CAPÍTULO 38
El hombre está vivo y, de repente, comprendo que esa nunca fue la mentira más importante de Lukas. La mentira era conseguir que Eva creyera que no podía comprobarlo.
Vuelvo a las carpetas durante toda la mañana con una idea distinta.
Hasta ahora he tratado las grabaciones de Lukas como archivos sobre mujeres, sobre confidencias, miedos, discusiones, momentos íntimos.
Ahora empiezo a mirarlas como piezas de montaje.
Él hacía con las personas exactamente lo que yo llevo años haciendo con el sonido.
Seleccionar, cortar, limpiar, ordenar. Solo que yo intento recuperar una realidad dañada y él construía otra.
Encuentro el patrón en varias carpetas. Una mujer le dice durante una conversación tranquila: «A veces estoy tan enfadada que podría matarlo».
Meses después, en otra grabación, grita durante una discusión.
Los dos fragmentos aparecen juntos en un archivo exportado de apenas cuarenta segundos.
En otro caso, Nina dice riéndose que podría «perseguir a alguien hasta el fin del mundo» si la abandona.
Lukas conserva la frase y después la combina con mensajes insistentes que ella le envía cuando él desaparece durante días.
No inventa las palabras.
Eso sería demasiado fácil de desmontar.
Utiliza palabras reales fuera de su contexto hasta que cuentan la historia que necesita.
Sigo abriendo archivos. Hay versiones largas y versiones editadas. RAW y CUT. Original y selección. En varias carpetas incluso aparecen notas donde señala qué partes podrían utilizarse si una mujer «se pone difícil».
H_4: consumo + amenaza padre.
CARO: gritos / hermana / posible acoso.
NINA: mensajes / abandono / insistencia.
Después encuentro la mía.
MARI.
La carpeta que no quise abrir ayer.
Esta vez lo hago.
Hay cuarenta y tres archivos.
Me quedo mirando el número durante unos segundos y después empiezo por el primero. Estoy en un bar con Lukas. Hablo demasiado. Me río. Le cuento que mi padre murió cuando era joven y que desde entonces tengo una tendencia bastante patética a confundir independencia con no pedir ayuda nunca.
Él pregunta.
—¿Qué ocurre cuando alguien intenta ayudarte?
Mi voz responde.
—Normalmente intento librarme de él.
Lukas se ríe.
—Buen comienzo para una relación.
Yo también.
El archivo termina.
Abro otro.
Meses después estamos discutiendo.
—Déjame en paz —digo.
—Eso intento.
—No. Intentas castigarme.
—Mari, eres tú quien lleva dos días diciendo que quiere terminar.
—Porque no puedo más.
Abro el siguiente.
Estoy llorando.
—No quiero perderte.
Otro.
—Eva está consiguiendo que dude de todo.
Otro.
—No sé qué haría sin ti.
Otro.
—Te quiero.
Detengo la reproducción.
No necesito seguir.
Ya sé qué va a hacer Lukas en cuanto nos enfrentemos.
De hecho, podría hacerlo ahora mismo. Podría poner delante de cualquiera aquellas frases y construir una relación distinta de la que estoy recuperando.
Mara Vogel amaba a Lukas Rehfeld, dependía de él, desconfiaba de Eva y regresaba voluntariamente cada vez que discutían.
Todo eso es verdad. Y también es mentira.
Las dos cosas al mismo tiempo.
Ahí estaba su método.
No necesitaba convencer a los demás de una ficción absoluta. Le bastaba con entregarles la parte de la verdad que destruía la otra.
Eva decía que me manipulaba. Él podía reproducirme diciendo que lo quería.
Eva decía que intentaba aislarme. Él podía enseñar mensajes en los que yo misma pedía no verla.
Eva decía que me retenía. Yo había declarado a la policía que estaba con él voluntariamente.
Una versión perfecta.
Construida con mi propia voz.
Siento una náusea breve, pero continúo. Si voy a enfrentarme a esto, necesito conocer el material mejor que él.
Encuentro una carpeta llamada CARMEN.
Mi madre.
No hay grabaciones suyas, pero sí fotografías del portal, horarios, movimientos y varias notas. Lukas sabía dónde vivía, cuándo salía, dónde compraba. Lo mismo que hizo después con la familia de Eva.
No era improvisación. Era procedimiento.
Busco fechas posteriores a la desaparición de Eva y aparece un archivo de texto con una anotación: «EK → C.V.»
Eva Keller hacia Carmen Vogel.
Debajo hay una fecha. Dos días antes de que Eva desaparezca de Berlín.
Me quedo inmóvil. Eva fue a ver a mi madre.
Abro todos los archivos asociados. Solo hay dos fotografías tomadas desde la calle. En la primera, Eva está frente al portal de Stargarder Straße. En la segunda entra en el edificio.
Lukas la seguía.
Eso explica por qué nunca se atrevió a volver. Pero también significa que mi madre la vio. Voy directamente a los correos de Carmen. Busco la fecha.
Nada.
Reviso su calendario en papel, las notas que fotografié y las carpetas físicas. Finalmente encuentro una entrada mínima en una agenda vieja.
«E. Keller. 16.30.»
Nada más.
Voy al armario donde guardé las cajas de mi madre y empiezo a revisar otra vez todo lo relacionado con aquellos días. Esta vez sé exactamente qué fecha busco. En una carpeta de facturas aparece una hoja doblada que no tiene ninguna relación con el resto.
La letra es de Carmen.
«Eva ha venido. Dice que Mara está en peligro. Dice que él la graba y que puede demostrarlo. Le he dicho que no vuelva. Cada vez que Mara oye su nombre vuelve a ponerse peor.»
Tengo que sentarme.
Continúo.
«No sé si creer todo lo que cuenta, pero está aterrorizada. Dice que se marcha. Le he pedido que lo haga y que deje a Mara recuperarse.»
La siguiente frase está tachada, pero todavía puede leerse.
«Creo que he sido cruel.»
Cierro los ojos.
Durante semanas he intentado decidir si mi madre me protegía de Eva o de Lukas. La respuesta resulta mucho más humana y siento tristeza. Intentaba protegerme de cualquier cosa capaz de devolverme a aquellos meses.
Incluida la persona que había intentado salvarme.
Hay una segunda nota en el reverso.
«Ha preguntado si algún día Mara recuerda. Le he dicho que espero que no.»
Debajo:
«Eva dice que entonces necesitará pruebas.»
Miro hacia la rejilla de ventilación del salón.
La cassette.
Me levanto.
Durante unos segundos veo el apartamento de otra manera.
Eva entrando aquí mientras yo estoy en algún lugar entre Lukas, la policía y el inicio de mi derrumbe.
Mi madre delante de ella, agotada, aterrorizada también, convencida de que la única forma de salvarme consiste en alejar cualquier cosa que pueda hacerme recordar.
Eva entiende que no podrá llegar hasta mí.
Así que deja algo.
No para entonces.
Para después.
Voy hasta la rejilla y paso los dedos por el borde que desmonté semanas atrás.
La imagen llega.
No es un recuerdo mío, naturalmente. No estaba aquí. Pero esta vez no necesito imaginar demasiado. Eva conocía el apartamento. Había vivido en él. Sabía que aquella salida de calefacción tenía una cavidad detrás y sabía que mi madre jamás revisaría una instalación mientras siguiera funcionando.
La cassette no era una llamada de auxilio al azar.
Era un seguro.
Si Eva no podía volver y Lukas seguía vigilándola, necesitaba dejar algo que quizá yo pudiera encontrar algún día.
Y eligió sonidos.
Un tren.
Una campana.
Una melodía.
No una dirección que cualquiera pudiera entender, sino un rastro que yo sabría escuchar.
El teléfono vibra.
Número desconocido.
El mensaje solo contiene un audio de dieciocho segundos.
Lo reproduzco.
Primero viento. Después una reverberación enorme y un golpe metálico que rebota dentro de un espacio que reconozco.
Teufelsberg.
Las cúpulas de la antigua estación estadounidense. Un lugar construido para escuchar. Entonces aparece mi voz, seis años más joven.
—Te quiero.
Pausa.
—Eva está loca.
Se me hielan las manos. Son fragmentos de la carpeta MARI. Al final entra la voz actual de Lukas.
—Ahora ya puedes recordarlo todo.
No necesita añadir ninguna amenaza. Un segundo mensaje contiene una ubicación.
Teufelsberg.
Debajo, una frase:
«Ven y escucha lo que todavía te falta.»
Miro la pantalla. Podría no ir. Debería no ir.
La parte sensata de mí sabe exactamente qué corresponde hacer. Ir a la policía, entregar los discos, explicar el cambio de identidad de Lukas, la denuncia antigua, las grabaciones clandestinas y el hombre vivo. Tengo suficiente para que al menos alguien empiece a mirar.
Así que lo hago.
Copio toda la documentación esencial en una carpeta, la envío a Helena y a Sabine y añado un mensaje breve explicando que, si no vuelvo a contactar en una hora, llamen a la policía. Comparto también la ubicación que he recibido.
No voy a repetir el error de Eva. No voy a dejar toda la verdad en un único sitio. Después miro otra vez el mensaje de Lukas.
Teufelsberg.
El teléfono vibra por tercera vez. Esta vez hay una fotografía. La entrada de mi edificio. Tomada hace menos de cinco minutos.
Debajo, una frase.
«Sigues haciendo copias de todo, Mari.»
Voy hasta la ventana. La calle parece normal. Personas caminando. Un coche aparcado. Una bicicleta pasando frente al portal. Lukas está ahí.
Entonces entiendo qué ha cambiado. No me está invitando a Teufelsberg para contarme el pasado.
Ha descubierto que ya lo recuerdo.