La habitación 17 CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

—¿De verdad te lo supliqué? Quiero decir, ¿te pedí literalmente que me ayudaras a olvidar?

Kern no responde enseguida. Permanece de pie junto al escritorio, observándome con esa mezcla de prudencia y cansancio que empieza a irritarme incluso más que sus silencios.

—No siempre utilizabas esas palabras. Lo que repetías era que no querías seguir recordando de la forma en que lo estabas haciendo, que necesitabas que las imágenes, los sonidos y las sensaciones dejaran de aparecer constantemente.

—Eso sigue sonando a querer olvidar.

—No exactamente. Querías dejar de revivirlo.

La diferencia me parece demasiado conveniente.

Me siento otra vez, no porque me haya calmado, sino porque necesito dejar de moverme.

—Entonces explícame qué significa eso, porque desde donde yo estoy parece una distinción inventada por un psiquiatra para decir que no hizo lo que parece que hizo.

Kern termina sentándose frente a mí.

—Cuando llegaste aquí no tenías una amnesia completa.

Era casi lo contrario, había partes de aquella época que recordabas con demasiada intensidad.

No conseguías construir una historia ordenada, pero aparecían imágenes, sonidos, sensaciones físicas y escenas breves sin contexto que te provocaban respuestas de ansiedad muy fuertes.

Tu problema no era que no recordaras nada, sino que determinados fragmentos irrumpían cuando querían y tu cuerpo reaccionaba como si estuvieran ocurriendo otra vez.

Pienso en la escalera metálica, en la luz roja y en la voz masculina que sigo sin poder identificar.

—Eso es exactamente lo que me está pasando ahora.

Kern asiente despacio.

—Probablemente. Y fue lo primero que pensé cuando te vi entrar. Si has vuelto a Berlín, has empezado a investigar aquella época y te estás exponiendo otra vez a lugares, voces y personas relacionadas con lo que ocurrió, es posible que algunos de esos recuerdos estén empezando a reaparecer.

—Dices eso como si fuera algo malo. Después de seis años sin recordar nada, que vuelvan debería ser precisamente lo que necesito.

—Depende de cómo vuelvan. Recuperar un recuerdo dentro de un contexto que puedes integrar no es lo mismo que recibir fragmentos sin orden, con la misma respuesta de miedo que tenías entonces. Lo segundo puede confundirte más de lo que te ayuda.

No me gusta la respuesta, pero al menos esta vez no parece estar escondiéndose detrás de una fórmula.

—Entonces deja de hablarme solo de síntomas y dime qué me pasaba realmente cuando llegué aquí. Si estaba tan mal como dices y ya tenías claro que aquello iba más allá de ansiedad e insomnio, quiero saber qué estabas tratando.

Kern me observa durante unos segundos.

Esta vez parece decidir que ya no puede seguir evitándolo.

—Cuando llegaste presentabas ansiedad severa, insomnio casi constante y episodios disociativos.

Había momentos en los que perdías la noción del tiempo durante horas, además de recuerdos intrusivos, crisis de pánico y periodos en los que te costaba distinguir entre algo que estaba ocurriendo en ese momento y algo que había ocurrido antes.

La descripción me resulta demasiado cercana a algunas cosas que me han pasado durante las últimas semanas.

—También has mencionado que me hacía daño. Necesito saber hasta dónde llegó eso y si hubo algún intento de suicidio.

Kern baja la mirada antes de responder.

—Hubo conductas autolesivas y, al menos en una ocasión, consideramos que existía un riesgo alto para tu seguridad. No voy a describirte ahora exactamente qué ocurrió porque no creo que sea responsable hacerlo sin saber cómo estás procesando todo esto.

La frase me deja helada.

—Entiendo que quieras medir cada palabra, pero empiezas a pedirme demasiada confianza. Me estás diciendo que estuve en una situación de riesgo, que vine aquí durante meses y que apenas recuerdo nada, y cada vez que intento averiguar qué pasó decides que no es el momento.

Kern se inclina ligeramente hacia delante.

—No intento ocultarte lo que ocurrió. Intento que entiendas algo importante. Tú no llegaste aquí pidiendo que te borráramos la memoria. Llegaste pidiendo que aquello se detuviera porque ya no podías soportar cómo estaba apareciendo.

—¿Qué era exactamente «aquello»?

—Las imágenes, las voces, el miedo. Decías que apenas dormías porque en cuanto cerrabas los ojos volvías a determinados lugares y situaciones.

No los recordabas como una narración ordenada, sino como fragmentos que se repetían una y otra vez y te provocaban la misma reacción física que cuando habían ocurrido.

Me quedo mirándolo.

—Cuando decías que volvía allí, ¿hablaba de Nachtwerk? ¿De la habitación 17?

Kern guarda silencio durante unos segundos y ya no necesito que responda para saber que he acertado.

—No puedo reconstruirte meses de terapia en una sola conversación —dice finalmente—, pero tampoco voy a seguir fingiendo que no sé de qué lugar estás hablando.

—Eso es lo único que te estoy pidiendo. Que dejes de tratar Nachtwerk como si fuera una palabra que acabo de introducir yo en esta habitación.

Kern acepta el golpe.

—Sí. Nachtwerk aparecía.

Siento un escalofrío.

—¿Eva?

—También.

—¿Y el hombre?

No responde.

—Había un hombre.

Kern mantiene la mirada.

—Sí.

La palabra cae con un peso distinto.

—¿Quién?

—No hoy.

—Matthias.

—No.

—¿Por qué?

—Porque pronunciar un nombre puede parecer una cosa pequeña y no siempre lo es.

—Eso suena absurdo.

—Para alguien con recuerdos traumáticos, un nombre puede ser un desencadenante tan potente como una imagen.

—Pues llevo semanas teniendo desencadenantes sin tu permiso.

—Precisamente por eso estoy preocupado.

Me levanto otra vez, incapaz de permanecer quieta.

—¿Qué me hiciste durante esos meses?

—Trabajamos en estabilización. Técnicas para controlar las crisis, sueño, medicación temporal, regulación de ansiedad. También intentamos que pudieras acercarte a algunos recuerdos sin que te destruyeran cada vez.

—Reconsolidación.

—Sí, en algunos momentos.

—¿Eso puede cambiar recuerdos?

Kern tarda un segundo.

—Puede cambiar la respuesta emocional asociada a ellos. No debería inventar hechos ni borrar una vida.

—Pero yo no recuerdo.

—Porque evitaste durante años todo lo relacionado con esa etapa. Y porque la disociación puede fragmentar la memoria de forma profunda.

—¿Yo elegí eso?

—No exactamente.

—Entonces no elegí olvidar.

—Elegiste no seguir buscando.

La frase me frena.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que no te eliminamos nada. Dejaste de exponerte a aquello que activaba los recuerdos. Te fuiste de Berlín. Cambiaste de entorno, de rutinas, de gente.

—Hamburgo.

—Sí.

—¿Eso fue idea tuya?

—No.

—¿De mi madre?

Kern calla.

Ahí está.

—Mi madre participó.

—Mara...

—Participó.

—Sí.

La palabra me duele más de lo que esperaba.

—¿Cómo?

—Estuvo muy implicada en tu recuperación.

—Eso no responde.

—Te acompañaba, controlaba que tomaras la medicación, intentaba que comieras, dormías a veces en su apartamento porque no quería dejarte sola.

La imagen me resulta casi imposible de conciliar con el recuerdo que tengo de aquella época.

—Yo pensaba que discutíamos constantemente.

—También.

—¿Por qué?

Kern suspira.

—Porque tú querías volver a determinados lugares y personas. Después tenías crisis. Carmen intentaba impedirlo.

Me quedo inmóvil.

—¿Mi madre sabía de Eva?

—Sí.

—¿De Nachtwerk?

—Sí.

—¿Del hombre?

Kern tarda.

—Sí.

La habitación parece hacerse más pequeña.

—Y nunca me dijo nada.

—Porque se lo pediste.

—¿También eso?

—Muchas veces.

—No te creo.

—Lo sé.

Me giro hacia la ventana.

Durante años he pensado en mi madre como alguien que no entendió aquella etapa. Demasiado controladora, demasiado asustada, demasiado dispuesta a decidir por mí. Ahora aparece otra posibilidad mucho peor.

Que sí entendiera.

Y que supiera más de lo que yo.

—¿Ella quería que olvidara?

Kern no responde inmediatamente.

—Quería que estuvieras viva.

—No es lo mismo.

—Para ella quizá sí lo era entonces.

Me vuelvo.

—¿Qué hizo?

—Reducir al mínimo cualquier contacto con esa parte de tu vida.

—¿Cómo?

—Cambió tu número durante un tiempo. Filtró llamadas. Guardó cosas. Te ayudó a cerrar cuentas, a mudarte, a alejarte de determinados lugares.

Siento un nudo en el estómago.

—¿Guardó cosas?

—Sí.

—¿Qué cosas?

—No lo sé todo.

Pienso en la cassette detrás de la rejilla.

—Eva intentó contactar conmigo.

Kern guarda silencio unos segundos antes de responder.

—Sé que hubo intentos de contacto por parte de Eva y que, en algunas ocasiones, tu madre los evitó porque cada vez que reaparecía algo relacionado con aquella etapa volvían también los síntomas.

La respuesta me enfurece.

—Entonces Eva no era peligrosa para mí. El problema era lo que representaba Nachtwerk, aquella vida y, sobre todo, el hombre del que intentaba separarme.

Kern no responde, pero esta vez el silencio basta.

—Mi madre sabía quién era.

—Sí. Sabía que existía una persona concreta relacionada con lo que te estaba ocurriendo y creo que llegó a conocerlo personalmente, aunque yo no estuve presente en todas las conversaciones entre ellos.

—Y aun así no lo denunció.

Kern se inclina ligeramente hacia delante.

—El caso ya había pasado por la policía y tú habías negado cualquier coacción.

Después de eso, la prioridad de tu madre dejó de ser demostrar qué había ocurrido y pasó a ser sacarte de aquella situación, mantenerte alejada de todo lo que pudiera reactivarla y conseguir que sobrevivieras a los meses siguientes.

—No hacer justicia.

—Mantenerte viva.

La frase vuelve a enfurecerme.

—Deja de decirlo así. Hablas de mí como si entonces solo hubiera sido un conjunto de síntomas que había que controlar.

Kern acepta el golpe.

—Tienes razón. Eras una persona aterrorizada intentando seguir adelante, y tu madre estaba haciendo lo que creía necesario para no perderte.

El enfado no desaparece, pero algo en mí cede.

Me siento.

—Quiero saber cuándo empecé a mejorar y cómo terminé en Hamburgo, porque ahora mismo parece que alguien fue tomando decisiones hasta alejarme de todo aquello.

Kern se toma unos segundos antes de responder.

—La mejoría fue lenta. Las primeras semanas fueron muy difíciles, pero poco a poco empezaste a dormir algo más, las crisis disminuyeron y pudiste volver a trabajar parcialmente.

Meses después surgió una oportunidad laboral en Hamburgo y la distancia se convirtió también en una ventaja.

Estar lejos de Berlín significaba estar lejos de Nachtwerk, de Eva y, sobre todo, de él.

Siento frío.

—Entonces mi madre participó en esa decisión.

—Te ayudó a organizarla, sí. Pero no quiero convertir ahora a Carmen en culpable de algo que hizo contigo y pensando que era lo mejor para ti. No tomó tu vida y la decidió a tus espaldas.

—No he dicho que lo hiciera.

Pienso en las llamadas que quizá nunca llegaron, en las cosas que pudo guardar y en todas las veces que regresé a Berlín después de mudarme a Hamburgo sin acercarme jamás a determinados barrios, personas o lugares.

Mi madre siempre conseguía orientar esas visitas hacia otro sitio y yo nunca me había preguntado por qué.

O quizá no quería preguntármelo.

—Lo que sigo sin entender es cómo pasé de tener recuerdos tan intensos que no podía dormir a conservar tan poco de aquellos meses.

Kern junta las manos antes de responder.

—Porque cuando empezaste a estabilizarte construiste una explicación de tu vida que te permitía seguir adelante.

Simplificaste algunos periodos, separaste otros de lo que había ocurrido alrededor y conservaste ciertos recuerdos como hechos aislados, sin conectarlos con el contexto original.

No fue una decisión consciente ni una historia que inventaras deliberadamente.

Fue una forma de organizar lo que podías soportar.

Pienso en Daniel, en mi vida en Hamburgo y en todas las discusiones con mi madre que durante años he interpretado de una sola manera.

—Entonces puede haber cosas que recuerde correctamente y que, sin embargo, estén colocadas dentro de una historia equivocada.

—Sí. La memoria no suele inventar una película completa desde cero. Trabaja con fragmentos reales, omisiones, asociaciones y explicaciones posteriores. A veces los hechos permanecen, pero cambia la relación que estableces entre ellos.

La idea me inquieta más de lo que esperaba.

—Eso significa que algunos recuerdos que considero seguros podrían haber ocurrido, pero no significar lo que llevo seis años creyendo que significan.

Kern no responde.

—Matthias, dime una sola cosa que pueda haber ocurrido de una manera distinta a como la recuerdo.

—Es posible que haya más de una, pero no voy a darte ahora ejemplos para que empieces a reconstruirlos a partir de lo que yo diga. Tendrás que descubrirlo poco a poco, comparando lo que recuerdas con lo que realmente ocurrió.

—No pienso esperar otros seis años para entender mi propia vida.

—No te estoy pidiendo eso.

Kern se levanta, va hasta una estantería y saca una carpeta gruesa. Mi nombre aparece escrito en el lomo.

MARA VOGEL.

Me quedo mirándola.

—Ese es mi expediente.

—Parte de él. Voy a prepararte una copia de todo lo que legalmente pueda entregarte, pero antes tengo que revisar qué documentación contiene información de terceras personas.

—Quiero verlo ahora.

—Lo sé, pero no puedo darte una carpeta completa sin revisarla. Tendrás lo que pueda facilitarte esta misma semana.

Acepto a regañadientes y me levanto. Antes de llegar a la puerta, sin embargo, me detengo.

—Hay algo más que necesito saber sobre mi madre. ¿Seguiste hablando con ella después de que yo me marchara a Hamburgo?

Kern mira la carpeta antes de responder.

—Alguna vez. La última fue hace algo más de un año. Me dijo que estabas bien, que tenías una vida estable y que apenas preguntabas por Berlín. Eso la tranquilizaba mucho.

Siento algo parecido a culpa.

—Entonces siguió preocupándose por esto durante años.

—Sí. Carmen nunca dejó de preocuparse por lo que podía ocurrir si todo aquello volvía a entrar en tu vida.

Voy a abrir la puerta.

—Mara.

Me vuelvo. Kern parece dudar antes de continuar.

—Sé que ahora puedes mirar atrás y pensar que tu madre te ocultó cosas, que tomó decisiones que no le correspondían o que ayudó a mantenerte alejada de una parte de tu vida.

Algunas de esas decisiones quizá hoy te parezcan equivocadas.

Pero no la conviertas en parte de lo que te hicieron.

Ella te vio durante meses convencida de que recordar iba a destruirte y actuó intentando evitar que volvieras a ese lugar.

No respondo.

—Carmen no intentó quitarte una vida —añade—. Intentó darte otra.

Salgo sin contestar.

En la calle hace frío y el tráfico de Charlottenburg ocupa todo el espacio sonoro. Camino durante varios minutos sin rumbo mientras intento colocar a mi madre dentro de esta nueva versión de mi pasado.

Hasta ahora había pensado que ocultó cosas porque no confiaba en mí. Quizá no fuera eso. Quizá sabía perfectamente de qué estaba intentando escapar y pasó seis años tratando de mantenerme lejos de cualquier cosa que pudiera llevarme de vuelta.

Y pasó seis años asegurándose de que no encontrara el camino de vuelta.