CAPÍTULO 32
No llamo a Lukas.
Durante la mañana su nombre aparece cuatro veces en la pantalla del teléfono y otras tantas lo dejo desaparecer.
No sé qué me asusta más, hablar con él o escuchar su voz y comprobar que una parte de mí sigue reaccionando como ha reaccionado estas últimas semanas.
Relajándose. El problema de descubrir que alguien te ha mentido sobre vuestro pasado no es que todo lo reciente se vuelva falso de repente.
Algunas cosas continúan sintiéndose exactamente igual.
Su forma de reír, la manera de inclinar ligeramente la cabeza cuando no está de acuerdo conmigo, incluso la tranquilidad que me produce tenerlo cerca siguen ahí, y ahora sé por qué.
No eran familiaridad acelerada ni una química extraordinaria. Eran memoria sin recuerdo.
Necesito saber cuánto hubo entre nosotros.
No un beso robado en una sala de Nachtwerk ni varias colaboraciones profesionales, sino la dimensión real de la relación.
Vuelvo a MAVE_MASTER y ordeno todos los archivos por fecha.
Después abro fotografías, correos exportados, facturas y calendarios.
Esta vez no busco «Lukas», sino «L», «LR», «Rehfeld» y cualquier rastro que pueda haber quedado oculto detrás de iniciales.
Los resultados aparecen poco a poco y, cuando empiezan, ya no paran.
Reservas para dos personas. Entradas de conciertos.
Un billete de tren a Leipzig comprado a mi nombre y al de Lukas Rehfeld.
Una factura de un restaurante enviada a su correo y reenviada al mío con un mensaje: «La próxima pagas tú, Mari».
Una fotografía de dos cepillos de dientes en un vaso que mi madre debió de copiar sin saber por qué importaba.
En otra, tomada frente a un espejo, Lukas aparece detrás de mí con la barbilla apoyada en mi hombro. No hay nada ambiguo en la imagen.
Fuimos pareja.
No sé durante cuánto tiempo todavía, pero ya no necesito que nadie me lo confirme.
Continúo buscando porque detenerme sería peor.
Encuentro una carpeta de fotografías fechada a lo largo de siete meses.
Lukas cocinando en una cocina que no reconozco, Lukas dormido en un sofá, mi mano sobre su pecho, los dos junto al Spree, una imagen desenfocada en la que estoy riéndome mientras él intenta quitarme la cámara.
Hay escenas normales, incluso aburridas.
Eso las vuelve más difíciles de aceptar.
Sería más sencillo descubrir una relación secreta construida únicamente con habitaciones oscuras y fotografías inquietantes.
En cambio, lo que aparece delante de mí se parece demasiado a cualquier historia de amor.
Una parte de mi cabeza empieza a completarla antes de que yo quiera.
Recuerdo el tacto de una chaqueta de lana.
Una mañana fría. Lukas diciendo que odio el café porque lo preparo como si quisiera castigarlo.
Yo contestando que puede hacerlo él. Después una cocina distinta, el ruido de agua corriendo y una mano rodeándome la cintura desde atrás.
El recuerdo dura apenas unos segundos, pero no tiene la violencia de los flashes de Nachtwerk.
Es doméstico. Íntimo. Por eso mismo resulta más devastador.
Abro mi antiguo calendario. Hay semanas enteras llenas de iniciales. L cena, L ensayo, L médico, L llega tarde. En julio aparece una entrada repetida tres veces. CASA L. Compruebo la dirección y descubro que coincide con el domicilio donde la policía me localizó después de la denuncia de Eva.
Me quedo mirando la pantalla.
La declaración.
«¿Se encuentra usted en este domicilio por voluntad propia?»
Sí.
No estaba en casa de un amigo ni en un apartamento prestado. Estaba en casa de mi pareja.
La persona cuyo nombre permanece oculto en el atestado era Lukas.
No necesito la versión sin censura para saberlo.
Vuelvo a leer la declaración completa con esa información. Cada frase cambia de forma. «Mantengo voluntariamente la relación con la persona señalada por la denunciante.» Lukas. «Eva está intentando destruir nuestra relación.» Lukas. «Solo quiero que nos deje en paz.» Lukas y yo.
Nosotros.
Me alejo del ordenador y camino hasta la cocina, pero esta vez no intento convencerme de que puede haber otra explicación.
La hay, pero ya no es razonable. Podría haber tenido otra pareja al mismo tiempo, podría haber vivido temporalmente en casa de Lukas sin mantener una relación con él, podría incluso haber utilizado aquellas fotografías para construir la campaña publicitaria más extraña de la historia.
También podría dejar de insultar mi propia inteligencia.
Fuimos pareja.
Y Eva intentaba separarme de él.
Regreso al salón y abro los documentos de Kern.
No tengo todavía su expediente completo, pero sí correos de citas y algunas notas que mi madre conservó.
En una hoja doblada encuentro una frase escrita por ella.
«M. vuelve a preguntar por L. Kern dice que no contactar.
» La fecha es posterior a la denuncia. Debajo, dos semanas más tarde: «Ha llamado otra vez. No coger.»
¿Lukas?
No lo sé. Puede serlo.
Busco en el correo de mi madre y encuentro algo que no había visto porque está archivado bajo una dirección que no reconozco. El mensaje tiene seis años. Asunto: Mara.
«Carmen, solo necesito saber que está bien. No quiero molestarla. Si ella no quiere verme, lo aceptaré, pero necesito escucharlo de ella.»
Firmado:
Lukas.
No Rehfeld.
Solo Lukas.
Mi madre no respondió.
Hay otro mensaje cuatro días después.
«Por favor.»
Y otro una semana más tarde.
«Dile que no voy a acercarme. Solo quiero saber que está viva.»
Leo los tres varias veces. Podrían ser mensajes de un hombre preocupado por una mujer a la que ama. De hecho, eso es exactamente lo que parecen. No hay amenaza, presión ni una palabra agresiva. Si hubiera encontrado esos correos hace un mes, habría sentido compasión por él.
Ahora recuerdo a Kern diciendo que mi madre filtraba llamadas.
Recuerdo que Eva lo denunció.
Recuerdo mi propia declaración defendiéndolo.
Y no sé cuál de todas esas cosas es la verdad completa.
Encuentro más correspondencia. Mi madre no contesta a Lukas, pero sí escribe a Kern: «Ha vuelto a contactar. Mara no lo sabe.» El médico responde únicamente: «Mantengamos el plan acordado.»
El plan. Hamburgo. De repente necesito revisar otra parte de mi vida.
Durante años he contado mi llegada a Hamburgo de una manera sencilla.
Trabajo nuevo, Berlín agotado, una relación que había salido mal y la necesidad de empezar lejos.
Con el tiempo, la historia se volvió incluso más limpia.
Un hombre que me había abandonado emocionalmente, meses malos, yo tomando una decisión adulta y marchándome.
Nunca he pensado demasiado en los detalles porque no había motivo.
Hay épocas que uno resume hasta convertirlas en dos frases y luego deja de visitarlas.
Abro fotografías de mis primeros meses en Hamburgo. Estoy más delgada.
Eso ya lo sabía.
Lo que no había visto es que casi todas empiezan después de mi tratamiento con Kern. Hay un vacío de varios meses y, cuando reaparezco, mi vida ya está allí. Apartamento pequeño, trabajo, compañeros nuevos. Busco al hombre que durante años he colocado mentalmente en esa etapa.
No encuentro ninguna fotografía. Eso no sería extraño si la relación hubiera acabado mal. Busco correos.
Nada.
Mensajes.
Nada.
Reservas, viajes, cumpleaños.
Nada.
La relación de Hamburgo que llevo años utilizando para explicar por qué llegué rota a aquella ciudad no deja rastro.
En cambio, cada escena que creo recordar de aquellos años empieza a deformarse en cuanto intento mirarla con precisión.
Un hombre cerrando una puerta después de una discusión, una bolsa en el suelo, una voz diciéndome que no sé estar sola, yo llorando en un baño.
Siempre había colocado esas imágenes en Hamburgo porque mi cabeza las conservaba junto a mis primeros meses allí.
Ahora ya no estoy segura.
Cierro los ojos y la puerta aparece.
Oscura.
No es la del apartamento de Hamburgo.
Estoy en Berlín.
Lukas está frente a mí.
—No puedes hacer esto cada vez que discutimos.
—Solo quiero irme.
—Siempre quieres irte.
—Porque nunca me dejas terminar una conversación.
—No, Mari. Porque en cuanto algo no te gusta, desapareces.
Tengo una bolsa en la mano. La misma que durante años había recordado como una maleta en Hamburgo.
Lukas intenta quitármela.
—Dámela.
—No.
—No te vas así.
El recuerdo se corta.
Abro los ojos con dificultad para respirar, pero esta vez no tengo dudas sobre el rostro.
Lukas.
Cierro los ojos otra vez y aparece otra escena.
Estoy sentada en el suelo de un baño de azulejos blancos. Alguien golpea suavemente la puerta.
—Mari, abre. No quiero discutir. Solo quiero saber que estás bien.
Reconozco la voz antes de que termine la frase.
Lukas.
Durante años he colocado esas escenas en Hamburgo. Quizá porque fue el lugar al que llegué después y mi cabeza necesitaba una explicación sencilla para aquellos meses de insomnio, llanto y miedo irracional a que alguien estuviera detrás de una puerta.
Una ruptura servía.
Era comprensible. Nadie te pide demasiadas explicaciones cuando dices que una relación te destrozó.
El teléfono vibra.
Lukas.
«Estoy empezando a preocuparme. Dime solo que estás bien.»
La frase me produce una náusea breve.
Solo necesito saber que está bien.
Las mismas palabras del correo a mi madre.
Abro nuestra conversación y retrocedo hasta las primeras semanas. «¿Has llegado?» «¿Has dormido?» «¿Todo bien?» Hasta ayer lo interpretaba como atención.
Tal vez lo fuera. Ese es el problema.
Todavía no sé qué parte de Lukas fue sincera y cuál no, pero hay algo que sí sé. Desde el primer día él tenía una información que yo no.
Cuando se acercó a mí en el archivo sabía quién era. Cuando fingió que acabábamos de conocernos, sabía que habíamos estado juntos. Cuando me besó, ya conocía mi boca. Y cuando dijo Mari y después aseguró haber dicho Mara, sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Eso ya no admite una explicación amable.
Busco entonces el correo con el que acepté el trabajo en Hamburgo. Mi madre respondió:
«Estoy orgullosa de ti. Esta vez empieza de verdad.»
Esta vez.
La expresión abre otro recuerdo.
Estoy en una estación con mi madre, una maleta a mis pies y lágrimas que no consigo controlar.
—No voy a poder.
—Sí vas a poder.
—Va a encontrarme.
Mi madre me agarra de los hombros.
—No.
—No lo conoces.
—Más de lo que crees.
El tren entra en la estación y el ruido de los frenos se lleva parte del recuerdo. Antes de subir todavía me escucho preguntar:
—¿Y si vuelve?
—Entonces no le abras.
La escena desaparece.
Me quedo sentada frente al ordenador mientras el teléfono vuelve a iluminarse con el nombre de Lukas Hartmann.
Durante años pensé que había llegado a Hamburgo para superar una relación que había terminado mal. Mi memoria convirtió lo ocurrido en algo convencional. Alguien me quiso, después dejó de hacerlo, yo me rompí y finalmente seguí adelante.
No fue así. No me fui porque un hombre me abandonara. Me fui para que un hombre no pudiera encontrarme.
Miro el teléfono. Ahora está en Berlín.
Ha vuelto a entrar en mi vida con otro apellido, otra historia y una primera cita que nunca fue la primera.
Y por fin comprendo lo que mi cabeza llevaba seis años intentando no decirme.
El hombre del que escapé era Lukas.