CAPÍTULO 16
La frase de Helena me acompaña hasta el archivo. Eva no tenía miedo por ella. Tenía miedo por su amiga.
Podría ser cualquier mujer del entorno de Vesper, me repito mientras enciendo el ordenador.
Podría ser alguien del equipo, una fotógrafa, una promotora o simplemente una amiga que nunca apareció en los artículos.
No hay ninguna razón para pensar que se refería a mí, salvo por un detalle bastante molesto.
Helena me conocía, Eva me conocía y yo aparezco en fotografías de Nachtwerk sin recordar a ninguna de las dos.
Así que, naturalmente, intento no pensar en ello. Dura aproximadamente siete minutos.
Aíslo una sección de unos veinte segundos. Hay respiración, un golpe y algo que podría ser una palabra. Reduzco ligeramente el ruido y vuelvo a escuchar.
Nada.
Cambio de técnica, trabajo sobre bandas de frecuencia y recupero un fragmento de voz demasiado breve para identificarlo. Puede ser un nombre. Puede ser cualquier cosa.
Retrocedo y vuelvo a escuchar el mismo fragmento. Hay una consonante inicial, después una vocal, pero por mucho que amplíe la señal no consigo sacar nada más.
—No vas a conseguir que la cinta coopere por intimidación.
Me quito uno de los auriculares y descubro a Lukas junto a mi mesa.
—Estaba funcionando.
—Llevas mirando el mismo segundo desde que he entrado. Eso ya no es trabajar, es una cuestión personal entre tú y la grabación.
—Se llama constancia.
—Yo habría dicho problema de carácter, pero podemos dejarlo en empate.
Se sienta en la silla contigua sin pedir permiso, aunque a estas alturas sería casi más extraño que lo hiciera.
—Supongo que, si sigues peleándote con ese fragmento, es porque has encontrado algo nuevo.
Dudo antes de responder. Podría contarle lo de Helena y, en teoría, no debería existir ninguna razón para no hacerlo.
Lukas conoce la cassette, sabe quién es Eva y lleva varios días ayudándome.
Sin embargo, desde la conversación con Jonas hay una parte de mí que se ha vuelto más cuidadosa con la información, incluso cuando no sé exactamente de qué intento protegerme.
—He hablado con Helena Roth. Conocía a Eva bastante mejor de lo que imaginaba y me ha confirmado algo importante. Eva no era Vesper.
Lukas apenas modifica la expresión, aunque tarda un instante en responder.
—Entonces acabas de perder tu teoría favorita. Imagino que no estás especialmente contenta después de haber pasado varios días intentando demostrarla.
—Gracias por la sensibilidad. Y no, no me dijo quién estaba detrás de la máscara. Se negó bastante rotundamente.
—Eso limita un poco la utilidad de la conversación, aunque por tu cara diría que no fue lo único que te contó.
—No. Dijo algunas cosas más.
Lukas se reclina ligeramente en la silla.
—Bien. Entonces entiendo que has vuelto con más preguntas de las que tenías antes, que últimamente parece ser el resultado habitual de tu investigación.
—Empiezo a detectar cierto juicio en tu tono.
—Solo una observación estadística. Cada vez que hablas con alguien, descubres una cosa y aparecen otras cinco.
No puedo discutirlo.
Lukas tampoco insiste ni empieza a disparar preguntas sobre Helena, Eva o lo que he descubierto. Simplemente espera, mirándome con esa paciencia que empieza a resultarme demasiado fácil de aceptar.
Eso consigue que termine contándoselas.
Le explico que Helena y Eva fueron pareja, que Eva estaba convencida de que alguien vigilaba o controlaba a otra mujer y que llegó incluso a acudir a la policía.
Evito mencionar, al menos al principio, que Helena parecía conocerme mucho mejor de lo que yo la recuerdo, pero cuando termino Lukas sigue observándome con demasiada atención.
—Hay más. Llevas diez minutos eligiendo cada palabra como si estuvieras redactando un informe y tú no haces eso cuando simplemente quieres contarme algo.
—Quizá estoy intentando no aburrirte.
—No parece tu estilo. Normalmente confías bastante en mi capacidad para sobrevivir a tus explicaciones.
Lo miro unos segundos antes de decidir que seguir ocultándolo no tiene demasiado sentido.
—Helena dice que Eva y yo éramos amigas. No conocidas, no personas que coincidían por el club, sino amigas de verdad, al menos según ella.
La broma desaparece de la cara de Lukas.
—Eso cambia bastante las cosas. Una cosa es descubrir que estuviste en Nachtwerk o que trabajaste en algún proyecto que no recuerdas, y otra que una mujer que desapareció formara parte de tu vida lo suficiente como para que alguien de fuera os recuerde como amigas.
—Ya. Y lo peor es que no tengo nada útil. Fotografías, sensaciones, algún destello, pero ningún recuerdo de Eva que pueda colocar en una conversación real.
Lukas se inclina hacia atrás y tarda un instante en responder.
—Entonces esto ya empieza a ser serio. Hasta ahora podías estar reconstruyendo una etapa confusa, trabajos antiguos, gente de la noche, cosas que con seis años de distancia se mezclan o se olvidan.
Pero si Eva era realmente cercana a ti y tú no conservas casi nada de ella, estamos hablando de algo distinto.
—¿Antes qué era?
—Raro. Ahora es serio.
No sé por qué me molesta escuchar la diferencia en voz alta.
Quizá porque, hasta ese momento, todavía podía tratar todo aquello como una investigación externa, una historia sobre Vesper, Eva y una cassette escondida.
Cada persona que confirma que yo formaba parte de aquello reduce un poco más esa distancia.
—Helena también me contó que Eva llegó a ir a la policía. Habló de amenazas, de manipulación y de alguien que no podía salir de una situación, pero se negó a decirme contra quién iba todo aquello o a quién intentaba proteger.
Lukas frunce el ceño.
—Entonces sabe bastante más de lo que te ha contado. Cuando alguien insiste en que no puede demostrar lo que cree, normalmente el problema no es que no tenga una teoría, sino que no quiere comprometerse diciéndola en voz alta.
—Exactamente. Y por eso necesito conseguir algo más de la grabación. Helena puede decidir callarse, pero la cinta, en principio, no.
Vuelvo a ponerme un auricular y señalo el fragmento de la forma de onda que llevo repasando desde antes de que él llegara.
—Aquí hay una palabra. No consigo reconstruirla completa, pero la primera sílaba me suena cada vez más a «Ma».
Se lo reproduzco y escuchamos juntos varias veces. Lukas mantiene la vista fija en la pantalla antes de responder.
—Puede ser, pero todavía estás trabajando con muy poco. «Ma» podría llevarte a Mara, pero también a Markus, Maria, machen o a cualquier otra palabra que empiece de forma parecida. Si partes de que tiene que decir tu nombre, tu cabeza va a intentar completar el resto por ti.
—Gracias por devolverme a la realidad justo cuando empezaba a entusiasmarme.
—Es una de mis mejores cualidades. Evitar que conviertas una consonante y una vocal en una confesión completa.
Lo miro de reojo. Suena razonable, incluso sensato, y precisamente por eso debería tranquilizarme.
No estoy segura.
Durante la siguiente hora trabajamos juntos. Lukas propone algunos filtros que rechazo, después otros que funcionan mejor, y acabamos discutiendo sobre cuánto ruido puede eliminarse antes de empezar a fabricar una versión demasiado limpia de algo que nunca fue limpio.
Es una discusión profesional. También es agradable. Eso me irrita un poco.
No por él, sino por la facilidad con la que empiezo a acostumbrarme a su presencia. Hace dos semanas no sabía que existía y ahora sé cómo bebe el café, qué gesto hace cuando escucha algo que no le convence y que gira el bolígrafo entre los dedos cuando está pensando.
Daniel tardó meses en convertirse en una costumbre. Lukas parece estar haciéndolo demasiado rápido. A las siete Sabine nos echa.
No literalmente, aunque se acerca con el abrigo puesto y pregunta si tenemos intención de dormir en el archivo. Lukas asegura que estamos a punto de descubrir un crimen internacional. Sabine lo mira durante unos segundos y responde que, si lo hacemos, rellenemos antes el formulario correspondiente.
Salimos juntos. Llueve otra vez.
—Berlín está empeñado en darte la bienvenida —dice Lukas.
—Empiezo a tomármelo como algo personal.
—¿Metro?
—Voy andando un rato.
—Yo también.
No sé si miente.
Caminamos hacia el sur sin un destino demasiado claro. La ciudad está llena de reflejos, escaparates, faros, semáforos sobre el asfalto mojado. Hay gente saliendo del trabajo y bicicletas que pasan demasiado cerca de la acera.
Durante varios minutos no hablamos de Eva. Lo agradezco.
Lukas me cuenta una historia sobre un proyecto en Praga en el que un cliente insistía en que una sala tenía un «zumbido espiritual» que finalmente resultó ser una nevera del piso de arriba.
Yo le cuento cómo una vez pasé tres días intentando eliminar un ruido de una grabación antes de descubrir que formaba parte de la música original.
—Eso sí que es humillante.
—No tanto como la nevera espiritual.
—Empate.
Nos detenemos en un bar pequeño cerca de Rosenthaler Platz. No lo planeamos exactamente, simplemente empieza a llover más fuerte y la puerta está allí.
Pedimos vino. Esta vez no hablamos de trabajo.
Lukas me pregunta por mi madre y durante unos segundos estoy a punto de responder con una frase superficial. En vez de eso le cuento que era española, que llevaba media vida en Berlín y que consideraba cualquier temperatura superior a veinticinco grados una conspiración contra la civilización.
—Suena alemana.
—No se lo habría tomado bien.
Le cuento también lo de los libros sin ordenar, las ventanas abiertas en invierno y su costumbre de comprar alimentos como si tres personas fueran a aparecer inesperadamente a cenar. No le cuento el hospital. Ni el último día. No hace falta.
Lukas escucha sin interrumpir. Cuando termino, no dice «lo siento» otra vez ni intenta convertir la conversación en una reflexión sobre el duelo.
Solo pregunta:
—¿La echas mucho de menos?
Miro el vino antes de responder.