La habitación 17 CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

—¿Cómo me has llamado? —le vuelvo a preguntar.

Lukas no responde de inmediato. Está unos escalones por encima de mí, junto a la entrada del metro, con las manos en los bolsillos del abrigo y esa expresión suya que normalmente interpreto como tranquilidad. Ahora me cuesta más.

—Mara.

—No.

Frunce ligeramente el ceño.

—Sí.

—Has dicho Mari.

Durante un segundo parece sorprendido de verdad. Después sonríe, aunque no con la misma naturalidad de antes.

—He dicho Mara.

—No.

—Mara, te prometo que he dicho Mara.

El problema es que mi oído no suele equivocarse.

Eso no significa que sea infalible, claro.

Estoy cansada, llevo varios días durmiendo mal y he bebido vino.

Además, el ruido de la calle no ayuda. Coches, conversaciones, el traqueteo del metro bajo nuestros pies.

Cualquier sílaba puede deformarse medio segundo si la escuchas en el momento equivocado.

Aun así, estoy segura.

—Nadie me llama Mari.

—Entonces ya tienes una razón más para pensar que no lo he dicho.

La respuesta es lógica. Demasiado lógica quizá.

—¿Te suena ese nombre?

Lukas me observa.

—¿Mari?

—Sí.

—Es un diminutivo bastante normal.

—No para mí.

—No que yo sepa.

Me fijo en esas cuatro últimas palabras.

—¿No que tú sepas?

—Mara, acabamos de conocernos. No tengo un archivo secreto con tus apodos de infancia.

Sonrío a pesar de mí misma.

—Eso sería muy inquietante.

—Mucho.

La tensión baja un poco. Lukas da un paso hacia mí.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No tienes cara de sí.

—Tengo cara de dormir poco y tomar malas decisiones.

—La segunda parte no me parecía tan mala hace diez minutos.

Eso vuelve a colocar el beso entre nosotros.

No sé si me tranquiliza o me distrae.

Quizá ambas cosas.

—No lo era.

Lukas sostiene mi mirada.

—Bien.

Nos quedamos un segundo más frente a frente. La escena debería terminar de otra forma, probablemente con otro beso o con una despedida menos extraña, pero no ocurre.

—Buenas noches, Mara —dice esta vez, marcando ligeramente mi nombre.

—Buenas noches.

Bajo las escaleras. No me vuelvo.

Durante el trayecto a casa intento desmontar el episodio de forma racional.

Puede haber dicho Mara. Es posible. Incluso probable.

Yo esperaba escuchar mi nombre y mi cerebro completó otra cosa.

Los humanos hacemos eso continuamente con sonidos ambiguos.

No necesito convertir cada error auditivo en una amenaza.

La teoría funciona bastante bien hasta que recuerdo el tono. No fue solo la palabra. Fue la familiaridad.

Eso me inquieta más.

Al llegar al apartamento dejo las llaves en el cuenco azul de mi madre y me quito el abrigo sin encender todas las luces. El salón queda casi a oscuras, iluminado únicamente por la lámpara junto al sofá y por los reflejos que llegan desde la calle.

Abro el portátil y veo la libreta sobre la mesa. MAVE sigue escrito allí y ahora, junto a ese nombre que no recuerdo, tengo otro.

Mari.

Los observo durante unos segundos. No deberían significar nada juntos. Mave viene de Jonas, que admite haberme conocido seis años atrás; Mari, de Lukas, que asegura no haber pronunciado esa palabra.

No hay ninguna conexión entre las dos cosas. Me obligo a repetírmelo antes de cerrar la libreta.

Durante unos minutos intento volver a trabajar con la cassette, pero me cuesta concentrarme.

La voz de Eva resulta cada vez más difícil de escuchar como una simple grabación porque ahora sé que me conocía, que fuimos amigas y que quizá intentaba protegerme de algo.

De pronto, cada respiración, cada pausa y cada rastro de miedo adquieren un significado distinto.

Cierro también el archivo y voy a la cocina a preparar té. Cuando miro el reloj ya es casi medianoche y debería tomar el zolpidem, pero decido no hacerlo y termino sentándome en el sofá con la taza entre las manos.

La calefacción funciona bien desde que la repararon, aunque de vez en cuando el sistema produce pequeños golpes metálicos dentro de la pared. Normalmente soy capaz de ignorarlos, pero esta noche uno de ellos me recuerda a la escalera.

No tiene ningún sentido y, aun así, cierro los ojos.

Al principio no ocurre nada. Después aparece una luz roja por encima de mí, no como un color abstracto, sino como algo concreto que parpadea sobre una estructura metálica. Distingo una barandilla y una escalera estrecha que desciende hacia algún lugar que no consigo ver.

Abro los ojos y la imagen desaparece de inmediato. La taza continúa entre mis manos y respiro despacio, intentando devolver cada cosa a su sitio.

No es un recuerdo. Es una asociación.

He estado en Nachtwerk hace pocos días y allí vi una escalera metálica. Lo más probable es que mi cerebro esté mezclando imágenes recientes con cosas que Jonas me ha contado, nada más.

Me levanto, voy hasta el dormitorio y me miro en el espejo. No hay nada extraño salvo mi cara, demasiado pálida para alguien que lleva varios minutos intentando convencerse de que todo tiene una explicación razonable.

—Perfecto.

Abro el neceser y esta vez sí saco el zolpidem.

Lo dejo sobre la mesilla mientras voy al baño por un vaso de agua, pero cuando regreso la pastilla sigue allí y, por alguna razón que no consigo explicar, no la tomo.

Quizá porque una parte de mí empieza a tener miedo de dormir, y admitir eso me preocupa bastante más que cualquiera de las imágenes que he tenido durante el día.

Me tumbo con la luz apagada y durante varios minutos escucho los sonidos habituales del edificio. Una tubería, pasos en el piso superior, los coches en la calle y una puerta que se cierra en algún lugar. Después todo queda en silencio.

No sé en qué momento me duermo, pero sí sé cuándo vuelvo a abrir los ojos.

Estoy de pie en el pasillo.

La luz del salón está encendida y el corazón me late demasiado rápido. Miro alrededor intentando comprender qué hago allí, porque no recuerdo haberme levantado ni sé cuánto tiempo llevo de pie en mitad de la casa. Eso me asusta bastante más que cualquier destello.

Camino hacia el salón. La puerta está abierta y la libreta continúa sobre la mesa.

MAVE.

Debajo hay otra palabra que no recuerdo haber escrito.

MARI.

Me acerco y la observo. La letra es mía, no hay ninguna duda, pero por mucho que intento reconstruir el momento en que la escribí no encuentro nada.

Entonces llega otro destello.

Veo una luz roja y una mano que no es la mía cerrándose alrededor de mi brazo.

Siento la presión de los dedos con una claridad absurda y, casi al mismo tiempo, aparece la música.

Un grave continuo, demasiado fuerte, que me atraviesa el pecho mientras una voz masculina habla en algún lugar que no consigo ver.

—Otra vez desde el principio.

La imagen desaparece tan deprisa como ha llegado y me quedo inmóvil, intentando encontrar una explicación que vuelva a colocar todo en su sitio.

Esta vez no puedo convencerme de que haya sido solo una asociación, porque no conozco esa voz.

Y, sin embargo, mi cuerpo sí.