CAPÍTULO 24
El nombre de Matthias Kern aparece en una nota al pie.
Podría haberlo pasado por alto. De hecho, lo hago la primera vez.
Estoy revisando por tercera vez el expediente de Eva buscando cualquier referencia al hombre que aparece oculto en mi copia cuando encuentro una observación añadida en una de las páginas posteriores: «La denunciante manifiesta haber consultado previamente con el Dr. Matthias Kern, especialista en trauma, por episodios de ansiedad y miedo persistente. »
Me quedo mirando el nombre. No me resulta familiar.
Busco en internet.
Doctor Matthias Kern. Psiquiatra. Psicoterapia especializada en trauma, trastornos disociativos y reconsolidación de recuerdos.
Consulta privada en Charlottenburg. Varias publicaciones, conferencias, entrevistas.
Tendrá alrededor de sesenta años, pelo gris, gafas finas y una expresión seria que en las fotografías parece cuidadosamente diseñada para transmitir competencia sin llegar a resultar cercana.
Abro su página profesional.
No aparece ninguna referencia a Eva, naturalmente. Tampoco a mí.
Sigo leyendo.
Kern trabajó durante años en la Charité antes de abrir consulta propia. Entre sus áreas de especialización figuran trauma complejo, memoria autobiográfica, episodios disociativos y tratamiento de recuerdos intrusivos.
Memoria autobiográfica.
Vuelvo al expediente e intento entender por qué Eva habría acudido a un psiquiatra especializado precisamente en eso.
La explicación más sencilla es que estuviera mal, y esa posibilidad encaja con casi todas las versiones que he escuchado.
Jonas diciendo que estaba loca, Helena admitiendo que se había vuelto paranoica y el informe policial describiéndola como alterada.
Pero Helena también fue clara en otra cosa. Eva podía estar desbordada, pero no estaba inventando el miedo y, según todo lo que he descubierto, intentaba proteger a alguien.
A mí.
Busco el nombre de Matthias Kern dentro del expediente y encuentro dos referencias más.
La segunda aparece en un anexo parcialmente oculto, donde consta que Eva había acudido a consulta «por recomendación de una persona de su entorno» y que había hablado con el especialista sobre «problemas relacionados con estrés, control y recuerdos confusos».
Esa última expresión me obliga a detenerme.
Recuerdos confusos.
Intento no interpretarla más de lo necesario, pero resulta difícil después de todo lo que sé ahora sobre mi propia memoria.
Continúo hasta la tercera aparición del nombre. Esta vez no forma parte directamente de la denuncia de Eva, sino de una nota incorporada al expediente varias semanas después.
«Se confirma atención médica posterior a Mara Vogel por parte del mismo especialista.»
Me inclino hacia la pantalla y leo la frase otra vez. No hay demasiado margen para interpretarla de otra manera.
Matthias Kern había tratado a Eva.
Y después me trató a mí.
Sin embargo, por mucho que mire su nombre, su especialidad o la referencia médica, no consigo asociarlo a ninguna cara, consulta o conversación.
No recuerdo haberlo visto en mi vida. Me levanto de la mesa.
La reacción es casi automática. Necesito alejarme de la pantalla, como si poner cinco metros entre el ordenador y yo pudiera modificar de alguna forma la información que acabo de leer.
Voy hasta la cocina, doy un par de vueltas sin hacer nada útil y regreso. La frase sigue allí.
Atención médica posterior a Mara Vogel.
No especifica cuándo empezó, cuánto duró el tratamiento ni por qué acudí a consulta, así que empiezo a buscar en mis propios documentos médicos.
Conservo algunas copias digitales de informes, recetas, analíticas y facturas, pero casi todo corresponde a Hamburgo y no encuentro nada de aquellos años en Berlín.
Paso entonces a los correos antiguos. Busco «Kern» y no aparece ningún resultado. Con «Matthias» salen demasiados y «Praxis» me devuelve citas de dentistas, sesiones de fisioterapia y una clínica que no reconozco. Cuando acoto por fechas, finalmente aparece un correo automático de hace seis años.
Asunto: Terminbestätigung.
Confirmación de cita.
El remitente es una dirección genérica de una consulta médica. Abro el mensaje.
«Sehr geehrte Frau Vogel, wir bestätigen Ihren Termin bei Dr. Matthias Kern...»
Me quedo mirando la pantalla. Ahí están mi nombre, el suyo y una fecha de enero, apenas unas semanas después de la denuncia de Eva.
Busco todos los mensajes del mismo remitente y encuentro nueve. Dos corresponden a citas canceladas y siete a consultas confirmadas distribuidas a lo largo de casi cuatro meses.
No fue una visita aislada.
Fui paciente suyo.
Cierro los ojos e intento recuperar alguna imagen asociada a esas citas, quizá una sala de espera, un despacho, su cara o incluso el trayecto hasta la consulta.
No aparece nada. Busco la dirección y compruebo que la consulta ya estaba entonces en Charlottenburg.
Abro el mapa, miro la fachada del edificio y espero alguna reacción, pero tampoco llega.
Eso me inquieta más que los flashes. La luz roja y la escalera, por lo menos, provocan algo en mí. Kern no provoca absolutamente nada.
El teléfono vibra.
Lukas.
¿Todo bien?
Miro el mensaje sin saber qué contestar. Después escribo:
He encontrado un médico que trató a Eva. Y también me trató a mí.
Los tres puntos aparecen casi enseguida, desaparecen durante unos segundos y finalmente llega la respuesta.
¿Lo recuerdas?
No.
El teléfono suena casi de inmediato. No contesto a la primera llamada, pero cuando insiste termino aceptando.
—Mara, no me digas automáticamente que estás bien. Si acabas de descubrir que compartiste psiquiatra con Eva y no recuerdas haberlo visto, evidentemente no es un detalle menor.
—Se llama Matthias Kern. Está especializado en trauma, memoria autobiográfica y episodios disociativos. Según los correos, empecé a verlo apenas unas semanas después de la denuncia y fui paciente suyo durante al menos cuatro meses.
Al otro lado se hace un silencio.
—Eso parece bastante relevante, sobre todo por el momento en que ocurrió. Supongo que vas a intentar hablar con él.
—Sí. Y antes de que lo propongas, quiero hacerlo sola.
Lukas tarda un instante en responder.
—Vale. Si necesitas que esté cerca, me llamas. Si no, no voy a insistir.
La facilidad con la que acepta me sorprende.
—No es por ti. Solo necesito entrar allí sin depender de lo que otra persona recuerde o interprete por mí.
—Lo entiendo.
Y, por primera vez, creo que realmente lo entiende.
Cuelgo y busco el número de la consulta. Tardo unos minutos en decidirme antes de llamar. Responde una mujer con una voz neutra y profesional.
—Praxis Dr. Kern.
Le explico que necesito una cita con el doctor y que fui paciente suya hace años.
—Dígame su nombre y compruebo si continúa en el sistema.
—Mara Vogel.
Escucho el teclado y después una pausa algo más larga de lo necesario.
—Sí, aparece en nuestros registros. Conservamos la documentación conforme a la normativa. El doctor podría verla el jueves a las once.
Tengo que sentarme.
—Necesito hablar con él antes, si es posible. No sé si considerarlo urgente, pero acabo de descubrir que fui paciente suyo durante varios meses y no recuerdo ninguna de aquellas consultas.
La mujer guarda silencio un segundo antes de responder.
—Podría ofrecerle mañana a las ocho y media, aunque tendría que confirmar primero que el doctor puede adelantarla.
—Mañana está bien.
Tomo nota de la hora aunque sé que no voy a olvidarla.
—Antes de colgar, ¿puede decirme al menos cuándo fue mi última consulta o en qué fecha empecé a ver al doctor? No necesito información clínica, solo las fechas.
La mujer guarda un instante de silencio.
—Lo siento, pero no puedo facilitarle ningún dato de su historial por teléfono, tampoco fechas. El doctor podrá revisar esa información con usted durante la cita.
Lo esperaba, aunque eso no evita la frustración.
—De acuerdo. Gracias.
Durante el resto del día intento trabajar, pero avanzo poco. Cada documento que abro termina llevándome de vuelta a Kern y, cuanto más lo pienso, menos me inquieta el hecho aislado de que fuera mi psiquiatra que el orden en que ocurrieron las cosas.
Primero Eva acudió a él. Después denunció que alguien me estaba manipulando. Cuatro días más tarde yo declaré contra ella y negué necesitar ayuda. Apenas unas semanas después empecé tratamiento con el mismo médico.
La secuencia parece demasiado precisa para ignorarla.
A las cinco voy a buscar a Sabine y le digo que voy a marcharme antes. Me observa durante un momento, probablemente intentando decidir si debe preguntar.
—Supongo que no está todo bien, aunque imagino que vas a decirme que sí.
—Estoy perfeccionando esa respuesta. De momento todavía no parece convencer a nadie.
—Porque mientes fatal. Pero si necesitas irte, vete.
—Gracias.
El miércoles llego a Charlottenburg veinte minutos antes de la cita.
La consulta está en la segunda planta de un edificio antiguo rehabilitado, con techos altos y una escalera de piedra que no produce ninguna reacción en mí.
Eso debería tranquilizarme, pero a estas alturas hasta la ausencia de sensaciones se ha convertido en información.
Pulso el timbre y, cuando la puerta se abre, entro en una sala de espera pequeña con tres sillones grises, una mesa baja y varias fotografías en blanco y negro de Berlín. No reconozco nada.
Me acerco a recepción y la mujer con la que hablé por teléfono comprueba mi nombre en la pantalla antes de pedirme que tome asiento.
Me siento y enseguida empiezo a escuchar el tic-tac de un reloj. No debería haber relojes que hagan ruido en una consulta psiquiátrica, me parece una decisión innecesariamente cruel.
Miro alrededor buscando algo que despierte un recuerdo, quizá una revista, una planta, una lámpara o incluso la disposición de los muebles. Nada me resulta familiar. Eso empieza a parecer imposible.
Estuve aquí al menos siete veces, quizá más, repartidas durante cuatro meses.
Cuesta creer que pueda olvidarse por completo una sala en la que has pasado horas esperando antes de hablar con alguien sobre tu propia vida, aunque a estas alturas ya no estoy segura de qué cosas es capaz de borrar mi cabeza.
El reloj continúa marcando los segundos hasta que finalmente se abre una puerta. Sale un hombre acompañado por el médico que reconozco de las fotografías que encontré en internet.
Matthias Kern es más bajo de lo que esperaba, con el pelo gris, gafas finas y una camisa blanca sin corbata. Se despide del paciente y, cuando levanta la vista, nuestros ojos se encuentran.
Me preparo para presentarme, pero no llego a hacerlo.
Kern se queda completamente quieto y el color desaparece poco a poco de su cara. Durante un instante no parece un médico que intenta reconocer a una antigua paciente, sino un hombre que acaba de ver regresar a alguien a quien no esperaba volver a encontrarse.
—Mara.
No pregunta mi nombre. Lo sabe.
Da un paso hacia mí sin dejar de mirarme.
—Dios mío. No esperaba volver a verte después de tanto tiempo.
Me levanto despacio.
—Doctor Kern.
Su expresión continúa siendo difícil de interpretar, una mezcla de sorpresa y algo que se parece demasiado a preocupación.
—Has vuelto.