La habitación 17 CAPÍTULO 19
46%

CAPÍTULO 19

Hasta ayer podía decirme que aparecía en aquellas fotografías porque trabajé ocasionalmente en Nachtwerk, que quizá conocí a Eva de forma superficial y que seis años eran tiempo suficiente para olvidar a alguien que solo formó parte de una época confusa. Ya no.

Mi voz está en la cinta. No un ruido parecido, no una interpretación discutible. Mi voz.

Eso me coloca junto a Eva cuando grabó el mensaje.

Y, si la respiración que escucho es realmente miedo, también me coloca allí cuando estaba asustada.

A las seis, Sabine vuelve a recordarme que el archivo no concede premios por quedarse hasta que se apagan las luces.

Esta vez no discuto. Copio el trabajo realizado, guardo los archivos y me llevo a casa únicamente las versiones digitales.

La cassette original permanece en una caja de conservación porque, después de todo lo ocurrido, he decidido que someterla al dictáfono de mi madre una segunda vez equivaldría a homicidio documental.

Lukas me espera junto a la salida.

—¿Vas andando?

—Sí.

—Te acompaño.

No sé si es una propuesta o una decisión.

—No hace falta.

—Lo sé.

Lo miro.

—Esa respuesta empieza a ser irritante.

—Es una de mis especialidades.

Caminamos juntos unos minutos. La conversación es escasa, lo que agradezco. No tengo ganas de hablar de la cinta y tampoco quiero volver todavía al beso, a Mari ni a todo lo que ha quedado suspendido entre nosotros. Lukas parece entenderlo y se limita a caminar a mi lado.

Cuando llegamos a una esquina donde nuestros caminos deberían separarse, Lukas se detiene.

—Supongo que vas a seguir trabajando esta noche. Si encuentras algo y necesitas hablar con alguien, llámame. Aunque sea tarde.

—Probablemente siga un rato. Y sí, te llamaré si encuentro algo.

No sé si es verdad.

Pero me gusta que esté ahí.

Nos despedimos y continúo hacia el apartamento.

Durante el trayecto empiezo a planificar técnicamente lo que haré, porque pensar en procesos es mucho más sencillo que pensar en consecuencias.

El fragmento entre las dos voces está dañado, pero no completamente perdido.

Si consigo estabilizar mejor la velocidad y trabajar de manera independiente con varios rangos de frecuencia, podría recuperar algunas palabras más.

Eso es lo que hago nada más llegar. Ni cena ni ducha. Dejo el bolso, enciendo el ordenador y conecto los auriculares.

La forma de onda aparece en pantalla.

Eva.

Yo.

Dos voces separadas por seis años y por una parte de mi vida que sigue sin existir dentro de mi cabeza.

Empiezo con el fragmento anterior a «Sí lo entiende». Escucho varias veces sin procesar y anoto fonemas posibles. Después trabajo con una copia, reduzco interferencias y reconstruyo pequeñas variaciones de velocidad.

Primero consigo recuperar una palabra de Eva.

«...Mara...»

Me quedo inmóvil y retrocedo para escucharla otra vez.

—...Mara...

No hay duda. Dice mi nombre y es la primera vez que lo escucho con claridad en aquella grabación. Una oleada de calor me sube por el pecho y tengo que quitarme los auriculares durante unos segundos para recuperar el control.

Hasta ahora podía aferrarme a una posibilidad mínima, estadísticamente absurda, de que la segunda voz no fuera realmente la mía. Eva acaba de eliminarla.

Vuelvo a ponerme los auriculares y continúo trabajando. Después de mi nombre hay una frase casi sepultada por un roce, así que voy separándola poco a poco y aplico filtros mínimos para no destruir las consonantes. Tardo más de media hora en recuperar dos palabras suficientemente claras.

«...tienes que...»

Mara, tienes que...

El final se pierde antes de que consiga identificarlo.

Me levanto, voy hasta la cocina y bebo agua sin dejar de repetir mentalmente la frase, intentando completar lo que falta.

Podía estar diciéndome que me callara, que me fuera, que esperara o cualquier otra cosa, pero no tengo suficiente información para saberlo.

Regreso al ordenador y avanzo hasta el siguiente fragmento, donde aparece mi voz. Al principio solo distingo una consonante y después algo parecido a «puedo», pero eso basta para orientar el trabajo y reducir las posibilidades.

Escucho varias veces.

«No puedo...»

Esta parte sí empieza a estar clara. Después vuelve el ruido y aparecen dos sílabas separadas que sigo sin identificar. Me acerco al monitor por puro reflejo, como si reducir la distancia pudiera ayudarme a ver las palabras escondidas en la forma de onda.

—Vamos.

Trabajo durante casi una hora, probando combinaciones mínimas de filtros, limpiando únicamente lo imprescindible y volviendo una y otra vez al mismo fragmento.

A las nueve y cuarto tengo una frase parcial.

«No puedo dejar...»

Mi estómago se contrae. Hay algo más detrás y, después de varias escuchas, consigo recuperar otra palabra.

«...sola...»

Me quito los auriculares.

No puedo dejarte sola.

La frase me resulta conocida, pero no porque acabe de escucharla, sino porque tengo la sensación física de haberla dicho alguna vez. La diferencia es difícil de explicar y, precisamente por eso, me inquieta.

Cierro los ojos. Durante un instante aparece una habitación incompleta. Una pared oscura, una luz roja en algún punto y una mujer de espaldas que podría ser Eva. No tengo tiempo de distinguir nada más antes de que la imagen desaparezca.

Abro los ojos y me obligo a no perseguirla. Ya he aprendido que, cuanto más intento recordar, más difícil se vuelve separar una memoria real de algo que mi cabeza podría estar construyendo.

Vuelvo al audio. Lo importante ahora es terminar la frase de Eva.

Mara, tienes que...

Cambio el procesamiento, elimino menos ruido y conservo más información residual. Al principio solo aparece una consonante al final y después una vocal, pero poco a poco una posibilidad empieza a imponerse hasta convertirse en un sonido reconocible.

Marcharte.

Retrocedo. Eva respira deprisa antes de hablar.

—Mara, tienes que marcharte.

Me quedo absolutamente inmóvil y vuelvo a reproducirlo.

—Mara, tienes que marcharte.

La voz le tiembla, aunque intenta mantenerla baja. No suena a recomendación ni a una discusión normal.

Es una advertencia.

Y después respondo yo.

—No puedo dejarte sola...

El final sigue enterrado bajo el ruido. Continúo trabajando y, a las diez y media, consigo separar las dos últimas palabras. La primera es «con». La segunda está casi destruida y necesito varias escuchas antes de distinguir una consonante aspirada y, finalmente, una palabra completa.

Él.

Me aparto de la pantalla.

—No puedo dejarte sola con él.

Durante unos segundos no hago nada. Me limito a mirar la forma de onda, consciente de que acabo de reconstruir una conversación que mi cabeza no recuerda y que, sin embargo, mi voz pronunció.

Después reproduzco la conversación completa.

Eva:

—Mara, tienes que marcharte.

Yo:

—No puedo dejarte sola con él.

Escucho la conversación una segunda vez y después una tercera, pero las palabras no cambian ni encuentro una interpretación alternativa que me permita suavizarlas. Eva quería que me fuera y yo me negaba porque no estaba dispuesta a dejarla sola con un hombre.

Él.

La palabra me provoca una presión súbita en el pecho y la primera posibilidad que aparece es Jonas. Propietario del club, hostil, agresivo y alguien a quien Eva, según todos, no soportaba. Sin embargo, Helena fue muy clara cuando hablamos de él. Eva podía odiarlo, pero no le tenía miedo.

Así que, si no era Jonas, había otro hombre.

Vuelvo al audio e intento averiguar si después aparece algún nombre o una referencia que pueda identificarlo.

Durante varios segundos solo encuentro ruido, un golpe y las voces de Eva y la mía superpuestas.

Eva dice algo que empieza por «no», pero el resto está demasiado deteriorado para reconstruirlo, y poco después vuelve a aparecer mi voz.

—...no pienso...

La frase se interrumpe con un sonido seco y un movimiento brusco muy cerca del micrófono. Después queda la respiración de Eva y, al fondo, algo que me obliga a detener la reproducción.

Retrocedo y escucho otra vez. La señal es mínima, casi enterrada bajo el resto, pero hay una tercera voz y el registro parece claramente más grave que el nuestro. No consigo distinguir ninguna palabra, aunque la diferencia tonal es suficiente para pensar que podría tratarse de un hombre.

Eso encajaría con la conversación, pero todavía no puedo darlo por seguro.

Amplío el fragmento e intento limpiarlo, pero en cuanto fuerzo demasiado el procesamiento el sonido empieza a romperse y pierdo precisamente la información que necesito conservar. Tendré que trabajar con más cuidado y dedicarle bastante más tiempo.

Me quito los auriculares y me apoyo contra el respaldo de la silla.

Son casi las once y la habitación está en silencio, salvo por el ventilador del ordenador y el ruido lejano de algún coche que pasa por la calle.

Miro la libreta.

MAVE.

MARI.

Debajo escribo una nueva frase.

NO PUEDO DEJARTE SOLA CON ÉL.

Las letras ocupan casi toda la línea. Me quedo observándolas durante un rato, intentando asumir todo lo que contienen y, sobre todo, todo lo que todavía no sé. No sé quién era él, qué estaba ocurriendo exactamente en la habitación 17 ni por qué Eva quería que me marchara.

Pero ahora hay algo que sí puedo aceptar.

Helena no exageraba y Jonas tampoco. Eva no era una desconocida que pasó unos meses por el apartamento de mi madre ni una figura secundaria en una historia que yo estoy reconstruyendo desde fuera.

Yo la conocía y, por lo que acabo de escuchar, la conocía lo suficiente como para negarme a dejarla sola cuando tenía miedo.

Abro en el teléfono la fotografía del grupo. Eva está en el centro y yo aparezco al fondo, como siempre. Hasta ahora había mirado esa imagen intentando encontrar el recuerdo que falta, esperando que algún detalle consiguiera devolverme algo.

Esta vez la observo de otra manera. Puede que no recuerde todavía aquella noche, ni la habitación 17, ni todo lo que ocurrió entre nosotras, pero ya no necesito que mi memoria me lo confirme para saber una cosa.

Éramos amigas.