CAPÍTULO 34
Pulso reproducir.
Durante los primeros segundos no ocurre nada extraordinario. La mujer permanece de espaldas a la cámara, inclinada sobre la mesa de sonido, mientras Eva cruza la habitación. La máscara negra descansa junto a su mano. No hay público, luces ni humo.
Es un ensayo.
Subo el volumen. La grabación recoge mal las voces, pero los sonidos cercanos se distinguen con claridad. Interruptores, el roce de un cable, un grave sostenido. Y el golpeteo de dos dedos sobre la mesa.
Dos golpes. Pausa. Otros dos.
Me inclino hacia la pantalla.
Yo hago eso. Siempre.
Cuando espero que cargue un archivo, cuando necesito mantener un tempo o cuando estoy nerviosa y no quiero que se note.
La mujer mueve un control y ladea ligeramente la cabeza hacia la izquierda.
También hago eso.
No significa nada, me digo. Los gestos se repiten. Las manías también.
Entonces Eva entra en plano.
—Otra vez.
La mujer retrocede una sección y reproduce cuatro compases.
—El tren entra tarde —dice Eva.
—No entra tarde. Tú lo esperas demasiado pronto.
Mi mano se queda inmóvil sobre el ratón. La voz no está distorsionada ni pasa por ningún efecto. Es una voz femenina, cansada por las horas de trabajo.
Mi voz.
Detengo el vídeo. El silencio del salón me golpea.
No.
Ya he escuchado mi voz en la cassette y llevo semanas encontrándome en grabaciones antiguas. Estoy predispuesta a reconocerme en cualquier parte.
Podría ser yo hablando fuera de cámara. Vuelvo atrás y reproduzco el fragmento.
La mujer mueve los labios.
—No entra tarde. Tú lo esperas demasiado pronto.
La frase sale de ella.
Detengo el vídeo y me levanto, pero no llego a la cocina. Hay demasiadas piezas intentando ocupar de pronto el mismo lugar. Mave, la producción, mis archivos, mi forma de trabajar. Y Eva a mi lado.
Todo eso admite todavía una explicación sencilla. Yo producía a Vesper.
La mujer de la pantalla no tiene por qué ser ella. La máscara podría estar allí porque preparan una actuación o porque pertenece a alguien que aún no ha llegado.
Me siento y continúo. Eva y la mujer discuten sobre la entrada del tren.
—Dos compases.
—Uno.
—Uno y medio y fingimos que las dos hemos ganado.
Eva sonríe.
—Eres insoportable.
La mujer levanta apenas el dedo corazón sin apartar la vista del equipo.
El gesto es mío.
Sigo.
Empieza Nachtlinie.
La mujer escucha unos segundos, detiene la pista y mueve un control. Sé lo que va a hacer antes de que lo haga. Va a reducir el grave alrededor de los ciento ochenta hercios y recuperar parte del ruido del tren que el filtro acaba de comerse.
Lo hace. Siento frío en los brazos.
—Así —dice.
Eva se acerca al equipo.
—Ahora se oye demasiado la rueda.
—Tiene que oírse. Si lo limpias todo, deja de ser Berlín.
Cierro los ojos. Podría haber pronunciado esa frase ayer, porque sigo pensando exactamente igual. Las imperfecciones cuentan de dónde procede un sonido, y eliminarlas puede ser técnicamente correcto, pero narrativamente absurdo.
Abro los ojos y continúo mirando.
En el minuto cuatro, Eva sale de la habitación y la mujer se queda trabajando sola. Se recoge un mechón detrás de la oreja izquierda y, durante menos de un segundo, la cámara capta parte de su perfil.
Detengo el vídeo y retrocedo fotograma a fotograma hasta encontrarlo. Primero la nariz y el pómulo, después la mujer gira ligeramente la cabeza.
Y aparece mi cara.
Seis años más joven, más delgada, con el pelo corto y maquillaje oscuro alrededor de los ojos.
Pero soy yo.
Amplío la imagen aunque no hace falta. La calidad empeora, pero el rostro no cambia. Busco además una fotografía de Nachtwerk tomada por aquellas fechas y la coloco junto al vídeo. Mismo pelo, misma ropa, misma mujer.
Yo.
Me levanto tan deprisa que la silla cae al suelo y voy hasta la cocina. Abro el grifo, pero ni siquiera bebo. Necesito encontrar una explicación que destruya lo que acabo de ver.
No la encuentro.
Vesper siempre había sido otra persona. La mujer de la máscara, la artista desaparecida, el centro del misterio que llevo semanas intentando resolver. Yo podía haber producido su música, trabajado con Eva y formado parte de Nachtwerk sin cruzar esa última frontera.
Podía estar cerca de Vesper sin ser Vesper.
Regreso al ordenador. Necesito demostrar que me equivoco.
Compruebo el vídeo original, la fecha y los metadatos sin encontrar ninguna señal de manipulación. Incluso aparece una segunda cámara de la misma sesión, mucho más corta y con un ángulo frontal.
La abro.
Esta vez no existe ningún margen de duda. La mujer está sentada frente a la cámara y su rostro se ve desde el primer segundo.
Soy yo.
Eva entra con una botella de agua y la deja a mi lado.
—Cinco minutos. A las nueve abren puertas y todavía tienes que cambiarte.
—Una vez más.
—Llevas tres veces diciendo lo mismo.
—Pues esta puede ser verdad.
Eva suspira.
—Dos minutos, Mara.
Levanto la vista.
—Dos.
Cuando se marcha, me quedo sola frente a la mesa. En la grabación observo la máscara y la cojo con ambas manos. Paso el pulgar por una pequeña grieta junto al borde izquierdo, la misma que reconocí en la habitación 17 antes incluso de saber que pertenecía a Vesper.
Algo se abre dentro de mi cabeza.
No como un flash, sino como una memoria física completa. El borde frío contra la frente, la presión sobre el puente de la nariz, el olor del material bajo las luces y la goma tirando del pelo detrás de la oreja. Recuerdo incluso el mundo reducido a dos huecos negros delante de los ojos.
En el vídeo me pongo la máscara y sé lo que voy a hacer antes de verlo. Encajar primero la parte superior, ajustar la cinta, deslizar dos dedos bajo el lateral izquierdo. Para no presionar una pequeña cicatriz detrás de la oreja.
Me llevo la mano a esa misma marca, la que encontré al regresar al apartamento y nunca he sabido explicar. El recuerdo continúa. Eva está frente a mí ajustando la máscara.
—¿Bien?
Hago un pequeño gesto con la boca.
—Aprieta un poco.
—Siempre dices lo mismo.
Corrige la cinta detrás de mi cabeza y vuelvo a respirar. La máscara cambia incluso el sonido de mi propia respiración.
Después salimos.
El recuerdo se rompe.
En el vídeo ya llevo la máscara cuando Eva regresa con unos auriculares. Habla conmigo con absoluta normalidad. No espera a ninguna cantante ni falta nadie en la habitación.
Compruebo el horario de aquella noche.
La grabación termina a las nueve y doce.
Vesper actuó a las nueve y media.
Dieciocho minutos después de salir de esa habitación con la máscara puesta, Vesper estaba sobre el escenario.
Apoyo los brazos sobre la mesa.
Todo lo que he encontrado desde NACHT 17 cambia de significado.
La melodía que reconocí antes de saber de dónde venía, Nachtlinie, los archivos de producción, mi familiaridad con la máscara, Jonas observándome como si mi amnesia fuera una broma y Helena negándose a revelar quién era Vesper porque «no es mi secreto».
Eva tampoco intentaba proteger a una desconocida.
Intentaba protegerme a mí.
Busco el último vídeo público de Vesper y vuelvo a reproducirlo. Esta vez no observo a la mujer de la máscara como alguien ajeno, sino sus movimientos. La inclinación de la cabeza, la forma de corregir un control y volver al anterior, la mano izquierda marcando el ritmo.
Dos golpes. Pausa. Otros dos.
El recuerdo llega.
Calor, gente y el grave atravesándome el pecho. Desde el escenario apenas distingo rostros. Solo veo a Eva a un lado levantando el pulgar.
Llevo la máscara.
Y esta vez el recuerdo no me da miedo.
Me gusta.
Recuerdo incluso sonreír cuando entra el tren de Nachtlinie porque Eva tenía razón. Dos compases funcionaban mejor que uno.
La imagen desaparece, pero ya no necesito perseguirla.
Durante semanas he intentado averiguar qué le ocurrió a Vesper, por qué desapareció y quién estaba detrás de la máscara, sin comprender que la respuesta estaba en mis manos, en mi oído, en aquella cicatriz y en cada canción que reconocía antes de saber por qué.
No trabajaba simplemente para Vesper. No estaba buscando a una mujer desaparecida. Estaba buscando una parte de mí.
Vuelvo al fotograma del ensayo. Eva está a mi lado y yo sostengo la máscara segundos antes de ponérmela.
Esta vez no aparto la mirada.
Vesper era yo.