La habitación 17 CAPÍTULO 21 #3
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CAPÍTULO 21 #3

Hay además referencias a otra persona no identificada en mi copia y varias líneas completamente tachadas. El expediente resulta deliberadamente incompleto, como intentar reconstruir una conversación escuchando solo una de cada tres frases.

Sigo leyendo hasta llegar al apartado donde la policía explica que intentó localizar a la mujer que Eva describía como posible víctima.

Aquí aparece mi nombre.

Mara Vogel.

Dejo de respirar durante un instante. Hasta ahora había conseguido mantener una distancia extraña con el expediente. Eva denunciaba, la policía investigaba, alguien respondía y todo podía seguir pareciendo la historia de otras personas.

Ya no.

Estoy dentro.

«La denunciante manifiesta que Mara Vogel se encuentra sometida a una situación continuada de manipulación emocional y aislamiento.»

Leo la frase dos veces y después una tercera, pero no consigo comprenderla mejor. Habla de manipulación emocional y aislamiento, y la persona descrita soy yo.

Intento recordar cómo era mi vida entonces.

Me llegan imágenes sueltas de trabajos, noches, apartamentos y música.

Recuerdo también haber discutido con mi madre y pasar días sin contestar llamadas porque cualquier obligación me parecía una agresión contra mi libertad.

Siempre había interpretado aquello como una etapa caótica, pero elegida por mí.

Ahora ya no estoy tan segura.

Continúo leyendo.

Eva afirma que había intentado convencerme varias veces de que me alejara de una persona concreta y que yo reaccionaba con hostilidad.

Añade que, durante las últimas semanas, mi comportamiento había cambiado, que había dejado de ver a algunas personas y que cada vez resultaba más difícil hablar conmigo sin que «él estuviera presente o supiera después exactamente qué se había dicho».

Una sensación fría me recorre los brazos y pienso inmediatamente en la cassette.

«No puedo dejarte sola con él.»

Eso sí lo dije. No es una interpretación de Eva ni una conclusión de la policía. Mi propia voz está ahí.

Sigo avanzando. La policía intentó localizarme aquella misma noche, pero no consiguió encontrarme. Llamó a mi domicilio de entonces y, al no obtener respuesta, contactó con mi madre.

Me detengo al ver su nombre.

Carmen Vogel figura como familiar y declara que no sabe dónde estoy, que lleva varios días sin verme y que está preocupada.

Vuelvo a leer esa parte con más cuidado. Mi madre sabía que algo no iba bien. Quizá no entendía qué estaba ocurriendo ni hasta dónde llegaba, pero sabía lo suficiente como para estar asustada.

Durante años he recordado aquella época de otra manera. Yo viviendo mi vida, ella intentando controlarla. Yo alejándome porque necesitaba respirar y ella incapaz de aceptar que ya no podía decidir por mí.

Ahora aparece otra posibilidad. Que no intentara controlarme.

Que simplemente tuviera miedo por mí.

La idea duele demasiado, así que sigo leyendo.

Hay una segunda intervención policial dos días después. Vuelven a comprobar varios lugares, entrevistan a personas vinculadas al club y, una vez más, no encuentran elementos suficientes para sostener las acusaciones de Eva. El informe utiliza una expresión que me irrita especialmente:

«No se objetiva una situación de privación de libertad.»

Objetivar. Una palabra limpia, administrativa, casi tranquilizadora para describir algo que, según Eva, llevaba meses ocurriendo. Ella asegura que me están controlando, yo no aparezco, la habitación está limpia y nadie admite nada. De esa manera, el miedo termina convertido en ausencia de pruebas.

Paso de página.

Aparecen referencias a mensajes de Eva, fotografías y una grabación que asegura poseer, aunque no consta que llegara a entregarla completa.

Parte del material fue considerado insuficiente para identificar amenazas directas, y no puedo evitar preguntarme si NACHT 17 era una copia de aquella grabación o quizá algo que Eva decidió guardar como seguro.

La posibilidad encaja demasiado bien.

Continúo hasta una nota fechada cuatro días después de la denuncia.

«Localizada Mara Vogel.»

Me quedo inmóvil. La policía me encontró, lo que significa que hablé con ellos y que en alguna parte del expediente debe existir una versión mía de todo aquello.

El pulso empieza a acelerarse mientras sigo leyendo.

Fui localizada en un domicilio de Prenzlauer Berg. La dirección aparece parcialmente oculta, pero reconozco la calle y sé que no era el apartamento de mi madre. Tampoco recuerdo haber vivido allí ni haber pasado una temporada en esa zona.

La anotación indica que me encontraba «orientada en tiempo y espacio», aunque presentaba signos de cansancio y ansiedad, y que rechacé asistencia médica. Después aparece un resumen de mi declaración.

«La interesada niega encontrarse privada de libertad o sometida a amenazas.»

Me apoyo contra el respaldo de la silla.

No puede ser. Leo otra vez.

«Niega encontrarse privada de libertad.»

Eva decía que yo no podía salir de aquella situación y, cuando la policía consiguió localizarme, fui yo misma quien afirmó que sí podía.

La siguiente línea es todavía peor.

«Manifiesta mantener voluntariamente la relación con la persona señalada por la denunciante.»

Me quedo mirando la palabra relación. El nombre de la otra persona está tachado y, por mucho que amplíe el documento, la censura no desaparece.

Podía tratarse de una pareja, un amigo, alguien con quien trabajaba o cualquier otra persona suficientemente cercana como para que Eva considerara peligroso el vínculo.

No tengo forma de saberlo.

Sigo leyendo.

«Refiere que Eva Keller mantiene desde semanas atrás un comportamiento intrusivo y una actitud obsesiva hacia ella.»

Esta vez me quedo completamente inmóvil. Desde que Helena me habló de la denuncia había imaginado muchas posibilidades, pero ninguna tan directa como la que ahora tengo delante.

Yo acusé a Eva de estar obsesionada conmigo.

La mujer que, según todo lo que he ido descubriendo, intentaba ayudarme terminó presentada por mí como parte del problema.

Continúo.

«No desea formular denuncia ni solicitar medida alguna.»

El agente añade que no observa lesiones visibles y que, ante mi negativa a confirmar amenazas o cualquier situación de privación de libertad, no existen en ese momento elementos suficientes para actuar.

Ahí entiendo cómo se rompe el caso.

Eva denuncia que estoy siendo manipulada y que no consigo salir de una relación que considera peligrosa. La policía me localiza, habla conmigo y yo afirmo que estoy allí voluntariamente, niego las amenazas y describo a Eva como una persona intrusiva y obsesionada.

No hace falta ninguna conspiración para explicar lo que ocurrió después. Bastó con mi palabra.

Cierro los ojos e intento recuperar algo de aquella conversación, quizá una voz, una habitación, una pregunta concreta, cualquier detalle que me permita reconocer a la mujer que dio esas respuestas. No aparece nada útil. Solo vuelve la luz roja.

Abro los ojos. Todavía quedan nueve páginas y, por primera vez, no estoy segura de querer saber qué contienen.

Sigo.

Los días posteriores recogen nuevos intentos de contactar con Eva, algunas comprobaciones adicionales y, finalmente, el archivo provisional de las actuaciones por falta de elementos objetivos suficientes.

Hay incluso una anotación posterior que señala que ya no pudieron localizarla para ampliar la denuncia.

Miro la fecha y el orden de los hechos me produce una sensación desagradable. Eva intenta ayudarme, la policía me encuentra, yo contradigo su versión, el caso pierde consistencia y, poco después, ella desaparece.

No sé qué ocurrió entre una cosa y la siguiente.

Todavía.

Paso a la penúltima página y encuentro una referencia a documentación complementaria incorporada al expediente original que sí puedo solicitar porque figura como aportada por mí.

La autora.

Leo el encabezado.

DECLARACIÓN DE MARA VOGEL.

Debajo aparecen la fecha, cuatro días posterior a la denuncia de Eva, mi nombre completo, mi fecha de nacimiento y una dirección que ya no utilizo. A continuación hay seis páginas.

No es un resumen redactado por un agente ni una reconstrucción hecha a partir de lo que otros dijeron que yo había contado.

Es mi declaración. Al final aparece incluso la constancia de que fue firmada por la compareciente. Me quedo mirando el enlace sin abrirlo. Hasta ahora he leído informes, interpretaciones y frases atribuidas a mí por otras personas, pero en esas seis páginas voy a encontrar algo distinto.

Mis propias palabras.

Palabras que no recuerdo haber pronunciado.