La habitación 17 CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

La rapidez con la que responde elimina una posibilidad y abre otra mucho peor.

—Entonces había otro hombre y tú sabes perfectamente quién era.

—Sé quién creía Eva que era. Y también sé que ahora mismo tú estás intentando reconstruir seis años de tu vida a partir de fotografías, grabaciones y cosas que te cuentan otras personas.

No sé qué recuerdas realmente y qué estás rellenando sin darte cuenta, así que no pienso soltarte un nombre por teléfono y esperar que no hagas nada con él.

La rabia me sube de golpe.

—Ese es precisamente el problema, Helena. Yo tampoco sé qué recuerdo y qué no. Por eso necesito que alguien deje de protegerme de información que parece conocer todo el mundo menos yo.

Su voz cambia ligeramente cuando responde.

—No estoy intentando protegerte de información.

Estoy intentando evitar que sigas haciendo esto sola.

Hay cosas de aquella época que quizá deberías recuperar con alguien que sepa cómo manejar lo que te está pasando, no persiguiendo personas y forzando recuerdos cada vez que encuentras una pista nueva.

—¿Me estás diciendo que vaya a un psiquiatra?

Al otro lado de la línea se hace un silencio demasiado largo.

Eso me detiene.

—Helena, acabas de quedarte callada cuando he mencionado a un psiquiatra. Has pensado en alguien.

—No importa. Pide el expediente y espera a tener algo que no dependa de lo que yo recuerde o de lo que tú estés reconstruyendo ahora.

—Ya lo he pedido, pero no quiero esperar semanas mientras todo el mundo parece saber una parte de esta historia menos yo.

Helena suspira al otro lado de la línea.

—Ya. Eras exactamente igual entonces. Cuando decidías que necesitabas una respuesta, seguías tirando hasta conseguirla, aunque quizá no estuvieras preparada para lo que venía después.

La frase me deja quieta.

—Todo el mundo me dice que era igual hace seis años. Empiezo a preguntarme si es lo único de mí que sobrevivió intacto.

—Por algo será.

No sé si pretende hacer una broma, pero no suena como una.

—Entonces dame algo que me permita entender la denuncia. Ya sé que Eva habló de manipulación y de alguien que no podía salir de una situación. Lo que necesito saber es a quién intentaba proteger.

Helena tarda en responder.

—Eva estaba convencida de que una persona cercana a ella estaba siendo manipulada y que, llegado cierto punto, ya no era capaz de salir sola de aquello. No hablaba de Vesper ni de mí, y tampoco presentó la denuncia diciendo que esa persona fuera formalmente una víctima. Era más complicado que eso.

Tengo que sentarme.

—Estás hablando de mí.

El silencio al otro lado dura lo suficiente para convertirse en una respuesta.

—¿Eva fue a la policía porque pensaba que yo estaba siendo manipulada?

—No exactamente en esos términos. Por eso llevo diciéndote que consigas el expediente. Allí estará lo que Eva declaró, lo que dijisteis los demás y lo que la policía consiguió comprobar. Yo solo conozco una parte y no quiero convertirme en la persona que te la reconstruya desde mis recuerdos.

—Pero sabes que yo aparecía en aquello.

Helena respira hondo.

—Sí. Aparecías. Y eso es todo lo que voy a decirte por teléfono.

—Después de todo lo que acabas de contarme no puedes dejarlo ahí.

—Precisamente por todo lo que acabo de contarte, sí puedo. No quiero ser yo quien te explique esa parte de tu vida antes de que tengas delante lo que ocurrió realmente.

La llamada termina poco después, no porque hayamos acabado la conversación, sino porque Helena decide que sí.

Me quedo mirando el teléfono durante un rato. Ya no consigo volver al trabajo y, a las cinco, compruebo otra vez el correo de la policía por pura inercia, sin esperar encontrar nada.

Hay un mensaje nuevo.

No es el expediente, pero sí una respuesta a la solicitud preliminar. Han localizado documentación asociada al nombre de Eva Keller y, antes de tramitar mi petición de acceso, necesitan verificar mi identidad porque mi nombre figura dentro del procedimiento.

Me quedo inmóvil y vuelvo a leer la frase.

«Su nombre figura dentro del procedimiento.»

Podría significar muchas cosas, desde haber sido testigo o aparecer mencionada hasta figurar simplemente como contacto en alguna gestión relacionada con el caso. Intento aferrarme a esa ambigüedad mientras abro el formulario adjunto.

La referencia al expediente aparece parcialmente oculta, pero la fecha coincide. Debajo figura una descripción administrativa que me obliga a leer más despacio:

DENUNCIA POR AMENAZAS, COACCIÓN Y POSIBLE PRIVACIÓN DE LIBERTAD.

Más abajo aparece la relación de personas vinculadas al procedimiento. Eva Keller figura como denunciante. Hay otro nombre oculto por motivos de acceso y, a continuación, aparece el mío.

Mara Vogel.

Durante un instante sigo sin entender qué estoy viendo. Después reparo en las dos palabras escritas junto a mi nombre.

POSIBLE VÍCTIMA.

El ruido del archivo parece desaparecer a mi alrededor.

Dejo de escuchar los teclados, las voces y las puertas que se abren y se cierran por el pasillo.

Solo puedo mirar mi nombre dentro de un atestado de hace seis años y esas dos palabras que convierten todo lo que he descubierto hasta ahora en algo distinto.

Mara Vogel.

Posible víctima.

CAPÍTULO 21

El expediente llega cuarenta y ocho horas después.

No es completo. Parte de la documentación sigue restringida y algunos nombres aparecen ocultos, pero la policía ha aceptado facilitarme todo aquello que me afecta directamente después de verificar mi identidad.

El archivo tiene treinta y ocho páginas y lo abro en el apartamento de mi madre, sentada en la mesa del salón, con una taza de café al lado y la absurda sensación de que debería haber alguien conmigo.

No llamo a Lukas.

Pienso en hacerlo varias veces, pero no quiero que la primera versión de mi propia historia me llegue a través de la reacción de otra persona. Tampoco llamo a Helena. Ella ya sabe qué hay dentro y lleva días empeñada en que lo descubra sola.

Así que abro la primera página.

La denuncia está fechada seis años atrás, a finales de noviembre, tal como Helena dijo.

Eva Keller se presentó en una comisaría de Friedrichshain poco después de las tres de la madrugada.

El agente que tomó declaración anota que estaba «visiblemente alterada», que presentaba una pequeña herida en la mano izquierda y que admitió haber consumido alcohol durante la noche.

Eso me molesta de inmediato. No porque sea falso, sino porque sé lo que ocurre cuando una declaración empieza así.

Alterada.

Alcohol.

Tres de la madrugada.

Antes incluso de leer lo que dijo, ya existe un marco para decidir cuánto creerla.

Sigo.

Eva explica que una amiga se encontraba en una situación de control psicológico por parte de un hombre al que conocían desde hacía meses.

Habla de aislamiento, amenazas, grabaciones realizadas sin consentimiento y una dependencia emocional que, según ella, había ido aumentando progresivamente.

Añade que aquella persona utilizaba información privada para manipular a varias mujeres de su entorno.

Me detengo al llegar a una frase concreta.

«Grabaciones realizadas sin conocimiento o consentimiento de las afectadas.»

La habitación 17 aparece inmediatamente en mi cabeza, con el equipo de audio, los cables, los discos duros y la espuma acústica cubriendo parte de las paredes.

Nada de eso demuestra por sí solo que las grabaciones de las que hablaba Eva se hicieran allí, pero la coincidencia empieza a resultar demasiado incómoda para descartarla como algo casual.

Sigo leyendo.

Según la declaración, aquella noche Eva había intentado sacar a su amiga de una situación que consideraba peligrosa y eso terminó provocando una discusión. En un momento determinado menciona incluso una posible retención dentro de un local relacionado con la escena nocturna de Friedrichshain.

El nombre del establecimiento está tachado en la copia, pero ya no necesito verlo para saber de qué lugar hablaba.

Nachtwerk.

La policía pregunta por qué considera que la mujer estaba retenida si no había señales visibles de violencia física. Eva responde que la situación llevaba meses empeorando y que «no podía marcharse porque él había conseguido que creyera que no podía sobrevivir sin él».

Me quedo mirando la frase durante unos segundos. No puedo evitar aplicármela, no porque recuerde haber vivido algo así, sino precisamente porque no recuerdo casi nada de aquella época y empiezo a sospechar que ese vacío podría formar parte de la misma historia.

Paso a la página siguiente.

Eva proporciona una dirección y la policía acude al lugar esa misma madrugada.

El informe es breve y frustrante. No encuentran a la mujer a la que Eva se refiere. Tampoco signos evidentes de violencia. Una sala mencionada en la declaración aparece vacía, sin indicios claros de que alguien haya estado retenido contra su voluntad.

Eso no coincide exactamente con la habitación 17 que yo encontré, pero han pasado seis años y, según el informe, cuando la policía llegó aquella noche ya no quedaba prácticamente nada que pudiera relacionarse con una retención.

Me acerco más a la pantalla.

«No se observan elementos compatibles con una retención reciente.»

Recuerdo las paredes, los equipos y los restos de espuma acústica.

Todo eso podría haber llegado después, o quizá ya estaba allí y no significaba absolutamente nada.

También existe una tercera posibilidad, mucho menos cómoda y es que alguien hubiera limpiado el lugar antes de que llegara la policía.

La página siguiente recoge la declaración de otra persona cuyo nombre aparece oculto. Se trata de un hombre adulto vinculado profesionalmente al local, que niega las acusaciones y describe a Eva como una mujer inestable, obsesionada con una amiga y bajo los efectos de sustancias.

Podría ser Jonas. Es la primera posibilidad que se me ocurre, aunque Helena estaba convencida de que no era él y, hasta ahora, todo lo que me ha contado encaja demasiado bien como para ignorarlo.