Capítulo 5 — La obra herida
E l estudio olía a aceite, trementina y encierro.
Samir Benkacem llevaba dos horas delante del lienzo sin producir nada que mereciera permanecer visible.
Había trazado una línea, luego otra, luego una mancha de sombra en el ángulo superior izquierdo que ya empezaba a resultarle ofensiva por lo bien resuelta.
La raspó con la espátula y dejó el pigmento muerto en un borde de la mesa.
La habitación, con sus techos altos, la ventana abierta a una París impecable y el humo inmóvil del cigarrillo apagándose en un platillo, parecía conspirar con él en su peor versión: la competente.
No le faltaban recursos. Eso era parte del problema.
Seguía teniendo mano, ojo, composición, oficio.
Podía levantar una estancia respirable con tres gamas de gris, sugerir una tensión con un pliegue de tela, salvar una cobardía con una armonía suficientemente inteligente.
Durante años, aquella facilidad le había parecido una conquista.
Ahora empezaba a parecerle indistinguible del miedo.
Se alejaba dos pasos del caballete, entornaba los ojos, veía una imagen correcta y notaba una vergüenza seca, sin dramatismo, casi administrativa.
Desde la ventana abierta entraban el rumor domesticado de los coches, una conversación amortiguada desde la calle y esa luz parisina de media mañana que conseguía embellecer incluso la renuncia.
En el alféizar se acumulaban vasos mal lavados, colillas, una taza con restos de café frío y una libreta llena de anotaciones que empezaban siempre con una promesa demasiado noble para sobrevivir al mediodía.
Sobre la pared opuesta, apoyados contra una estantería, descansaban varios trabajos recientes: interiores impecables, cuerpos desplazados al margen, puertas entreabiertas hacia ninguna amenaza concreta.
Pinturas admirables. Pinturas cada vez menos vivas.
Leïla entró sin llamar, como casi siempre.
Empujó la puerta con la cadera, dejó una carpeta de contactos sobre la mesa y se quedó mirando el lienzo aún húmedo sin saludarlo primero.
Llevaba una camisa blanca remangada y una cámara colgando del hombro.
La había usado toda la mañana en no se sabía qué encargo alimenticio y, aun así, parecía más despierta que él.
—Todavía hueles a talento —dijo ella—. Es una pena lo poco que lo dejas salir a pasear.
Samir no se volvió.
—Qué descanso, Leïla. Siempre tan reparadora. A veces me pregunto cómo has logrado combinar tan bien la crueldad con la precisión.
Leïla dejó la cámara en una silla y se acercó al caballete. Estudió la tela unos segundos con la cabeza ligeramente inclinada, como si buscara el punto exacto donde la mentira se había vuelto elegante.
—No estás bloqueado —dijo—. Estás siendo cobarde con una educación admirable.
La frase no lo indignó porque llegaba tarde.
Hacía meses que él mismo rondaba esa palabra sin concedérsela del todo.
Se limpió la espátula en un trapo ya endurecido y apoyó las manos en el borde de la mesa.
Leïla lo conocía lo suficiente para distinguir en qué momento su perfeccionismo era trabajo y en qué momento se volvía una forma lujosa de aplazamiento.
—No sé qué quieres que pinte —dijo Samir.
—No me interesa lo que yo quiero —dijo Leïla—. Me interesa lo que tú llevas años evitando. Ya no pintas peligro. Pintas su decoración. Y encima con un gusto insultante. Es un don terrible para un cobarde.
—Siempre es tranquilizador recibir una crítica tan técnica —dijo Samir.
Samir levantó por fin la vista. Leïla estaba lo bastante cerca para que la sequedad de sus palabras no excluyera del todo otra cosa.
Entre ellos había una antigua intimidad que nunca se había convertido en paz.
A veces Samir pensaba que lo más exacto que habían compartido no era el deseo, sino la forma de reconocer en el otro una zona no negociable.
Leïla no venía al estudio a consolarlo. Venía a impedir que se perdiera con estilo.
El timbre sonó abajo con una impaciencia breve.
Samir bajó a recoger el correo más por fuga que por interés.
Entre facturas, una invitación y un catálogo atrasado, encontró un sobre de papel áspero con matasellos de Argel.
Reconoció el nombre en la esquina antes de abrirlo: Nabila Serhani.
Volvió al estudio con el sobre ya rasgado y Leïla apoyada ahora en la ventana, fumando hacia fuera.
La carta no era larga. Tampoco intentaba parecer importante.
Nabila hablaba de una ciudad que a esa hora olía a sal, gasóleo y albaricoques; de una consulta donde una mujer había dicho sentirse cansada sin saber de qué; de una terraza donde tres generaciones discutían al mismo tiempo sin que nadie pareciera pensar en ordenarlas; de Samir, de forma casi insolente, como si ya lo conociera lo bastante para no halagarlo.
«Aquí la gente todavía suda cuando vive», escribió.
«No sé si eso mejora nada, pero al menos deja rastro».
Más abajo, en otra línea, añadía: «Tus cuadros no me parecieron tristes.
Me parecieron privados de vértigo». Y, como si supiera que la frase ya haría el daño suficiente, remataba: «Lo cual en París probablemente cuente como virtud».
Samir leyó esa última frase dos veces. Luego una tercera.
Sintió algo muy parecido al alivio y muy distinto del consuelo.
No estaba pintando melancolía. No estaba pintando decadencia ni cansancio moderno para salones bien informados.
Lo que perseguía era otra cosa, más fría y más exacta: la forma en que un mundo perfecto podía vaciar a una persona sin romperle la superficie, privarla de vértigo y llamar madurez a esa pérdida.
Le faltaba esa palabra. O tal vez esa temperatura moral.
La carta se la daba sin retórica, con la naturalidad de quien todavía vive en una ciudad donde la vida no cabe entera en el protocolo.
Leïla apagó el cigarrillo en el alféizar.
—¿Qué ha dicho? —preguntó.
Samir dejó la carta sobre la mesa, al lado del trapo endurecido y la espátula.
—Que no estoy pintando tristeza —dijo—. Estoy pintando una civilización a la que le han quitado el vértigo.
No volvió a hablar durante un buen rato.
Retiró el lienzo de la mañana con un gesto brusco, arrastró otro bastidor hasta el caballete y empezó de nuevo.
Esta vez no buscó equilibrio. Buscó detención.
Una habitación impecable donde el aire pareciera no circular desde hacía siglos.
Una línea de luz demasiado limpia sobre una pared color hueso.
Un sofá bajo. Una puerta cerrada no por amenaza, sino por corrección.
Un cuerpo presente y suspendido, como si incluso el deseo hubiera sido invitado a esperar en otra estancia.
Leïla no lo interrumpió. Lo vio trabajar con una concentración casi feroz, tachando, corrigiendo, ensuciando por fin lo suficiente para que la imagen empezara a decir algo más que su propia solvencia.
No estaba pintando una casa: estaba pintando la versión íntima de una ciudad que quería dormirse sin sobresaltos.
Al caer la tarde había ya cuatro estudios apoyados contra la pared.
Habitaciones perfectas. Interiores sin desorden y sin consuelo.
Cuerpos inmóviles, deseo suspendido, violencia muda, una pulcritud tan extrema que empezaba a oler a encierro.
Samir se sentó en el suelo, con la espalda contra una silla, y miró la serie naciendo como si acabara de reconocer algo que llevaba años viviendo dentro de él sin nombre exacto.
Supo entonces, con una claridad casi fatigada, que ya no podría volver atrás.
Si seguía por ahí, perdería algunas cosas.
Prestigio, quizá. Invitaciones. La forma anterior de ser celebrado.
Y, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo sintió que el trabajo respiraba.
Leïla recogió la carta de Nabila y volvió a dejarla en el mismo sitio con un cuidado que parecía impropio de ella.
—Esto no entra en una inauguración ministerial —dijo.
Samir siguió mirando la primera pieza terminada a medias.
—Entonces habrá que enseñarla donde todavía no sepan portarse —dijo.
✽✽✽
En Bruselas llovía con esa constancia educada que no interrumpe nada y, precisamente por eso, termina acompañándolo todo.
La jornada técnica había sido larga, llena de tablas, revisiones de flujos, incidencias corregibles y lenguaje suficientemente sobrio para dejar intacto el edificio.
Cuando el último becario se fue y el rumor de los pasillos descendió hasta convertirse en mera ventilación, Michel siguió unos minutos en su despacho ordenando papeles con más método del necesario.
Le gustaba a esa hora la oficina vacía. Los cristales devolvían una ciudad ya sin prisa, más verdadera y, al mismo tiempo, más indefensa.
Colette Marin apareció en la puerta sin carpeta ni cuaderno, solo con un sobre rígido bajo el brazo. Llevaba el pelo algo deshecho por la humedad y una expresión que no era exactamente entusiasmo. Era otra cosa. La cautela de quien trae un objeto que no encaja bien en las categorías de la casa.
—Antes de que te vuelvas del todo razonable hoy —dijo—, quiero enseñarte algo. O empeorar tu tarde, según responda tu sistema nervioso. Sospecho que ambas cosas ya se parecen bastante.
Michel se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.
—No prometo nada.
Colette sacó del sobre una reproducción de tamaño medio y la apoyó donde normalmente solo habría tablas comparativas o gráficos de rendimiento. La lluvia se reflejó un instante sobre el papel satinado antes de que Michel pudiera verla bien. Luego la imagen quedó quieta bajo la lámpara del despacho.
Era una habitación impecable. Paredes claras, una abertura exacta, un sofá bajo, una composición tan disciplinada que al principio parecía casi tranquilizadora.
Solo después, al dejar descansar la vista un poco más, aparecía el daño.
No había desorden. No había violencia visible.
No había siquiera un gesto enfático que indicara sufrimiento.
Y, sin embargo, la escena parecía deshabitada por algo esencial.
Como si la vida hubiera sido perfectamente corregida hasta volverse incapaz de producir temperatura.
Michel se inclinó un poco hacia delante.
Reconoció el apellido del autor cuando Colette se lo dijo, pero hizo primero lo que habría hecho con cualquier otro material desplazado de su jurisdicción: intentó encontrarle casilla.
Documento cultural. Indicador sensible de clima urbano.
Síntoma estético de ciertas inquietudes juveniles o creativas.
Se oyó pensar en esos términos y sintió, casi de inmediato, una fatiga parecida a la vergüenza.
—Ha llegado por una cadena un poco ilegible —dijo Colette—.
París, luego Argel, luego una amistad en común con mejor gusto del que conviene.
No me interesa tanto cómo ha llegado como lo que hace.
Al parecer, la imagen ya ha empezado a moverse de mano en mano antes de que nadie decida qué hacer con ella, que es exactamente como suelen empezar los problemas interesantes.
Michel siguió mirando. Poco a poco dejó de ver una pieza ajena.
Empezó a reconocer una sensación. La respiración inmóvil del comedor de su casa algunas mañanas.
El silencio de Elise con la taza entre las manos.
La cortesía impecable de Bruselas cuando ya no sabía qué hacer con la tristeza.
La belleza exacta del sistema y, dentro de ella, una habitación tan bien administrada que parecía haber expulsado hasta el derecho a desfallecer con estruendo.
La imagen no se limitaba a gustarle o a inquietarlo. Lo estaba describiendo.
Colette apoyó una cadera en el borde de la mesa y esperó. No con impaciencia; con esa lucidez tranquila que a Michel empezaba a resultarle más peligrosa que cualquier provocación frontal.
—¿Qué ves de verdad? —preguntó Colette—. Y no me contestes «un documento cultural», que ya he tenido suficiente jornada laboral.
Michel abrió la boca y la volvió a cerrar.
Afuera, la lluvia seguía golpeando el cristal con una insistencia perfectamente civilizada.
Cogió la reproducción por una esquina, no con reverencia sino con cuidado técnico, como si aún pudiera fingir que se trataba de un papel de trabajo.
La deslizó dentro de la carpeta donde ya llevaba algún tiempo guardando incidencias menores, notas marginales y preguntas que no habían encontrado su casilla oficial.
No dijo nada más. Tampoco Colette. El silencio que quedó en el despacho, después del informe y después de la imagen, era de una especie nueva.