Capítulo 6 — Los hijos del sistema
E l piso olía a humo caro, libros poco leídos y una clase de nervio que solo aparece cuando el aburrimiento ha decidido vestirse bien.
Elise De Smet se quedó un instante en la puerta, con el abrigo todavía puesto, observando la escena antes de entrar del todo.
El apartamento pertenecía a un estudiante de derecho cuyo padre ocupaba un cargo administrativo que todo el mundo fingía no considerar relevante.
Estaba impecable de una manera casi ofensiva: parquet encerado, lámparas demasiado bien elegidas para ser casuales, botellas alineadas con una voluntad de desorden cuidadosamente ensayada, un tocadiscos soltando jazz suave como si la noche no pudiera tolerar ninguna incorrección verdadera sin envolverla primero en prestigio cultural.
Había unas veinte personas repartidas entre el salón, el pasillo y un comedor estrecho donde alguien había apagado la luz principal para que la penumbra pareciera una toma de posición.
Dos muchachos discutían sobre ética política con una gravedad prestada de seminario.
Una chica de vestido negro demasiado serio para sus años servía vasos de coñac barato como si administrara una ceremonia semiclandestina.
Desde la cocina llegaban risas cortas, elevadas por el alcohol y por la alegría íntima de estar haciendo algo que rozaba lo impropio sin incurrir todavía en consecuencias.
Elise conocía bien ese clima. Bruselas había dado a su generación muchas cosas: educación, seguridad, tiempo, una promesa razonable de continuidad.
El problema era que apenas les había dejado borde.
Se quitó el abrigo y lo dejó sobre una cama ya invadida por otros abrigos igualmente caros y deliberadamente mal colocados.
Sabía que aquella velada era ridícula. También sabía que, por debajo del ridículo, había algo verdadero.
Aquellos jóvenes necesitaban jugar a la transgresión porque el mundo no les ofrecía casi ninguna que no pareciera vulgar o estadísticamente evitable.
Bebían demasiado despacio, hablaban demasiado alto de cosas que no estaban dispuestos a pagar y llamaban riesgo a encerrarse unos minutos en un ascensor detenido a propósito.
Elise despreciaba el decorado y, al mismo tiempo, sentía por él una especie de gratitud cansada.
Al menos durante unas horas, el aburrimiento tenía utilería.
Miriam Dardenne la encontró junto a la estantería del salón, examinando títulos que nadie iba a abrir esa noche.
Llevaba un jersey azul oscuro y el pelo recogido de forma torpe, como si se hubiera vestido de prisa para algo que en el fondo no le merecía demasiado respeto.
Su melancolía no era teatral. Tenía la gravedad limpia de quienes han llegado pronto a una forma de lucidez sin recompensa.
—Has venido —dijo Miriam—. Pensé que preferirías quedarte en casa odiándonos desde una butaca mejor tapizada.
—Puedo odiaros aquí y ahorrar calefacción.
Miriam sonrió con la comisura apenas levantada.
—No seas cruel. Para muchos de los que están aquí, apagar una lámpara ya cuenta como insurrección. Algunos incluso lo anotarán mañana como experiencia transformadora. Si tienen tiempo, claro, entre el arrepentimiento y el desayuno.
Elise recorrió el salón con la mirada. Un grupo se preparaba para una de las pruebas de la noche: encerrarse por turnos en el ascensor de servicio, sin luz, durante exactamente tres minutos, como si una dosis medida de oscuridad pudiera sustituir a cualquier experiencia más peligrosa.
En una esquina, otro muchacho subía demasiado el volumen del tocadiscos para que la música pareciera agresiva sin llegar a serlo.
Todo era un simulacro visible. Y, aun así, había en el ambiente una hambre tan poco irónica que resultaba difícil despreciarlo del todo.
Jonas Keller apareció con dos vasos en la mano y esa elegancia ligeramente descompuesta de los hombres jóvenes que ya han descubierto que el vacío puede resultar seductor si se enuncia con suficiente estilo.
Tenía el pelo demasiado bien cortado para su pose de decadencia y los ojos claros con un cansancio que no parecía suyo del todo, sino generacional.
—Pensaba que los De Smet preferíais aburriros en privado —dijo, ofreciéndole un vaso.
—La variedad fortalece el carácter. Esta semana me aburriré en comunidad.
Jonas bebió un sorbo y apoyó el hombro en la pared.
—No estamos anestesiados —dijo—. Solo vivimos en una civilización que ha decidido ponernos algodón alrededor del alma para que no hagamos ruido al movernos.
Y luego se felicita por nuestra estabilidad emocional.
Es un modelo muy cómodo para todos salvo para el alma, claro, que nunca está en la reunión.
—Qué alivio saber que seguimos siendo un éxito estadístico —murmuró Elise.
—El alma no va a reuniones porque sabe cómo terminan —dijo Miriam.
La frase era demasiado buena para no haber sido ensayada antes, pero eso no la volvía falsa.
Elise miró a Miriam, que había puesto los ojos en blanco con una fatiga afectuosa.
Entre los tres había una forma de amistad todavía sin nombre preciso, sostenida por la inteligencia, por el aburrimiento compartido y por la sospecha de que el mundo al que pertenecían estaba mejor construido de lo que una vida humana puede soportar sin coste.
Jonas dejó el vaso sobre la repisa y bajó la voz con un gusto teatral que, por una vez, no resultó insoportable.
—Está circulando por Bruselas una reproducción —dijo—. Una obra parisina. Dicen que por fin dice algo real.
Elise sintió un interés inmediato, casi físico, y le molestó reconocerlo.
No quería parecerse a aquellos muchachos que necesitaban convertir cualquier rumor en salvación estética.
Pero había algo en la formulación de Jonas —«algo real»— que atravesaba el humo, la música y el juego ridículo del ascensor detenido con una precisión desacostumbrada.
—La tiene Klaus, creo —añadió Miriam, señalando con el mentón a un muchacho del fondo, demasiado complacido consigo mismo para ser realmente importante—. Se la enseñó alguien de Ámsterdam. Ahora finge que no la presta para darle misterio.
Elise cruzó el salón con una eficacia que no necesitó explicación.
Klaus opuso una resistencia breve, ceremonial, vencida enseguida por el tipo de mirada con la que Elise había aprendido a atravesar cortesías inútiles.
Cuando por fin tuvo la copia entre las manos, el ruido de la habitación perdió cuerpo durante un segundo.
La imagen mostraba un interior impecable y, dentro de esa perfección, algo imperdonablemente inmóvil.
No supo todavía nombrarlo, pero reconoció la temperatura: la de algunos silencios en su propia casa, cuando todo estaba en su sitio y, precisamente por eso, algo faltaba.
Por una vez, el juego de la noche había dejado de parecerle un juego.
✽✽✽
Mucho más al este, en Tokio, la lluvia fina convertía los reflejos de la calle en una caligrafía paciente sobre el asfalto.
Arima Takashi llegó a la cafetería unos minutos antes de la hora acordada y eligió una mesa junto al cristal, no por gusto de la vista, sino porque allí resultaba más fácil mantener una conversación que no pareciera del todo clandestina.
El local era sobrio hasta el pudor: madera oscura, tazas blancas, lámparas bajas, un murmullo tenue que no obligaba a bajar la voz, pero sí a elegirla.
A esa hora quedaban pocos clientes. Un empleado revisaba cuentas al fondo.
Una mujer leía sin pasar página desde hacía demasiado tiempo.
La ciudad, detrás del cristal, seguía disciplinada incluso bajo la lluvia.
Hana Sato entró sin paraguas. Llevaba el cabello húmedo en las puntas y una carpeta estrecha bajo el brazo, aunque aquella noche no parecía llevarla por trabajo, sino por costumbre defensiva.
Se sentó frente a Arima y dejó escapar una respiración corta antes de quitarse los guantes.
Había en su cansancio una compostura que a él le resultó más perturbadora que cualquier estallido.
—Gracias por venir —dijo Arima.
—Si hubiera dicho que no, usted habría supuesto correctamente que era por prudencia —respondió Hana—. Y luego habría venido igual.
Arima aceptó la observación con una inclinación mínima.
La camarera dejó dos cafés sin interrumpir la tensión leve de la mesa.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
No era incomodidad. Era una forma de respeto hacia aquello que todavía no sabían si estaban a punto de traicionar: una institución, una lealtad o simplemente una imagen anterior de sí mismos.
—Ya no sé si estoy haciendo un trabajo de protección —dijo Hana al fin— o aprendiendo a redactar excusas para una maquinaria que no soporta quedarse sin función. Y, francamente, una de las dos tareas paga mejor que la otra. La otra, de momento, solo da insomnio.
Arima sostuvo la taza sin beber.
—Las instituciones también necesitan lenguaje para anticipar lo que aún no tiene forma —dijo Arima—. No todo cuidado es abuso. Pero hay formas de cuidado que se degradan muy deprisa en administración del miedo.
Hana lo miró con una atención que no era insolente ni filial y, sin embargo, rozaba ambas cosas.
Arima sintió de nuevo esa inquietud compleja que lo acompañaba cada vez que hablaba a solas con ella: el deseo de proteger una inteligencia así y el conocimiento simultáneo de que una inteligencia así quizá solo pueda conservarse del todo si deja de obedecer a tiempo.
Entre ellos no había nada formulable. Precisamente por eso el vínculo resultaba más exigente.
—No creo que estemos evitando monstruos —dijo Hana—. Creo que estamos administrando el miedo a que la vida vuelva a ser indomable.
La frase se quedó entre ambos con una quietud más densa que el ruido de la lluvia.
Arima pensó en Mori, en memorandos cuidadosamente neutros, en categorías que nacían del pánico elegante a no ser necesarias.
Pensó también en Keiko, en la pregunta muda que ya había entrado en su casa.
Y comprendió algo que le produjo un cansancio nuevo: la generación de Hana no iba a obedecer con gratitud.
No porque fuera más valiente, sino porque había nacido demasiado dentro del sistema para seguir confundiéndolo con un milagro sin resto.
—Tenga cuidado —dijo Arima, y la sobriedad de la frase no logró ocultar del todo lo demás—. Hay ideas que las instituciones toleran mejor cuando ya vienen obedecidas por el lenguaje.
—Conozco a alguien en París —dijo— que está diciendo lo mismo desde el arte. No usa nuestro lenguaje, pero está llegando al mismo sitio. Con bastante más belleza y menos actas.