CAPÍTULO 39
Teufelsberg se oye antes de verse.
El viento golpea los árboles, se cuela entre las estructuras abandonadas y encuentra huecos en el hormigón donde cambia de tono.
Conforme subo, Berlín va quedando abajo, extendido bajo un cielo gris que parece demasiado tranquilo para lo que estoy haciendo.
Las antiguas cúpulas de escucha aparecen sobre la colina como enormes esqueletos blancos, rotos y cubiertos de grafitis.
Un lugar construido para interceptar voces. Lukas no podría haber elegido mejor.
He dejado el coche lejos y llevo el teléfono en el bolsillo, pero no llamo a nadie.
Helena y Sabine tienen mi ubicación, los archivos y una instrucción muy sencilla: una hora.
Si no respondo, policía. No sé si ha sido una decisión inteligente venir igualmente.
Probablemente no. Mi historial reciente sugiere que las decisiones inteligentes no son lo mío.
Entro en el edificio por una abertura lateral.
—Lukas.
Mi voz rebota contra las paredes. No responde.
Subo.
El sonido cambia en cada nivel. Cristales bajo las botas, chapas vibrando, el viento entrando por ventanas sin marco. Cuando alcanzo una de las grandes salas circulares lo veo junto al centro, vestido de oscuro, las manos en los bolsillos.
Parece el mismo hombre con el que tomé café hace pocos días. Eso sigue siendo lo más difícil.
—Has venido —dice.
—Tú me has citado.
—Podrías haber llamado a la policía.
—Podría.
Me observa.
—¿Lo has hecho?
—¿Importa?
Sonríe apenas.
—Sigues siendo mala mintiendo.
Mari. No necesita pronunciarlo.
Hay un pequeño altavoz sobre el suelo. Lukas toca el teléfono que sostiene en la mano y empieza una grabación. Mi voz llena la cúpula.
—Te quiero.
El eco repite la última palabra.
Quiero.
Quiero.
Quiero.
Después otra.
—No quiero que se vaya.
Otra.
—Eva está obsesionada conmigo.
Luego mi declaración policial, una parte que reconozco demasiado bien.
«Estoy aquí por voluntad propia.»
Lukas detiene el audio.
—Eso también eres tú.
—Sí.
—No parece que te hayan secuestrado.
—No.
La respuesta lo sorprende.
—¿No?
—Dije esas cosas.
—Exactamente.
—Y también dije que no podía dejar a Eva sola contigo.
Algo cambia en su cara.
—Una frase.
—Como las tuyas.
—¿Qué?
—Una frase. Un fragmento. Eso era todo lo que necesitabas.
Lukas guarda silencio.
—He escuchado los archivos —continúo—. Nina. Caro. Las otras mujeres. Primero averiguabas qué les daba miedo y después construías la situación exacta para provocar ese miedo. Cuando reaccionaban, grababas la reacción y eliminabas lo anterior.
—No sabes de qué hablas.
—Sí.
—Has recuperado recuerdos. No significa que los estés interpretando bien.
Ahí está. La misma puerta.
—¿Y quién los interpreta bien? ¿Tú?
—Yo estaba allí.
—Yo también.
Lukas da un paso.
—Tú me querías, Mara.
—Sí.
No esperaba esa respuesta.
—Muchísimo, probablemente.
—Entonces sabes...
—Que querer a alguien no demuestra que no te esté haciendo daño.
El viento golpea algo fuera y el sonido atraviesa la cúpula como un gemido metálico. Lukas me mira durante unos segundos y después vuelve al teléfono.
Otra grabación. Estoy llorando.
—No sé qué haría sin ti.
Detiene.
—¿También está manipulada?
—No.
—¿Entonces?
—La pregunta es qué hiciste antes para conseguir que dijera eso.
Por primera vez pierde un poco de paciencia.
—Siempre necesitas un culpable.
—Curioso viniendo del hombre que convenció a Eva de que había matado a alguien.
Silencio. Ahora sí.
—El hombre está vivo —digo.
Lukas aparta la mirada apenas un instante.
—Nunca dije que no lo estuviera.
—Le dijiste que estaba muerto.
—Estaba inconsciente.
—Tú sabías que sobrevivió.
No responde.
—¿Cuándo lo supiste?
—Mara.
—¿Esa misma noche?
Su silencio basta, pero quiero oírlo.
—Lo sabías cuando amenazaste a Eva con el vídeo.
Lukas suspira.
—Eva era peligrosa.
—Eva intentó denunciarte.
—Eva entró en archivos privados, robó material y atacó a un hombre.
—Porque la habíais encerrado.
—Nadie la encerró.
—Yo abrí la habitación 17 con una llave.
—Porque estaba reteniendo material que no era suyo.
—¿Y después me retuviste a mí por el mismo motivo?
Aprieta los labios.
—Tú no estabas bien.
—Eso no responde.
—Intenté evitar que te destruyeras.
Casi sonrío.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—La versión en la que siempre estás ayudando.
Lukas se acerca un poco más.
—No tienes idea del estado en que estabas. Eva alimentaba tu paranoia, tu madre te trataba como una enferma y tú eras incapaz de pasar una noche sola sin entrar en pánico. Yo era la única persona que conseguía tranquilizarte.
—Después de provocarme el miedo.
—No.
—Grababas mis conversaciones.
—Grababa muchas cosas.
—Sin que lo supiera.
—Porque después cambiabas lo que habías dicho.
—Así que guardabas pruebas.
—Sí.
La palabra rebota por la sala.Pruebas. No parece darse cuenta de que acaba de admitirlo.
O quizá sí y ya no le importa.
—¿También grabaste a Eva?
—Eva se grababa sola suficiente.
—¿Y editaste la caída?
—No edité nada. Seleccioné la parte relevante.
No puedo evitar una risa breve.
—Claro.
—Ella golpeó a un hombre.
—Y tú eliminaste todo lo ocurrido antes.
—Nadie elimina lo que no se necesita.
La frase queda suspendida. Entonces escucho una voz detrás.
—Eso siempre se te dio muy bien.
No necesito girarme para saber quién es. Mi cuerpo la reconoce antes que mi cabeza. Eva está en la entrada de la sala. Tiene el pelo más corto, algunas líneas nuevas alrededor de los ojos y una cicatriz fina junto a la ceja. Aun así, es ella.
Lukas se queda inmóvil.
—Eva.
Ella entra.
—Hola, Lukas.
No puedo hablar. Eva me mira. Solo un segundo.
—Hola, Mara.
El nombre en su voz hace más que todos los recuerdos.
—Estás viva.
Sonríe apenas.
—Tú también.
Lukas recupera la calma antes que yo.
—Qué reunión tan emocionante.
Eva no le quita los ojos de encima.
—Helena me llamó cuando Mara encontró la cassette. Volví hace semanas.
La miro.
—¿Has estado aquí todo este tiempo?
—Necesitaba saber si realmente estabas recordando.
—Podías haber hablado conmigo.
—Sí.
No intenta justificarlo.
—Tuve miedo.
Eso sí lo entiendo. Lukas empieza a moverse lateralmente.
—Seis años escondida y sigues igual.
—No. Ahora sé que el hombre está vivo.
Él sonríe.
—Enhorabuena.
—Tú lo sabías.
—Ya lo hemos hablado.
Eva se acerca otro paso.
—Dilo otra vez.
Lukas la mira con atención. Demasiada. Entonces comprendo que algo ha cambiado.
No mira su cara.
Mira su chaqueta.
—¿Qué llevas ahí?
Eva no responde. Lukas se mueve. Muy rápido.
Ella retrocede, pero él ya está encima. Le agarra el brazo y tira de la chaqueta. Eva grita. Yo corro hacia ellos y golpeo a Lukas por un costado.
Todo pierde orden.
Lukas me empuja.
Caigo contra una pared y el impacto me deja sin aire. Eva consigue soltarse y algo pequeño cae al suelo. Una grabadora.
Lukas la ve.
También yo.
—Hija de puta.
Su voz ya no tiene nada de calma. Se lanza hacia ella.
Eva llega primero, pero Lukas le pisa la mano cuando intenta recogerla. Oigo el golpe, el grito y después Eva le empuja con ambas manos. Él responde con una fuerza que la proyecta hacia atrás.
Su cabeza golpea contra una barra metálica. El sonido es pequeño. Demasiado pequeño.
Eva cae. Hay sangre.
—Eva.
Intento llegar hasta ella. Lukas me agarra.
—Se acabó.
Me giro.
—Suéltame.
—Mara, mírame.
La frase. La misma. Seis años.
—Mírame.
Esta vez lo hago. Pero ya no veo al hombre que recordaba. Tampoco al que conocí hace semanas.
Veo a los dos.
—No.
Le golpeo. No sé dónde. Cara, cuello. Él retrocede y vuelve hacia mí. Me agarra del pelo, me arrastra varios pasos y mi espalda choca contra una estructura. Intento soltármelo de encima. Mi mano encuentra algo metálico en el suelo.
Una barra. Lukas ve el movimiento.
—No hagas una estupidez.
Eva se mueve detrás. Apenas. Pero está viva. Lukas también lo ve. Se vuelve hacia ella. Ese segundo basta.
Golpeo.
La barra alcanza su brazo. Él pierde el equilibrio, retrocede y pisa una zona donde el suelo está cubierto de restos. Resbala, intenta agarrarse a una barandilla y la estructura cede.
No cae muy lejos, apenas un nivel, quizá menos, pero el ruido de su cuerpo al golpear contra la estructura metálica me arranca del presente y me devuelve seis años atrás.
Un impacto seco. Otro, más abajo. Después, silencio.
Me acerco al borde buscando algún movimiento. No sé si respira. Antes de que pueda inclinarme más, algo me golpea por detrás.
O quizá nadie me toca y soy yo quien pierde el equilibrio.
El suelo parece inclinarse y la sala gira con una lentitud imposible. Alcanzo a ver a Eva tendida en el suelo, la sangre extendiéndose junto a su cabeza.
Después, nada.
Despierto con la mejilla pegada al hormigón y un sabor metálico en la boca. Durante unos segundos no sé dónde estoy; durante uno más, tampoco quién soy.
A pocos metros hay una mujer tendida en el suelo. No se mueve, y junto a su cabeza se extiende una mancha de sangre.
Intento incorporarme, pero el dolor me atraviesa el cuerpo y tengo que apoyar una mano para no volver a caer.
Entonces escucho pasos. Lejanos. Acercándose.
El corazón se me acelera.
Metal, viento, una voz que todavía no alcanzo a entender. Miro de nuevo a la mujer tendida en el suelo y, esta vez, el recuerdo no llega a fragmentos.
Eva. Lukas. Teufelsberg. La habitación 17. Vesper. Mi madre.
Todo encaja de golpe.
Yo.
Esta vez sí recuerdo quién soy.
Me arrastro hasta Eva y acerco dos dedos a su nariz. Durante un segundo no noto nada.
—Eva.
Espero. Entonces llega una respiración mínima, casi imperceptible. Pero la oigo.
—Eva.
Sus párpados tiemblan.
—Mara...
La risa me sale antes de que pueda contenerla y termina convertida en llanto.
—Sí.
Eva intenta levantar una mano.
—Grabadora.
Miro alrededor. Está a menos de dos metros. La recojo. La luz roja sigue encendida. Grabando. Detrás de mí llega un sonido. Una respiración grave. Me giro. Lukas yace en el nivel inferior, doblado junto a la estructura metálica. Hay sangre en su camisa.
Se mueve. Muy poco. Pero también vive.
Los pasos están más cerca. Voces. Alguien grita mi nombre.
Policía.
Miro la grabadora.
En esa pequeña memoria está Lukas reconociendo que grababa a las mujeres, que seleccionaba fragmentos, que sabía que el hombre de la escalera estaba vivo y que utilizó aquella grabación contra Eva.
Esta vez no depende de mi memoria. Ni de la de Eva. Ni de una declaración que alguien pueda desmontar. Pulso detener. La luz roja se apaga.
Lukas sigue vivo.
Y esta vez hay pruebas.