La habitación 17 CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—Depende del momento. Hay días en los que consigo seguir con todo sin pensar demasiado en ella y otros en los que cualquier tontería me la devuelve de golpe.

Una receta, una noticia, algo que sé que le habría contado.

A veces incluso pienso que tengo que llamarla y, durante medio segundo, olvido que ya no puedo.

Lukas asiente despacio.

—Ese medio segundo es el peor. Cuando todavía no has recordado que la persona ya no está y todo parece normal.

Levanto la mirada. Su expresión ha cambiado.

—Hablas como si supieras de qué estoy hablando.

—Mi padre.

No añade nada más y yo tampoco pregunto. Hay algo cómodo en dejar una frase donde está, sin exigirle todo lo que puede haber detrás.

Permanecemos callados un rato. No es un silencio incómodo y eso, por algún motivo, empieza a preocuparme más de lo que debería.

Al cabo de un momento, Lukas cambia de tema.

—¿Y Hamburgo? Después de tantos años allí, supongo que habrá cosas que eches de menos. No me refiero solo a la ciudad.

Sé perfectamente hacia dónde va.

—Algunas cosas, sí. Y algunas personas, antes de que intentes ser más sutil de lo que eres.

Sonríe.

—No pensaba ser especialmente sutil. Solo me parecía raro que regresaras a Berlín después de siete años sin dejar nada importante atrás.

—Había alguien.

—Eso imaginaba. No tienes que contarme más si no quieres.

—Qué considerado.

—A veces me esfuerzo.

Bebo un poco de vino.

—También podría decirte que uno no siempre vuelve porque quiera alejarse de algo. A veces vuelve porque espera encontrar otra cosa.

La sonrisa desaparece poco a poco de su cara.

—¿Y tú? ¿Has vuelto a algo?

La pregunta me sorprende más de lo que debería.

—Todavía no lo sé.

Lukas mantiene mi mirada y ninguno de los dos sonríe esta vez. La pausa se alarga lo suficiente para que empiece a pesar, cargada de algo que ninguno parece dispuesto a nombrar. Bastaría con apartar los ojos para romperla.

No lo hago. Él tampoco.

Su mano está muy cerca de la mía sobre la mesa y solo entonces me doy cuenta de que llevo varios minutos sin pensar en Eva, Vesper, Nachtwerk ni en los agujeros de mi memoria.

Debería resultar agradable y, de hecho, lo es.

Lo que me inquieta es comprobar lo fácil que ha sido dejar todo lo demás fuera.

—Daniel —digo al final—. El hombre del que estabas preguntando antes se llamaba Daniel. Estuvimos juntos en Hamburgo y terminó hace poco.

Lukas asiente como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.

—Entonces probablemente debería comportarme bien y no aprovechar que estás atravesando uno de los momentos más confusos de tu vida.

—Probablemente sería lo razonable.

—Lo malo es que comportarme bien nunca ha sido una de mis especialidades.

Sonrío y ahí está, de pronto, la decisión. No sé quién la toma primero ni estoy segura de que sea necesario decidirlo.

Lukas se inclina y me besa.

No es un beso de película. No hay música que suba ni la lluvia se detiene para acompañarnos. Es breve, cálido y lo bastante prudente para dejarme claro que puedo apartarme.

No lo hago.

Cuando se separa permanece cerca, observándome con una sonrisa apenas insinuada.

—Supongo que esto reduce bastante mis posibilidades de poder presumir de haberme comportado bien.

—Todavía no tengo suficientes datos para emitir un juicio.

La sonrisa se ensancha y esta vez soy yo quien se inclina para besarlo.

El segundo beso dura más y, cuando nos separamos, siento algo que hacía tiempo que no aparecía.

No es felicidad exactamente, sino una especie de ligereza, la posibilidad de que durante unas horas mi vida pueda reducirse a una mesa, una copa de vino y un hombre que me gusta, sin mujeres desaparecidas ni partes de mi pasado arrancadas de su sitio.

La culpa tarda poco en encontrarme. Primero Daniel, después mi madre y finalmente Eva, porque mi cerebro tiene un talento admirable para organizar fiestas cuando nadie lo invita.

Lukas lo nota.

—Te has ido otra vez. No sé adónde, pero tu cara acaba de cambiar por completo. Si quieres que paremos, paramos.

La pregunta me tranquiliza más que cualquier respuesta que pudiera darle.

—No quiero parar. Solo necesito acostumbrarme a que mi cabeza tenga opiniones sobre absolutamente todo.

Pagamos poco después. Fuera ha dejado de llover y caminamos juntos hasta la estación, donde nos detenemos junto a la entrada del metro.

Hay gente alrededor, conversaciones que se cruzan, pasos y coches pasando por la avenida, pero durante unos segundos todo parece quedar al margen, como si el espacio entre Lukas y yo se hubiera cerrado sobre nosotros.

—Me gustaría verte mañana —dice Lukas—. Y sí, ya sé que trabajamos en el mismo sitio, pero estaba intentando que sonara un poco más romántico.

—Necesitas practicar bastante.

—Podemos hacerlo. Incluso de forma intensiva, si hace falta.

Le doy un golpe suave en el brazo.

—Buenas noches.

Me giro hacia las escaleras.

—Buenas noches, Mari.

Me detengo. No sé cuánto tiempo pasa. Tal vez un segundo, quizá menos, pero la palabra produce algo dentro de mí antes de que consiga entender por qué.

Me vuelvo lentamente. Lukas sigue donde estaba.

—¿Cómo me has llamado?