La Habitación Perfecta (El Protocolo de Absorción 3) Capítulo 4 — El verano de Argel
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Capítulo 4 — El verano de Argel

A rgel lo golpeó primero con el aire. No era un golpe violento.

Era una ocupación. Apenas bajó del avión, Michel De Smet sintió cómo el calor se le pegaba a la nuca, a las muñecas, al interior del cuello de la camisa, como si la ciudad no admitiera del todo la posibilidad de ser observada a distancia.

Desde la pista se veía una franja blanca de edificios inclinados hacia el mar, el brillo oblicuo de las terrazas, una luz más densa que la de Bruselas, menos interesada en pulir las cosas que en hacerlas existir del todo.

Incluso los gestos del personal de tierra parecían tener más cuerpo.

Un hombre se secaba la frente con el antebrazo.

Una mujer reía sin bajar la voz. Dos maletas chocaron entre sí y nadie fingió que no había ocurrido.

El coche asignado para la evaluación logística lo esperaba bajo un sol que no se molestaba en parecer razonable.

Michel se quitó la chaqueta antes de sentarse atrás y dejó la ventanilla un poco abierta, pese al polvo.

Quería ver la ciudad sin el filtro completo del cristal.

A medida que avanzaban desde el aeropuerto hacia el puerto y las avenidas altas, Argel se le fue revelando menos como una anomalía del sistema que como una de sus versiones menos terminadas, o quizá menos persuadidas de la necesidad de terminarse.

Había orden en los cruces, programas visibles de renovación, equipamientos recientes, fachadas rehechas con el gusto sereno de la estabilidad continental.

Y, sin embargo, entre una corrección y la siguiente seguían asomando cosas que Bruselas habría limado con más paciencia: ropa tendida donde no correspondía, un mercado que olía de verdad, niños que corrían demasiado cerca de los coches, conversaciones detenidas en mitad de la acera como si la circulación de cuerpos no pudiera tener siempre prioridad sobre la de las voces.

No era desorden. Michel se corrigió mentalmente en cuanto la palabra asomó.

Era otra cosa. Una fricción más visible entre la arquitectura y la vida.

El informe preliminar que llevaba en la cartera hablaba de integración mediterránea, circuitos culturales, mejora de conectividad, eficiencia en la distribución de espacios públicos.

Todo era cierto. Pero al mirar por la ventanilla, al ver la sal adherida a algunas barandillas, el movimiento de los vendedores en las esquinas, las terrazas donde la gente se demoraba con una intensidad poco administrativa, tuvo la impresión incómoda de que una parte esencial de la ciudad no cabría nunca en las casillas previstas para evaluarla.

Bruselas corregía; Argel, en cambio, todavía respiraba.

La primera visita del día era una plataforma logística vinculada a programas culturales en la zona del puerto.

Michel recorrió almacenes limpios, paneles de distribución, patios con sombra artificial y oficinas donde el papel aún olía a tinta reciente.

Todo funcionaba con una eficacia suficiente y una elegancia limitada por el calor.

Al salir de una de las naves, una ráfaga marina le llevó hasta la cara olor a gasóleo, pescado, piedra caliente y fruta abierta.

Se detuvo un segundo más de la cuenta. Fue entonces cuando oyó una voz joven a su izquierda.

—Usted es belga —dijo la voz, no como pregunta, sino como diagnóstico amable.

Michel se volvió. La joven llevaba una carpeta de cartón bajo el brazo y un vestido claro sin pretensión alguna de sofisticación.

Tardó un segundo en reconocerla. La había visto solo una vez, de lejos, en París, junto a una obra de Samir Benkacem.

La recordaba más por la atención con que había mirado que por sus rasgos.

—Y usted es la estudiante que hace preguntas difíciles en galerías caras —dijo.

La joven sonrió, sin modestia.

—Nabila Serhani. Ahora también hago preguntas en puertos, que son menos elegantes pero más útiles. Y mucho menos aburridos que algunas galerías.

Le explicó que colaboraba con una pequeña red local asociada a los programas culturales y sanitarios de la zona, más por convicción familiar que por obediencia a ninguna institución.

Había en su manera de hablar una rapidez seca, como si no creyera del todo en el valor de las presentaciones largas.

Antes de que Michel encontrara una respuesta adecuada, un hombre mayor salió del edificio adyacente con una carpeta médica en la mano y las mangas remangadas hasta los codos.

Tenía el cabello ya muy blanco, el rostro trabajado por el sol y la clase de autoridad que no necesita ensayarse. Se acercó a Nabila con una familiaridad cansada y afectuosa, luego tendió la mano a Michel.

—Doctor Youssef Belkacem —dijo—. A veces médico. A veces traductor entre estadísticas y cuerpos. Según el día, una cosa fracasa más que la otra.

—Hoy espero estar del lado correcto del fracaso —dijo Michel.

Michel estrechó la mano y notó en la palma del otro una sequedad firme, no ceremonial.

Youssef se ofreció a enseñarle una parte de la zona no incluida en el itinerario oficial.

Lo dijo con una cortesía tan serena que rechazarlo habría parecido una grosería pueril.

Caminaron los tres por una avenida blanca que descendía hacia una plaza donde el mercado seguía abierto a medias.

Bajo los toldos, las frutas tenían colores demasiado francos para cualquier reglamento centroeuropeo.

El pescado brillaba sobre el hielo con una obscenidad casi hermosa.

Dos hombres discutían precios con una implicación personal que a Michel le resultó agotadora y envidiable a la vez.

—Ustedes miden muy bien el suministro, el descanso, la movilidad, la adherencia —dijo Youssef mientras apartaba a un niño de una bicicleta con un gesto automático—.

Lo digo sin ironía. Ojalá muchas ciudades hubieran aprendido tanto.

Pero hay desgastes que llegan a consulta sin dejarse traducir.

Personas bien alimentadas, bien alojadas, bien protegidas.

Personas a las que, en teoría, no les falta nada.

Y, sin embargo, hablan como si llevaran meses viviendo detrás de un cristal.

Es un cuadro clínico muy moderno: todo correcto, nada bien.

Michel sintió el impulso reflejo de ordenar aquella observación dentro de una categoría prudente.

—Toda transición histórica tiene costes de adaptación.

Youssef lo miró sin desafío, casi con cortesía clínica.

—Lo que ustedes llaman paz a veces se parece demasiado a una sedación elegante.

La frase no sonó grandilocuente. Fue eso lo que más molestó a Michel.

No tenía brillo polémico ni afán de humillación.

Sonaba, simplemente, a algo ya pensado muchas veces al borde de una cama de hospital.

Siguieron andando unos metros en silencio.

El mar aparecía entre dos edificios con un azul más pesado que el del norte.

Nabila señaló entonces, con una naturalidad casi distraída, un cartel medio arrancado pegado a un muro: anunciaba una muestra menor en un centro cultural local.

—Mi tío insiste en llevarme a todo lo que huela a arte con problemas —dijo—. Ahora anda obsesionado con un artista parisino que pinta mundos donde nunca pasa nada. Dice que por eso da miedo.

✽✽✽

Esa misma noche, Michel aceptó la invitación de Youssef a cenar en su casa.

Había pensado excusarse con el informe pendiente y el cansancio del viaje, pero la negativa le pareció, a última hora, demasiado parecida a un reflejo profesional.

Subió por una calle en pendiente hasta una vivienda abierta a una terraza donde corría una brisa marina más amable que el calor del mediodía.

Antes de entrar oyó voces, el choque de vasos, una risa corta y verdadera.

Le sorprendió sentir, con una intensidad casi infantil, que no estaba preparado para una casa donde la vida no hubiera sido completamente peinada antes de recibir visitas.

La mesa estaba puesta en la terraza. Había platos de barro, pescado especiado, verduras asadas, pan aún tibio y una botella de vino que alguien había enfriado en un cubo metálico demasiado pequeño.

El mantel no hacía juego con nada y, por eso mismo, parecía más vivo que muchos comedores impecables que Michel conocía.

Nabila iba y venía entre la cocina y la terraza con una autoridad doméstica sin solemnidad.

Una mujer mayor, a la que presentaron como una tía de paso, discutía desde el fondo sobre el punto exacto de una salsa como si en ello se jugara el equilibrio del Mediterráneo.

El aire olía a comino, a sal y a conversación en curso.

Michel se sentó con una cautela que no era timidez, sino falta de costumbre.

En Bruselas, incluso la intimidad bien entendida guardaba una estructura.

Allí, en cambio, las frases se solapaban, los cubiertos cambiaban de mano, alguien interrumpía para corregir un recuerdo y nadie parecía considerar aquel roce una avería.

Durante unos minutos se limitó a observar.

Youssef servía y preguntaba a la vez. Nabila se reía con la cabeza un poco hacia atrás.

El mar quedaba fuera de cuadro, pero seguía presente en la temperatura del aire.

Michel tuvo la impresión, incómoda y nítida, de que el orden no sabía producir deliberadamente algo así.

Fue al levantarse para ayudar, gesto que Nabila rechazó con una sonrisa seca, cuando reparó en una fotografía enmarcada sobre una consola del salón.

La luz de la terraza llegaba hasta allí con la suavidad justa para no borrar los rostros.

Michel se acercó sin tocar el marco. En la imagen aparecían tres jóvenes mucho más delgados, más insolentes y menos protegidos por el tiempo: Nabila apenas adolescente, Leïla con la mirada desafiante ya intacta, y entre ambas un hombre de pelo oscuro y expresión más abierta que la que París le había enseñado a llevar. Samir.

—Mi sobrino tenía entonces la mala costumbre de parecer feliz en las fotos —dijo Youssef detrás de él—. Luego se fue a París y adquirió modales. Es una enfermedad bastante cara.

Michel volvió la cabeza.

—He visto su trabajo en París.

—Entonces ha visto solo una parte —dijo Nabila, apoyada en el quicio—. París se queda siempre con la versión peinada de la gente.

La conversación derivó luego hacia la familia extendida, los viajes improbables y las ramas que el nuevo orden había repartido por geografías antes inconcebibles.

Youssef mencionó a un primo lejano destinado temporalmente en Japón como enlace académico y militar, un hombre que escribía cartas excesivamente correctas sobre jardines, protocolos y una soledad muy disciplinada.

Nadie insistió en el tema. Quedó flotando en la cena como una de esas referencias que parecen menores hasta que el tiempo les da forma.

Más tarde, ya con los platos apartados y los vasos medio llenos, la conversación se aflojó sin perder densidad.

Michel habló poco. Escuchó historias familiares, diagnósticos médicos, bromas internas que no entendía del todo y, aun así, le produjeron una extraña nostalgia.

No de su propia casa. De algo menos localizable.

De una forma de estar juntos que no nacía de la corrección ni de la afinidad bien organizada, sino de una mezcla imperfecta de costumbre, deseo, discusión y calor.

Comprendió entonces, con una incomodidad casi física, que quizá la vitalidad no administrada no fuera una avería del sistema.

Quizá fuera, simplemente, una de las pocas cosas que el sistema no podía fabricar.

Regresó a Bruselas al día siguiente con el informe en orden, las cifras suficientemente claras y el equipaje oliendo todavía un poco a especias y sal.

Durante el vuelo, intentó reducir Argel a observaciones útiles: eficacia razonable, fricciones de implantación, oportunidades de armonización, potencia cultural evidente.

Pero por debajo de esa sintaxis seguía actuando otra certeza más difícil de clasificar.

Las ciudades, pensó mirando las nubes sin verlas, no solo alojan a quienes las habitan. También los educan moralmente.