CAPÍTULO 28
Durante años interpreté el silencio de mi madre como una forma de control. Ahora empiezo a preguntarme si era miedo.
La idea me acompaña desde que salgo de la consulta de Kern y permanece conmigo al llegar al apartamento, cuando dejo las llaves en el cuenco azul, me quito el abrigo y me quedo mirando el salón como si hubiera cambiado durante mi ausencia.
No lo ha hecho, claro. Los libros continúan desordenados, la manta sigue en el respaldo del sofá y sobre una de las estanterías permanece una fotografía de mi madre en la playa, sonriendo con los ojos medio cerrados por el sol.
—¿Qué hiciste?
No espero respuesta.
Hasta ahora he buscado en sus cosas como quien intenta encontrar documentos. Contratos, nombres, fechas. Hoy busco otra cosa, busco decisiones.
Si Carmen Vogel pasó meses ayudándome a alejarme de una parte de mi vida, tuvo que quedar algún rastro. No necesariamente una explicación escrita, porque mi madre podía guardar un recibo de 2009 y tirar una carta importante sin ninguna contradicción interna.
Empiezo por el dormitorio y vacío sobre la cama la carpeta donde encontré los documentos de Eva. Reviso contratos, transferencias, correos impresos y copias de documentos sin encontrar nada nuevo hasta que, en el reverso de una factura, aparece una anotación escrita por mi madre.
«No llamar a M. por ahora.»
Me quedo mirando la inicial. Podría referirse a cualquiera, aunque a estas alturas cada letra parece empeñada en convertirse en una persona. La nota es de hace seis años y no hay nada alrededor que permita saber a quién se refería.
En otra carpeta encuentro recibos de una empresa de mudanzas con origen Berlín y destino Hamburgo. Mi mudanza. Siempre había creído que la organicé yo, pero el nombre de contacto que figura en el recibo es Carmen Vogel.
Me siento en la cama. No demuestra gran cosa, mi madre pudo encargarse simplemente de la logística. Pero Kern ya me ha dicho que participó activamente en mi salida de Berlín y, de pronto, ese detalle parece menos inocente de lo que habría parecido hace unas semanas.
Sigo revisando.
Encuentro una factura de un pequeño guardamuebles alquilado durante nueve meses a nombre de mi madre. La fecha empieza poco después de la denuncia de Eva.
Llamo a la empresa, que todavía existe, pero después de veinte minutos solo consigo averiguar que la unidad se cerró hace años y que fue Carmen quien retiró personalmente el contenido. No conservan inventario ni consta ninguna dirección de entrega.
Cuelgo sin saber si sentirme frustrada o impresionada por la eficacia póstuma de mi madre.
Regreso a las cajas y encuentro más rastros de aquella época. Una receta, billetes de tren, una tarjeta de una clínica y varias fechas anotadas por Carmen junto al nombre de Kern. Nada explica qué guardó durante aquellos nueve meses.
Hasta que aparece una fotografía.
Estamos las dos en la cocina de este apartamento, unos meses después de la denuncia. Físicamente me reconozco, aunque estoy demasiado delgada y sonrío de una forma que no parece una sonrisa. Mi madre tiene una mano apoyada en mi hombro.
Detrás de nosotras, sobre la mesa, hay una caja negra con varios cables.
Amplío la imagen con el teléfono.
Equipo de audio.
Miro la cocina. La mesa sigue allí y la posición coincide. Entonces pienso en la marca rectangular del parquet de mi antigua habitación, en el mueble negro, los cables y la luz roja.
Las piezas empiezan a acercarse demasiado.
Vuelvo al dormitorio y reviso las cajas con otro criterio. Ya no busco documentos, sino cualquier objeto relacionado con sonido, grabaciones o música.
Encuentro discos.
Muchos.
Algunos son de mi madre, otros míos.
Después encuentro una caja de plástico etiquetada «Cables». Mi madre era incapaz de tirar uno, así que por primera vez esa manía puede servirme de algo.
Dentro hay cargadores antiguos, adaptadores, conectores y tres memorias USB. Dos no funcionan, la tercera sí.
Tiene varias carpetas: Fotografías, Documentos y Música.
Abro esta última.
Hay archivos MP3, WAV y directorios con nombres técnicos: SESIONES, EDITS, RAW. Muchos están fechados seis años atrás y contienen mezclas de prueba, pistas incompletas y grabaciones que no reconozco de inmediato.
Lo importante no es qué son.
Es que mi madre las guardó.
Eso no encaja del todo con la idea de que quisiera borrar aquella etapa de mi vida. Quizá no pretendía destruirla, sino mantenerla fuera de mi alcance hasta que pudiera soportarla.
Kern dijo que Carmen intentó darme otra vida, no quitarme una.
Tal vez conservó las dos.
Sigo revisando hasta llegar a una carpeta llamada OLD. Dentro hay proyectos con nombres anodinos —Mix_02, Session_final, RoomTest, Berlin_Nov— y uno que me obliga a detenerme.
MAVE_MASTER.
La palabra vuelve a aparecer.
Mave.
El nombre que Jonas utilizó conmigo.
Ahora Mave aparece dentro de un archivo que mi madre decidió conservar.
No era una palabra casual.
Abro la carpeta y encuentro sesiones antiguas, versiones, procesados y exportaciones. Todo tiene aspecto de trabajo profesional y varios archivos llevan mi firma: MAVE_Audio_03.
Entonces lo entiendo. Mave no era un apodo. Era mi nombre profesional.
Sigo buscando hasta encontrar un documento de texto con una lista de archivos y fechas. En la parte superior aparece una línea:
«Proyecto: MAVE / producción.»
Debajo está mi nombre. Mara Vogel.
Me quedo mirando la pantalla. Durante años he recordado que trabajaba con sonido, que editaba grabaciones y participaba en proyectos. Eso era verdad.
Lo que había olvidado era la identidad con la que lo hacía.
Mave.
El nombre que Jonas utilizó conmigo y que mi cuerpo pareció reconocer antes que mi cabeza.
Y mi madre lo conservó.