CAPÍTULO 31
La fotografía permanece abierta en la pantalla cuando amanece.
No he dormido mucho. Tampoco he hecho nada especialmente útil durante la noche, salvo comprobar tantas veces la misma mano que a estas alturas podría dibujar de memoria el tatuaje de Lukas.
Tres líneas junto a la base del pulgar, una de ellas ligeramente más corta, y un reloj con una pequeña muesca en el cierre.
Separados, cada detalle puede ser una coincidencia.
Juntos, en una fotografía tomada seis años atrás dentro de Nachtwerk, empiezan a exigir una explicación que no quiero pedirle todavía.
A las siete y veinte recibo un mensaje suyo.
«¿Has descansado?»
Lo leo sin responder. El Lukas de hace unas horas es el hombre que me pregunta si he dormido, me trae café y ha conseguido convertirse en el único lugar donde últimamente no necesito estar alerta.
El otro no tiene rostro. Solo una mano apoyada en una estructura metálica mientras Eva y yo trabajamos a pocos metros de él.
Tal vez sean la misma persona por una razón perfectamente inocente.
Lukas ya me contó que frecuentó Nachtwerk.
Lo extraño no es que aparezca allí, sino que haya insistido en presentarlo como algo lejano, un sitio al que acudió alguna vez, cuando las grabaciones indican que alguien llamado Lukas formaba parte de nuestra rutina.
Respondo finalmente:
«Más o menos. Hoy tengo trabajo atrasado.»
No es mentira. Simplemente omito que el trabajo es él.
Empiezo por su biografía profesional. Ingeniería acústica, consultorías, proyectos de rehabilitación sonora, colaboraciones con teatros y archivos.
Una presencia digital ordenada y reciente.
Hay fotografías, ponencias y una entrevista de hace cuatro años sobre acústica en espacios industriales.
Antes de eso, casi nada. Su currículum público salta de los estudios universitarios a una empresa creada cinco años atrás, como si entre ambas cosas hubiese decidido concederse una larga pausa administrativa.
Busco registros empresariales antiguos. Hartmann no aparece relacionado con Nachtwerk ni con las pequeñas productoras que trabajaban allí.
Pruebo con las empresas mencionadas en mis archivos de Mave, cruzando nombres de técnicos y colaboradores.
Obtengo cientos de resultados inútiles hasta que una factura antigua me da algo distinto.
REHFELD AUDIO SYSTEMS.
El documento está dentro de una carpeta de Vesper y corresponde al alquiler de monitores, cableado y dos micrófonos. Fecha: seis años atrás. Contacto técnico: Lukas Rehfeld.
Me quedo mirando el nombre.
Lukas.
Podría seguir siendo otro Lukas.
Busco Rehfeld Audio Systems. La empresa ya no existe, pero quedan rastros en directorios antiguos y páginas archivadas. El responsable técnico figura como Lukas Rehfeld, ingeniero acústico. Hay una dirección en Kreuzberg y un número de teléfono inactivo. No encuentro fotografía.
La edad aproximada coincide.
Eso tampoco es suficiente.
Sigo.
Un programa de un pequeño festival experimental incluye una mesa redonda sobre diseño sonoro. Entre los participantes aparece Lukas Rehfeld. Dos nombres más abajo está Jonas Becker.
Abro una captura del programa y siento cómo se me enfrían las manos.
Nachtwerk colaboraba con el festival.
Busco el nombre junto a Vesper. Aparece una única referencia en un foro. «Rehfeld está haciendo el sistema para el directo de V.» Nada más. Busco Rehfeld junto a Eva Keller y obtengo cero resultados, pero al combinarlo con Mave encuentro un archivo PDF antiguo con créditos técnicos de un evento.
MAVE — producción / audio.
L. REHFELD — ingeniería de sistema.
Estamos en el mismo documento.
Yo y él. Seis años atrás.
El teléfono vibra otra vez. Esta vez Lukas me manda una fotografía de una taza de café junto a un equipo de medición. Yo también estoy fingiendo trabajar.
La frase me habría hecho sonreír ayer. Hoy observo la mano que sostiene la taza. El tatuaje está parcialmente visible.
Cierro el mensaje.
Necesito saber cómo Rehfeld se convirtió en Hartmann.
Los registros actuales no muestran nada evidente, y por primera vez lamento no tener las habilidades ilegales que las novelas atribuyen generosamente a cualquier persona con ordenador.
Mi especialidad consiste en sacar una voz de debajo de cuarenta decibelios de ruido, no entrar en bases de datos gubernamentales.
Aun así, internet conserva más cadáveres administrativos de los que uno imagina.
Encuentro un artículo de hace cinco años sobre una instalación acústica en Leipzig.
El profesional aparece citado como «Lukas Hartmann, anteriormente Lukas Rehfeld».
No explica el motivo. Busco la frase exacta y aparece otra copia del texto.
Después, un antiguo perfil profesional almacenado en una página de conferencias me proporciona el puente definitivo.
Lukas Rehfeld. Misma formación universitaria que Lukas Hartmann. Misma especialización. Misma fecha de nacimiento.
No dos hombres.
Uno.
El cambio de apellido se produjo hace unos cinco años y medio, pocos meses después de la denuncia de Eva y antes de que yo empezara a reconstruir mi vida fuera de Berlín.
Anoto las fechas en la libreta, una debajo de otra. Denuncia de Eva. Mi declaración. Desaparición de Eva. Tratamiento con Kern. Cambio de apellido de Lukas. Mi mudanza a Hamburgo.
La sucesión resulta inquietante, aunque por sí sola no demuestra nada. Hartmann podría ser el apellido de su madre, una decisión familiar o cualquier historia privada sin relación con lo ocurrido.
Pero hay algo que ya no admite una explicación inocente.
Lukas trabajó en Nachtwerk.
Trabajó conmigo.
Y nunca me lo dijo.
Busco fotografías de Lukas Rehfeld. Las primeras no sirven ya que son grupos demasiado pequeños, imágenes borrosas, caras que no consigo identificar con seguridad.
La tercera tarda unos segundos en cargar. En cuanto aparece, cierro el portátil. No lo hago conscientemente. Mi mano baja la pantalla antes de que pueda pensar.
He visto su cara.
Respiro despacio y vuelvo a abrir.
La fotografía pertenece a un evento de acústica de hace seis años. Está de perfil, más joven, con el pelo algo más largo y sin barba, pero no tengo ninguna duda.
Es Lukas. Lleva además el mismo reloj y el tatuaje se distingue con claridad. Debajo aparece el nombre.
Lukas Rehfeld.
No necesito más. Lo que necesito ahora es entender por qué me mintió.
Cojo el teléfono y abro nuestra conversación. Podría llamarlo y preguntarle directamente quién era Lukas Rehfeld, pero una parte de mí todavía espera una explicación sencilla.
Otra recuerda cómo dijo Mari, cómo supo lo de la luz roja y cómo reconoció Nachtlinie.
Dejo el teléfono.
Antes quiero saber cuánto sabía él de mí.
Busco REHFELD en las carpetas de mi madre. Aparecen tres archivos. Dos facturas y una grabación fechada seis años atrás.
La reproduzco.
Al principio solo hay música baja y ruido de trabajo. Después escucho mi voz.
—No lo toques.
—No lo estoy tocando.
Me quedo inmóvil.
Es Lukas. Más joven, quizá algo distinto por la distancia del micrófono, pero no necesito ninguna comparación para reconocerlo.
—Estás literalmente tocándolo.
—Eso es una interpretación bastante agresiva de la palabra tocar.
—Quita la mano.
—Qué carácter.
Me río.
La grabación continúa con una discusión sobre cables y monitores que no tiene nada de extraordinario. Precisamente por eso me afecta.
No estamos conociéndonos. Ya nos conocemos.
Hay confianza, bromas repetidas y esa forma de interrumpirse que no aparece entre dos personas que acaban de encontrarse. Escucho hasta el final sin descubrir nada más.
Abro otro archivo de la misma fecha, una sesión de sonido con varias pistas silenciadas. Entre los audios originales hay uno llamado LR_ROOM.
Lo reproduzco.
Primero oigo una puerta.
Después mi voz.
—Cierra.
—Está cerrada —responde Lukas.
—Con llave. Eva volverá.
Lukas se ríe.
—Eva siempre vuelve.
El clic de la cerradura provoca algo inmediato.
El salón desaparece.
Estoy en otra habitación, con luz tenue y una mesa llena de equipo. Lukas está delante de mí, más joven, sin barba, con una mano apoyada en mi cintura.
Veo el tatuaje.
No como en una fotografía.
Lo conozco.
—Eva volverá —digo.
—Entonces tendremos que ser rápidos.
—Eres imbécil.
—Y tú sigues aquí.
Me besa.
Recuerdo su boca, la mano subiendo por mi espalda y el olor de su cuello, una mezcla de jabón y humo que resulta insoportablemente familiar.
Me separo un poco.
—No me llames así delante de ella.
—¿Cómo?
—Mari.
Lukas sonríe.
—Te gusta.
—No me gusta.
—Mientes fatal, Mari.
Y vuelvo a besarlo.
El recuerdo se rompe.
Estoy otra vez en el salón, con una mano apoyada sobre la mesa y respirando demasiado deprisa. El archivo continúa reproduciéndose. Movimientos. Una risa ahogada. Y después mi voz, muy cerca del micrófono.
—Para.
Detengo el audio.
Camino hasta la ventana y dejo que el ruido de un tranvía pasando por la calle me devuelva al presente.
Esto ha sido distinto de los flashes anteriores. No eran imágenes sueltas, sino una escena completa, llena de detalles que no conocía conscientemente. El pelo de Lukas, su olor, la sensación del tatuaje bajo mis dedos.
Y Mari.
No lo escuché mal aquella noche junto al metro.
Él ya me llamaba así seis años atrás.
Regreso al ordenador y cruzo la fecha del archivo con fotografías de esa semana. En una imagen guardada dentro de MAVE_MASTER aparece una mesa, dos vasos y un brazo masculino alrededor de mi cintura. La cabeza queda fuera del encuadre.
La mano no.
El tatuaje.
Cierro los ojos y aparece otra imagen breve. Una calle mojada, Lukas cubriéndome con su chaqueta mientras protesto y él besándome en la frente.
Desaparece enseguida.
Me siento de nuevo.
Mi teléfono vibra.
Lukas.
Dejo que la llamada termine sin responder. Unos segundos después llega un mensaje.
¿Seguro que estás bien?
La misma pregunta que tantas veces me ha tranquilizado ahora me produce una sensación distinta. Abro una fotografía reciente de los dos. Lukas mira a cámara y yo sonrío a su lado.
Después vuelvo a la antigua.
Su mano sobre mi cintura.
Seis años entre ambas.
Todavía no sé qué fuimos exactamente, cuánto duró nuestra relación ni qué ocurrió para que yo la olvidara y él decidiera fingir que nos conocimos hace apenas unas semanas.
Pero una cosa ya no admite dudas.
Lukas Hartmann no me conoció en un archivo sonoro de Berlín.
Lukas Rehfeld ya sabía cómo besaba.