Capítulo 6. Daniel
DANIEL
El nombre Daniel empezó a ocupar la casa sin que ninguno lo pronunciara.
Marcos revisó cajones, viejos discos duros, cuentas de correo y copias de seguridad buscando una señal anterior a la vida que recordaba.
Encontró muy poco. Demasiado poco. Su pasado parecía construido con la clase de limpieza que solo existe cuando alguien ha eliminado deliberadamente el ruido.
Clara, en cambio, encontró fotografías. No de Daniel.
De Marcos. Seis años de cumpleaños, viajes, cenas, mañanas de domingo, una boda, un coche comprado entre los dos.
Cada imagen era una prueba de una vida real y, al mismo tiempo, de una identidad que ahora parecía haber nacido de un delito.
A la cuarta noche, Marcos habló.
—Quiero que llames a Lucía.
Clara levantó la vista del portátil.
—¿Para qué?
—Quiero que me demuestre que me conocía.
—Ya lo hizo.
—Detalles físicos no bastan.
—¿Qué necesitas?
—Algo que yo recuerde.
Lucía respondió veinte minutos después. Marcos no perdió tiempo.
—Dime algo que nadie más sepa.
—Eso es una pregunta peligrosa.
—Hazlo.
Lucía guardó silencio.
—Tenías una libreta negra. Escribías una frase en la última página cada vez que creías que íbamos a morir.
Marcos frunció el ceño.
—¿Qué frase?
—«Todavía no».
Clara vio cómo su expresión cambiaba.
—¿Qué pasa?
Marcos se levantó y fue al garaje. Clara y el teléfono lo siguieron.
Abrió una caja que llevaba años sin tocar.
Sacó herramientas, facturas, cables y, al fondo, una pequeña libreta negra.
Clara sintió un escalofrío. Marcos la abrió por la última página.
Todavía no. Escrito a mano. Lucía empezó a llorar al otro lado.
—Esa letra es tuya.
Marcos pasó páginas. Había números, abreviaturas, direcciones. Nada tenía sentido para él.
—¿Por qué la conservo?
—Porque seguramente S-17 no eliminó hábitos. Solo el contexto.
Marcos siguió hojeando. Encontró una fotografía doblada. Lucía y él frente al mar. Clara ya había visto una copia digital. En papel resultaba diferente. Marcos la sostuvo.
—¿Portugal?
—Sí.
—¿Cuándo?
—2016.
Clara no quiso escuchar más, pero tampoco se marchó. Marcos preguntó:
—¿Éramos felices?
Lucía respondió después de una pausa.
—A veces.
La sinceridad alivió algo.
—¿Por qué terminó?
—No terminó. Nos rompieron antes.
Marcos cerró la libreta.
—Eso suena romántico.
—No lo digo así.
—Entonces dime la versión fea.
Lucía respiró.
—Discutíamos mucho. Tú querías que dejara la investigación. Yo pensaba que eras un cobarde. Tú pensabas que yo estaba obsesionada con papá. Los dos teníamos razón en parte.
Clara se sentó sobre una caja. Aquello parecía más real que cualquier gran declaración de amor.
—¿Me querías cuando desaparecí? —preguntó Marcos.
—Sí.
—¿Y ahora?
Silencio. Clara levantó la cabeza. Lucía respondió:
—Ahora no te conozco.
Marcos sonrió por primera vez en días.
—Gracias.
Clara no entendió.
—¿Por qué le das las gracias?
—Porque es la primera persona que no intenta decirme que sigo siendo el mismo.
Lucía añadió:
—Pero hay cosas que sí reconozco.
—¿Cuáles?
—La forma de evitar mirar a alguien cuando tienes miedo de perderlo.
Marcos miró automáticamente hacia Clara. Esta vez Lucía rio.
—Esa.
Clara notó una presión en el pecho.
—Lucía, necesito preguntarte algo.
—Dime.
—¿Mamá sabía que Marcos y yo estábamos juntos?
—Sí.
—¿Desde el principio?
—No. Pero antes de vuestra boda, seguro.
—¿Y no hizo nada?
Lucía tardó.
—Intentó alejarlo.
Clara recordó una oferta de trabajo en Alemania que Marcos había rechazado dos años antes de casarse.
—La oferta.
Marcos la miró.
—¿Qué oferta?
—La de Hamburgo.
Él entendió.
—Elena.
Lucía confirmó:
—Sí.
Clara cerró los ojos. Su madre había intentado separarles sin explicar por qué. Otra decisión tomada por ellos.
—Se acabó —dijo Clara.
—¿Qué? —preguntó Marcos.
Ella miró a su marido.
—Que nadie vuelva a decidir qué hacemos con esto. Ni mamá, ni Lucía, ni Javier, ni Daniel.
Marcos sostuvo su mirada.
—¿Ni tú?
Clara respiró.
—Ni yo.
Aquella noche guardaron la fotografía de Portugal dentro de la libreta. No la escondieron. Tampoco la dejaron a la vista. Por primera vez, Clara entendió que aceptar el pasado de Marcos no significaba permitir que ocupara toda la habitación.
• • •
Días después, Clara encontró a Marcos sentado en el coche frente a la casa. No había entrado. Se sentó en el asiento del copiloto.
—¿Qué pasa?
Él sostuvo el volante.
—He recordado una discusión con Lucía.
Clara esperó.
—Ella quería irse conmigo.
—¿Dónde?
—No sé. Le dije que no.
—¿Por qué?
—Porque Antonio me había pedido que me quedara.
Clara sintió que su padre volvía a aparecer en una decisión que no le pertenecía.
—¿Te molesta?
—Sí.
Marcos respiró.
—Y me molesta otra cosa.
—¿Qué?
—Que cuando lo recuerdo, siento algo por ella.
Clara miró hacia la calle.
—¿Amor?
—No sé.
—¿Nostalgia?
—Quizá.
El silencio duró.
—Puedes decirme que te vas —dijo Marcos.
Clara lo miró.
—¿Qué?
—Si esto es demasiado.
—No decidas por mí.
Él cerró los ojos.
—Mierda.
—Exacto.
Ambos rieron, aunque ninguno estaba realmente divertido. Clara apoyó la cabeza contra el asiento.
—No sé si puedo competir con una persona que fuiste.
—No quiero que compitas.
—Entonces no me pidas que me vaya para protegerme.
Marcos asintió.
—Vale.
—Y si un día decides que quieres otra vida, me lo dices.
—¿Así de simple?
—No. Así de claro.
Él la miró.
—Me asusta más la claridad que E-00.
—Bienvenido al matrimonio.
Entraron juntos. La puerta del pasillo seguía cerrada.
Clara pensó que, de todas las cosas que empezaban a abrirse, aquella era casi la menos peligrosa.
Lucía envió un audio esa noche. No hablaba de E-00.
Contaba una anécdota de Daniel. Una vez había intentado cocinar una paella en Portugal y había usado arroz de risotto. Marcos escuchó dos veces.
—Yo no haría eso.
Clara lo miró.
—Has quemado pasta.
—Eso fue una vez.
—Tres.
Marcos volvió a escuchar. Por primera vez, un recuerdo de Daniel no estaba asociado a peligro. No era una pista. Era una estupidez doméstica.
—Me gustaría recordar esto —dijo.
Clara apoyó la mano sobre su brazo.
—Quizá no.
—¿Y eso?
—También está bien.
Marcos miró el teléfono. La idea le dolió, pero no la rechazó.
No todo lo perdido tenía que volver para haber existido.
Lucía envió otra fotografía, esta vez sin personas: una mesa frente al mar, dos tazas y una libreta negra.
Marcos reconoció la libreta antes de abrir la caja del garaje.
Esa anticipación lo asustó. También fue la primera prueba de que algo podía regresar sin que nadie se lo contara.
Clara soñó con Lucía y Marcos hablando en una habitación donde ella no podía entrar.
Al despertar se sintió avergonzada de los celos.
Después decidió no avergonzarse. Los sentimientos no eran decisiones. Lo importante era qué hacía con ellos.
Clara preguntó a Lucía por una canción que Marcos tarareaba.
Lucía la reconoció. Era una melodía que Daniel escuchaba conduciendo.
Marcos encontró el tema y lo puso. No recordó nada.
Bailó con Clara en la cocina de todos modos.
La canción dejó de pertenecer únicamente al pasado antes de que pudiera recuperarlo.
Clara guardó la libreta negra en una caja transparente.
Marcos protestó: «Parece una pieza de museo.
» Ella respondió que así podía verla sin abrirla.
Semanas después él la sacó de la caja y empezó a usarla para listas de compra. La transformación le gustó más.
Marcos empezó a pedir a Lucía recuerdos neutros. No «¿me querías?». No «¿qué ocurrió en la estación?». Preguntas pequeñas.
—¿Qué café tomaba?
—Solo.
—Eso no ha cambiado.
—¿Dormía del lado derecho?
Lucía rio.
—Ocupabas toda la cama.
Clara escuchaba a veces desde otra habitación. Al principio le dolía. Después descubrió algo inesperado: esos detalles no amenazaban su vida con Marcos. La completaban. Una tarde Lucía contó que Daniel odiaba la playa porque la arena terminaba dentro del coche. Clara empezó a reír.
—¿Qué? —preguntó Marcos.
—Tú sigues odiando la arena.
Él se quedó quieto.
—Eso no puede ser S-17.
—No —dijo Lucía—. Eso es que siempre fuiste un pesado.
Los tres rieron. Fue la primera conversación en la que Daniel apareció sin convertir a nadie en víctima. Después de colgar, Marcos dijo:
—Me gusta pensar que hay cosas que sobrevivieron.
Clara lo miró.
—¿Como odiar la arena?
—Especialmente.
Ella apoyó la cabeza en su hombro. La continuidad de una persona podía esconderse en lugares ridículos. No siempre en recuerdos dramáticos. A veces en un coche lleno de arena.