La habitación 17 CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Vesper era yo.

La frase debería resolver algo. En cambio, multiplica todo.

Durante semanas he perseguido a una mujer desaparecida, he escuchado sus canciones, buscado fotografías, reconstruido actuaciones y tratado de averiguar por qué alguien capaz de llenar clubes enteros decidió borrarse de Berlín de un día para otro.

Ahora descubro que no estaba investigando a otra persona.

Estaba siguiendo las huellas de una versión de mí que mi memoria había convertido en desconocida.

Vuelvo al principio. No al principio de la investigación, sino al principio de Vesper.

Los discos duros contienen suficiente material para reconstruir casi un año completo si uno sabe qué buscar.

Ahora lo sé. Ordeno las sesiones por fecha, recupero correos exportados y abro las carpetas que hasta ayer había interpretado como trabajo técnico de Mave para una artista externa.

La separación entre ambas identidades se deshace en cuanto dejo de imponerla.

Las primeras grabaciones son rudimentarias. Sonidos urbanos, ritmos todavía sin terminar, trenes, puertas, ventiladores, voces deformadas hasta dejar de parecer humanas. No encuentro una cantante ni un productor principal porque no existían. Compongo yo, proceso yo, mezclo yo.

Mave es el nombre que aparece en los archivos.

Vesper, el que aparece cuando la música sale al mundo.

Al principio ni siquiera hay máscara.

Encuentro un vídeo grabado en una sala pequeña de Kreuzberg. Estoy frente a un portátil probando una base mientras Eva sostiene el teléfono. En un momento me enfado porque me está grabando.

—Bórralo.

—No.

—Eva.

—Dentro de diez años agradecerás que exista.

Casi me río.

—Dentro de diez años fingiré que nunca hice esto.

Detengo el vídeo. No tiene gracia. Eva gira la cámara hacia sí misma.

—Consta oficialmente que Mara Vogel carece de visión empresarial.

Mi voz responde fuera de plano.

—Consta oficialmente que Eva Keller no sabe cuándo dejar de tocar los cojones.

Ella sonríe.

—Por eso me necesitas.

La grabación termina y me quedo mirando la pantalla.

Por eso me necesitas.

A partir de ahí, el reparto resulta evidente.

Yo hago la música y Eva se ocupa del mundo exterior.

Habla con clubes, promotores y periodistas, contesta los correos que ignoro y convierte mis negativas en decisiones estratégicas.

En una conversación, un promotor pregunta por qué Vesper no concede entrevistas presenciales.

Eva responde:

«Porque no.»

Sonrío.

La máscara aparece semanas después, no como una idea artística, sino como solución a un problema. En una grabación después de una actuación, Eva me reprocha que media sala me haya fotografiado y que una periodista haya intentado averiguar mi nombre.

—Espero que no se lo hayas dado.

—Le he dicho que eres Ingrid Merkel.

Me río.

—Muy sutil.

—Te escondiste quince minutos en un baño.

—Eso se llama estrategia.

Al escucharme, recuerdo la sensación. Me gustaba controlar el sonido, pero no quería fama ni tener que explicarme después de cada actuación.

La máscara resolvió ambas cosas. Eva encargó a un fabricante teatral una pieza negra, geométrica y sin expresión.

En el vídeo donde me la enseña por primera vez, la observo horrorizada.

—Pareces un asesino de película barata —dice.

—Gracias.

—Lo digo con cariño.

—Eso mejora muchísimo el producto.

Pero me la pongo. Y funciona. La gente deja de preguntar por Mara y empieza a preguntar por Vesper. Eso me gusta más de lo que esperaba.

La identidad crece deprisa. Clubs pequeños, después salas mayores, artículos, vídeos, gente intentando adivinar quién está debajo.

Eva se divierte alimentando el misterio.

Yo finjo que me da igual, aunque los archivos demuestran lo contrario.

Paso horas diseñando transiciones, grabando sonidos por Berlín, buscando cómo conseguir que cada actuación tenga algo que no pueda repetirse.

Reconozco cada decisión. No como un recuerdo completo, sino como una lógica que todavía vive dentro de mí. Por eso la música me resultaba familiar. Porque era mía.

Por eso sabía dónde debía entrar el tren. Porque lo había colocado yo. Y por eso el último mensaje de Vesper me produjo aquella sensación absurda cuando lo leí por primera vez.

Necesito silencio.

Lo escribí yo. Encuentro incluso el borrador. Una nota de texto de una sola línea:

«Necesito silencio. Nada más.»

Debajo Eva añade:

«¿Seguro?»

Mi respuesta:

«Sí.»

No hay fecha posterior. La última publicación de Vesper. La despedida de una mujer que no sabía que estaba despidiéndose de sí misma.

Continúo revisando.

Conforme crece el proyecto, Eva ocupa más espacio. No delante del público, sino entre Vesper y el mundo. Controla quién entra a los ensayos, evita que periodistas lleguen a mí, negocia con Jonas, cancela reuniones cuando estoy saturada y, en más de una ocasión, miente para proteger mi identidad.

Encuentro un correo de Helena.

«Necesito hablar con Vesper directamente.»

Eva responde:

«No.»

Helena insiste.

«¿Por qué decides tú?»

«Porque alguien tiene que hacerlo.»

Ahora entiendo la tensión posterior entre ambas. Eva no era únicamente mi amiga. Era el muro. Lo recuerdo. Un camerino. Yo sentada con la máscara todavía puesta. Demasiada gente fuera.

Las voces atraviesan la puerta y se mezclan hasta convertirse en ruido. Eva entra, cierra y apoya la espalda contra la madera.

—Cinco minutos.

—No quiero salir.

—Entonces no sales.

—Van a pensar que soy gilipollas.

—Ya lo piensan muchos. Cinco minutos más no cambiarán nada.

Me quito la máscara.

—¿Qué haría sin ti?

Eva me mira.

—Probablemente morir de hambre rodeada de cables.

El recuerdo desaparece con una facilidad que duele. Pero ya no necesito demostrar que fuimos amigas. Éramos más que eso.

No amantes. No exactamente familia.

Algo construido a base de demasiadas noches, secretos y la clase de confianza que permite que otra persona decida cuándo ya no puedes seguir fingiendo que estás bien.

Sigo avanzando en el tiempo y Lukas empieza a aparecer cada vez más cerca. Primero en facturas, equipos y conversaciones técnicas; después en fotografías, mensajes y planes conmigo.

No necesito leerlo todo. Me interesa saber cuándo Eva empieza a desconfiar. La primera señal aparece en septiembre.

«¿Puedes llamarme cuando estés sola?»

«Estoy con L.»

«Precisamente.»

Dos días después.

«No me gusta cómo te habla.»

«A mí sí.»

«No sabes lo que haces.»

«Qué suerte tenerte para saberlo por mí.»

Me avergüenza leerlo porque reconozco el mecanismo. Eva intenta acercarse y yo convierto cada advertencia en una invasión. Las discusiones aumentan. Me reprocha cancelar planes por Lukas y, en otra grabación, pregunta por qué él conoce una conversación que solo hemos tenido nosotras.

Reproduzco.

—¿Le contaste lo de Helena?

—No.

—Entonces ¿cómo lo sabe?

Tardo en responder.

—Quizá se lo dijiste tú.

—No hablo con él.

—Pues alguien se lo habrá contado.

Eva guarda silencio.

—¿Nunca te has preguntado cómo sabe siempre qué decirte?

Retrocedo y vuelvo a escuchar la frase. Ahora conozco la respuesta. Porque escuchaba y grababa. Yo todavía no.

—Estás obsesionada con él —le digo.

—No. Estoy preocupada por ti.

La conversación termina ahí. Encuentro más pruebas de que Eva intentó protegerme mucho antes de la denuncia. Habla con Helena, con Jonas e incluso con mi madre.

Un correo de Carmen dice:

«No sé qué está pasando, pero Mara está distinta.»

Eva responde:

«Yo también lo veo.»

La fecha es anterior a la denuncia. Mi madre ya observaba desde fuera lo que yo seguía negándome a ver desde dentro.

También descubro que Eva empezó a guardar duplicados de mis sesiones, conversaciones y mensajes.

Durante unos minutos pienso que me grababa a escondidas igual que Lukas, hasta que encuentro una nota dirigida a mí.

«Perdona por hacer copias. Si me equivoco, me odiarás unas semanas. Si tengo razón, algún día las necesitarás.»

Seis años después estoy utilizándolas. Eva no reunía pruebas únicamente contra Lukas.

Estaba dejando un camino para mí. La cassette, los archivos, las copias, las fechas.

Quizá incluso Vesper. Tal vez sabía que, si alguna vez empezaba a recordar, tendría que perseguir algo que me importara lo suficiente para llegar hasta el final.

Una mujer desaparecida.

Una artista anónima.

Una amiga.

Yo.

Busco la última carpeta creada por Eva antes de la denuncia.

Se llama L.

Contiene fotografías, listas de mujeres y grabaciones que ya conozco, además de un archivo dañado.

L_ROOM17_RAW.

Consigo recuperar parte del audio. Ruido. Una puerta. Pasos sobre metal. Después escucho a Eva.

—Mara, tienes que verlo.

Mi voz responde.

—¿Qué?

—Ven.

La acústica cambia mientras caminamos. Todavía no estamos en la habitación 17, pero estamos cerca. Eva habla otra vez.

—Lo encontré ayer.

—¿Qué encontraste?

Se oye un clic y después un ordenador arrancando.

—¿Qué es esto?

Eva tarda en responder.

—Él.

El archivo se degrada, pero consigo recuperar algunas palabras. Nombres, grabaciones, meses.

Después vuelve la voz de Eva.

—Las escucha antes.

—¿Antes de qué?

Trabajo varios minutos sobre el fragmento hasta recuperar la respuesta.

—Antes de hacerles exactamente lo que necesitan para que no se vayan.

La habitación aparece entonces en mi cabeza. Eva está delante de un portátil y yo a su lado. En la pantalla hay carpetas con nombres de mujeres y audios que ahora reconozco. Lukas pregunta, escucha, aprende. Después, en otra grabación, la misma mujer llora durante una discusión.

Eva me mira.

—¿Lo ves?

—No sabes qué es esto.

—Sé perfectamente qué es.

Abre otra carpeta.

MARI.

Dentro aparecen MARI_HOME, MARI_FIGHT y MARI_EVA.

—Te está grabando —dice Eva—. A ti también.

El recuerdo salta. Estoy llorando, más de rabia que de miedo.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde ayer. He copiado todo lo que he podido.

—Bórralo.

Eva me mira sorprendida.

—Son pruebas.

—Si se entera...

La frase queda suspendida.

Ahora recuerdo el miedo.

Ya estaba allí.

Eva se acerca.

—Por eso tienes que venirte conmigo.

Miro la pantalla, los nombres, las mujeres y mi propia carpeta. Y por primera vez dejo de defenderlo. El recuerdo termina. Abro los ojos con las manos temblando.

Ya sé cuándo cambió todo. No fue cuando Eva acudió a la policía ni cuando desapareció, sino antes, en aquella habitación, frente a un ordenador lleno de voces que nunca debieron ser grabadas.

Eva no empezó a desconfiar de Lukas.

Descubrió lo que estaba haciendo.