La habitación 17 CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Jonas Becker propone que nos veamos el lunes por la tarde en el almacén de su empresa de alquiler de equipos.

Interpreto la elección como una mezcla de desconfianza y falta absoluta de interés por resultar agradable.

Me manda la dirección por mensaje y añade únicamente: «A las seis. No llegues tarde».

No llego tarde.

El edificio está en una zona industrial de Lichtenberg, lejos de cualquier intento de Berlín por parecer atractiva.

Naves de chapa, talleres, aparcamientos medio vacíos y un cielo gris que parece haberse quedado atrapado entre las cubiertas metálicas.

El cartel de Becker Veranstaltungstechnik ocupa media fachada y está ligeramente torcido, como si nadie hubiera considerado urgente arreglarlo.

Llamo dos veces en una puerta lateral antes de que se abra.

Jonas aparece al fondo del almacén.

Lo reconozco inmediatamente por las fotografías, aunque los seis años se notan.

Está más ancho, lleva una barba gris recortada y una camiseta negra demasiado ajustada para alguien que aún parece vestirse con el cuerpo que tenía hace años.

Sostiene un cúter en una mano y un rollo de cinta adhesiva en la otra.

—Mara Vogel.

No es una pregunta.

—Jonas Becker.

Me observa de arriba abajo con una tranquilidad que me incomoda más que si intentara disimularlo.

—Sigues pareciéndote bastante.

Siento un pequeño escalofrío. No por lo que dice. Por el verbo.

—¿A qué?

Jonas corta un trozo de cinta, lo pega sobre una caja y señala con la barbilla una oficina acristalada al fondo.

—Vamos.

Lo sigo entre flight cases, focos desmontados y estructuras metálicas apiladas contra las paredes.

El almacén tiene una acústica horrible. Cada paso rebota en el techo y regresa ligeramente deformado.

Sé que es absurdo, pero durante unos segundos me concentro en eso.

En mis botas. En las suyas. En la distancia entre ambos sonidos.

Cualquier cosa antes que pensar en aquel sigues.

La oficina contiene una mesa, dos sillas, varias estanterías llenas de carpetas y una cafetera que Jonas no parece dispuesto a compartir. Deja el cúter sobre la mesa y se sienta frente a mí.

—Dijiste que habías encontrado cosas de Nachtwerk.

—Sí. Entré en el antiguo club.

Su expresión cambia apenas.

—Está cerrado.

—Esa fue también mi impresión.

—Es propiedad privada.

—Esa parte la deduje cuando tuve que colarme.

Una sonrisa sin humor le cruza la cara.

—Sigues siendo igual de lista.

Otra vez. Apoyo el bolso junto a la silla y lo miro.

—¿Nos conocíamos?

Jonas tarda lo suficiente en contestar como para que la pregunta empiece a pesar entre nosotros.

—Te había visto.

—Eso no es lo mismo.

—Depende de cuántas veces veas a alguien.

Saco el teléfono antes de que pueda seguir jugando y abro la fotografía del grupo que encontré en la habitación 17.

—¿Conoces a estas personas?

Jonas apenas necesita mirarla.

—A algunas.

Amplío la imagen.

—Eva Keller.

La mandíbula se le endurece ligeramente.

—Sí.

—¿Y Vesper?

—También.

—¿Sabías quién era realmente?

Esta vez se ríe.

—Todo Berlín creía saber quién era Vesper.

—Te pregunto a ti.

—Y yo te estoy contestando. No.

Coincide con lo que declaró años atrás, aunque ahora suena menos a respuesta que a una puerta cerrándose. Deslizo el dedo hasta otra fotografía. Eva aparece junto a Vesper, casi pegada a ella.

—¿Qué relación tenían?

Jonas se reclina en la silla.

—Eva estaba siempre alrededor.

—¿Trabajaba con ella?

—Organizaba cosas. Contactos, horarios, gente. Lo que hiciera falta.

Hasta ahora no me ha contado nada que no pudiera deducir de las fotografías o de los archivos antiguos. Cambio de dirección.

—Encontré la habitación 17.

El efecto es inmediato, aunque pequeño. Jonas parpadea una sola vez y después vuelve a mirarme con la misma indiferencia estudiada.

—Enhorabuena.

—Había equipo de grabación, discos duros, fotografías y una máscara.

Se inclina un poco hacia delante.

—¿Te llevaste algo?

Ahí está. La primera pregunta que realmente le interesa.

—Dos discos duros.

Jonas deja pasar unos segundos.

—Devuélvelos.

—¿Por qué?

—Porque no son tuyos.

—¿Son tuyos?

No contesta.

—¿De quién son?

—No lo sé.

—Entonces parece que estamos empatados.

Su mirada se endurece.

—No sabes dónde te estás metiendo.

La frase debería sonar a tópico. En su boca no lo hace. Quizá porque no hay dramatismo. Ni amenaza evidente. Jonas lo dice como quien avisa de que una escalera tiene un peldaño roto.

—Por eso he venido.

Él se levanta, va hasta la cafetera y se sirve una taza sin ofrecerme. Mientras vuelve a la mesa observo la forma en que sostiene el café, el cúter junto a su silla, la puerta a mi espalda. Pequeños cálculos que mi cuerpo parece realizar antes que yo.

—Quiero saber qué pasó con Eva —digo.

Jonas bebe.

—Eva era un problema.

—¿Qué clase de problema?

—La clase que convierte todo en drama.

Espero algo más, pero no llega.

—¿Eso es todo?

—Estaba como una puta cabra.

Hay maneras de hablar de alguien que revelan más sobre quien pronuncia las palabras que sobre la persona descrita. La suya acaba de ahorrar bastante tiempo.

—Desapareció.

—Se largó.

—¿Sabes adónde?

—No.

—¿La viste poco antes?

Jonas deja la taza sobre la mesa.

—Han pasado seis años.

—Curiosamente, de mí sí te acuerdas.

Esta vez no aparta los ojos.

—De ti me acuerdo.

La respuesta me hace olvidar durante un instante lo siguiente que iba a preguntar.

—¿Por qué?

—Porque eras difícil de olvidar.

—Eso suena a frase barata.

—No era un cumplido.

No sé si sentirme ofendida o preocupada. Gana la segunda opción. Amplío la fotografía hasta encontrarme a mí misma al fondo, medio girada hacia alguien que queda fuera de plano.

—Yo no recuerdo esta noche.

Jonas mira la pantalla y después a mí.

—Ese no es mi problema.

—Pero sí recuerdas haberme visto allí.

—Varias veces.

La palabra cae con demasiada naturalidad.

—¿Varias?

—Nachtwerk era un club, Mara. La gente volvía.

—¿Yo también?

Se encoge de hombros, pero ya no hay indiferencia en el gesto. Hay cautela.

—Sí.

Algo se mueve dentro de mí, una sensación parecida a cuando restauras una grabación dañada y, de pronto, bajo el ruido aparece una frecuencia que siempre había estado allí.

—¿Trabajaba en el club?

—A veces ayudabas.

—¿A quién?

Jonas me dedica una mirada cansada.

—No voy a reconstruirte la vida.

—No te lo estoy pidiendo.

—Pues lo parece.

Me obligo a callar. Quizá tiene razón en algo, aunque me moleste admitirlo.

Llevo días interrogando fotografías, grabaciones, edificios y ahora personas como si cada respuesta tuviera que conducir inevitablemente a la siguiente.

El problema es que Jonas disfruta demasiado viendo cómo avanzo a oscuras.

—¿Eva tenía miedo? —pregunto finalmente.

Él resopla.

—Eva tenía miedo de todo cuando le convenía.

—¿De alguien concreto?

—Era paranoica.

—Eso no significa que estuviera equivocada.

Jonas sonríe con una mueca.

—Ahí estás.

—¿Dónde?

—Haciendo lo mismo.

La frase me detiene.

—¿Qué mismo?

Durante un instante parece arrepentirse. Coge la taza, pero no bebe.

—Nada.

—Has dicho que hago lo mismo. ¿Lo mismo que cuándo?

—Déjalo.

—Jonas.

—He dicho que lo dejes.

Su tono ha cambiado. Ya no es aburrimiento, sino irritación.

Me apoyo en el respaldo y lo observo. Seis años atrás conoció a Eva.

Conoció a Vesper. Me vio a mí suficientes veces como para reconocerme en cuanto dije mi nombre y, por algún motivo, todo eso le resulta menos incómodo que hablar de cómo nos relacionábamos.

—¿Eva te acusó de algo?

La reacción es pequeña pero inequívoca, la mandíbula rígida, los dedos inmóviles alrededor de la taza.

—Ten cuidado con lo que insinúas.

—No estoy insinuando nada.

—Entonces no empieces.

—Solo intento entender por qué cada vez que menciono a Eva te pones a la defensiva.

—Porque seis años después aparece una mujer que dice no recordar nada y empieza a hacer preguntas como si todos le debiéramos una explicación.

Hay algo en el plural que me llama la atención.

—¿Todos?

Jonas niega con la cabeza.

—No retuerzas mis palabras.

—No hace falta. Ya vienen bastante retorcidas.

Me levanto y guardo el teléfono. No porque quiera marcharme, sino porque permanecer sentada frente a él empieza a parecerme una posición demasiado cómoda para Jonas.

—Había una cinta escondida en casa de mi madre.

Una mujer pide que busquen la habitación 17.

Voy allí y encuentro fotografías, grabaciones y una imagen en la que aparezco yo.

No recuerdo nada de eso. Tú sí. No necesito que me cuentes seis años de mi vida.

Me bastaría con que dejaras de fingir que no sabes de qué estoy hablando.

Jonas permanece sentado unos segundos. Después se pone en pie.

—Devuelve los discos.

—¿Qué hay en ellos?

—No lo sé.

—No te creo.

—Me da igual.

Camina hacia la puerta de la oficina y comprendo que la entrevista ha terminado. Lo sigo hasta el almacén.

—¿Quién utilizaba la habitación 17?

No responde.

—¿Eva?

Continúa andando.

—¿Vesper?

Nada. Las pisadas vuelven a rebotar en el techo, las suyas ligeramente más pesadas que antes. Ya no necesito mirarlo para saber que está enfadado.

—¿Qué hacía yo aquí, Jonas?

Se detiene. Durante un instante solo escucho el zumbido de los fluorescentes y alguna máquina trabajando en la nave contigua.

—Hazte un favor y déjalo.

—No puedo. Tú me recuerdas después de seis años y yo ni siquiera recuerdo haber pisado Nachtwerk.

Jonas se vuelve.

—Ese es tu problema, Mara. Hablas del club como si hubieras aparecido una noche, alguien hubiera hecho una fotografía y después todo se hubiese borrado por accidente.

La forma en que dice accidente me incomoda.

—¿Cuántas veces vine?

Me sostiene la mirada.

—Muchas.

Siento un vacío bajo las costillas.

—¿Trabajaba aquí?

Jonas tarda en responder. Cuando lo hace, ya no queda ironía en su voz.

—No eras alguien que pasaba de vez en cuando. Formabas parte de aquello.

—¿De qué?

Aprieta los labios, como si acabara de llegar al límite de lo que está dispuesto a contarme.

—Tú también estabas allí.