CAPÍTULO 13
—¿Qué significa «tú también estabas allí»?
Jonas ya se ha dado la vuelta, pero se detiene unos pasos más adelante. Durante un segundo parece plantearse si ignorarme o terminar de echarme del almacén.
—Que estabas en Nachtwerk. Bastante.
—¿Trabajaba allí?
Suspira antes de volver hacia mí.
—No estabas en nómina, si es eso lo que preguntas. Hacías trabajos de audio. Sesiones, grabaciones, lo que hiciera falta.
La respuesta me deja quieta.
—¿Audio?
—No pongas esa cara. Ya te dedicabas a eso entonces.
Encaja. Durante aquellos años trabajaba por proyectos, haciendo restauración, edición y producción, así que podría haber colaborado con Nachtwerk sin que existiera ningún misterio detrás.
Salvo por el pequeño detalle de que no recuerdo una sola sesión, una sola noche ni una sola de las personas con las que supuestamente trabajaba.
—¿Con quién?
Jonas me dedica una mirada cansada.
—Con gente del club. Eva organizaba cosas, conseguía contactos, coordinaba sesiones. Tú te ocupabas más del sonido. A veces trabajabais juntas.
Por fin una respuesta completa.
Quizá por eso me inquieta más que todas las evasivas anteriores.
—¿Y Vesper?
La expresión de Jonas vuelve a cerrarse.
—Había mucha gente alrededor de Vesper.
—Yo era una de ellas.
No responde.
—¿Trabajaba en su proyecto?
—Te he contado bastante.
Saco el teléfono y abro de nuevo la fotografía. Mi yo de veintinueve años continúa allí, al fondo del grupo, ajena a que seis años después voy a necesitar que un desconocido desagradable me explique qué hacía en mi propia vida.
—No parece que estuviera simplemente «alrededor».
Jonas mira la pantalla apenas un instante.
—No quiero meterme otra vez en esa mierda.
La palabra queda flotando entre nosotros.
—¿Otra vez?
Se da cuenta demasiado tarde.
—Es una forma de hablar.
—No lo parece.
—Pues acostúmbrate a que las cosas no sean siempre lo que te parecen.
Guardo el teléfono.
—¿Qué pasó?
—Nada que vaya a contarte.
—Pero pasó algo.
Jonas aprieta los labios y mira hacia el otro extremo del almacén. El operario que trabajaba allí hace unos minutos ha desaparecido y, de pronto, somos demasiado conscientes de estar solos.
—Ahora quieres saber —dice.
—Claro que quiero saber.
—Ahora.
El énfasis me desconcierta.
—¿Qué significa eso?
Jonas se frota la barba.
—Que entonces no parecías tan interesada.
Una presión desagradable se instala bajo mi esternón.
—¿En saber qué?
—Déjalo, Mara.
—Acabas de decir que hubo algo que no quise saber.
—He dicho que no voy a hablar de ello.
Retrocedo medio paso casi sin darme cuenta. Jonas sigue el movimiento con los ojos.
—No voy a hacerte nada.
La frase me irrita.
—No he pensado que fueras a hacerlo.
—Has dado un paso atrás.
—Eso no significa nada.
—Siempre hacías lo mismo.
Lo miro.
—¿Qué?
Jonas parece arrepentirse en cuanto lo dice.
—Nada.
—No. ¿Qué hacía siempre?
—Prepararte para salir corriendo antes de que ocurriera nada.
La imagen llega sin aviso. Metal bajo mis pies. Una barandilla. Luz roja.
Durante una fracción de segundo ya no estoy en el almacén. Bajo una escalera demasiado deprisa mientras la música retumba en algún lugar por encima. Hay alguien detrás de mí.
Una voz masculina.
—Otra vez...
Todo desaparece.
Apoyo una mano sobre una de las cajas antes de que Jonas note que he perdido el equilibrio. Demasiado tarde.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Estás blanca.
Respiro despacio. El almacén regresa poco a poco, fluorescentes, cajas, olor a cartón y café frío.
—¿Había una escalera metálica en Nachtwerk?
Jonas tarda apenas un segundo.
—Había varias.
—¿Con luz roja?
—Era un club. Había luz roja en todas partes.
Una respuesta perfectamente razonable. Casi me molesta que lo sea.
—¿La habitación 17 se utilizaba para grabar?
Esta vez el silencio dura más.
—A veces.
—¿Yo trabajé allí?
Jonas me observa con una intensidad nueva, como si intentara averiguar cuánto acabo de recordar.
—Sí.
La palabra cae limpia.
—¿Con Eva?
—Alguna vez.
No pregunto de nuevo qué hacíamos. Ya sé que volvería a cerrarse y, por primera vez desde que he llegado, entiendo que acumular preguntas no me acerca necesariamente a las respuestas.
Pero hay otra cosa.
—¿La conocía bien?
Jonas aparta la mirada.
—Os conocíais.
—Eso no es lo mismo.
—Es lo que puedo decirte.
—¿Por qué?
—Porque no pienso reconstruirte aquella época.
—No te estoy pidiendo que la reconstruyas. Te estoy preguntando por una mujer que desapareció y que dejó una grabación relacionada con una habitación en la que acabas de reconocer que yo trabajaba.
Jonas recoge el cúter de la mesa.
—Se acabó.
Camina hacia la salida y lo sigo entre las estructuras metálicas.
—¿Eva intentó contarme algo?
No responde.
—Has dicho que entonces no quería saber. ¿Hablabas de ella?
Continúa andando.
—¿O de Vesper?
Se detiene. Solo un instante. Lo suficiente.
—Yo conocía a Vesper —digo.
Jonas vuelve la cabeza.
—Trabajabas alrededor del proyecto.
—¿Sabía quién estaba detrás de la máscara?
Su cara no revela nada, pero tarda demasiado en contestar.
—No tienes ni idea de lo que sabías.
Siento otra vez aquella presión en el pecho.
—Entonces dime quién puede explicármelo.
—No soy yo.
—¿Eva?
—Déjala.
—¿Por qué?
Jonas gira completamente hacia mí.
—Porque han pasado seis años y tú has seguido con tu vida.
—He seguido con una vida a la que aparentemente le faltan meses enteros.
—Y quizá deberías preguntarte por qué.
No hay ironía esta vez. Eso me hace callar. Jonas baja un poco la voz.
—Deja de buscar nombres en fotografías y llamar a cualquiera que encuentres.
—¿Eso es una advertencia?
—Es sentido común.
—¿De quién tengo que tener cuidado?
Niega con la cabeza.
—Siempre igual.
Ahí vuelve a estar esa familiaridad. Sigues. Siempre. Como si para él existiera una Mara anterior perfectamente definida y yo fuera la única persona que no tiene acceso a ella.
—Hablas como si me conocieras mucho mejor de lo que reconoces.
—Te conocí lo suficiente.
—Entonces deja de tratarme como si solo me hubieras visto alguna noche.
Jonas aprieta el cúter dentro del puño, sin abrir la hoja.
—No estoy haciendo eso.
—Desde que he llegado no has parado de decirme que sigo haciendo cosas, que antes reaccionaba de una manera determinada, que no quería saber. Eso no es acordarse de una chica que pasaba por un club.
Se le endurece el gesto. He acertado.
—¿Qué éramos?
—Nada.
—No he preguntado si nos acostábamos.
Jonas suelta una risa seca.
—Eso también sigue igual.
—¿El qué?
—Que consigues convertir una conversación sencilla en un puto interrogatorio.
—Quizá porque eres incapaz de contestar sin esconder la mitad.
Me señala la puerta.
—Fuera.
No me muevo.
—Jonas...
—He dicho que fuera, Mave.
El nombre me detiene. Jonas también se queda inmóvil. Durante un segundo ninguno de los dos habla.
—¿Cómo me has llamado?
Algo cambia en su cara. No miedo exactamente. Más bien la expresión de alguien que acaba de cometer un error y ya está calculando cómo deshacerlo.
—Mara.
—No.
Lo sé con absoluta certeza.
—Has dicho Mave.
—Has oído mal.
—No suelo oír mal.
La frase sale antes de que pueda evitarla. Jonas aparta la mirada.
—Vete.
—¿Qué significa?
—Nada.
—¿Quién me llamaba así?
Señala de nuevo la puerta, esta vez sin mirarme.
—Se ha terminado la conversación.
Espero unos segundos, pero ya no va a decir nada más.
Salgo. El aire frío de Lichtenberg me golpea la cara y camino hacia el coche intentando ordenar todo lo que acabo de descubrir.
Trabajé en Nachtwerk, conocía a Eva, estuve en la habitación 17 y formaba parte del entorno de Vesper.
Debería ser suficiente para ocuparme la cabeza.
No lo es.
Saco el teléfono y escribo una sola palabra.
MAVE.
La observo en la pantalla. No sé qué significa. No recuerdo quién empezó a llamarme así ni cuándo fue la última vez que alguien lo hizo.
Pero mi cuerpo sí parece recordarlo.
Porque tengo miedo.