La habitación 17 CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Lukas dijo que estaba muerto. Eso es lo primero que compruebo.

No la denuncia de Eva, ni mi declaración, ni las amenazas que todavía no sé cómo encontrar. El hombre de la escalera. La pieza sobre la que Lukas construyó todo lo demás.

Vuelvo a reproducir mentalmente el recuerdo hasta el momento de la caída. El golpe de Eva, la mano buscando la barandilla, el cuerpo chocando contra los escalones y quedando inmóvil abajo. Después Lukas impidiéndome acercarme y respondiendo antes de que nadie comprobara nada.

«Lo has matado.»

Eva le creyó. Yo también. Pero no recuerdo haber visto un cadáver. Recuerdo un hombre que no se movía.

La diferencia, seis años después, resulta bastante importante.

Abro de nuevo el expediente policial. Hasta ahora he leído la denuncia buscando mi nombre y el de Lukas.

Esta vez busco cualquier referencia a una lesión, una caída o un tercer hombre.

No aparece nada en las primeras páginas, lo que ya resulta extraño.

Si Eva hubiese llegado a una comisaría asegurando que acababa de matar accidentalmente a alguien, eso debería figurar en algún lugar.

No figura.

En su declaración habla de una agresión durante la huida. Dice que golpeó a un hombre que intentaba impedirle salir y que este cayó por unas escaleras. Afirma no saber en qué estado quedó porque huyó inmediatamente.

No dice que estuviera muerto. Eso vino después.

Sigo leyendo.

La policía acudió a Nachtwerk pocas horas más tarde. No encontró ningún herido.

Tampoco sangre suficiente para indicar una lesión grave, aunque el informe menciona «rastros parcialmente limpiados» en la zona inferior de una escalera de servicio. Jonas declaró que se había producido una pelea entre varias personas esa noche, pero negó conocer un accidente grave.

Me quedo mirando la frase.

Ningún herido.

Si el hombre murió, alguien retiró el cuerpo antes de que llegara la policía.Si no murió, alguien lo retiró igualmente.

Busco la declaración de Eva completa. Hay páginas que la primera copia no incluía y que ahora, al figurar yo directamente en varios apartados, puedo consultar parcialmente.

Eva insiste en las grabaciones de Lukas, en mi situación y en la habitación 17.

También menciona al hombre de la escalera, pero no consigue facilitar un apellido.

«Trabaja con ellos. Técnico o seguridad. Lo he visto varias veces.»

Eso es todo. Intento recordar su cara.

La memoria me devuelve una silueta, hombros anchos, pelo claro muy corto. Nada que pueda utilizar.

Vuelvo a las fotografías.

Hay cientos.

Empiezo por las semanas anteriores a la denuncia y marco a todos los hombres que aparecen repetidamente cerca de Lukas.

Es una tarea lenta y desagradable, sobre todo porque cada imagen contiene ahora una vida que no sabía que era mía.

Yo riéndome, Eva trabajando, Vesper preparando una actuación, Lukas observándome desde lugares donde antes no lo había visto.

Finalmente encuentro al hombre. Lo reconozco por la chaqueta. No por su cara.

En una fotografía tomada dos semanas antes de la caída lleva la misma chaqueta oscura con una franja gris en el hombro que recuerdo cuando se interpone entre Eva y la escalera.

Amplío. Está junto a Lukas cargando material. En otra fotografía aparece conectando equipos. En una tercera fuma en la puerta trasera de Nachtwerk. Busco nombres asociados a esas imágenes.

No encuentro nada.

Después localizo una lista de personal técnico de aquella noche. Entre cinco nombres aparecen Lukas Rehfeld, Jonas Becker y otros tres. Las fotografías me permiten identificar al hombre de la escalera.

Su nombre importa menos que una pregunta.

Si murió aquella noche, debería existir algún rastro.

Busco la fecha, el club, accidentes en Friedrichshain, caídas, fallecidos. No aparece una sola noticia ni referencia policial o hospitalaria.

Un hombre joven muerto dentro de Nachtwerk habría dejado alguna huella.

No hay ninguna.

Y entonces aparece un miedo distinto.

Quizá Eva pasó seis años escondida por un muerto que nunca existió.

Vuelvo a la denuncia.

Dos días después de acudir a la policía, Eva llamó de nuevo para denunciar que alguien la seguía. Había visto el mismo coche dos veces frente a su domicilio y pidió hablar con el agente que tomó su declaración.

La anotación termina con una frase burocrática:

«Se recomienda comunicar cualquier amenaza concreta.»

Dos días después aparece mi declaración.

Niego todo, defiendo a Lukas y describo a Eva como una mujer obsesionada conmigo.

El caso se derrumba.

Ahora, sin embargo, recuerdo lo ocurrido antes de que la policía me encontrara.

Después de que Eva escapara de Nachtwerk, Lukas no me dejó salir de la habitación 17.

No sé durante cuánto tiempo. La memoria todavía se rompe allí, pero recuerdo agua, medicación y su voz repitiéndome que Eva nos había destruido, que aquel hombre estaba muerto y que la policía jamás creería a una mujer que actuaba en clubes con una máscara y consumía drogas.

Todavía no estaba en tratamiento. Eso vendría después. Pero él ya sabía qué palabras utilizar.

Recuerdo preguntarle.

—¿Eva está bien?

—Eva se ha salvado a sí misma.

—¿Y él?

Lukas me mira.

—Muerto.

La palabra. Siempre la palabra. Nunca «lo comprobé». Nunca «vino una ambulancia».

Muerto.

Después aparecen días que apenas consigo ordenar. Otro apartamento. Cortinas cerradas. Lukas entrando y saliendo. Mi teléfono no está conmigo. Cuando pregunto por él, dice que lo rompí.

No sé si es verdad.

En un recuerdo intento llegar a la puerta. Él no me golpea. No necesita hacerlo.

—¿Adónde vas?

—A casa.

—¿Y qué le vas a decir a tu madre?

No respondo.

—¿Que ayudaste a escapar a Eva después de matar a alguien?

—Fue un accidente.

—Eso dices tú.

Me enseña un vídeo. La caída. Pero empieza demasiado tarde.

Eva ya tiene la barra en la mano. El hombre la agarra. Ella golpea. Él cae.

No se ve la habitación 17. No se ve la puerta cerrada. No se ve lo que ocurrió antes.

Solo Eva golpeando a un hombre.

—La policía tiene esto —dice Lukas.

Ahora sé que mentía. Entonces no.

—¿Se lo has dado?

—Todavía no.

Todavía. Una amenaza transformada en generosidad.

Estoy protegiéndote. Esa era siempre la forma. Vuelvo al presente.

Necesito saber qué pasó con Eva después de mi declaración.

Helena.

La llamo. Tarda en responder.

—Mara.

—¿Eva te contactó después de ir a la policía?

Silencio.

—Una vez.

—¿Cuándo?

—Después de que tú declararas.

Aprieto el teléfono.

—¿Qué te dijo?

Helena tarda.

—Que se había equivocado contigo.

La frase duele.

—¿En qué?

—Pensaba que, si conseguía sacarte de allí, tú confirmarías todo.

—Y yo hice lo contrario.

—Sí.

No intenta suavizarlo. Lo agradezco.

—¿Por qué desapareció?

Helena respira al otro lado.

—No lo sé completamente.

—Pero sabes algo.

—Recibió amenazas.

—¿De Lukas?

—Ella estaba segura.

—¿Qué tipo de amenazas?

—Su familia.

Me quedo quieta.

—¿Qué les hizo?

—Nada. Ese era el mensaje.

No entiendo.

—Explícamelo.

Helena tarda unos segundos.

—Eva encontró un sobre en su buzón. Había fotografías de su hermano entrando en la universidad. De su madre haciendo la compra. De su padre saliendo del trabajo.

La habitación se enfría. Coincide exactamente con lo que la trama de Lukas habría necesitado. No amenazar con violencia explícita, sino demostrar acceso.

—¿Había una nota?

—Sí.

—¿Qué decía?

Helena intenta recordar.

—Algo como que la próxima vez no tendría que ir ella a la policía. Que irían a buscar a su familia.

Cierro los ojos.

—¿Y el hombre de la escalera?

Helena guarda silencio.

—Mara, ¿qué recuerdas?

—Lo suficiente.

—Entonces sabes que Eva creía haberlo matado.

—Lukas se lo dijo.

—No solo se lo dijo.

Abro los ojos.

—¿Qué hizo?

—Le envió el vídeo.

Claro.

—Solo la caída.

—Sí.

—Sin lo anterior.

—Eso me dijo.

—¿Eva te enseñó la grabación?

—Un fragmento. Se veía cómo golpeaba al hombre y cómo caía. Después se cortaba.

—¿Y Lukas la amenazó con entregarlo?

—Sí.

Ya está. La construcción completa.

Eva denuncia a Lukas. Yo niego la denuncia y la convierto en una acosadora. Después él le demuestra que conoce las rutinas de su familia y le entrega una grabación que, aislada, parece mostrarla atacando a un hombre que ella cree muerto.

Si vuelve a la policía, ya no es una testigo. Es una sospechosa intentando justificar un homicidio.

—¿Qué hizo después?

—Se fue.

—¿Adónde?

—No lo sé.

—Helena.

—De verdad no lo sé. Me dijo que era mejor así.

—¿Cuándo hablaste con ella por última vez?

—Dos días antes de que desapareciera.

—¿Qué dijo?

Hay una pausa.

—Que si alguna vez las cosas cambiaban, intentaría arreglarlo.

—¿Qué cosas?

—No me lo explicó.

Pienso en la cassette. En mi madre. En el seguro.

Eso pertenece a después.

Primero el hombre.

—¿Sabes quién era el que cayó?

Helena dice que no. Cuelgo.

Amplío la búsqueda del hombre de la escalera. Sus perfiles profesionales desaparecen durante varios años y, por un momento, pienso que quizá murió.

Hasta que encuentro una empresa de sonido en Potsdam creada tres años después de Nachtwerk. Uno de los administradores tiene su mismo nombre.

No hay fotografías, así que busco eventos asociados.

En la galería de una feria técnica aparece un hombre más mayor, con barba, pero la cara coincide con las fotografías de Nachtwerk. La imagen tiene ocho meses.

Compruebo otra fuente. Figura también en una conferencia del año pasado y encuentro un vídeo de una presentación empresarial.

Pulso reproducir.

Sube al escenario y habla durante diecisiete minutos sobre aislamiento acústico.

Es él. El hombre al que Eva golpeó. El hombre que cayó por las escaleras. El hombre cuya supuesta muerte permitió a Lukas convertirla en una asesina.

Está vivo seis años después.

Apoyo una mano sobre la mesa mientras la conclusión termina de encajar. Eva huyó porque creía haber matado a un hombre y porque Lukas sabía que podía utilizar esa muerte para destruirla.

Pero aquella muerte nunca ocurrió.

Miro al hombre congelado en la pantalla.

Está vivo.