CAPÍTULO 15
Llego al Café Winterfeld doce minutos antes.
No porque sea puntual, sino porque llevo toda la tarde imaginando posibles razones por las que Helena Roth aceptó verme en cuanto leyó el nombre de Eva Keller, y ninguna de ellas mejora con el paso del tiempo.
El local está casi lleno. Mesas pequeñas, luz cálida, conversaciones bajas y una máquina de café que libera vapor cada pocos minutos con un silbido agudo. Elijo una mesa al fondo desde la que puedo ver la puerta y pido un café que probablemente no necesito.
Helena llega a las seis y treinta y dos.
La reconozco enseguida. En las fotografías antiguas llevaba el pelo más largo y parecía más delgada, pero conserva la misma mirada intensa, como si incluso al entrar en una cafetería estuviera buscando algo que los demás no vemos. Se quita el abrigo, me localiza y viene directamente hacia mí.
—Mara Vogel.
No es una pregunta.
—Helena Roth.
Se sienta sin ofrecerme la mano. Durante unos segundos nos observamos.
—Te pareces mucho —dice.
La frase me tensa.
—¿A quién?
Helena frunce el ceño.
—A ti.
—Eso suele ocurrir.
No sonríe.
—No me refería a eso.
Antes de que pueda preguntar, llega la camarera. Helena pide té. Espera a que se aleje y vuelve a mirarme.
—¿Dónde has encontrado a Eva?
—No la he encontrado.
—En el mensaje dijiste que tenías una fotografía con ella.
—Sí.
—¿De dónde?
Dudo.
—Nachtwerk.
Su reacción es mínima, pero visible. Baja la mirada un instante.
—¿De qué parte?
—De una habitación del sótano.
Helena levanta los ojos.
—¿Qué habitación?
No sé si quiero decirlo. Lo hago.
—La diecisiete.
La transformación es inmediata. No dramática. No se lleva una mano a la boca ni cambia de color. Simplemente deja de parecer una periodista haciendo preguntas y pasa a parecer alguien que acaba de escuchar un nombre que esperaba no volver a oír.
—¿Entraste allí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Encontré una grabación.
Helena no responde.
—Una microcassette —continúo—. Estaba escondida en casa de mi madre.
Ahora sí cambia.
—¿En casa de Carmen?
La pregunta me deja inmóvil.
—Conocías a mi madre.
Helena parece darse cuenta de que ha cometido un error.
—La vi alguna vez.
—Eso no es lo que has dicho.
—Sé cómo se llamaba.
—¿Por Eva?
No responde. La camarera llega con el té y lo deja entre nosotras. Helena espera hasta que se aleja.
—¿Qué había en la cinta?
—Una mujer.
—¿Qué dice?
—Que no sabe cuánto tiempo le queda. Después pide que busquen la habitación diecisiete.
Helena aparta la mirada y eso me basta.
—Sabes quién es.
—No.
—Helena.
—He dicho que no.
—No te creo.
Se queda en silencio y yo tampoco digo nada. No tengo prisa;. A estas alturas, su reacción ya me ha dado más información que cualquier respuesta.
Al final suspira.
—Ponla.
—¿Qué?
—La grabación.
Saco el móvil. No llevo el archivo completo, pero sí un fragmento que exporté para poder seguir trabajando con él sin cargar toda la sesión. Lo abro, avanzo hasta la parte que me interesa y ajusto el volumen.
Busco la voz.
—Antes de ponerla necesito que me contestes una cosa.
Helena me mira.
—¿Eva Keller era Vesper?
Por primera vez desde que se ha sentado parece sorprendida de verdad.
—¿Eso crees?
—Las fechas coinciden. Eva trabajaba de noche, estaba relacionada con Nachtwerk y vivió en casa de mi madre durante la misma época en que apareció Vesper.
—No has contestado a mi pregunta.
—Porque primero he hecho yo una.
Helena apoya ambas manos alrededor de la taza, aunque todavía no ha bebido.
—¿Qué sabes de Eva?
—Muy poco.
—Entonces no deberías intentar construirla a partir de artículos de internet.
—Algunos son tuyos.
Eso duele.
Se nota.
—Precisamente.
—¿Te arrepientes?
Helena tarda en responder.
—De algunas cosas.
—¿Del último artículo sobre Vesper?
—Sí.
La respuesta llega tan limpia que me sorprende.
—¿Por qué lo publicaste?
—Porque creía que era verdad.
—Eso no significa que lo fuera.
—No.
—Decías que tenía problemas de consumo, que era inestable.
—Dije que había personas de su entorno preocupadas.
—Bonita diferencia.
Helena me mira con cansancio.
—No he venido para hablar de mi carrera.
—Yo tampoco. He venido porque tú conocías a Eva.
Silencio.
—Las fotografías no dejan demasiadas dudas —añado—. Estabais juntas en varias.
Helena baja la vista hacia el té.
—Sí.
La palabra cambia algo. No porque me sorprenda, sino porque hasta ese momento Eva era todavía una suma de documentos, imágenes y suposiciones. Ahora alguien la recuerda.
—¿Qué relación teníais?
Helena permanece callada varios segundos.
—Estuvimos juntas.
—¿Juntas cómo?
Me mira con una expresión que deja claro que la pregunta le parece estúpida.
—Como pareja.
Asiento.
No sé qué hacer con esa información, aunque explica algunas de las fotografías.
—Entonces estuvisteis juntas durante la época de Vesper. Eso significa que no solo conocías a Eva, también conocías el proyecto desde dentro.
Helena bebe por primera vez antes de contestar.
—Estuvimos algo más de un año, con interrupciones, y sí, conocía a Vesper. Pero si vas a preguntarme quién estaba detrás de la máscara, no voy a decírtelo. No es mi secreto y que hayan pasado seis años no cambia eso.
—Estamos hablando de una mujer desaparecida y de otra que dejó una grabación diciendo que tenía miedo. Empiezo a pensar que algunos secretos han caducado bastante.
Helena deja la taza sobre el plato y me sostiene la mirada.
—Eva no era Vesper.
La frase llega sin preparación y me deja inmóvil.
—Acabas de descartar la teoría que llevo días siguiendo y pretendes que no te pregunte nada más.
—Pretendo no decirte quién era Vesper. Sobre Eva puedo contarte que trabajaba con el proyecto, contactos, organización, algunas decisiones. Era una estructura muy pequeña y todos hacían más de una cosa. Yo estaba cerca porque escribía sobre aquella escena y porque estaba con Eva.
—Y también publicaste un artículo que prácticamente presentó a Vesper como una drogadicta inestable. Imagino que a Eva no le hizo demasiada gracia.
Helena baja la mirada.
—No. Después de aquello prácticamente dejó de hablarme, aunque el artículo no fue el único motivo. Yo hice cosas de las que me arrepiento y ella llevaba tiempo convencida de que estaba ocurriendo algo que los demás no queríamos ver.
No insiste en explicarlo y tampoco se lo pregunto todavía. Saco el teléfono.
—Entonces escucha esto.
Pulso reproducción. La respiración de la cassette llena el pequeño espacio entre las dos y, unos segundos después, llega la voz.
«No sé cuánto tiempo me queda.»
Helena se queda completamente quieta. Cuando el fragmento termina, detengo el audio y espero.
—Es Eva —digo.
Cierra los ojos un instante.
—Creo que sí. La calidad es mala y no puedo asegurártelo al cien por cien, pero reconozco la voz.
—Entonces necesito que me ayudes a entender de qué tenía miedo. Jonas la describe como una loca y todo lo que encuentro parece construido para que cualquiera llegue a esa misma conclusión.
La expresión de Helena se endurece.
—Jonas es un imbécil. Eva consumía alguna vez, como casi todo el mundo de aquella escena, y sí, tenía problemas.
Se había vuelto paranoica, pero eso no significa que imaginara lo que estaba ocurriendo.
Creía que alguien vigilaba determinadas cosas, controlaba a personas de su entorno y sabía demasiado sobre conversaciones que no debería haber conocido.
—Y no era Jonas.
—No. A Jonas lo odiaba, pero nunca le tuvo miedo.
Su seguridad me hace pensar en alguien relacionado con Vesper, aunque no necesito preguntarlo para ver cómo vuelve a cerrarse. Cambio de dirección.
—Encontré la habitación 17. Sé que allí se grababa y que Eva entraba, pero también encontré fotografías mías. Jonas reconoce que yo trabajaba en aquella sala y tú me reconociste nada más verme. Así que deja de decirme que simplemente me habías visto alguna vez por Nachtwerk.
Helena tarda en contestar.
—Te había visto muchas veces. Había fotografías privadas, sesiones, gente entrando y saliendo. Tú formabas parte de aquel entorno mucho más de lo que parece que recuerdas.
—No recuerdo nada que pueda ordenar. Tengo una escalera metálica, luz roja, alguna voz, y poco más. De Eva no recuerdo absolutamente nada.
Algo parecido a tristeza cruza su expresión.
—Eso sí que es una putada, porque ella no se olvidó de ti. Eráis muy amigas, Mara. Durante una época, prácticamente inseparables. Trabajabais juntas y Eva estaba pendiente de ti mucho más de lo que probablemente te gustaba admitir entonces.
La respuesta resulta casi más difícil de aceptar que cualquier fotografía.
—Si éramos tan amigas y ella estaba convencida de que ocurría algo grave, me cuesta entender por qué desapareció sin pedir ayuda.
Helena sonríe sin humor.
—La pidió. Fue a la policía después de que todo se fuera a la mierda.
Denunció amenazas, control y una situación de la que, según ella, alguien no podía salir por sí mismo.
La policía creyó inicialmente que hablaba de Eva, pero no era así.
No encontraron pruebas suficientes y el asunto no llegó a ninguna parte. Poco después desapareció.
Intento ordenar lo que acaba de decir. Eva estaba asustada, creía que otra persona estaba siendo controlada, acudió a la policía y no consiguió demostrarlo.
—Y tú sabes quién estaba detrás.
—Sé lo que Eva creía. Demostrarlo es otra cosa.
—No te estoy pidiendo una declaración judicial.
Helena me mira directamente.
—Y yo tampoco pienso darte un nombre solo porque tú hayas empezado a recordar cosas.
Eso confirma más de lo que pretende.
—Vesper estaba implicada.
Helena tarda un poco antes de asentir.
—Sí. De una forma u otra, todo acababa pasando por Vesper.
—Pero Eva no tenía miedo por ella misma.
Helena niega lentamente con la cabeza.
—No.
La miro, esperando que continúe.
No lo hace.
—Entonces ¿por qué?
La pregunta queda entre nosotras. Helena baja la voz.
—Eva empezó a comportarse de forma extraña meses antes de desaparecer. Cambiaba de teléfono, miraba continuamente quién entraba en los locales, no quería que la siguieran hasta casa y durante un tiempo dejó de dormir dos noches seguidas en el mismo sitio.
—Eso parece miedo por ella misma.
—Yo también lo pensé.
—¿Y no?
Helena me observa durante un largo momento. Algo en su expresión me hace pensar que está decidiendo si cruzar una línea.
Finalmente lo hace.
—Eva no tenía miedo por ella, Mara.
Noto un escalofrío.
—¿Entonces?
Helena mira la fotografía que todavía tengo abierta en el teléfono, aquella en la que Eva aparece rodeada de gente en Nachtwerk.
—Tenía miedo por su amiga.