La habitación 17 CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Tardo once minutos en abrir la declaración. No hago nada útil durante ese tiempo. Camino por el salón, bebo agua, vuelvo a sentarme, leo otra vez el encabezado del expediente y me convenzo dos veces de que quizá sea mejor esperar hasta mañana. La tercera vez dejo de fingir.

Pulso el enlace.

Aparece un documento de seis páginas.

DECLARACIÓN DE MARA VOGEL.

Mi nombre completo. Mi fecha de nacimiento. Mi antigua dirección. La fecha coincide con la que ya había visto en el expediente, cuatro días después de que Eva denunciara amenazas, manipulación y una posible privación de libertad.

Empiezo a leer.

La primera parte es puramente administrativa, con mis datos personales, la identificación y el consentimiento para prestar declaración. Nada de eso despierta ningún recuerdo. No reconozco la habitación, el momento ni a las personas que debían de estar conmigo. Después comienzan las preguntas.

«¿Se encuentra usted en este domicilio por voluntad propia?»

«Sí.»

«¿Alguna persona le impide abandonar el domicilio? ¿Ha sido amenazada o sufrido alguna agresión física?»

«No. Nadie me impide marcharme y no he sido amenazada ni agredida.»

Me quedo mirando la pantalla. Las respuestas son limpias, directas, sin dudas ni matices. No sé qué esperaba encontrar, quizá alguna contradicción, una observación del agente indicando que estaba nerviosa o confusa, cualquier señal que me permitiera pensar que mis palabras no eran del todo fiables.

No hay nada.

La mujer que declara parece saber perfectamente lo que está diciendo.

Y esa mujer soy yo.

Me obligo a continuar hasta que el agente pregunta por Eva Keller.

«La conozco.»

Eso es todo. No digo que sea mi amiga, que trabajamos juntas o que está intentando ayudarme. Reduzco nuestra relación a dos palabras que sirven para mantenerla a distancia.

La siguiente pregunta resulta todavía peor.

«¿Qué relación mantiene con la señora Keller?»

«Ninguna en este momento.»

Siento una presión en el pecho. La precisión de ese «en este momento» implica que antes hubo algo distinto, una relación que yo misma estoy reconociendo y, al mismo tiempo, intentando presentar como terminada.

Sigo leyendo.

«La señora Keller manifiesta que está preocupada por usted y considera que puede encontrarse en una situación de riesgo.»

«Eva exagera todo. Siempre convierte las cosas en algo mucho más grave de lo que son.»

Me quedo quieta.

No recuerdo haber dicho esa frase, ni la habitación, ni al policía que me hizo la pregunta.

Tampoco recuerdo qué había ocurrido entre Eva y yo para que hablara de ella de esa manera.

Y, sin embargo, hay algo insoportablemente familiar en la respuesta, no porque pueda recuperar el momento, sino porque reconozco la forma de defenderme.

Suena a mí.

Quizá a una versión más joven, más agresiva y mucho más segura de tener razón, pero sigue sonando a mí.

El interrogatorio continúa.

«¿Considera que existe algún motivo para que la señora Keller tema por su propia seguridad o por la de usted?»

«No. Ni por la suya ni por la mía.»

La seguridad de la respuesta me produce una reacción física.

No hay vacilación, ninguna posibilidad abierta, ni siquiera un intento de reconocer que Eva pudiera tener motivos para estar asustada.

La mujer que habla en esas páginas parece decidida a cerrar todas las puertas que Eva había intentado abrir cuatro días antes.

Me levanto.

Camino hasta la ventana.

Fuera, Berlín sigue funcionando con una normalidad casi ofensiva. Un hombre pasea un perro, alguien cruza la calle hablando por teléfono y un tranvía pasa al fondo como si nada de lo que estoy leyendo pudiera alterar el ritmo de la ciudad.

Regreso a la mesa con la sensación de que todavía no he llegado a la peor parte.

Sigo.

El agente pregunta por la persona que Eva había señalado en su denuncia. El nombre continúa oculto en mi copia.

«¿Mantiene usted una relación con XXXXX?»

«Sí.»

Ahí está. No hablo de un amigo, un compañero de trabajo o alguien con quien coincidía. Hablo de una relación.

Pienso automáticamente en Daniel porque es el vínculo que mi memoria reconoce cuando intento ordenar aquellos años entre el final de Berlín y el principio de Hamburgo, pero las fechas no encajan. Daniel llegó después, bastante después, y eso sí lo recuerdo.

Así que había otro hombre.

Vuelvo a la declaración.

«¿Se encuentra usted con esa persona por voluntad propia y ha intentado en algún momento abandonar la relación?»

«Estoy con él porque quiero. No hay nada que abandonar. Eva está interpretando una situación que no entiende.»

Me llevo una mano a la boca sin saber exactamente por qué. La frase me hace daño porque empieza a sonar menos como la declaración de alguien que intenta explicar su situación y más como una defensa.

No de mí.

De él.

Continúo.

El agente señala que Eva había descrito cambios importantes en mi comportamiento durante los meses anteriores y que, según ella, había dejado de tener contacto con varias personas cercanas.

«Eva quiere decidir con quién debo hablar y con quién no. Lleva semanas intentando interferir en mi vida.»

La siguiente pregunta es directa.

«¿Considera que la señora Keller intenta controlarla?»

«Sí.»

Cierro los ojos.

La ironía resulta casi perfecta. Eva denuncia que alguien me está controlando y yo respondo que la persona que intenta controlarme es Eva. Con una sola declaración, convierto a quien intenta ayudarme en la amenaza y a la persona que ella teme en alguien a quien defiendo voluntariamente.

Abro los ojos. Sigo leyendo.

La declaración continúa con varias preguntas sobre el comportamiento de Eva.

Me preguntan si me enviaba mensajes de forma insistente, si aparecía en lugares donde yo estaba sin haber sido invitada y si alguna vez le había pedido que dejara de ponerse en contacto conmigo. Mis respuestas son afirmativas.

«Sí. Varias veces.»

No sé si es verdad, y ese es precisamente el problema. Podría haber ocurrido exactamente así. Eva pudo haberse obsesionado conmigo, pudo haber cruzado límites y quizá la historia que estoy reconstruyendo ahora no sea más que otra versión equivocada de aquellos meses.

Pero entonces vuelvo a escuchar su voz en mi cabeza.

Mara, tienes que marcharte.

Y después la mía.

No puedo dejarte sola con él.

Eso sí ocurrió. Esa mujer también era yo.

Dos versiones de mí misma que parecen incompatibles y que, quizá, están separadas únicamente por unos días.

Continúo con la declaración. A medida que avanza, mis respuestas se vuelven más detalladas y describo a Eva como «inestable», «obsesiva» y «cada vez más agresiva». Afirmo que está intentando destruir mi relación y que ha inventado historias porque no acepta que yo quiera alejarme de ella.

Hay una frase que me obliga a detenerme.

«Eva necesita ayuda.»

La leo varias veces.

Helena me contó que, después del reportaje, Eva dejó de hablar con ella. Jonas la describió como alguien que estaba «como una puta cabra». Y ahora descubro que yo también contribuí a construir exactamente esa imagen.

Eva necesita ayuda.

Suena incluso razonable. Preocupado. Casi compasivo.

Y quizá por eso resulta mucho más eficaz que llamarla simplemente mentirosa. Convierte cualquier cosa que diga en una prueba de su supuesto problema y la deja como la única incapaz de verlo. Paso de página.

El agente vuelve sobre las acusaciones principales y me pregunta si he sufrido amenazas, si alguien me ha impedido marcharme o si ha existido algún tipo de violencia. Vuelvo a negarlo todo.

Después aparece una pregunta distinta.

«La señora Keller ha indicado que existen grabaciones realizadas sin su consentimiento. ¿Tiene conocimiento de ello?»

Mi respuesta ocupa una sola línea.

«Eva está mintiendo.»

Me quedo sin aire.

Pienso en la habitación 17, en los discos duros, en la cassette y en las referencias a grabaciones que Eva incluyó en su denuncia.

No puedo demostrar que ninguna de esas cosas esté relacionada, pero la respuesta resulta inquietante porque no digo que desconozca esas grabaciones ni que nunca las haya visto.

Digo que Eva miente.

Como si necesitara desacreditar la acusación antes incluso de que alguien tuviera la oportunidad de comprobarla.

Sigo.

«¿Está usted segura de que no necesita protección ni asistencia?»

«Estoy segura.»

La declaración podría terminar ahí, pero el agente todavía formula una última pregunta: si quiero denunciar a Eva.

Mi respuesta es breve.

«No. Solo quiero que nos deje en paz.»

Me quedo mirando una palabra concreta.

Nos.

No digo que me deje en paz, sino que nos deje en paz. Estoy hablando por dos personas, por mí y por el hombre cuyo nombre continúa oculto, la misma persona a la que Eva intentaba señalar en su denuncia.

Me estoy colocando a su lado.

Los dos frente a ella.

Un escalofrío me recorre la espalda. Intento reconstruir la escena: una sala policial, un agente frente a mí y, quizá, él sentado lo bastante cerca como para controlar cada respuesta. Busco las notas laterales.

La declaración se tomó sin presencia de terceras personas.

Estaba sola.

Eso debería tranquilizarme, pero no lo hace. Si Eva tenía razón, la manipulación no necesitaba que él estuviera dentro de la habitación para seguir funcionando.

Paso a la penúltima página y encuentro una observación del agente.

«La compareciente se muestra orientada, coherente y firme en sus manifestaciones, aunque presenta signos de cansancio y ansiedad. Niega requerir atención médica.»

Coherente y firme.

No drogada, no confundida, no incapaz de comprender lo que estaba diciendo. La mujer que dio aquella declaración sabía lo que decía o, al menos, estaba completamente convencida de saberlo.

Y esa diferencia empieza a resultarme insoportable.

Me levanto otra vez y voy hasta el baño. Me echo agua en la cara.

Miro mi reflejo durante unos segundos.

—¿Qué hiciste?

No espero ninguna respuesta. Regreso al salón y me siento otra vez frente al portátil. Solo queda una página y, aunque durante un momento considero cerrar el documento, termino abriéndola.

Es una confirmación de que la declaración me fue leída y de que me ratifiqué en todo su contenido. Debajo aparece una fórmula estándar:

«Leída la presente declaración, manifiesta su conformidad y firma.»

Y después está la firma.

No aparece como una imagen escaneada aparte ni como un anexo difícil de distinguir, sino allí mismo, negra y ligeramente inclinada hacia la derecha.

Mara Vogel.

Reconozco inmediatamente la forma de la M, la curva de la V y ese trazo final demasiado largo que llevo haciendo desde adolescente. No necesito buscar otra firma ni comparar documentos para saberlo.

Es mía.

Toco la pantalla con la punta de los dedos, un gesto absurdo que no cambia absolutamente nada, y vuelvo a leer algunas de las frases que aparecen justo encima.

«Eva Keller mantiene una conducta obsesiva hacia nosotros.»

Nosotros.

«Ha inventado que estoy siendo retenida.»

«Estoy aquí por voluntad propia.»

«Eva está mintiendo.»

Después vuelvo a mirar la firma. Durante todos estos días he tenido fotografías, grabaciones, nombres y recuerdos de otras personas, pero siempre quedaba algún margen para la duda: alguien podía recordar mal, una imagen no demostraba por sí sola una relación y una voz deteriorada podía confundirse con otra. Esta vez no existe esa salida.

No estoy leyendo lo que alguien asegura que dije ni una interpretación construida seis años después. Son mis propias palabras, pronunciadas ante la policía, leídas de nuevo ante mí y ratificadas después con mi firma.

Fui yo quien dijo que Eva mentía, quien defendió a ese hombre y quien ayudó a convertir a la persona que intentaba protegerme en alguien obsesivo y poco fiable.

Y debajo está mi firma.