CAPÍTULO 14
Mave no aparece en ninguna parte.
Paso buena parte de la noche buscándolo como si fuera una contraseña que alguien hubiese dejado a medias.
Pruebo con nombres de usuario antiguos, foros, listas de invitados, archivos de redes sociales y combinaciones de palabras relacionadas con Nachtwerk, Vesper y Berlín.
Encuentro músicos, fotógrafos, una marca de ropa danesa y un videojuego que no tiene nada que ver conmigo, pero ningún rastro de que alguien me llamara así seis años atrás.
Eso debería tranquilizarme.
En lugar de hacerlo, consigue que la palabra me resulte todavía más inquietante.
La escribo varias veces en una libreta. Mave.
Cuatro letras. Podría ser una contracción de Mara Vogel, una broma, un apodo absurdo surgido una noche y olvidado a la mañana siguiente.
El problema es que, cuando Jonas lo pronunció, mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
No recordé nada concreto, pero supe que lo había oído antes.
A las dos de la madrugada cierro el ordenador. A las dos y veinte lo vuelvo a abrir.
No estoy orgullosa.
En vez de seguir buscando el apodo, regreso a Vesper. Si Jonas no quiere hablar, necesito a alguien que estuviera cerca de aquella historia y tenga menos motivos para proteger el pasado.
El nombre de Helena Roth aparece enseguida.
Ya había leído dos de sus artículos, pero ahora los reviso en orden.
El primero se publicó cuando Vesper todavía actuaba en salas pequeñas.
Helena la describía como «la artista que ha entendido que en Berlín el anonimato puede ser más poderoso que la fama» y dedicaba medio texto a la máscara, la identidad y el modo en que utilizaba sonidos urbanos dentro de las mezclas.
El artículo es entusiasta. Casi íntimo.
Tres meses después escribe otro. Para entonces Vesper ya llena clubes mucho más grandes y la prensa empieza a interesarse por la mujer detrás de la máscara.
Helena sigue defendiendo el anonimato, aunque introduce detalles que me llaman la atención.
Cambios de humor, cancelaciones, una creciente desconfianza hacia los promotores y la obsesión de Vesper por controlar cualquier grabación de su voz.
El tercer artículo es distinto. El titular basta.
VESPER: CUANDO EL MISTERIO SE CONVIERTE EN CAOS.
Leo despacio.
Helena habla de actuaciones suspendidas, problemas de consumo y comportamiento errático. Cita fuentes próximas que describen a Vesper como «emocionalmente inestable» y sugiere que la artista podría estar atravesando una crisis grave.
No acusa directamente. No hace falta. El texto está construido para que el lector llegue solo a la conclusión.
Termino y vuelvo al principio.
Hay algo incómodo en la diferencia entre los tres artículos. No parece simplemente la evolución de una periodista descubriendo información nueva; parece el cambio de alguien que pasó de proteger a una persona a exponerla al mundo.
Busco entrevistas posteriores con Helena.
Hay pocas referencias a Vesper. En una conversación de hace cinco años le preguntan si se arrepiente del último reportaje y responde que publicó «lo que estaba documentado en aquel momento». En otra asegura que no tuvo ningún contacto con Vesper después de su desaparición.
La formulación me llama la atención. Ningún contacto con Vesper. No dice nada de Eva Keller. Busco ambos nombres juntos.
Nada.
Pruebo Helena Roth y Eva Keller. La primera página no ofrece resultados útiles. La segunda tampoco. En una versión archivada de un antiguo blog encuentro una fotografía de Helena en una fiesta relacionada con Nachtwerk.
Amplío la imagen y observo a las personas que aparecen junto a Helena. Eva no está entre ellas o, al menos, no consigo reconocerla, así que continúo buscando.
Helena tiene ahora cuarenta y pocos años y sigue trabajando como periodista cultural, aunque escribe menos sobre música y más sobre arte contemporáneo, medios y política cultural.
Tiene una página profesional, un correo de contacto y varios perfiles activos, lo que facilita las cosas bastante más de lo que esperaba.
A las ocho y media de la mañana ya tengo preparado un primer borrador.
Lo leo y suena demasiado desesperado, así que lo borro y escribo otro que, en el intento de parecer prudente, acaba resultando tan vago que tampoco sirve.
Al tercero consigo encontrar un término medio y hacer que parezca una consulta profesional.
Le explico que estoy revisando material sonoro relacionado con la escena electrónica berlinesa de hace seis años y que me gustaría hablar con ella sobre Vesper y Nachtwerk.
No menciono a Eva. Todavía.
Envío el mensaje antes de que pueda volver a corregirlo y me obligo a ir a trabajar. Durante la mañana intento concentrarme en otras cosas, aunque termino consultando el correo seis veces sin encontrar respuesta.
A la séptima me doy cuenta de que Sabine me está mirando.
—¿Esperas noticias de una herencia?
—Algo mejor.
—Entonces no es una herencia.
—Depende de la familia.
Sabine sonríe y vuelve a sus papeles.
Yo regreso a una cinta de entrevistas, aunque mi capacidad de concentración dura unos cuatro minutos.
A media mañana aparece Lukas.
No le he contado todavía lo de Jonas.
Tampoco lo de Mave.
No sé muy bien por qué.
Cuando pasa junto a mi mesa, se detiene.
—Tienes cara de haber dormido poco.
—Qué forma tan elegante de decirme que estoy horrible.
—No he dicho horrible.
—Lo has pensado.
—Jamás cometería semejante imprudencia.
Deja una carpeta sobre la mesa contigua y me mira un instante.
—¿Fuiste a ver a Becker?
Levanto los ojos.
—¿Cómo sabes que iba a hacerlo?
—Porque llevas una semana comportándote como alguien que no sabe abandonar una pregunta.
—Eso no responde.
—Lo mencionaste.
Puede ser. No recuerdo haberle dicho que había encontrado su teléfono, pero tampoco estoy segura de no haberlo hecho.
—Sí. Fui.
—¿Y?
—Encantador.
Lukas sonríe.
—Eso significa que no.
—Significa que si alguna vez necesito que alguien me haga sentir culpable por existir, ya tengo contacto.
—¿Te dijo algo útil?
Dudo.
—Me conocía.
La sonrisa desaparece.
—¿Qué?
—Dice que estuve en Nachtwerk varias veces. Que trabajé allí, al menos ocasionalmente.
Lukas tarda un segundo en responder.
—¿Tú no lo recuerdas?
—No.
—¿Nada?
Niego con la cabeza.
Su expresión se vuelve seria.
—Eso es raro.
—Gracias. No había llegado a esa conclusión.
—Mara.
—Lo sé.
Su tono me irrita porque suena demasiado parecido al de una persona preocupada. No quiero que nadie se preocupe todavía. La preocupación convierte las cosas en reales.
—Estoy bien.
—No he preguntado.
—Lo ibas a hacer.
Lukas se apoya en el borde de la mesa.
—¿Y qué vas a hacer?
—Buscar a otra persona que estuviera allí.
—¿Quién?
Giro ligeramente la pantalla.
—Helena Roth.
Reconoce el nombre.
Claro que lo reconoce.
—La periodista.
—La misma.
—No parecía tener demasiado cariño a Vesper al final.
—Precisamente.
Lukas mira el artículo abierto.
—¿Crees que sabe quién era?
—Creo que sabe más de lo que publicó.
—Eso tampoco es difícil.
Lo miro.
—¿Qué quieres decir?
—Los periodistas siempre saben más de lo que publican.
—Generalización peligrosa.
—Trabajo en sonido. Tengo derecho a desconfiar de cualquier profesión que convierta conversaciones en titulares.
Sonrío, pero enseguida recuerdo que todavía no le he contado lo de Mave.
La palabra vuelve a aparecer en mi cabeza y estoy a punto de preguntarle si le suena, aunque me detengo antes de hacerlo porque, en teoría, no tendría ningún sentido.
Lukas dice que no me conocía entonces, aunque estuvo en aquellos clubes y reconoce algunas canciones con demasiada rapidez.
No voy a convertir cada detalle en una sospecha. Todavía no.
A la hora de comer recibo una respuesta de Helena.
«Gracias por contactar. No estoy interesada en volver sobre Vesper. Todo lo que tenía que decir está publicado.»
Eso es todo. Lo leo dos veces y, aunque no me sorprende, decido responder preguntándole si estaría dispuesta a aclarar únicamente algunos datos sobre Nachtwerk. La contestación llega veinte minutos después.
«Lo siento. Prefiero no participar.»
Cierro el correo. Podría dejarlo ahí, que probablemente sería lo que haría una persona educada, pero en lugar de eso busco otra vía y regreso a sus artículos para comparar nombres, lugares y fechas.
Helena siguió a Vesper prácticamente desde sus primeras actuaciones, así que, si hubo una persona próxima al proyecto que nunca apareció en sus textos, cabe la posibilidad de que esa ausencia fuera deliberada.
Eva.
Busco con más detalle las fotografías de aquellos meses y encuentro una galería de una fiesta de lanzamiento.
Vesper está en el escenario y Helena aparece en varias imágenes.
Observo con atención. En una de ellas habla con una mujer de espaldas, con el pelo rubio recogido.
No puedo verle la cara, pero la constitución coincide con Eva.
Abro otra fotografía tomada apenas unos segundos después. La mujer se ha girado parcialmente y, al ampliar la imagen, ya no tengo dudas.
Es Eva.
Me acerco a la pantalla y observo mejor la escena.
No están simplemente compartiendo espacio.
Helena tiene una mano apoyada en el brazo de Eva y la proximidad entre las dos resulta demasiado evidente para parecer casual.
Busco más imágenes y encuentro otra en la que salen juntas, aunque Eva queda casi fuera del encuadre, y una tercera en la que Helena la mira mientras ella habla.
Ninguno de esos detalles demuestra por sí solo qué relación tenían, pero sí confirma algo importante. Helena conocía a Eva y, sin embargo, no la ha mencionado en ninguno de los artículos que he leído.
Escribo un nuevo correo. Esta vez dejo de intentar parecer una profesional haciendo una consulta y voy directamente al motivo real por el que sigo insistiendo.
«Entiendo que no quieras hablar sobre Vesper. No te habría insistido si no hubiera encontrado algo que me afecta personalmente.»
Me detengo antes de seguir. No quiero contarle todavía lo de mi memoria ni explicar hasta qué punto me afecta todo esto, así que busco una forma de decir lo suficiente sin entregarle más de lo necesario.
Continúo.
«He encontrado material de Nachtwerk y una fotografía en la que aparezco con Eva Keller. También sé que Eva vivió durante varios meses en el apartamento de mi madre. Intento entender qué relación tenía yo con ella.»
Lo leo una vez más y pulso enviar. Durante casi una hora no ocurre nada, y empiezo a pensar que quizá he cruzado ya la línea entre la insistencia y el acoso cuando por fin llega una respuesta.
Esta vez no son dos frases.
«¿Quién eres exactamente?»
Me quedo mirando la pregunta unos segundos antes de escribir.
«Mara Vogel.»
La respuesta llega en menos de un minuto.
«¿Tú eres Mara Vogel?»
El pulso se me acelera.
«Sí.»
Aparecen los tres puntos que indican que está escribiendo, desaparecen y vuelven a aparecer varias veces. Durante casi treinta segundos no llega nada, hasta que finalmente entra un nuevo mensaje.
«No hables de Eva por correo.»
Me incorporo en la silla y, antes de que pueda contestar, aparece otro.
«¿Dónde estás?»
Le digo que en Berlín. Esta vez la respuesta es inmediata.
«Mañana. Dieciocho treinta. Café Winterfeld, Schöneberg.»
Y debajo aparece una última frase.
«Si de verdad estás preguntando por Eva Keller, tenemos que hablar.»