CAPÍTULO 26
—Durante las primeras semanas cambiabas de versión con frecuencia. Había momentos en los que defendías con absoluta seguridad a determinadas personas y otros en los que bastaba escuchar un nombre o asociar una situación con ellas para que entraras en pánico.
—Entonces dime qué nombres eran. No puedes contarme que reaccionaba así y detenerte justo antes de lo único que podría ayudarme a entender por qué.
Kern niega lentamente con la cabeza.
—No voy a darte ahora una lista de nombres para que empieces a colocarlos dentro de recuerdos que todavía no sabes si son tuyos o reconstruidos. No sé si recibir toda esa información de golpe te ayudaría o simplemente te haría más daño.
Me río, aunque no encuentro nada gracioso.
—Un poco tarde para protegerme. Estoy descubriendo mi propia vida a través de informes policiales, grabaciones y personas que recuerdan mejor que yo lo que hacía hace seis años.
—Precisamente por eso debería preocuparme cómo recibes lo siguiente.
La frase me hace cambiar de dirección.
—Entonces explícame qué hiciste conmigo durante esos meses. Sé que hubo psicoterapia y medicación, pero también trabajabas con trauma, memoria autobiográfica, reconsolidación y recuerdos intrusivos. Quiero saber hasta dónde llegaste.
Kern levanta la vista.
—Trabajamos regulación de ansiedad, estabilización, psicoterapia y, durante un periodo, tratamiento farmacológico. Cuando estuviste en condiciones de hacerlo, empezamos a abordar algunos recuerdos traumáticos, pero no de la manera que estás imaginando.
—En tu página hablas de reconsolidación de memoria. También sé que hubo sedación en algún momento y exposición a determinados recuerdos, así que no me digas que la memoria era una parte secundaria del tratamiento.
Se queda quieto.
—No lo era. Pero trabajar con recuerdos no significa modificarlos a voluntad. Intentábamos reducir la respuesta de miedo, ayudarte a tolerar lo que aparecía y conseguir que determinados recuerdos dejaran de irrumpir como si estuvieran ocurriendo otra vez.
El rostro de Kern cambia.
—Porque una cosa es trabajar terapéuticamente con un recuerdo y otra muy distinta borrarlo. Yo no te hice olvidar nada ni manipulé tus recuerdos para que dejaras de acceder a ellos. La memoria traumática no funciona como un archivo que alguien pueda eliminar desde fuera.
—No necesito una clase sobre cómo funciona la memoria. Necesito saber qué ocurrió aquí para que, después de meses de tratamiento contigo, una parte entera de mi vida desapareciera.
—Y yo necesito que dejes de convertir una consecuencia de lo que estabas viviendo en una intervención que yo te hubiera hecho. No borré tus recuerdos, Mara.
—Pero trabajaste sobre ellos.
—Sí. Para que pudieras vivir con ellos, no para hacerlos desaparecer.
—Pues desaparecieron.
Kern se inclina hacia delante y, por primera vez desde que he entrado, pierde parte de esa calma profesional.
—Entonces no me acuses de algo que no ocurrió.
Su tono ha cambiado. Por fin aparece algo parecido a enfado.
—Si mi memoria ya estaba fragmentada cuando llegué aquí, necesito saber qué estaba pasando conmigo.
Kern se pone en pie.
—Estabas sometida a un nivel de estrés y trauma muy alto, y la respuesta disociativa había empezado antes de que cruzaras esta puerta. No hubo una causa única ni una intervención concreta que provocara lo que te ocurre ahora.
—¿Y qué hiciste tú con eso?
Me mira durante unos segundos antes de responder.
—Intenté estabilizarte. Reducir la ansiedad, ayudarte a dormir, conseguir que pudieras permanecer en el presente cuando aparecían recuerdos intrusivos y, sobre todo, evitar que siguieras haciéndote daño.
La última frase me deja quieta.
—¿Qué significa exactamente eso?
Kern parece arrepentirse de haber avanzado tanto.
—Que llegaste en una situación mucho más grave de lo que probablemente imaginas. Había conductas autolesivas y momentos en los que tu seguridad se convirtió en una preocupación real.
Siento que el aire cambia.
—¿Intenté suicidarme?
No responde de inmediato, y el silencio pesa más que una contestación directa.
—No voy a reconstruir hoy contigo todos los episodios de aquellos meses ni convertirlos en una lista. Lo importante es que estabas en riesgo y necesitabas ayuda urgente.
Intento encajar esa versión de mí misma con la mujer que soy ahora, pero no encuentro dónde colocarla.
—Y aun así, de todo aquello apenas recuerdo nada.
—Porque tu memoria ya funcionaba de forma fragmentaria. Había experiencias que aparecían de manera intrusiva y otras que parecían quedar fuera de tu alcance. Tu cabeza intentaba mantener a distancia cosas que no podías integrar sin desbordarte.
—¿Y tú favoreciste esa distancia?
—No. Te ayudé a tolerar lo que aparecía sin que te destruyera. Trabajamos sobre la respuesta de miedo, la ansiedad y la forma en que determinados recuerdos irrumpían en tu vida, pero nunca intenté eliminarlos ni bloquearlos.
—El resultado, sin embargo, es que han desaparecido.
Kern se inclina ligeramente hacia mí.
—No porque yo los hiciera desaparecer. Sobrevivir a algo no significa conservarlo después de forma ordenada. Hay recuerdos que se fragmentan, otros que quedan asociados a estímulos concretos y otros a los que una persona deja de acceder durante años.
—No quiero una explicación clínica. Quiero entender qué hacíais cuando aparecía uno de esos recuerdos y yo no podía soportarlo.
Kern mantiene mi mirada.
—A veces podíamos explorarlo, darle contexto y separar lo que estaba ocurriendo en la consulta de lo que había ocurrido años antes.
Otras veces no. Si veíamos que empezabas a desbordarte, el objetivo dejaba de ser profundizar y pasaba a reducir la respuesta de miedo, devolverte al presente y evitar que salieras de aquí peor de lo que habías entrado.
Eso sí lo entiendo. Quizá demasiado.
—¿Y cuando era yo quien no quería seguir?
Algo cambia en su cara.
—Eso ocurrió, ¿verdad? Hubo cosas en las que te pedía que no entraras.
Kern aparta la mirada.
—Sí. Había recuerdos que rechazabas con mucha intensidad. Si aparecían, pedías detener la sesión, cambiabas de tema o directamente te negabas a volver a ellos. Hubo momentos en los que pasaban semanas antes de que aceptaras acercarte otra vez.
—Pero no puede reducirse a que no quisiera hablar. Me trataste durante meses y ahora no recuerdo esta consulta, no te recuerdo a ti y tengo prácticamente borrada toda aquella etapa. Entenderás que me pregunte hasta dónde llegaste.
Kern vuelve a mirarme.
—Lo entiendo. Lo que intento explicarte es que sigues imaginando una decisión mía sobre tu memoria, cuando muchas de las decisiones las tomabas tú. Incluso estando muy mal, marcabas límites. Había temas a los que te negabas a volver porque cada vez que lo hacíamos terminabas peor.
—¿Porque tenía miedo de alguien?
—Tenías miedo de muchas cosas, y algunas estaban asociadas a personas concretas. Pero no voy a darte ahora nombres para que empieces a colocarlos dentro de recuerdos que todavía no sabes si son reales, incompletos o reconstruidos.
La frustración vuelve.
—Al final seguimos en el mismo sitio. Tú sabes más de lo que yo recuerdo y decides cuánto puedo conocer.
—No. La diferencia es que tú estás interpretando el resultado de aquellos meses como si hubiera sido el objetivo del tratamiento.
Yo no intenté que olvidaras. Intenté que pudieras levantarte por la mañana, dormir varias horas seguidas y atravesar un día sin revivir una y otra vez aquello que te estaba destruyendo.
—Y después dejé de recordarlo.
—Después construiste tu vida lejos de todo lo que pudiera devolverte a aquella época.
Dejaste de hablar de ciertas personas, evitaste lugares, abandonaste determinadas rutinas y, con el tiempo, también dejaste de intentar recuperar lo que faltaba.
Eso no significa que alguien entrara en tu cabeza y eliminara una parte de tu biografía.
—Qué conveniente. Los recuerdos desaparecen y resulta que nadie hizo nada.
Kern cierra los ojos durante un instante. Cuando vuelve a abrirlos parece cansado, no enfadado.
—No he dicho que no hiciéramos nada. Trabajamos para reducir las intrusiones, para que dejaras de perseguir cada imagen, para que pudieras dormir y recuperar cierto control.
Y cuando tú misma pedías detenernos, nos deteníamos.
Pero ayudarte a no revivir algo constantemente no equivale a borrar lo ocurrido.
Me quedo mirándolo.
Hay algo en esa última frase que me incomoda de una manera distinta.
—¿Y si eso era precisamente lo que yo quería?
Kern guarda silencio. La consulta parece volverse más pequeña.
—¿Te pedí que me ayudaras a olvidar?
Su expresión cambia de una forma que ya no puedo interpretar como simple prudencia profesional.
—Utilizabas palabras parecidas.
—¿Cuáles?
Kern se queda mirándome. Ya no parece un médico intentando proteger una confidencialidad, sino alguien que recuerda perfectamente una conversación a la que yo no tengo acceso.
—Venías aquí semana tras semana diciendo que no querías seguir viviendo con aquello dentro de la cabeza. Querías dejar de verlo, dejar de escucharlo, despertarte sin que volviera. A veces utilizabas la palabra olvidar porque era la única forma que encontrabas de explicar lo que necesitabas.
Siento frío.
—¿Y qué hiciste?
—Ayudarte a funcionar. A dormir, a controlar las crisis, a dejar de perseguir esos recuerdos cada vez que aparecían. El resto lo hicieron tu propia memoria, el tiempo y todo lo que evitaste después.
—No te creo.
Kern asiente lentamente, como si ya hubiera escuchado esas mismas palabras en otra época.
—Puede ser. Pero escucha bien esto, Mara. Yo no te obligué a olvidar nada.
Me quedo inmóvil. Kern baja la voz.
—Me lo suplicaste.