La habitación 17 CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

MAVE_MASTER contiene cuarenta y siete archivos.

Reconozco mi forma de trabajar.

No porque recuerde haber creado aquellos archivos, sino porque sigo haciendo muchas cosas exactamente igual.

La manera de nombrar versiones, los comentarios incrustados en algunas sesiones, incluso un error ortográfico recurrente en «ambience» que llevo cometiendo desde que estudiaba.

Seis años después continúo organizando carpetas como si la evolución humana hubiera decidido detenerse específicamente en mi ordenador.

Abro una sesión fechada en abril.

El programa ya no está instalado, pero consigo recuperar parte del proyecto a través de los audios exportados.

Hay una base electrónica muy sencilla, casi desnuda, y encima varias capas de sonido urbano.

Un tren frenando, el zumbido de una instalación eléctrica, pasos sobre metal, una puerta pesada cerrándose.

Reconozco el resultado antes incluso de identificar la pieza.

Busco Vesper en internet y abro Nachtlinie. Reproduzco los primeros treinta segundos. El mismo tren, el mismo zumbido y esos pasos procesados, hundidos bajo el ritmo hasta convertirse casi en una textura.

Vuelvo a mi archivo, después a Vesper y otra vez al archivo. No necesito muchas comparaciones para entenderlo.

Estoy escuchando los elementos originales de Nachtlinie.

Mi mano se queda quieta sobre el ratón.

Durante semanas he sabido que tuve alguna relación con aquel entorno.

Trabajé en Nachtwerk, aparezco en fotografías, Eva me conocía y Jonas utilizaba conmigo un nombre profesional que yo misma había olvidado.

Aun así, había conseguido mantener una frontera mental bastante cómoda. Vesper estaba al otro lado.

Ella era el misterio y yo la persona que intentaba resolverlo. Ahora esa distancia acaba de reducirse bastante. Busco otras coincidencias.

La segunda aparece en menos de diez minutos.

Un archivo llamado BELLS_3 contiene varias campanas grabadas desde distintos puntos de Berlín.

Una de ellas, reducida de velocidad y ligeramente deformada, aparece en Hinter Glas, otro tema de Vesper.

Después encuentro un ruido de ventilación convertido en textura rítmica, un golpe de tubería transformado en percusión y una grabación de pasos que reconozco en cuanto escucho la versión publicada.

Todo procede de mis propias carpetas, no de una colección comprada ni de una librería de sonido externa. Son mis archivos, mis ediciones y, cuando abro las propiedades, aparece un dato que elimina cualquier margen de interpretación.

Autor: MAVE.

Me aparto de la pantalla.

Ya no puedo seguir diciéndome que simplemente estaba cerca de Vesper, que trabajaba en Nachtwerk o que conocía a la gente que rodeaba el proyecto.

Yo trabajé en su música.

No alrededor. Dentro.

Durante la siguiente hora reconstruyo el proceso de varias canciones.

Resulta extrañamente íntimo, como observar a otra persona utilizando mis manos.

Puedo reconocer las decisiones técnicas que tomé, desde las frecuencias que eliminé hasta los puntos en los que comprimí demasiado o preferí conservar un ruido porque aportaba textura.

Algunas elecciones me parecen buenas. Otras me dan ganas de discutir conmigo misma seis años tarde, que seguramente es una forma especialmente inútil de crítica profesional.

Lo más inquietante aparece en una carpeta llamada VSP_PROCESS.

Dentro hay sesiones completas de Vesper: stems, mezclas, versiones de voz y notas de producción. En una de ellas encuentro un comentario firmado con una M.

«Dejar respiración en 01:14. No limpiar demasiado. Parece más cerca.»

Reconozco inmediatamente mi manera de trabajar, esa obsesión por conservar una imperfección cuando aporta algo. En otra sesión aparece una nota distinta:

«Bajar tren 2 dB. Eva dice que tapa entrada.»

Eva.

Busco su nombre y aparecen muchas más referencias de las que esperaba. Aprobaba versiones, organizaba horarios, llevaba grabaciones y participaba en decisiones. Ella coordinaba y escuchaba. Yo trabajaba el sonido. No éramos dos personas que simplemente coincidían alrededor de Vesper.

Trabajábamos juntas. Entre los archivos encuentro varias notas de audio grabadas durante las sesiones. Abro una.

—El final sigue entrando demasiado pronto.

Reconozco a Eva enseguida.

—Porque estás contando desde el golpe equivocado —respondo yo.

—Pues tú me dijiste que contara desde ahí.

—Te dije desde el segundo.

—Eso no es lo que dijiste.

—Es exactamente lo que dije.

Eva se ríe.

Me quedo inmóvil.

Nunca la había escuchado reír. Hasta ahora solo conocía su miedo, sus respiraciones cortas, una fotografía y lo que otros recordaban de ella. Aquí, en cambio, se ríe conmigo por una discusión absurda sobre cuatro tiempos musicales.

—Vale, otra vez —digo.

—¿Estás admitiendo que tengo razón?

—Estoy admitiendo que quiero irme a casa antes de cumplir cuarenta.

—Te quedan once años.

—Precisamente. El tiempo corre.

Las dos nos reímos.

Detengo el audio.

Por primera vez no necesito que Helena, Jonas ni un expediente policial me expliquen qué relación tenía con Eva. Está en la forma en que hablamos, en cómo nos interrumpimos y en esa familiaridad que solo aparece después de muchas horas compartidas.

Eva no intentó salvarme desde fuera. Formaba parte de mi vida.

Retomo la grabación. Se oye una puerta, alguien entra y Eva dice algo que no consigo entender antes de que el archivo termine.

Abro SESSION_NOTE_02.

Esta vez estamos más cerca del micrófono. Yo hablo de una frecuencia problemática mientras Eva come algo. El crujido del envoltorio se cuela entre nuestras voces.

—Si vuelves a tocar eso, vas a estropearlo. Llevas tres horas diciendo «solo un ajuste más».

—Porque siempre queda un ajuste más.

—Esa frase debería estar en tu lápida.

—No pienso tener lápida.

Eva se ríe y yo también.

Hay algo en mi voz que reconozco y, al mismo tiempo, siento lejano. Más ligereza, quizá.

La conversación continúa con una discusión sobre una transición. Eva insiste hasta que termino cediendo.

—Lo odio cuando tienes razón.

—Por eso te gusto.

—Esa conclusión necesita más evidencia.

Vuelve a reírse y, por un instante, casi puedo verla. Sentada de lado sobre una mesa, el pelo recogido, una botella de agua cerca. La imagen desaparece antes de convertirse en un recuerdo completo y no intento perseguirla.

Kern tenía razón en una cosa. Cuanto más fuerzo los recuerdos, más difícil resulta distinguirlos de lo que puedo estar reconstruyendo.

Sigo escuchando otras sesiones. En unas discutimos sobre actuaciones, en otras Eva habla por teléfono mientras yo trabajo. Aparecen también voces que no identifico, pero ninguna conversación menciona quién está detrás de la máscara.

Eso me llama la atención.

Vesper aparece como proyecto, nunca como persona.

Hablan de «la actuación», «el set», «la prensa» o «el ensayo», pero nunca de que Vesper vaya a llegar o quiera algo determinado.

Como si no hiciera falta aclararlo.

Abro una sesión de junio. Dura casi veinte minutos y parece una grabación accidental, con música, golpes de objetos y, después de un rato, Eva hablando conmigo.

—¿Has terminado?

—Casi.

—Llevas diciendo casi desde las nueve y son las doce y veinte.

—Es una unidad de tiempo flexible.

No puedo evitar sonreír.

Poco después se abre una puerta y entra un hombre. No entiendo lo que dice, pero la voz grave hace que mi cuerpo reaccione antes que mi cabeza.

Eva también cambia de tono.

—Pensaba que no venías.

Él responde demasiado bajo para entenderlo y yo solo digo:

—Déjalo ahí.

Intento limpiar su voz, pero está demasiado lejos. Me obligo a no darle más importancia. No todos los hombres que aparecen en una grabación son él.

En una sesión de julio, Eva y yo discutimos sobre una entrevista de Helena.

—No quiero hacerla.

—No tienes que hablar tú.

—Entonces que vaya ella.

—No funciona así.

—Por eso te tengo a ti.

Eva hace una pausa.

—Exactamente por eso.

No sé qué significa la respuesta ni si significa algo, así que sigo.

Después encuentro una carpeta llamada REHEARSALS.

Los archivos son mucho más largos y contienen ensayos completos de temas de Vesper, grabados directamente desde mesa. Sé que trabajo en ellos porque mi voz aparece cada pocos minutos dando instrucciones.

—Otra vez desde el compás treinta y dos.

Me quedo quieta. Retrocedo.

—Otra vez desde el compás treinta y dos.

La frase no coincide con la de mis flashes —otra vez desde el principio—, pero la cadencia me provoca un escalofrío.

Sigo escuchando sin encontrar nada que revele quién era Vesper. Hasta que reviso los metadatos.

Producer: MAVE. Audio processing: MAVE. Project: VESPER.

No era una técnica contratada ocasionalmente.

Era la productora.

Busco referencias antiguas a Mave y Vesper. Apenas hay resultados, aunque una fotografía de los créditos de un evento confirma lo mismo:

VESPER — live MAVE — audio / production

Mi nombre profesional estaba ligado al proyecto desde dentro.

Escribo a Helena.

«¿Sabías que yo producía a Vesper?»

«Sí. Pensaba que acabarías encontrándolo.»

La respuesta me irrita, aunque tiene cierta lógica.

«¿Por qué Mave?»

«Mara Vogel. M + AVE. Te hizo gracia durante diez minutos y luego se quedó.»

Miro el nombre. Tan simple y tan mío.

Le pregunto también por Eva.

«Trabajaba muchísimo contigo. Durante una época erais inseparables.»

Cierro los ojos un instante.

Ya no necesito preguntarle más.

Vuelvo a los ensayos.

Abro un archivo de septiembre. La grabación empieza a mitad de una discusión entre Eva y otra mujer que no reconozco.

—No me gusta —dice Eva.

—Ya lo has dicho.

—Pues lo repito.

Después aparezco yo.

—¿Podemos no discutir aquí?

—Precisamente aquí es donde tenemos que hacerlo.

Hay tensión, aunque todavía no miedo. Poco después la otra mujer se marcha y Eva baja la voz.

—No deberías dejar que haga eso.

—Puedo manejarlo.

—Eso dices siempre.

La frase me provoca un pinchazo de reconocimiento, no como una imagen sino como una emoción. Molestia. Como si recordara exactamente cuánto me irritaba que Eva utilizara ese tono conmigo.

Después de varios segundos de ruido consigo recuperar otro fragmento.

—No necesito que me protejas.

—No estoy intentando protegerte. Estoy intentando que abras los ojos.

Sigo escuchando.

—No necesito que me protejas.

—No estoy intentando protegerte. Estoy intentando que abras los ojos.

El archivo se corta ahí. Me quedo mirando la pantalla. Eva no empezó a preocuparse por mí la noche de la denuncia. Llevaba meses intentando advertirme de algo.

Abro una grabación de octubre. La calidad es peor y parece tomada en un backstage o una sala de trabajo. Entre conversaciones, pasos y puertas, Eva habla con un hombre al que no identifico.

—¿Y Mara? —pregunta él.

—Dentro.

Unos minutos después aparezco yo.

—¿Habéis empezado sin mí?

—Llevas veinte minutos desaparecida.

—Estaba arriba.

—Ya.

Ese «ya» contiene algo que no recuerdo.

La conversación continúa entre cuestiones de cables y horarios hasta que Eva dice:

—No pienso esperarlo otra vez.

Mi respuesta llega demasiado baja y tengo que subir el volumen.

—Ha dicho que viene.

—Siempre dice que viene.

Una tercera mujer pregunta:

—¿Quién?

La pausa es breve, completamente normal.

—Lukas.

Mi mano se queda inmóvil sobre el ratón. Durante un segundo nadie habla. Después la mujer pregunta:

—¿Dónde está Lukas?