CAPÍTULO 23
No salgo del apartamento en toda la mañana.
No porque haya tomado una decisión consciente, sino porque cada vez que pienso en vestirme, coger el bolso y hacer algo normal, vuelvo a mirar el portátil y veo mi firma al final de aquella declaración. La he cerrado tres veces. Las tres he vuelto a abrirla.
Hay una especie de crueldad en reconocer tu propia letra debajo de palabras que no recuerdas haber dicho.
Podría haber discutido con un testigo, desconfiado de Helena, acusado a Jonas de mentir o incluso convencido de que la grabación estaba demasiado deteriorada para demostrar nada.
La firma, en cambio, no permite ninguna de esas salidas.
Estuve allí, presté aquella declaración y fui yo quien dijo que Eva mentía.
Y no recuerdo nada.
A las once recibo un mensaje de Lukas.
¿Café?
Me quedo mirándolo durante un rato. Una parte de mí no quiere verlo ni tener que contarle lo que acabo de descubrir, pero otra desea hacerlo más que con cualquier otra persona.
Esa contradicción me molesta más de lo que debería.
Respondo:
Sí.
Media hora después estamos en una cafetería a dos calles del apartamento. Lukas ha llegado primero y ya ha pedido mi café, un detalle que debería parecerme amable y que, sin embargo, me produce una incomodidad mínima. No porque haya hecho nada mal, sino porque empieza a conocerme demasiado rápido.
Cuando me siento, me observa apenas un segundo antes de hablar.
—Tienes mala cara. Y antes de que te ofendas, era una observación clínica, no un intento de hundirte la autoestima.
—Entonces me quedo mucho más tranquila.
Sonríe, pero la expresión le dura poco. Se da cuenta enseguida de que no estoy para bromas.
—Vale. Ha pasado algo. No hace falta que me lo cuentes si no quieres, pero por tu cara diría que no has venido solo a tomar café.
Bajo la mirada hacia la taza. Podría contárselo, aunque no todo. Solo una parte. El problema es que incluso una versión reducida de «yo acusé a Eva de mentir en una declaración policial que no recuerdo» suena demasiado grande para decirla en voz alta delante de alguien.
—He conseguido más documentación sobre Eva. Había una denuncia y ya sé bastante más de lo que ocurrió cuando fue a la policía.
Lukas no pregunta inmediatamente. Espera, y ese silencio consigue más que cualquier interrogatorio.
—La denuncia hablaba de una persona que estaba siendo manipulada por un hombre. El nombre de él aparece oculto en la copia que me han enviado, así que todavía no sé quién era.
Lukas me mira con atención.
—Por cómo lo estás contando, imagino que el problema no es solo que aparezca un hombre al que no puedes identificar.
Tardo unos segundos antes de responder.
—No. La persona que Eva decía que estaba siendo manipulada era yo.
La expresión de Lukas cambia de inmediato.
—Entonces tú también apareces en el expediente. Supongo que por eso estás así.
—Aparezco bastante más de lo que esperaba. Y antes de que digas nada, no sé si Eva tenía razón. Que lo denunciara no significa que aquello estuviera ocurriendo exactamente como ella lo veía.
—No iba a decirte eso. Iba a preguntarte qué encontraste sobre ti para que te haya afectado de esta manera.
Miro otra vez la taza. No quiero contarle la declaración.
No todavía.
—Según Eva, yo estaba en una situación de dependencia. Decía que alguien me controlaba, me aislaba y grababa cosas sin mi consentimiento.
Lukas se reclina ligeramente en la silla.
—Eso ya no suena a una interpretación vaga de una amiga preocupada. ¿La policía llegó a comprobar algo?
—No encontró pruebas suficientes. Hablaron conmigo y yo les dije que estaba bien, que no necesitaba ayuda.
Se queda mirándome un momento.
—Y no recuerdas esa conversación.
—No recuerdo nada. Ni al policía, ni el lugar, ni haber dado esa versión.
Ahora sí parece preocupado de verdad.
—Mara, no quiero decirte qué tienes que hacer, pero esto ya no es encontrar una fotografía vieja o descubrir que conocías a alguien que habías olvidado.
Estás leyendo una declaración tuya que no recuerdas haber prestado.
Quizá deberías hablar con tu terapeuta antes de seguir tirando de todo esto sola.
La sugerencia me irrita, aunque sé que es razonable.
—No necesito que cada persona que descubre que me falta un trozo de memoria decida automáticamente que tengo que ir a terapia.
—No estoy decidiendo nada por ti. Solo digo que hay una diferencia entre investigar y empezar a encontrarte con partes de tu propia vida que no reconoces, y tú misma sabes que esa diferencia importa.
—Ya lo sé.
Mi tono sale más duro de lo que pretendía. Lukas baja un poco la voz.
—Vale. No voy a insistir.
Me arrepiento casi de inmediato.
—Perdón. Estoy enfadada con todo el mundo y tú tienes la mala suerte de estar convenientemente cerca.
—He tenido funciones peores. Si hoy me toca ser el objetivo disponible, puedo sobrevivir.
Sonrío apenas.
—Eso no ayuda.
—Era el objetivo.
La tensión baja un poco.
Durante unos minutos hablamos de cualquier cosa que no sea Eva. Del archivo, de Sabine, de un proyecto nuevo que quizá llegue la semana siguiente. Me sorprende lo fácil que resulta dejar que Lukas llene ese espacio. No necesito explicarme demasiado ni fingir que estoy mejor de lo que estoy.
Eso es nuevo.
Y peligroso.
La palabra aparece sola y la rechazo casi de inmediato. No hay nada peligroso en que alguien te escuche ni en sentirte cómoda durante unas horas al lado de una persona.
Al salir caminamos sin rumbo fijo. El cielo está cubierto y hace frío, aunque al menos no llueve. Lukas propone que comamos algo y acepto sin pensarlo demasiado. Terminamos en un restaurante pequeño donde nadie parece tener prisa y, por primera vez en dos días, consigo terminar un plato entero.
Lukas lo nota.
—Eso ya es una mejora. Empiezo a pensar que el café no constituye por sí solo una dieta equilibrada.
—No sabía que además de escucharme habías empezado a controlar lo que como.
—No controlo nada. Observo, que es mucho más elegante y además me permite fingir que existe una justificación profesional.
—No eres médico.
—Precisamente por eso puedo permitirme ser menos pesado.
Le lanzo una servilleta y él se ríe. Durante unos minutos consigo olvidarme de la declaración, de Eva y de todo lo que todavía no entiendo. No completamente, pero sí lo suficiente para recordar que existe una vida fuera de aquello.
Mientras esperamos el café, Lukas cambia de tema.
—¿Has pensado en volver a Nachtwerk? Porque, si lo haces, preferiría que no fueras sola. El edificio está medio abandonado y no sabes quién puede entrar por allí.
Algo en mí se tensa.
—No sé si voy a volver, pero tú hablas como si conocieras bastante bien el estado del sitio.
—Por las fotos y por todo lo que me has contado. No hace falta haber estado allí recientemente para imaginar que no es precisamente el lugar más seguro de Berlín.
Podría ser verdad. Probablemente lo sea.
—Encontré una escalera metálica en el sótano. Me resultó familiar, aunque no sé si porque la recordaba o porque mi cabeza está mezclando cosas.
Lukas deja la cucharilla junto a la taza.
—¿La roja?
Me quedo quieta.
—¿Qué acabas de decir?
Frunce el ceño.
—He dicho la escalera.
—No. Has dicho «la roja». Yo solo te he contado que era metálica.
Durante un instante parece revisar mentalmente la conversación.
—Entonces me habré confundido con alguna de las imágenes que me enseñaste o con algo que comentaste antes. No le daría más importancia.
Lo miro sin apartar los ojos.
—No recuerdo haberte enseñado ninguna fotografía de esa escalera.
Hay una pausa. No larga.
Suficiente.
—Quizá lo sé porque alguna vez mencionaste una luz roja. Estos días has hablado mucho de Nachtwerk, de la habitación 17 y de todo lo que vas encontrando. Puede que se me haya quedado de alguna conversación.
Intento reconstruir lo que le he contado. La cassette, el tren, la campana, las fotografías y lo que encontré en la habitación 17. No recuerdo haber mencionado la luz roja. Ese fragmento era mío, algo que había compartido con Jonas y quizá con Helena, pero no con Lukas.
—No te lo he contado. Estoy bastante segura de eso.
Esta vez no sonríe.
—Mara, no estoy intentando ocultarte nada. Puede que lo dijeras en algún momento y no lo recuerdes. Llevas días descubriendo precisamente que hay conversaciones y situaciones de las que te faltan partes.
La frase me atraviesa, no porque sea cruel, sino porque puede ser verdad y los dos lo sabemos.
—Eso no es justo. No puedes utilizar mis problemas de memoria como explicación cada vez que sabes algo que yo no recuerdo haberte contado.
—No era eso lo que pretendía decir. Solo intento encontrar una explicación razonable antes de que conviertas un detalle en algo que quizá no significa nada.
Me levanto de la mesa y Lukas hace lo mismo.
—Necesito irme. Ahora mismo no voy a saber distinguir entre lo que tiene sentido y lo que simplemente me está asustando.
—Entonces espera un momento. No tienes por qué salir así. Lo único que he dicho es que quizá mencionaste la escalera y se te olvidó, no que estés imaginando cosas.
—Ya sé lo que has dicho. El problema es que llevo días oyendo versiones de mi propia vida que no recuerdo y empiezo a cansarme de que todo pueda explicarse diciendo que quizá lo olvidé.
Salgo del restaurante y él me sigue hasta la calle.
—No quería hacerte sentir así. Sé que estás intentando reconstruir algo enorme y que cualquier detalle puede parecer importante, pero precisamente por eso intento que no saquemos conclusiones demasiado rápido.
Me giro hacia él.
—Hay otra conclusión posible, Lukas. Puede que yo no te contara nada sobre esa escalera y que tú ya supieras cómo era.
Se queda quieto.
Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada. Hasta ahora todas mis dudas sobre él habían sido pequeñas incomodidades, detalles que podía justificar o apartar antes de que tomaran forma. Esta vez ya no.
Ahí está la acusación.
Pequeña, pero real.
—Lo que estoy diciendo es que no recuerdo haberte contado nada sobre esa luz y, sin embargo, la has mencionado como si supieras perfectamente de qué hablaba. Quiero pensar que existe una explicación sencilla, pero ahora mismo no la encuentro.
Lukas me sostiene la mirada.
—Y yo tampoco tengo una explicación mejor.
Sé que estuve alguna vez en Nachtwerk, que vi actuar a Vesper y que salía bastante por aquella época.
Puede que recuerde detalles del sitio sin saber de dónde vienen o puede que tú mencionaras la luz en algún momento y se me haya quedado. No estoy intentando esconderte nada.
Quiero preguntarle si estuvo en aquella zona concreta del club, si conocía la habitación 17 o incluso si había tratado alguna vez con Eva.
Pero hacerlo significaría convertir una sospecha pequeña en algo mucho más grande, y todavía no sé si tengo motivos para ello.
Lo conozco desde hace semanas y, hasta ahora, todo lo que me había contado parecía encajar.
Había estado alguna vez en Nachtwerk, había visto actuar a Vesper y conocía aquella escena desde fuera.
—Déjalo. Estoy demasiado cansada para saber si estoy viendo algo real o simplemente intentando encontrar conexiones en todas partes.
—No quiero dejarlo así si vas a irte pensando que te estoy ocultando algo. Si supiera por qué he dicho lo de la luz roja, te lo diría, pero de verdad no lo sé. Y siento haberte hecho sentir que estaba utilizando tus problemas de memoria contra ti.
La sinceridad de su tono me desarma.
O quiero que me desarme.
—Ese es el problema. Llevo días descubriendo cosas que no recuerdo y ya no sé distinguir cuándo una sensación significa algo y cuándo mi cabeza intenta completar los huecos por su cuenta.
Lukas se acerca un poco, sin invadir la distancia entre los dos.
—No puedo ayudarte a saber qué es un recuerdo y qué no, pero sí puedo decirte que no necesitas resolverlo todo ahora mismo. Si no quieres volver a casa, podemos caminar un rato, ir a cualquier sitio o simplemente estar juntos sin hablar de Nachtwerk.
Lo miro.
—¿De verdad puedes pasar una hora sin hablar?
—Puedo intentarlo. No prometo que sea una hora completa, pero puedo hacer un esfuerzo extraordinario.
Sonrío, y esa pequeña normalidad termina ganando.
Caminamos sin rumbo durante un rato. No hablamos de Nachtwerk ni de la habitación 17, y tampoco vuelvo a preguntarle por la luz roja. Aun así, la frase sigue conmigo, repitiéndose de una forma que no consigo apartar.
No dijo la escalera.
Dijo la roja.
La roja.
Horas después, ya sola en casa, repaso mentalmente todas las conversaciones que he tenido con Lukas e intento encontrar alguna en la que le hablara de aquella luz roja. No aparece ninguna.
Eso no demuestra que no ocurriera. Mi memoria ya ha dejado bastante claro que no es una testigo fiable y sería absurdo convertir una ausencia de recuerdo en una certeza.
Aun así, abro la libreta y escribo una nueva línea.
LUKAS — LUZ ROJA.
Me quedo mirándola durante un rato. Hasta ahora había utilizado esas páginas para anotar palabras que pertenecían a una vida que no recuerdo.
Mave.
Mari.
Esta vez es distinto. No estoy registrando algo que alguien ha dicho sobre mí ni una palabra que mi memoria ha perdido.
Estoy anotando una duda.
La primera pregunta sobre Lukas.