EPÍLOGO
Tres meses después, sigo despertándome algunas noches sin saber durante unos segundos en qué año estoy.
Kern dice que no debería preocuparme demasiado, que la memoria no vuelve como una película restaurada y que probablemente nunca recuperaré cada detalle de aquellos dieciocho meses.
Antes esa posibilidad me habría aterrorizado. Ahora empiezo a aceptarla.
Hay cosas que recuerdo.
Otras que sé.
Y algunas que quizá permanezcan siempre en algún lugar al que no necesito regresar.
Lukas está en prisión preventiva.
La grabación de Teufelsberg no resolvió todo de forma milagrosa, por mucho que a la parte de mí educada por demasiadas novelas le hubiera gustado un final más limpio.
Hay abogados, peritajes, horas de declaraciones y once mujeres cuyos nombres aparecían en los archivos.
Algunas han querido hablar. Otras no. La policía ha recuperado discos, grabaciones y copias que Lukas conservó durante años, y la investigación ha crecido hasta convertirse en algo mucho mayor que Eva y yo.
Él sigue negando casi todo. Pero las evidencias son muchas.
Acepta las grabaciones, pero discute su significado. Admite haber editado archivos, pero dice que era trabajo. Asegura que las mujeres sabían más de lo que ahora recuerdan y que Eva construyó una campaña contra él porque estaba obsesionada conmigo.
Incluso después de todo, sigue intentando controlar la versión.
La diferencia es que ahora ya no tiene una sola voz.
Tiene demasiadas enfrente.
El hombre de la escalera también ha declarado.
Sobrevivió con una conmoción, varias costillas rotas y una fractura en el brazo.
Lukas lo convenció aquella misma noche de que desapareciera durante unos días y después le pagó para que mantuviera silencio sobre lo ocurrido.
No sabía, según asegura, que Eva creía haberlo matado.
No sé si creerlo. He descubierto que no necesito decidirlo todo.
Eva tampoco.
Ha recuperado su nombre. Durante seis años utilizó otro apellido, cambió de ciudad dos veces y redujo su vida a la cantidad de información que podía controlar. Ahora vuelve a ser Eva Keller en documentos, declaraciones y en el buzón de un apartamento nuevo que todavía no me ha enseñado.
No porque no confíe en mí.
Porque reencontrarnos no significa volver de golpe al lugar donde lo dejamos. Eso también necesita tiempo.
Nos vemos una o dos veces por semana. Al principio intentamos hablar de los seis años perdidos, como si pudiéramos recuperar una amistad entera concentrándola en cafés interminables. Después dejamos de hacerlo. Algunas cosas regresan solas. Otras resultan nuevas.
He descubierto, por ejemplo, que Eva continúa robándome patatas del plato incluso cuando ha pedido exactamente lo mismo.
Ella asegura que siempre lo hacía.
Yo sospecho que utiliza mi amnesia para justificar cualquier comportamiento irritante.
Me parece una base bastante sólida para recuperar una amistad.
Mi madre es más difícil.
Hay días en que estoy enfadada con ella.
Otros en los que daría cualquier cosa por tener cinco minutos para decirle que entiendo por qué hizo lo que hizo, aunque no sepa si habría tomado las mismas decisiones.
Encontré más notas después de Teufelsberg.
Guardó mis archivos porque no quería destruir una parte de mí, incluso cuando yo le pedía que lo hiciera.
Nunca tiró la máscara. Nunca borró la música.
Solo la escondió. Como Eva escondió la cassette.
Las dos esperaron de maneras distintas a que algún día pudiera decidir yo.
Esta noche lo hago.
El club está en Kreuzberg y no caben más de ciento cincuenta personas.
Nada que ver con algunos de los escenarios que encuentro en vídeos antiguos de Vesper.
El techo es bajo, las paredes negras y alguien ha cometido la atrocidad acústica de colocar uno de los altavoces demasiado cerca de una esquina.
Lo detecto al entrar.
Eso, al parecer, tampoco se cura.
—No empieces —dice Eva.
Está a mi lado, vestida de negro y con una cerveza en la mano.
—No he dicho nada.
—Has mirado el altavoz.
—Está mal colocado.
—Mara.
—Solo digo que...
—No.
Sonrío.
—Sigues siendo una dictadora.
—Y tú sigues necesitando una.
La frase podría doler.
No lo hace. Eso también es nuevo.
Hay unas ochenta personas ya dentro. Algunos saben qué va a ocurrir. Otros han venido porque alguien anunció una actuación especial sin explicar demasiado. He pedido que no haya campaña, entrevistas ni misterio.
Sobre todo misterio no. He tenido suficiente.
Detrás del pequeño escenario hay una mesa con el equipo preparado. Lo he revisado tres veces esta tarde y aun así vuelvo a mirar los niveles.
Eva me observa.
—Cuatro veces.
—Tres.
—Esta mañana cuenta.
—Eso fue una prueba.
—Claro.
Me pongo los auriculares. La primera pista espera. Nachtlinie.
No es exactamente la misma versión de hace seis años. He limpiado algunas cosas y añadido otras. El tren sigue entrando donde Eva quería.
Dos compases. Nunca pienso admitirlo en voz alta. Sobre el extremo de la mesa está la máscara.
Negra.
Geométrica.
La misma.
La llevé a casa después de que la policía terminara con ella y durante semanas permaneció dentro de una caja.
No sabía qué hacer. Tirarla me parecía aceptar que pertenecía únicamente a lo que ocurrió después.
Conservarla en una estantería habría sido demasiado parecido a construir un altar a una mujer que, técnicamente, sigo siendo yo.
Así que esta noche la he traído. La miro. Eva también.
—¿Estás segura? —pregunta.
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Cuando estás demasiado segura es cuando empiezas a hacer estupideces.
—Gracias por el apoyo emocional.
—Para eso tienes un psiquiatra.
Me río. El técnico asoma la cabeza.
—Dos minutos.
Asiento. Eva se aleja hacia la sala. Me quedo sola. Cojo la máscara.
Pesa menos de lo que recuerdo.
Paso el pulgar por la grieta del borde izquierdo. Sé exactamente cómo colocarla, cómo ajustar la cinta detrás de la cabeza y dónde moverla para que no presione la pequeña cicatriz junto a la oreja.
Durante un segundo pienso en ponerme la máscara, no por miedo, sino por costumbre. Vesper funcionaba porque nadie podía verme y, detrás de aquella cara negra, yo podía hacer algo que Mara Vogel nunca se había permitido del todo. Ocupar espacio sin explicar por qué estaba allí.
Tal vez una parte de mí todavía necesite esa protección.
Levanto la máscara y escucho lo que ocurre al otro lado de la cortina.
Conversaciones mezcladas con el sonido de los vasos, una risa cercana, el zumbido constante del sistema y la voz de Eva hablando con alguien.
Berlín respira detrás de las paredes y, por primera vez en mucho tiempo, todos esos sonidos vuelven a tener un lugar.
Durante años pensé que olvidar era silencio.
Ahora sé que no.
Era ruido sin significado.
Dejo la máscara sobre la mesa.
No la necesito.
Salgo al escenario.
Al principio nadie reacciona. Solo ven a una mujer caminando hacia un equipo de sonido, pero poco a poco empiezan los murmullos y alguien pregunta si soy yo. No intento distinguir la respuesta.
Busco a Eva.
Está cerca del fondo, observándome sin sonreír. Eso basta.
Me coloco detrás de la mesa y apoyo las manos sobre los controles. Tiemblo un poco, pero esta vez no intento ocultarlo.
Pulso el primero.
Un sonido de tren empieza muy bajo y algunas conversaciones se apagan.
Después entra la campana, la misma que encontré meses atrás en aquella cassette, aunque ahora está limpia y ocupa exactamente el lugar que quiero.
Cuatro notas descienden y reconozco la melodía sin tener que preguntarme de dónde procede.
Esta vez sé por qué.
Cuando entra el grave, la sala responde.
Podría quedarme ahí y permitir que la música explicara todo lo demás. Durante años fue suficiente. Vesper no necesitaba hablar porque el sonido podía hacerlo por ella.
Pero yo he pasado demasiado tiempo dejando que otros decidieran qué significaban mis palabras, mis recuerdos e incluso mi propia voz.
Cojo el micrófono.
El murmullo desaparece.
Durante unos segundos solo escucho mi respiración amplificada por los altavoces. No suena como la respiración de Vesper detrás de una máscara.
Suena como la mía.
Miro una última vez la máscara negra sobre la mesa, después a Eva y finalmente a todas las personas que esperan delante de mí.
—Me llamo Mara Vogel.
Dejo que mi nombre permanezca en el aire.
—Y esta vez no voy a desaparecer.