La habitación 17 CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

A la mañana siguiente, la palabra MARI sigue escrita debajo de MAVE en mi libreta.

La observo mientras desayuno, o más bien mientras dejo que un café se enfríe delante de mí.

He intentado convencerme de que la escribí antes de acostarme y simplemente no lo recuerdo, lo cual sería inquietante pero no extraordinario.

El problema es que tampoco recuerdo haber salido del dormitorio ni haberme sentado en el salón, y esa parte resulta más difícil de acomodar dentro de una explicación razonable.

No llamo a la doctora Schröder.

Pienso en hacerlo. Incluso abro su contacto y dejo el pulgar sobre el icono durante unos segundos, pero sé exactamente qué ocurrirá si la llamo.

Me preguntará cuánto he dormido, si estoy tomando la medicación, cuánto tiempo llevo sometida a estrés y si creo que regresar a Berlín está removiendo recuerdos que todavía no estoy preparada para manejar. Todas preguntas sensatas.

Por eso mismo no quiero responderlas. Cierro el teléfono y me llevo la cassette al trabajo.

La voz que escuché anoche continúa en mi cabeza.

«Otra vez desde el principio.» No sé quién la pronunció ni siquiera si es un recuerdo real, pero sí sé una cosa.

La frase apareció cuando estaba medio dormida y no después de escuchar una grabación concreta.

Eso debería diferenciarla de una asociación normal.

O quizá no.

A estas alturas empiezo a desconfiar incluso de mis propias categorías.

Llego al archivo antes que Sabine y enciendo el equipo.

Necesito trabajar con algo que no dependa de recuerdos, intuiciones ni personas que deciden qué parte de mi pasado merezco conocer.

Una señal es una señal. Está ahí o no está.

Puede estar dañada, enterrada bajo ruido o deformada, pero al menos no miente.

Abro NACHT 17.

Queda un fragmento en mitad de la grabación que siempre he dejado para después porque es el peor. Dura algo más de cuarenta segundos y está prácticamente cubierto por saturación, una interferencia periódica y un ruido áspero que probablemente procede del propio mecanismo de la grabadora.

Ya he intentado limpiarlo dos veces.

Hoy empiezo de cero.

Trabajo primero con una copia sin procesar. Identifico la frecuencia dominante de la interferencia y elimino solo lo imprescindible. Después corrijo una ligera variación de velocidad y reduzco parte del ruido mecánico, todavía sin tocar las voces.

Escucho con atención. Entre la respiración y un golpe seco aparece algo que podría ser una palabra, así que retrocedo y vuelvo a reproducir el fragmento.

Esta vez no tengo dudas. Hay una voz y es Eva. La reconozco ya con suficiente seguridad, aunque está muy baja, casi pegada al micrófono. Aumento ligeramente la ganancia y consigo recuperar parte de la frase.

—No puedes seguir...

El final se pierde entre la interferencia. Marco el punto exacto y continúo avanzando hasta que, después de varios segundos de ruido y otro golpe, aparece algo diferente.

Una segunda voz.

Me detengo y retrocedo tres segundos. Al reproducir de nuevo el fragmento compruebo que también es femenina. No la había distinguido en las restauraciones anteriores o quizá siempre estuvo allí, oculta bajo una distorsión que la hacía confundirse con el ruido de fondo.

Vuelvo a escuchar, pero todavía no entiendo las palabras, así que cambio el procesamiento.

Reduzco menos el ruido y trabajo más con la separación de bandas.

La voz emerge un poco mejor. Distingo dos sílabas y después una frase breve que sigo sin comprender, justo antes de que Eva vuelva a hablar encima.

Las dos voces se solapan y eso complica mucho la separación. Me quito los auriculares, respiro y vuelvo a empezar.

Durante casi una hora trabajo sobre menos de diez segundos de audio. Es absurdo, pero también exactamente el tipo de absurdo en el que me siento cómoda. Puedo pasarme un día entero persiguiendo una respiración, una consonante o una vibración si sé que al otro lado hay algo real.

A las nueve y veinte entra Sabine.

—Buenos días.

Levanto una mano sin quitarme los auriculares y ella sigue de largo. Agradezco que me conozca lo suficiente para no interpretar el gesto como mala educación.

Vuelvo al fragmento. La segunda voz tiene un registro ligeramente más grave que la de Eva y habla más despacio.

No parece aterrada o, al menos, se nota que hace un esfuerzo evidente por sonar tranquila.

La diferencia me llama la atención porque Eva no consigue ocultar el miedo ni siquiera cuando baja la voz.

Después de varios intentos consigo aislar una frase.

—...no va a hacerlo.

La reproduzco de nuevo y me concentro en la entonación. Hay algo en esa voz que me provoca una sensación extraña, no exactamente de reconocimiento, sino algo anterior, parecido a cuando sabes que un sonido está desafinado antes de ser capaz de identificar qué nota debería estar escuchando.

Me acerco un poco más al monitor, aunque sé perfectamente que eso no va a mejorar el audio, y vuelvo a reproducir el fragmento.

—No va a hacerlo.

La cadencia al final de la frase me resulta familiar. Estoy segura de conocerla, pero no consigo recordar de dónde.

Detengo la reproducción y me quito los auriculares.

Durante unos segundos dejo que el archivo vuelva a ocupar el espacio real que me rodea.

Vuelven los teclados, una silla que se mueve, pasos en el pasillo y el golpe amortiguado de una puerta neumática al cerrarse.

Nada que tenga importancia y, sin embargo, agradezco ese ruido normal antes de volver a ponerme los auriculares.

Reproduzco otra vez.

—No va a hacerlo.

La sensación aumenta y esta vez deja de ser curiosidad para convertirse en algo incómodo de verdad. Abro otra aplicación, activo el micrófono y grabo mi propia voz repitiendo exactamente la misma frase.

—No va a hacerlo.

La escucho. No es igual.

Naturalmente.

Mi propia voz grabada siempre suena distinta de cómo la escucho desde dentro de mi cabeza. Falta la conducción ósea, cambia la percepción del timbre y determinadas frecuencias parecen desplazarse, así que una comparación directa puede engañar más de lo que ayuda.

Vuelvo a grabarme.

—No puedes seguir así.

Reproduzco primero mi voz y después regreso a la cassette. Eva habla, aparece la segunda mujer y, por último, vuelvo a escucharme a mí. Repito la secuencia varias veces, intentando no sacar conclusiones antes de tener algo que las sostenga.

No quiero convencerme de nada. Todavía no.

Abro el análisis espectral y comparo todo lo que la grabación permite.

Sé que no basta para demostrar una identidad y que la calidad de la cassette es demasiado pobre para extraer conclusiones fiables, pero incluso entre tanto ruido sobreviven algunos patrones: el ritmo de las frases, la duración de ciertas vocales y determinadas resonancias que se parecen más de lo que deberían. Y, sin embargo, se parecen.

Demasiado.

Me aparto de la mesa. Eso sigue sin demostrar nada.

Hay millones de voces con características similares y, además, estoy completamente sesgada.

Sé que aparezco en las fotografías de aquella época, sé que estaba relacionada con Nachtwerk y llevo días buscando una explicación.

Cualquier expectativa puede contaminar lo que creo escuchar.

—¿Mara?

Levanto la cabeza y descubro a Lukas en la puerta.

—Perdona. No te había oído entrar.

—Eso ya empieza a preocuparme un poco. Llevo llamándote un rato y normalmente eres capaz de detectar hasta cuándo alguien respira demasiado fuerte al otro lado de una pared.

No sonrío y él lo nota enseguida.

—Vale. Esa cara no es por una respiración mal limpiada. ¿Qué has encontrado?

Dudo unos segundos antes de hacerle una señal para que se acerque.

—Prefiero que lo escuches sin que te diga lo que pienso. Si te cuento antes qué creo que hay ahí, puedo condicionarte.

Lukas se sienta a mi lado, se pone los auriculares y le reproduzco el fragmento completo. Eva habla primero. Unos segundos después aparece la segunda voz. Veo cómo frunce el ceño y, cuando termina, deja pasar un instante antes de quitarse uno de los auriculares.

—Hay otra mujer. Está muy enterrada en el ruido, pero está ahí.

—Eso también oigo yo. Ahora vuelve a escucharla y dime si la voz te recuerda a alguien, aunque sea vagamente.

Me mira con cierta cautela.

—¿Quieres que intente reconocerla o quieres que confirme algo que tú ya sospechas?

—Precisamente por eso no te he contado nada. Escúchala otra vez.

Reproduzco el fragmento. Lukas permanece quieto durante toda la frase y, cuando termina, no dice nada inmediatamente.

—¿Te suena? —pregunto.

Tarda unos segundos más.

—Un poco, sí. Pero no quiero decirte un nombre con una grabación así y que después construyas todo alrededor de eso.

Siento cómo se me tensa el estómago.

—No necesito que estés seguro. Solo dime a quién te recuerda.

Lukas me observa antes de contestar.

—A ti.

El silencio entre nosotros se vuelve incómodo. No porque me sorprenda, sino porque escuchar la misma conclusión en otra voz hace que deje de parecer una posibilidad privada.

—Eso también pienso yo.

Lukas vuelve a ponerse el auricular y reproduce el fragmento por su cuenta antes de hablar.

—Se parece, pero la calidad es pésima y tú lo sabes mejor que yo. Puede ser tu voz, puede ser otra persona con un registro parecido o puede que los dos estemos oyendo lo que esperamos encontrar porque ya sabemos que estabas allí.

—Sé todo eso. Sé que no puedo identificar a nadie con certeza a partir de una grabación así, sé que la comparación está contaminada y sé que podría estar equivocándome.

Mi tono sale más brusco de lo que pretendía. Lukas se quita los auriculares y me mira.

—No estaba intentando darte una lección. Solo intento evitar que conviertas una posibilidad en un hecho antes de tiempo.

Me arrepiento inmediatamente.

—Lo sé. Perdona. Llevo días descubriendo que personas de las que no recuerdo absolutamente nada sí me conocían, que yo formaba parte de un entorno que mi cabeza ha borrado casi por completo y ahora puede que esté escuchando mi propia voz en una cassette escondida en casa de mi madre.

Empiezo a quedarme sin explicaciones que me resulten cómodas.

Lukas permanece en silencio unos segundos.

—Entonces no necesitas que te diga que pares. Necesitas saber hasta dónde puedes seguir sin hacerte más daño del necesario.

La frase me irrita más de lo que debería.

—No quiero parar. Si esa voz es mía, necesito saber qué estaba diciendo y por qué estaba allí.

—De acuerdo. Entonces hagámoslo bien y no adelantemos nada que la grabación todavía no pueda demostrar.

Vuelvo a ponerme los auriculares y coloco el cursor justo antes de que aparezca la segunda voz.

—Necesito saber qué dice.

Sigo trabajando mientras Lukas permanece a mi lado sin intervenir. Su presencia me tranquiliza más de lo que quiero admitir y agradezco que, por una vez, no intente llenar el silencio.

Después de casi cuarenta minutos consigo separar parte del solapamiento. La voz de Eva emerge primero.

—...no entiende lo que está haciendo.

Un instante después aparece la segunda mujer.

—Sí lo entiende.

Retrocedo y reproduzco de nuevo el fragmento.

—Sí lo entiende.

Me quedo completamente quieta. Esta vez no necesito abrir otro programa, comparar espectros ni buscar patrones que confirmen lo que estoy oyendo. Reconozco la forma de pronunciar la ese, la breve respiración antes de empezar y esa pequeña caída del tono al final de la frase.

Es mi voz.

No se parece a la mía. Es la mía.

La reproduzco una vez más y Lukas tampoco dice nada. No hace falta.

Continúo limpiando porque hay más debajo del ruido. Eva vuelve a hablar y consigo recuperar únicamente un fragmento.

—...tienes que...

Después entra la interferencia y mi voz responde con dos palabras que todavía no logro entender. Subo el volumen y repito la secuencia varias veces. La primera parece empezar por una ene y la segunda podría ser «sola», aunque la distorsión sigue siendo demasiado fuerte para asegurarlo.

Necesitaría más tiempo para reconstruir la frase, pero de pronto eso deja de ser lo importante. Puedo equivocarme con las palabras; con la voz, no.

Me quito los auriculares y descubro que tengo las manos frías. Lukas se inclina ligeramente hacia mí.

—Mara, ¿estás bien?

Lo miro.

—Era yo. No alguien con una voz parecida ni una coincidencia acústica. Era yo hablando con Eva en esa grabación.

Lukas tarda un momento en responder.

—Sí. Después de escuchar ese fragmento, a mí también me lo parece.

—Entonces estaba allí con ella. Todo este tiempo he estado intentando averiguar quién acompañaba a Eva en esa habitación y resulta que una de las personas era yo.

—Parece que sí. Y eso cambia bastante lo que creíamos que estábamos buscando.

—Yo estaba allí, hablando con Eva.

—Sí.

La habitación 17 vuelve a mi cabeza junto con la máscara, las fotografías, la luz roja, Jonas diciendo que yo también estaba allí y Helena asegurando que Eva no se había olvidado de mí.

Todo empieza a encajar demasiado deprisa y, al mismo tiempo, siento que cada pieza nueva me acerca a algo para lo que todavía no estoy preparada.

Miro la forma de onda en la pantalla. Durante días he intentado averiguar quién era la mujer de la cassette y ahora ya sé que se trataba de Eva. Lo que no sabía era que no estaba sola.

Pulso reproducción una última vez. Primero escucho su respiración y después su voz, todavía enterrada bajo parte del ruido. Un instante más tarde responde la otra mujer.

Yo.