CAPÍTULO 36
No necesito seguir restaurando el archivo para recordar cómo empezó aquella noche. El sonido basta.
Una puerta cerrándose.
Un golpe metálico.
Eva respirando.
Y de pronto estoy allí. No como en los flashes anteriores, donde una imagen aparecía y desaparecía antes de que pudiera sujetarla. Esta vez el recuerdo tiene orden. Hay un antes y un después. Puedo moverme dentro.
Nachtwerk está casi vacío. Es tarde, mucho después de una actuación, y la música que todavía llega desde arriba suena apagada por las paredes del sótano. Camino deprisa por el pasillo. Recuerdo el teléfono en la mano, la pantalla llena de mensajes sin respuesta.
Eva lleva horas sin contestarme. La última vez que hablamos discutimos. Eso también vuelve.
—No vuelvas a casa con él.
—No empieces.
—Mara, ha encontrado las copias.
—No lo sabes.
—Sí lo sé.
Yo colgué.
Ahora estoy aquí porque, aunque sigo defendiendo a Lukas incluso dentro de mi propia cabeza, hay una parte de mí que ya no cree en él.
Bajo la escalera metálica.
Luz roja.
La misma que llevo semanas viendo sin saber de dónde procede.
Paso junto a dos puertas abiertas y llego a la 17.
Cerrada.
Golpeo.
—¿Eva?
Nada.
Vuelvo a hacerlo.
Entonces escucho un ruido desde dentro.
No una voz.
Tres golpes.
Pausa.
Otros dos.
—Eva.
Me acerco.
—Soy yo.
Algo se mueve detrás.
Después su voz.
—Mara.
La recuerdo tan claramente que me duele.
—¿Estás sola?
No responde.
—Eva.
—Vete.
Intento abrir.
Cerrado.
—Abre.
—No puedo.
La frase me paraliza.
—¿Qué significa no puedes?
—Vete.
Miro hacia el pasillo.
—¿Dónde está Lukas?
—Mara, por favor.
Ya estoy buscando la llave.
Tenemos copias de casi todas las salas porque durante meses Eva y yo hemos trabajado allí como si Nachtwerk fuera una extensión especialmente insalubre de nuestra casa. La 17 lleva una cerradura distinta, pero recuerdo algo que ahora parece absurdo. Lukas me dio una llave semanas antes.
«Por si necesitas entrar.»
La llevo en el llavero. La introduzco. Funciona.
La habitación está casi a oscuras. Eva se encuentra sentada junto a la pared, con la cara pálida y el pelo pegado a la frente. Tiene una muñeca enrojecida. En una mesa hay un portátil abierto y, junto a él, varios discos duros.
No está sola.
Un hombre se levanta desde el fondo.
Lo reconozco de vista. Lo he visto alrededor de Lukas, montando equipos y entrando y saliendo de Nachtwerk, aunque no recuerdo su nombre.
—¿Qué haces? —pregunta.
—¿Qué coño hacéis vosotros?
Eva se pone de pie.
—Mara, vámonos.
El hombre se interpone.
—No podéis llevaros nada.
—No queremos llevarnos nada.
Eva me mira.
Las dos sabemos que miento.
—Aparta.
No se mueve.
—Lukas viene.
Agarro a Eva del brazo.
—Entonces nos vamos ahora.
Da un paso y hace una mueca.
—¿Qué te pasa?
—Luego.
Intentamos pasar, pero el hombre me agarra del hombro. Lo aparto con tanta fuerza que golpea una mesa.
—No vuelvas a tocarme.
—Mara, tranquilízate.
—Abre la puerta.
Eva mira hacia el pasillo.
—Corre.
No llegamos.
Oigo los pasos antes de verlo.
Lukas aparece en la puerta.
El recuerdo vacila, como si mi cabeza todavía intentara protegerlo, pero esta vez permanece.
Más joven, con el pelo largo.
La misma cara.
Los mismos ojos.
Y, sobre todo, la misma calma.
Mira primero a Eva, después a mí y finalmente la puerta abierta.
—Mari.
—¿Qué es esto?
—No deberías estar aquí.
Eva tira de mí.
—No hables con él.
Lukas sonríe apenas.
—Claro. Mejor que hable Eva. Últimamente se le da muy bien decidir por todos. ¿Te ha contado que robó mis archivos?
—No son tuyos —dice ella—. Son grabaciones de mujeres que no sabían que las grababas.
Lukas me mira.
—¿Eso te ha dicho? Te advertí que estaba obsesionada. No soporta que ya no la necesites y ahora intenta convencerte de que todo lo que hago es parte de algún plan.
Eva se interpone.
—No le escuches.
—¿Ves? —dice Lukas—. Ni siquiera te deja decidir por ti misma.
Lo peor es que dudo.
Solo un segundo.
Pero él lo ve.
—Lukas, ¿por qué estaba encerrada?
Su expresión apenas cambia.
—No estaba encerrada. Ha intentado llevarse material privado y la puerta estaba cerrada porque no podía salir con él.
Miro la llave que todavía tengo en la mano.
Eva se ríe.
—Material privado. He hecho copias de tus grabaciones.
Algo cambia entonces en la cara de Lukas.
Muy poco.
Pero suficiente.
—¿Dónde están?
Eva no responde.
—Eva.
—Vete a la mierda.
El hombre del fondo avanza. Lukas levanta una mano y lo detiene.
—No hace falta.
Después vuelve a mirarme.
—Mari, ven conmigo.
—No.
La palabra sale baja, pero suficiente.
Su expresión cambia.
—Estás cansada. No sabes lo que ha hecho.
—Sé lo suficiente.
Eva me mira sorprendida.
—Nos vamos.
Lukas bloquea la puerta.
—No.
Ya no sonríe.
Eva tira de mí hacia la salida de servicio y corremos hacia la escalera metálica. El otro hombre intenta detenernos, agarra a Eva de la chaqueta y yo tiro de ella mientras Lukas grita detrás.
Eva consigue soltarse y aparece una barra corta de metal en su mano.
—Suéltame.
Él vuelve a agarrarla. Eva golpea. Una vez.
El hombre pierde el equilibrio y busca la barandilla, pero no la encuentra.
Recuerdo los golpes contra el metal.
Uno.
Después otro.
Y finalmente uno seco.
El cuerpo queda inmóvil al pie de la escalera.
Nadie habla.
Eva sigue sujetando la barra.
—Dios mío.
Intenta bajar.
—Hay que ayudarlo —digo.
Lukas me agarra del brazo.
—No lo toques.
Eva murmura que no quería hacerlo. Lukas observa el cuerpo y después la mira a ella.
Y entonces siento miedo.
No porque esté asustado. Porque no lo está. Está pensando.
—Eva, sal de aquí.
—No sin ti.
Lukas aprieta mi brazo.
—Ella no va a ninguna parte.
Intento soltarme.
—Eva, corre.
—No.
—¡Corre!
El hombre sigue sin moverse. Eva baja la mirada hacia él.
—¿Está...?
Lukas responde antes de que nadie pueda comprobarlo.
—Sí. Lo has matado.
Eva palidece.
—Ha sido un accidente.
—Eso tendrás que explicárselo a la policía.
Lo dice con una calma casi amable. Intento acercarme al cuerpo, pero Lukas me retiene.
—Suéltame.
—Mara.
—¡Suéltame!
Eva empieza a llorar.
—Estaba intentando escapar —digo.
Lukas me mira.
—¿Escapar de qué?
—La teníais encerrada.
—Eva entró aquí a robar archivos.
—Mentira.
—¿Seguro?
La pregunta es solo para mí. Después construye la historia delante de nosotras.
—Habéis bebido, lleváis días entrando y saliendo de aquí, Eva roba material privado, golpea a un hombre y ahora resulta que estaba secuestrada.
Funciona porque contiene suficientes verdades. El alcohol, los archivos, el golpe y un hombre inmóvil al pie de la escalera. Eva retrocede.
—Tengo las grabaciones.
Lukas la mira.
—¿Qué grabaciones?
Ella comprende demasiado tarde que acaba de decirle que existen copias.
—Mara, ven conmigo.
Intento soltarme, pero Lukas me agarra con ambas manos.
—Mara no va contigo.
—Ella decide.
—Ya ha decidido.
La salida está a pocos metros. Eva puede alcanzarla. Yo no.
—Vete —le digo.
Niega con la cabeza.
—No voy a dejarte.
La frase se superpone con la cassette. Mara, tienes que marcharte. No puedo dejarte sola con él. Ahora recuerdo cuándo la grabamos. Antes, durante las horas en que Eva estuvo encerrada allí y todavía esperaba que alguien encontrara el mensaje.
No era yo intentando protegerla. Éramos las dos intentando protegernos.
—Eva, por favor. Vete.
Lukas tira de mí hacia atrás y esta vez ella corre.
No intenta perseguirla. Se limita a verla desaparecer por el pasillo y después cierra la puerta.
Clic.
El mismo sonido que llevo semanas escuchando dentro de mi cabeza.
—Ábrela.
Lukas guarda la llave.
—Cuando te tranquilices.
—Quiero salir.
—Mírame, Mari.
Retrocedo.
Por primera vez lo veo sin la versión que mi memoria construyó después. No como alguien intentando calmarme, sino como un hombre que sabe que ya no puedo marcharme.
—Eva irá a la policía.
Lukas mira hacia la puerta.
—Sí. Y supongo que tendrá que explicar por qué acaba de matar a un hombre.
El recuerdo termina. Estoy otra vez frente al ordenador, con el audio detenido y las manos apoyadas sobre la mesa.
Durante seis años Eva creyó que aquella caída la había convertido en una asesina.
Ahora recuerdo quién puso esa certeza dentro de su cabeza.
Lukas.