La habitación 17 CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

—¿Has vuelto?

La pregunta de Kern se queda entre los dos.

No ha dicho «¿cómo estás?», ni «¿qué haces aquí?

», ni siquiera ha utilizado el saludo profesional que esperaría de un médico al que supuestamente no veo desde hace seis años.

Ha dicho has vuelto, como si mi presencia no fuera una visita, sino el regreso a un lugar del que me marché en circunstancias que solo uno de nosotros recuerda.

—Eso parece.

Kern parpadea, como si acabara de darse cuenta de que seguimos en mitad de la sala de espera. Mira un instante a la recepcionista y después vuelve a mí.

—Será mejor que hablemos dentro. Ven conmigo.

Lo sigo hasta una consulta al final del pasillo.

La habitación es sobria, sin diván ni ninguno de esos elementos que el cine ha decidido asociar para siempre con la psiquiatría.

Hay dos sillones frente al escritorio, varias estanterías y una ventana que da a un patio interior.

Lo primero que hago es buscar algo familiar.

La mesa, la lámpara, la alfombra, incluso la forma en que entra la luz por la ventana.

Nada.

Kern cierra la puerta.

—Siéntate, por favor.

—Prefiero quedarme de pie de momento.

Me observa durante unos segundos antes de asentir.

—Como quieras.

Él tampoco se sienta y permanecemos frente a frente, en un silencio que cada vez me resulta más difícil soportar.

—Me reconociste en cuanto me viste. No dudaste ni un segundo y, por la forma en que has reaccionado, está claro que no fui una paciente que vino una vez y desapareció. El problema es que yo no reconozco tu cara, esta consulta ni absolutamente nada relacionado contigo.

Kern baja la mirada.

—Lo sé. Y entiendo que eso sea precisamente lo que te ha traído hasta aquí.

La respuesta me irrita más de lo que esperaba.

—No sé si lo entiendes. He encontrado correos que demuestran que vine a esta consulta durante meses y he contado al menos siete citas confirmadas. Quiero saber cuánto tiempo estuve viniendo, cuántas veces nos vimos y por qué no recuerdo ninguna de ellas.

Kern tarda un poco en responder.

—Fuiste paciente mía durante algo más de cuatro meses y nos vimos con bastante regularidad.

Sobre el contenido de aquellas sesiones quiero revisar primero tu historial antes de darte detalles, no porque pretenda ocultarte nada, sino porque han pasado seis años y no quiero confiar únicamente en mi memoria para hablarte de algo tan delicado.

—Es mi historial. No necesito que me protejas de él.

—No intento protegerte del historial. Intento no mezclar lo que consta allí con lo que yo pueda recordar de ti después de tanto tiempo.

Por primera vez desde que entramos, su respuesta me parece razonable. Eso no consigue tranquilizarme.

—Entonces dime algo que no necesites consultar. ¿Te sorprende que no recuerde haberte visto nunca después de pasar más de cuatro meses viniendo aquí?

Kern me sostiene la mirada.

—Sí. Me sorprende mucho.

—Pero no pareces sorprendido de que haya ocurrido.

Algo cambia en su expresión. No dura más que un instante, pero lo veo.

Kern se sienta finalmente y señala el sillón frente a él.

—Mara, si has venido porque has empezado a descubrir cosas de aquella época que no recuerdas, creo que esta conversación va a ser bastante más complicada de lo que imaginas. Por favor, siéntate.

Esta vez acepto, no porque quiera obedecerle, sino porque las piernas empiezan a pesarme y su última frase ha conseguido que la habitación parezca un poco más pequeña.

Me siento.

—Quiero preguntarte por Eva Keller. Su nombre aparece en el expediente policial junto al tuyo y sé que acudió a ti antes de que yo empezara a venir aquí. No necesito que me cuentes su historial, pero sí saber si llegó hasta ti porque estaba preocupada por mí.

La reacción de Kern es inmediata, aunque intenta ocultarla.

—No puedo hablarte de si otra persona fue o no paciente mía, y mucho menos de lo que pudiera contarme en consulta. Que su nombre aparezca junto al mío en un expediente policial no cambia mis obligaciones profesionales.

—Pero yo aparezco en ese expediente como posible víctima. Eva denunció que alguien me estaba manipulando y, poco después, acabé tratándome contigo. No me parece una coincidencia precisamente pequeña.

Kern respira despacio.

—Entiendo por qué estás intentando relacionar las dos cosas, pero no puedo confirmar una conversación clínica de otra persona ni reconstruir para ti algo que quizá le perteneciera a ella. Sí puedo hablar de ti, de lo que consta en tu historial y de lo que recuerde de nuestro trabajo juntos.

—Entonces empecemos por algo que también me pertenece. Nachtwerk. La habitación 17.

Algo cambia en sus ojos antes de que consiga evitarlo.

—No he dicho que sepa de qué estás hablando.

—No hace falta. Acabas de reaccionar en cuanto la he mencionado.

Kern se quita las gafas, las deja sobre el escritorio y durante unos segundos parece decidir cuánto puede permitirse decir.

—Antes de seguir necesito saber qué has recuperado tú. No lo que has leído en un informe ni lo que otras personas te han contado, sino qué recuerdas realmente de aquella época.

La pregunta me obliga a ordenar algo que hasta ahora solo existe en fragmentos.

—Muy poco. Una escalera metálica, luz roja, algunas voces y sensaciones que aparecen sin contexto. Sé quién era Eva porque he encontrado fotografías, documentos y grabaciones, pero no la recuerdo como debería recordar a alguien que, según todo el mundo, fue importante para mí.

Kern asiente lentamente.

—Eso ya es más de lo que esperaba que conservaras de forma accesible. Cuando aparecen esos fragmentos, ¿llegas a ver personas concretas o solo espacios y sonidos?

—Casi siempre espacios, detalles y voces. Eva empieza a estar ahí porque sé que era ella, no porque pueda recuperar su cara dentro del recuerdo.

—¿Y hay alguien más que aparezca de forma repetida, aunque no estés segura de si pertenece al recuerdo o a lo que has descubierto después?

Pienso en Lukas. No sé por qué.

No digo su nombre.

—No recuerdo a nadie más.

Kern asiente, pero no parece convencido.

—¿Estás teniendo sueños, episodios de desorientación o momentos en los que no sepas exactamente cómo has llegado a un lugar?

La pregunta me pone en guardia.

—He venido para que me expliques qué ocurrió hace seis años, no para que vuelvas a diagnosticarme como si acabara de entrar por primera vez en tu consulta.

—No estoy intentando diagnosticarte. Necesito saber en qué estado estás antes de empezar a hablar de cosas que, por lo que veo, tu memoria ha mantenido fuera durante mucho tiempo.

—Ese es precisamente el problema. Todo el mundo parece saber algo sobre aquella época menos yo y, cada vez que intento acercarme, alguien decide que quizá no estoy preparada para escucharlo.

Kern me sostiene la mirada.

—Hay una diferencia entre saber algo y poder contarlo sin tener en cuenta lo que puede provocar.

—¿En quién? ¿En ti o en mí?

No responde y noto cómo empieza a subir la irritación.

—Entonces hagámoslo de otra manera. No necesito que me cuentes todavía quién estaba allí ni qué ocurrió en Nachtwerk. Quiero saber por qué terminé viniendo a esta consulta durante meses y por qué no recuerdo ni una sola sesión.

Kern aparta la mirada hacia la ventana antes de responder.

—Llegaste en un estado muy malo. Tenías una ansiedad muy intensa, dormías poco y mal, sufrías episodios disociativos y empezabas a tener recuerdos intrusivos que aparecían sin contexto.

A veces eran imágenes, otras sonidos o sensaciones físicas.

Muchas veces ni siquiera podías explicar qué los había provocado.

Algo en su tono consigue que deje de interrumpirlo.

—Cuando dices muy malo, ¿hablas de alguien asustado o de algo más serio?

—Hablo de alguien que llevaba demasiado tiempo funcionando por encima de lo que podía soportar y que había empezado a perder la capacidad de distinguir entre lo que estaba ocurriendo en ese momento y lo que regresaba de forma fragmentaria.

No estabas desorientada de manera permanente ni habías perdido contacto con la realidad, pero estabas agotada y tenías miedo prácticamente todo el tiempo.

—¿Miedo de una persona concreta?

Kern tarda demasiado en responder.

—A veces hablabas de alguien. Otras veces evitabas hacerlo. No era sencillo separar qué parte del miedo pertenecía a hechos concretos, qué parte a lo que recordabas y qué parte a lo que habías aprendido a anticipar.

—¿Era un hombre?

El silencio confirma que he vuelto a acercarme a algo.

—Mara, si te doy ahora un nombre y tú no lo recuerdas, ese nombre puede empezar a ocupar todos los huecos. Podrías terminar construyendo recuerdos alrededor de algo que yo te haya dicho y después ya no habría forma de saber qué apareció por sí solo y qué introduje yo en la historia.

—No te estoy pidiendo que me fabriques un recuerdo. Te estoy preguntando si llegué aquí porque alguien me había hecho daño.

Kern se inclina ligeramente hacia delante.

—Llegaste porque no estabas bien y porque necesitabas ayuda. Había ocurrido algo grave, sí, pero reducirlo a una sola persona o a una sola noche sería engañarte. El problema llevaba tiempo creciendo antes de que entraras por esa puerta.

—Eso sigue sin explicarme por qué.

—Porque quizá todavía estás buscando una causa única para algo que fue mucho más complejo.

—Para ti puede ser complejo. Para mí es una parte de mi vida que ha desaparecido y que todo el mundo parece dispuesto a administrar en pequeñas dosis.

Mi voz sale con más fuerza de la que pretendía.

Durante unos segundos ninguno de los dos habla y solo escucho el reloj del pasillo.

Tic.

Tac.

—Quiero saber cuánto sabía mi madre de todo esto. Si venía conmigo, si sabía por qué estaba aquí y hasta qué punto participó en lo que ocurrió después.

Kern tarda un momento antes de responder.

—Sabía que estabas sufriendo y te acompañó varias veces a la consulta. No entraba siempre a las sesiones, pero estaba preocupada y quería ayudarte. Sobre lo que sabía exactamente de cada cosa no puedo resumírtelo en una sola frase.

La respuesta me duele más de lo esperado.

—Entonces ella sabía que yo estaba viniendo aquí durante meses y yo he pasado seis años sin recordar ni siquiera tu cara.

—Sí.

—Y ahora resulta que tampoco puedes decirme qué papel tuvo porque todo es demasiado complejo, demasiado delicado o demasiado peligroso para contarlo de una vez.

Me levanto.

Kern hace lo mismo.

—No estoy intentando esconderte nada, Mara. Pero no puedo abrir meses de tratamiento como si fueran una caja que llevas años esperando encontrar y limitarme a volcar todo el contenido delante de ti. No sé qué efecto puede tener que recibas de golpe información que tu memoria no ha integrado.

La preocupación de su tono me enfurece.

—Ese es exactamente el problema. Todos habláis como si todavía tuvierais que decidir qué puedo soportar y qué no.

—No estoy decidiendo por ti. Estoy intentando no hacerte daño.

—Eso ya lo decidisteis una vez.

Kern frunce el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A ti, a mi madre y a cualquiera que estuviera mi alrededor entonces.

Yo llegué aquí con recuerdos intrusivos, miedo, episodios disociativos y una parte de mi vida hecha pedazos.

Después me marché de Berlín sin recordar prácticamente nada de aquello.

Así que no me digas ahora que nadie tomó decisiones sobre lo que debía recordar y lo que era mejor dejar fuera.

La expresión de Kern cambia.

—No fue así.

—¿Entonces cómo fue? Porque desde donde yo estoy parece bastante sencillo. Vosotros sabíais lo que había ocurrido y yo fui la única que terminó olvidándolo.

Me acerco al escritorio.

—Tengo dieciocho meses de mi vida prácticamente borrados. No recuerdo a Eva, no recuerdo trabajar en Nachtwerk, no recuerdo haberte visto durante meses y tengo una declaración policial firmada por mí en la que digo cosas que ni siquiera recuerdo haber pensado.

Kern palidece ligeramente.

—Has encontrado aquella declaración.

—Sí. La he leído completa.

Se sienta de nuevo, aunque el gesto no transmite calma. Parece más bien cansancio, como si acabara de confirmarse algo que llevaba tiempo esperando no tener que afrontar.

—Entonces sabes que, cuando habló contigo la policía, negaste cualquier coacción y afirmaste que estabas allí por voluntad propia.

—Sé que lo dije. Lo que no sé es si realmente lo creía.

Kern levanta la mirada.

—Y esa diferencia es importante.

Por primera vez tengo la impresión de que los dos estamos hablando exactamente de lo mismo.

—Cuando empecé a venir aquí, ¿tú creías la versión que había dado a la policía?

Kern tarda unos segundos antes de responder.

—No del todo. Al principio intenté no partir de ninguna conclusión, pero había cosas que contabas en consulta que no encajaban con la seguridad de aquella declaración.

Defendías determinadas decisiones con mucha firmeza y, al mismo tiempo, describías miedo, pérdida de control y situaciones que parecían contradecirlas.

La respuesta me sorprende más de lo que esperaba.

—Entonces sabías que algo no cuadraba. Si yo decía que estaba bien y después venía aquí contando cosas que contradecían aquella versión, necesito saber cuáles eran.

—Mara, no eran contradicciones sencillas del tipo «esto ocurrió» y después «esto no ocurrió».

Eran fragmentos, reacciones, recuerdos que aparecían y desaparecían.

A veces hablabas de una persona como si confiaras completamente en ella y, en la misma sesión, describías situaciones que te provocaban miedo sin ser capaz de relacionar ambas cosas.

—Eso es precisamente lo que necesito que me cuentes. No quiero que me protejas de mis propias contradicciones.

Kern aparta la mirada.

—No se trata de protegerte. Se trata de no convertir mis recuerdos de tus sesiones en una versión cerrada de algo que tú todavía estás intentando recuperar.

—Llevo semanas reconstruyendo mi vida a partir de lo que recuerdan otros. Tú eres la primera persona que me está diciendo que, incluso entonces, mi propia versión cambiaba. Así que, por favor, deja de decirme lo que no puedes contarme y dime qué era lo que yo misma decía.

Es la primera vez que utilizo su nombre.

—Matthias, por favor.

Él lo nota. Kern se frota la frente.