquierda estaba el baño y, a la derecha, la habitación que habían acordado convertir en despacho.

Clara quería utilizarla para trabajar algunas tardes; Marcos decía que acabaría convirtiéndola en una habitación llena de papeles que ninguno volvería a mirar.

Probablemente ambos tenían razón. Clara abrió la ventana del despacho.

Entró una corriente de aire frío que movió ligeramente las cortinas que habían dejado los anteriores propietarios.

Desde allí podía ver parte del jardín y la calle.

El barrio estaba tranquilo. Una pareja paseaba con un perro al otro lado de la carretera y, unas casas más abajo, alguien descargaba bolsas de un coche.

Aquello era precisamente lo que Clara había querido.

Tranquilidad. Normalidad. Cerró la ventana y regresó al pasillo.

Fue entonces cuando vio la puerta. Se detuvo.

Estaba unos metros más adelante, prácticamente al final del corredor, antes de que la pared terminara en una pequeña ventana.

Clara frunció el ceño. No recordaba aquella puerta.

Avanzó lentamente. No sentía miedo; todavía no.

Más bien experimentó esa pequeña incomodidad que aparece cuando un objeto conocido está colocado en un lugar diferente y el cerebro tarda unos segundos en comprender qué ha cambiado.

La puerta tampoco se parecía a las demás.

Las del dormitorio, el baño y el despacho eran blancas y tenían pomos metálicos.

Aquella era de madera oscura, mucho más antigua, y no tenía pomo.

En su lugar había una placa rectangular de metal negro instalada aproximadamente a la altura del pecho.

Debajo de la placa había una cerradura convencional.

Clara pasó los dedos por el marco. No parecía una modificación reciente.

La pintura de la pared terminaba exactamente junto a la madera y no había señales de que hubieran retirado nada.

Tiró suavemente. La puerta no se movió. Volvió a intentarlo con más fuerza.

Nada.

—Marcos —llamó Clara desde el pasillo.

No obtuvo respuesta. Volvió a mirar la puerta antes de levantar la voz.

—¡Marcos!

Desde la planta baja llegó la voz de su marido.

—¡¿Qué?!

—¡Sube un momento!

—¡Estoy intentando arreglar el enchufe!

Clara apoyó una mano en la cintura.

—¡Déjalo!

Hubo una pausa.

—¡¿Por qué?!

—¡Porque he encontrado algo!

No escuchó respuesta, pero pocos segundos después llegaron pasos por la escalera. Marcos apareció con un destornillador en una mano y una expresión de paciencia fingida.

—Como hayas encontrado otra grieta, te aviso de que ya somos propietarios. Ya no podemos exigir que nos bajen el precio.

Clara señaló hacia el final del pasillo.

—Eso.

Marcos siguió la dirección de su dedo. Su sonrisa desapareció lentamente. Clara lo observó.

—¿Tú recuerdas esa puerta?

Marcos permaneció unos segundos mirando antes de acercarse.

—Sí.

Clara giró hacia él.

—¿Sí?

—Claro. Estaba aquí.

—Yo no la recuerdo.

Marcos examinó el marco.

—Porque había un armario delante.

Clara volvió a mirar el hueco que ocupaba la puerta. La imagen regresó a su memoria. Durante las visitas había un mueble enorme al final del corredor. Un armario de madera oscura, demasiado profundo para aquel lugar y bastante feo, según había comentado ella misma.

—Es verdad —admitió Clara—. Había un armario.

Marcos sonrió.

—¿Ves? Misterio resuelto.

—No. El armario estaba justo delante. Tapando completamente la puerta.

Marcos miró otra vez.

—También es verdad.

Clara cruzó los brazos.

—¿Por qué alguien pone un armario delante de una puerta?

—Porque no utilizaba la habitación.

—¿Y por qué no lo preguntamos?

—Porque no sabíamos que había una habitación.

—Eso no mejora tu argumento.

Probaron las diecisiete llaves que les habían entregado. Ninguna abrió. Cuando llegaron a la última, Marcos la introdujo con una confianza absurda y solo consiguió que entrara hasta la mitad.

—Nos falta una —dijo Clara.

—O la cerradura está anulada.

Ella volvió a tirar de la puerta.

—Podemos llamar a un cerrajero.

—Mañana.

—Podemos forzarla.

Marcos la miró.

—Llevamos unas horas siendo propietarios y ya quieres empezar rompiendo nuestra propia casa.

Clara soltó aire.

—Vale. Mañana.

Fue al recoger las llaves cuando reparó en algo grabado en la parte inferior de la placa metálica. 02:17.

—¿Una hora? —preguntó.

—O un código —dijo Marcos.

—Tiene dos puntos.

—Los códigos pueden tenerlos.

Clara pasó el dedo por la inscripción.

—Mañana —repitió él.

Las siguientes horas transcurrieron entre cajas, pizza y pequeñas discusiones domésticas. A las once y nueve, Clara subió a buscar un cargador y terminó de nuevo frente a la puerta. Apoyó la oreja. Silencio.

—Te he pillado.

Clara se sobresaltó. Marcos estaba detrás.

—Joder.

—Estás escuchando una puerta.

—Estaba comprobando si había ruido.

Él apoyó también la oreja.

—Comprobación independiente.

Tras unos segundos se apartó.

—Confirmado. Nuestra habitación misteriosa es extraordinariamente silenciosa.

—Idiota.

A las dos y diecisiete de la madrugada, Clara abrió los ojos.

Buscó el móvil sobre la mesilla. 02:17. Entonces lo escuchó.

Un sonido electrónico muy débil, parecido a la vibración de un teléfono sobre madera.

Despertó a Marcos y salieron juntos al pasillo.

La vibración volvió. Los dos giraron la cabeza hacia la puerta.

—Está dentro —dijo Clara.

Un teléfono estaba sonando al otro lado. De pronto se oyó un clic. La placa metálica se iluminó.

ACCESO PROGRAMADO.

365 DÍAS.

NO AbrIR ANTES.

Marcos extendió una mano. Clara le agarró la muñeca.

—Espera.

La pantalla cambió.

CLARA VEGA.

Ninguno habló. Después apareció un último mensaje.

SI ESTÁS LEYENDO ESTO, HAS COMPRADO LA CASA.

Clara dejó de respirar durante un instante.

—Voy a abrirla —dijo Marcos.

—No.

—Hace seis horas querías llamar a un cerrajero.

—Eso era antes.

—¿Antes de qué?

Clara señaló la pantalla.

—Antes de que una puerta supiera mi nombre.

La placa se apagó. Dentro de la habitación, el teléfono vibró una última vez. Esta vez sonó como la llegada de un mensaje. Clara miró a Marcos. Él la miró a ella. Ninguno dijo nada. Al otro lado de la puerta, alguien acababa de escribirles.

• • •

A la mañana siguiente, antes incluso de llamar a la inmobiliaria, Clara bajó al jardín y rodeó la casa.

Quería calcular desde fuera dónde terminaba exactamente aquella habitación.

Desde el césped, la distribución parecía normal: dos ventanas en la planta superior, un tramo de pared ciega y el tejado descendiendo hacia el garaje.

Contó pasos. Volvió a entrar. Repitió la medida en el pasillo.

Había espacio. No mucho, pero suficiente para una habitación real.

—¿Qué haces? —preguntó Marcos desde la escalera.

—Comprobando que no hemos comprado una casa que viola la geometría.

Él se acercó a la ventana del final del corredor.

—Qué tranquilidad.

Clara apoyó la mano sobre la pared exterior.

—Mira. Si esto fuera solo un hueco técnico, no tendría doce metros cuadrados.

Marcos observó la distancia.

—Puede ser menos.

—No.

—¿Por qué siempre sabes cuántos metros cuadrados tiene todo?

—Porque tú compras casas mirando la cocina y yo leo los planos.

Él sonrió. Clara no. La noche anterior había transformado una rareza en una amenaza.

Sin embargo, bajo la luz de la mañana, la puerta parecía absurdamente normal.

Ese contraste era casi peor. La madera no vibraba, la placa estaba apagada y nada sugería que unas horas antes hubiera mostrado su nombre.

Marcos apoyó los nudillos sobre la superficie y dio tres golpes.

—¿Qué haces?

—Si hay alguien dentro, igual contesta.

Clara lo apartó.

—No bromees.

Él levantó las manos.

—Perdón.

Era la primera vez que Marcos se disculpaba por una broma desde que se conocían. Clara entendió que también estaba asustado. Volvió a mirar la puerta.

—No pienso dejar que esto nos convierta en dos idiotas obsesionados con un trozo de madera.

Marcos señaló las líneas que había dibujado en un papel con las medidas del pasillo.

—Llegas tarde.

Clara sonrió a pesar de todo. Guardó el papel en un cajón.

No sabía todavía que, durante los meses siguientes, ese pequeño plano se convertiría en la primera página de una carpeta cada vez más gruesa.

Antes de acostarse por segunda vez, Clara volvió a bajar a la cocina y abrió la carpeta de la compraventa.

Buscó la fotografía del anuncio inmobiliario.

En la imagen del pasillo, el armario oscuro ocupaba exactamente el lugar de la puerta.

Amplió. La calidad era mala, pero algo llamó su atención.

En el espejo del baño se reflejaba una persona.

No era el agente. No era Marcos. Una mujer mayor observaba desde el final del pasillo. Clara llamó a Marcos.

—¿La ves?

Él tomó el móvil.

—Puede ser la propietaria.

—La sociedad no tiene propietaria física.

—Alguien tuvo que enseñar la casa.

Clara buscó las fotos de las tres visitas. La mujer aparecía solo en la primera. No podían identificarla. Clara guardó la imagen en la carpeta HECHOS, pero añadió una nota:

MUJER DESCONOCIDA. NO INFERIR.

Marcos leyó.

—Te estás poniendo muy seria con esto.

—Alguien tiene que impedir que mañana decidamos que es un fantasma.

—Buena norma.

Apagaron la luz. Arriba, la puerta permaneció muda.

Clara descubrió que el silencio después de un mensaje podía resultar más inquietante que el propio mensaje.

Clara tomó una última fotografía de la placa antes de intentar dormir.

Al ampliar la imagen descubrió un detalle: bajo el 02:17 había una pequeña marca, casi invisible, con forma de V.

Pensó en Vega. Después se obligó a cerrar la galería.

No todo podía convertirse en símbolo. Aquella disciplina mental empezaría a costarle más que cualquier cerradura.

Clara dejó las diecisiete llaves alineadas sobre la encimera antes de ir a dormir.

A la mañana siguiente, Marcos las había devuelto al cuenco.

Ella las sacó otra vez. No sabía por qué le molestaba que estuvieran mezcladas.

Quizá porque, desde la noche anterior, la idea de que una llave correcta existiera en algún lugar había dejado de ser doméstica.

Marcos la vio ordenarlas y no dijo nada.

Antes de apagar la luz, Clara escribió el 02:17 en una nota adhesiva y la pegó junto a la cama.

A la mañana siguiente la arrancó. No quería que la hora empezara a gobernar el dormitorio también.

Marcos la vio romperla y no preguntó. Desde entonces, cada uno empezó a vigilar pequeños gestos del otro: no para controlar, sino para detectar cuándo el misterio estaba ocupando demasiado espacio.

Marcos tomó una fotografía de Clara frente a la puerta a la mañana siguiente.

Ella protestó. «Para recordar cómo empezó», dijo él.

Clara estuvo a punto de pedirle que la borrara.

No lo hizo. Años después, esa imagen abriría el álbum de la casa y le parecería imposible que ambos ignoraran todo lo que venía después.

Aquel primer amanecer en la casa fue gris.

Clara abrió la ventana del dormitorio y escuchó un camión de basura, una radio en algún jardín y el ruido de una persiana subiendo.

Todo seguía comportándose como un barrio normal.

La normalidad exterior la irritó. Bajó a preparar café y encontró a Marcos revisando las llaves.

—¿Qué haces?

—Busco si alguna tiene una marca que no vimos.

Clara sonrió.

—Pensaba que no estabas obsesionado.

—Estoy racionalmente interesado.

—Claro.

Separaron las llaves por tamaño y uso. Ninguna coincidía con la cerradura.

Marcos propuso fotografiarla y buscar el modelo.

Clara aceptó. Mientras él trabajaba, ella encontró en el fondo del cuenco un pequeño trozo de papel doblado.

No era una llave ni una nota. Solo un recibo de la inmobiliaria con la fecha de entrega.

En el reverso había un número escrito a bolígrafo. 365. Clara sintió un escalofrío.

—Marcos.

Él se acercó.

—¿Eso estaba ahí?

—No lo sé.

—Podría haberlo escrito el agente.

—Podría.

Clara tomó una fotografía. No llamó a nadie.

Guardó el papel en la carpeta. Años después nunca conseguirían demostrar quién escribió aquel número.

En cualquier otro momento, Clara habría insistido hasta convertir la duda en otra investigación.

Al principio todavía no sabía dejar una pregunta sin cerrar.

Aquella mañana, en cambio, solo añadió una línea:

365. ORIGEN DESCONOCIDO.

La primera pregunta sin respuesta quedó allí. Sería lejos de la última.